OPINIÓN Levante eMV ,1/06/05
JOSÉ LUIS FERRANDO LADA - Profesor de teología y filosofía
A pocas semanas del final de curso, una vez más, la tragedia empaña los ámbitos educativos. La muerte de una joven estudiante, muy cerca, en Elda, remueve las entrañas de todos los que con vocación, ilusión y esperanza intentamos cada día no sólo enseñar, sino también educar. La mayoría de los docentes queremos no sólo transmitir unos conocimientos, sino también unos valores humanos positivos que ayuden a situarse a nuestros jóvenes ante la vida. Y ésta es una tarea, que muchas veces queda anegada por una cotidianeidad dura y frustrante, en la que nos sentimos transportados a escenarios que nos ponen al límite de nuestras posibilidades. Sin embargo, desde esa tensión renovamos cada día las fuerzas porque creemos en lo que estamos haciendo. Por eso, el colectivo de enseñantes nos consideramos, sin duda, profundamente interpelados en esos hechos tan terribles y nos preguntamos: qué podemos hacer. Pero, también, ha de hacerlo la sociedad, los padres... Nadie puede inhibirse de la exploración de las mejores soluciones para un problema tan complicado. Las responsabilidades y culpabilidades siempre son compartidas, pero también la búsqueda de remedios.
En cuanto a las circunstancias concretas de la muerte de Cristina hemos de dejar que los tribunales hagan su trabajo y traten de explicar las causas. Pero los indicios apuntan a una situación de bullying, como causante del suicidio. En principio estamos, de nuevo, ante un acoso reiterado y terrible que termina destrozando las defensas de la persona, que opta por quitarse la vida. En este caso, cualquier otra hipótesis sería mucho más grave. Ante esto, los interrogantes surgen inevitablemente: que está fallando en el sistema y qué podemos hacer para arbitrar una política preventiva y represiva seria y eficaz.
La singularidad del acontecimiento de Elda no anula su carácter paradigmático. En nuestros centros educativos se dan, a distintos niveles de gravedad, muchos más casos de acoso físico, verbal o psicológico entre los estudiantes de los que pensamos o sospechamos. Pero los códigos de las aulas no permiten muchas veces detectar con claridad su incidencia real. Estamos con frecuencia ante verdaderos dramas, vividos en silencio, que desbordan la frágil personalidad de algunos muchachos y muchachas. La inusitada crueldad con que algunos estudiantes tratan a sus compañeros-as es realmente increíble. A esto hay que añadir el silencio de algunos que asisten como espectadores de los hechos. La connivencia activa de otros, que implica la aprobación y participación. Al final, todos parecen auto-convencerse de la normalidad de las situaciones y optan por inhibirse para no crearse problemas. Solamente unos pocos tienen la valentía de denunciar la injusticia de unos actos en los que no están de acuerdo, ya que nunca existen motivos que los justifiquen.
Sin lugar a dudas, necesitamos urgentemente especialistas en este campo de la violencia infantil y juvenil. Su tarea específica, en coordinación con los equipos directivos y tutores sería la detección, gestión y seguimiento de este tema en los centros educativos. El sentido común y la buena voluntad no son suficientes para hacer frente a la complejidad de la mayoría de los casos. Un caso de bullying es un problema no sólo para el Colegio o Instituto, sino también para la familia de la víctima, del verdugo y para la sociedad. En cada una de estas instancias es necesario intervenir posiblemente de manera distinta, y siempre pensando en el bien de todos los implicados. Los porqués de la victimización de los unos y de la agresividad de los otros necesitan de una mano experta, para desde las causas atisbar las mejores soluciones. No me parece que puedan haber dos casos iguales, Solamente una convergencia de acciones combinadas y coordinadas de estas distintas instancias (centro educativo, especialistas, padres, alumnos...) hará posible la disminución de este fenómeno social. Únicamente, si tomamos conciencia de que estamos ante un problema grave, actuaremos en consecuencia. Los casos mediáticos son sólo la punta del iceberg. El día a día de muchos chavales en los centros educativos es un auténtico drama. Los porcentajes que manejan los expertos son lo suficientemente elevados como para que desde los Gobiernos se tomen las medidas pertinentes.
En nuestra Comunidad, el conseller Alejandro Font de Mora, ya creó el Observatorio para este tema, pero hemos de avanzar. Varias generaciones de psicólogos bien formados están haciendo otras cosas. A lo mejor habría que recuperar a algunos de ellos, y desde una formación complementaria, ponerles a trabajar en esta área específica. Alejandro, demuestra tu eficacia y pon en marcha ya para el próximo curso un equipo itinerante potente que recoja datos y elabore protocolos de actuación claros y precisos en esos casos. Y el siguiente curso equipos estables en las comarcas y así..., a lo mejor, le ganamos la batalla.
www.levante-emv.com
JOSÉ LUIS FERRANDO LADA - Profesor de teología y filosofía
A pocas semanas del final de curso, una vez más, la tragedia empaña los ámbitos educativos. La muerte de una joven estudiante, muy cerca, en Elda, remueve las entrañas de todos los que con vocación, ilusión y esperanza intentamos cada día no sólo enseñar, sino también educar. La mayoría de los docentes queremos no sólo transmitir unos conocimientos, sino también unos valores humanos positivos que ayuden a situarse a nuestros jóvenes ante la vida. Y ésta es una tarea, que muchas veces queda anegada por una cotidianeidad dura y frustrante, en la que nos sentimos transportados a escenarios que nos ponen al límite de nuestras posibilidades. Sin embargo, desde esa tensión renovamos cada día las fuerzas porque creemos en lo que estamos haciendo. Por eso, el colectivo de enseñantes nos consideramos, sin duda, profundamente interpelados en esos hechos tan terribles y nos preguntamos: qué podemos hacer. Pero, también, ha de hacerlo la sociedad, los padres... Nadie puede inhibirse de la exploración de las mejores soluciones para un problema tan complicado. Las responsabilidades y culpabilidades siempre son compartidas, pero también la búsqueda de remedios.
En cuanto a las circunstancias concretas de la muerte de Cristina hemos de dejar que los tribunales hagan su trabajo y traten de explicar las causas. Pero los indicios apuntan a una situación de bullying, como causante del suicidio. En principio estamos, de nuevo, ante un acoso reiterado y terrible que termina destrozando las defensas de la persona, que opta por quitarse la vida. En este caso, cualquier otra hipótesis sería mucho más grave. Ante esto, los interrogantes surgen inevitablemente: que está fallando en el sistema y qué podemos hacer para arbitrar una política preventiva y represiva seria y eficaz.
La singularidad del acontecimiento de Elda no anula su carácter paradigmático. En nuestros centros educativos se dan, a distintos niveles de gravedad, muchos más casos de acoso físico, verbal o psicológico entre los estudiantes de los que pensamos o sospechamos. Pero los códigos de las aulas no permiten muchas veces detectar con claridad su incidencia real. Estamos con frecuencia ante verdaderos dramas, vividos en silencio, que desbordan la frágil personalidad de algunos muchachos y muchachas. La inusitada crueldad con que algunos estudiantes tratan a sus compañeros-as es realmente increíble. A esto hay que añadir el silencio de algunos que asisten como espectadores de los hechos. La connivencia activa de otros, que implica la aprobación y participación. Al final, todos parecen auto-convencerse de la normalidad de las situaciones y optan por inhibirse para no crearse problemas. Solamente unos pocos tienen la valentía de denunciar la injusticia de unos actos en los que no están de acuerdo, ya que nunca existen motivos que los justifiquen.
Sin lugar a dudas, necesitamos urgentemente especialistas en este campo de la violencia infantil y juvenil. Su tarea específica, en coordinación con los equipos directivos y tutores sería la detección, gestión y seguimiento de este tema en los centros educativos. El sentido común y la buena voluntad no son suficientes para hacer frente a la complejidad de la mayoría de los casos. Un caso de bullying es un problema no sólo para el Colegio o Instituto, sino también para la familia de la víctima, del verdugo y para la sociedad. En cada una de estas instancias es necesario intervenir posiblemente de manera distinta, y siempre pensando en el bien de todos los implicados. Los porqués de la victimización de los unos y de la agresividad de los otros necesitan de una mano experta, para desde las causas atisbar las mejores soluciones. No me parece que puedan haber dos casos iguales, Solamente una convergencia de acciones combinadas y coordinadas de estas distintas instancias (centro educativo, especialistas, padres, alumnos...) hará posible la disminución de este fenómeno social. Únicamente, si tomamos conciencia de que estamos ante un problema grave, actuaremos en consecuencia. Los casos mediáticos son sólo la punta del iceberg. El día a día de muchos chavales en los centros educativos es un auténtico drama. Los porcentajes que manejan los expertos son lo suficientemente elevados como para que desde los Gobiernos se tomen las medidas pertinentes.
En nuestra Comunidad, el conseller Alejandro Font de Mora, ya creó el Observatorio para este tema, pero hemos de avanzar. Varias generaciones de psicólogos bien formados están haciendo otras cosas. A lo mejor habría que recuperar a algunos de ellos, y desde una formación complementaria, ponerles a trabajar en esta área específica. Alejandro, demuestra tu eficacia y pon en marcha ya para el próximo curso un equipo itinerante potente que recoja datos y elabore protocolos de actuación claros y precisos en esos casos. Y el siguiente curso equipos estables en las comarcas y así..., a lo mejor, le ganamos la batalla.
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