EDITORIAL Granada Digital 3/06/05
Un problema: violencia en los centros escolares.
Dos escenarios: Las Gabias y Motril.
Tres verdugos: el padre de un alumno díscolo y, presuntamente, dos compañeras de la agredida.
Cuatro víctimas: el director del Instituto Montevives, una muchacha motrileña de 14 años, las familias y amigos de los implicados y ese “todos nosotros” que llamamos sociedad.
La “ley del más fuerte” vuelve a enturbiar las portadas de la prensa de Granada y los informativos de nuestras televisiones y radios locales.
Los hechos denunciados en ambos casos, son execrables. El primero es un adulto y padre que en plena ¿madurez mental? graba a fuego en la memoria de sus hijos y en la de cualquier menor “receptivo”, que la fuerza bruta (muy bruta) es la mejor respuesta a un desacuerdo. El segundo podría ser la semilla de esa nueva forma de amargar vidas y arruinar futuros que ya tiene nombre (por supuesto en inglés) pero no solución. Al menos por el momento.
Siempre hubo violencia en la escuela , lo que no la justifica en absoluto. Es clásica la leyenda sobre novatadas más o menos cerriles a estudiantes recién llegados, la figura del matón de clase que quitaba el bocadillo a los pequeños, o la de pandillas tiranas que cargaban todo tipo de crueldades sobre quienes se pasaban de peso, llevaban gafas o simplemente no vestían la marca más “in” del momento.
También había respuestas violentas de algunos padres. Entonces pegaban a sus hijos por sacar malas notas. Ahora se enfrentan a los profesores, (a veces también víctimas de la tiranía de alumnos “crecidos” ante el arrope de estos “padres coraje”), simplemente por ejercer de tales. Era terrible conocer que había suicidios juveniles por desamor o por miedo al castigo ante las malas notas. Ahora lo hacen por pánico a compañeros de clase que no saben nada del compañerismo y carecen de clase alguna. Violencia antes y ahora. Mala hierba nunca muere.
La triste novedad del llamado bullying es que la agresión deja de ser un medio puntual para conseguir un fin concreto y se convierte en una forma diaria de relación entre los jóvenes, en una cuestión de identidad: nosotros somos los acosadores (suelen ir en grupo) y tú (la víctima siempre está sola) nuestro objetivo diario. Entonces este chico o chica, en el mejor de los casos, acude a la comisaría más cercana y en el peor, al terraplén más alto del pueblo.
Aun se investiga si en los casos ocurridos en Granada (dos más conocidos al cierre de este editorial) hablamos de agresiones puntuales o de acoso. Aun así, si realmente a la joven motrileña le dijeron “si hablas te matamos” (la Justicia dirá) fue inteligente al preferir cortar de raíz y hablar. Si dice la verdad, bien ha sabido que lo peligroso es callar y arriesgarse a que con el tiempo su silencio sea tan desesperado como para convertirla en su propia verduga. Visto el negro panorama de los pupitres nacionales, no parece, desgraciadamente, exagerado. Lástima que el padre de Las Gabias no tuviese ni la mitad de luces que esta adolescente.
www.granadadigital.com
Un problema: violencia en los centros escolares.
Dos escenarios: Las Gabias y Motril.
Tres verdugos: el padre de un alumno díscolo y, presuntamente, dos compañeras de la agredida.
Cuatro víctimas: el director del Instituto Montevives, una muchacha motrileña de 14 años, las familias y amigos de los implicados y ese “todos nosotros” que llamamos sociedad.
La “ley del más fuerte” vuelve a enturbiar las portadas de la prensa de Granada y los informativos de nuestras televisiones y radios locales.
Los hechos denunciados en ambos casos, son execrables. El primero es un adulto y padre que en plena ¿madurez mental? graba a fuego en la memoria de sus hijos y en la de cualquier menor “receptivo”, que la fuerza bruta (muy bruta) es la mejor respuesta a un desacuerdo. El segundo podría ser la semilla de esa nueva forma de amargar vidas y arruinar futuros que ya tiene nombre (por supuesto en inglés) pero no solución. Al menos por el momento.
Siempre hubo violencia en la escuela , lo que no la justifica en absoluto. Es clásica la leyenda sobre novatadas más o menos cerriles a estudiantes recién llegados, la figura del matón de clase que quitaba el bocadillo a los pequeños, o la de pandillas tiranas que cargaban todo tipo de crueldades sobre quienes se pasaban de peso, llevaban gafas o simplemente no vestían la marca más “in” del momento.
También había respuestas violentas de algunos padres. Entonces pegaban a sus hijos por sacar malas notas. Ahora se enfrentan a los profesores, (a veces también víctimas de la tiranía de alumnos “crecidos” ante el arrope de estos “padres coraje”), simplemente por ejercer de tales. Era terrible conocer que había suicidios juveniles por desamor o por miedo al castigo ante las malas notas. Ahora lo hacen por pánico a compañeros de clase que no saben nada del compañerismo y carecen de clase alguna. Violencia antes y ahora. Mala hierba nunca muere.
La triste novedad del llamado bullying es que la agresión deja de ser un medio puntual para conseguir un fin concreto y se convierte en una forma diaria de relación entre los jóvenes, en una cuestión de identidad: nosotros somos los acosadores (suelen ir en grupo) y tú (la víctima siempre está sola) nuestro objetivo diario. Entonces este chico o chica, en el mejor de los casos, acude a la comisaría más cercana y en el peor, al terraplén más alto del pueblo.
Aun se investiga si en los casos ocurridos en Granada (dos más conocidos al cierre de este editorial) hablamos de agresiones puntuales o de acoso. Aun así, si realmente a la joven motrileña le dijeron “si hablas te matamos” (la Justicia dirá) fue inteligente al preferir cortar de raíz y hablar. Si dice la verdad, bien ha sabido que lo peligroso es callar y arriesgarse a que con el tiempo su silencio sea tan desesperado como para convertirla en su propia verduga. Visto el negro panorama de los pupitres nacionales, no parece, desgraciadamente, exagerado. Lástima que el padre de Las Gabias no tuviese ni la mitad de luces que esta adolescente.
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