OPINIÓN
CONVERSABA el otro día con un amigo, escritor de literatura infantil y juvenil. Me interesa ese ámbito porque considero que la persona que consigue atraer la atención de un lector adolescente, vencer en la competencia con las game boy, el móvil, la televisión, las motos, o los walkmen tiene mucho mérito.
SERGI DORIA - Catalunya (www.abc.es 07/06/06)
No es ninguna casualidad que el mayor fenómeno editorial del último lustro sea Carlos Ruiz Zafón, un autor que «hizo los deberes» en la literatura juvenil, antes de pergeñar «La sombra del viento». Pues bien, mi amigo escritor, me confesó que no conseguía comunicarse con su hija de dieciséis años; que le era difícil establecer unas normas mínimas de autoridad, que no podía prohibir a su hija que tuviera móvil...
Utilizando una expresión de McLuhan, los jóvenes viven hoy en casas sin muros. La autoridad paterna es demasiado permeable. Los jóvenes viven a un ritmo nervioso de mensajes y estímulos que impide reflexionar. A la carencia de diques familiares, se une un sistema educativo a la deriva: profesores como meros interlocutores de programas ineficientes. Uno de los mayores daños del franquismo ha sido el poso que los conceptos prostituidos por la retórica del Régimen han dejado en varias generaciones de padres y maestros. Disciplina, autoridad, jerarquía, norma, urbanidad, puntualidad, conducta, voluntad, espíritu, fe... siguen pareciendo vocablos de la FEN. En esa tierra quemada prosperó el nacional-progresismo, el «prohibido prohibir», la confusión de la Filosofía con la autoayuda...
Si hubo un tiempo en que la rigidez escolar se identificó con una prisión para los jóvenes, hoy esa prisión se tiñe de sangre con el acoso que sufren algunos alumnos y que acaban en asesinatos o suicidios. Siempre ha habido gamberros en las clases, acosadores y motejadores, pero antes existían jerarquías -el profesor, el director, el catedrático, el padre o la madre superiora- que acababan imponiendo un veredicto -tal vez injusto, pero preferible al caos-; hoy el acoso y la violencia son multidisciplinares. La escuela es un erial ético donde el profesor es incapaz de imponer la disciplina sin ser cuestionado por unos padres que han hecho del hijo la proyección de su narcisismo. El móvil se ha convertido una pieza luciferina de la que el adolescente no puede prescindir sin caer en el síndrome de abstinencia o el desprestigio social. El 38 por ciento de los menores entre 11 y 17 años confiesan adicción a los mensajes y un 18 porciento admite sentirse acosado sexualmente o con mensajes amenazadores e insultantes. Decía que siempre hubo acoso en la escuela: en mis tiempos de bachiller, ser elogiado por el profesor o aparecer en el Cuadro de Honor era como colgarse un Wanted: los más chuletas y holgazanes te podían hacer la vida imposible en el patio o a la salida del colegio... Hoy el asunto es más morboso: una juventud a la intemperie, sin criterios morales, enfrentada a sus progenitores, se entrega a los hábitos violentos que insuflan los mass-media. En el feudo del listón a la baja, en el reino de la mediocridad, en el país de los ciegos el tuerto no es el rey, sino que las pasa canutas. El alumno tímido, el escolar aplicado, es caricaturizado. En muchos casos, el elogio del maestro es recibido por el alumno ejemplar como algo molesto que le acarrea problemas con sus compañeros. Escribió Cioran: «La desdicha es cosa de jóvenes...son ellos quienes necesitan sangre, gritos, tumulto y barbarie». En eso se han convertido muchos institutos de ocios aseteados por bandas juveniles. Una navaja trazó su geografía la semana pasada: Berga, Hospitalet... ¿Cuál será la próxima estación de la violencia?
CONVERSABA el otro día con un amigo, escritor de literatura infantil y juvenil. Me interesa ese ámbito porque considero que la persona que consigue atraer la atención de un lector adolescente, vencer en la competencia con las game boy, el móvil, la televisión, las motos, o los walkmen tiene mucho mérito.
SERGI DORIA - Catalunya (www.abc.es 07/06/06)
No es ninguna casualidad que el mayor fenómeno editorial del último lustro sea Carlos Ruiz Zafón, un autor que «hizo los deberes» en la literatura juvenil, antes de pergeñar «La sombra del viento». Pues bien, mi amigo escritor, me confesó que no conseguía comunicarse con su hija de dieciséis años; que le era difícil establecer unas normas mínimas de autoridad, que no podía prohibir a su hija que tuviera móvil...
Utilizando una expresión de McLuhan, los jóvenes viven hoy en casas sin muros. La autoridad paterna es demasiado permeable. Los jóvenes viven a un ritmo nervioso de mensajes y estímulos que impide reflexionar. A la carencia de diques familiares, se une un sistema educativo a la deriva: profesores como meros interlocutores de programas ineficientes. Uno de los mayores daños del franquismo ha sido el poso que los conceptos prostituidos por la retórica del Régimen han dejado en varias generaciones de padres y maestros. Disciplina, autoridad, jerarquía, norma, urbanidad, puntualidad, conducta, voluntad, espíritu, fe... siguen pareciendo vocablos de la FEN. En esa tierra quemada prosperó el nacional-progresismo, el «prohibido prohibir», la confusión de la Filosofía con la autoayuda...
Si hubo un tiempo en que la rigidez escolar se identificó con una prisión para los jóvenes, hoy esa prisión se tiñe de sangre con el acoso que sufren algunos alumnos y que acaban en asesinatos o suicidios. Siempre ha habido gamberros en las clases, acosadores y motejadores, pero antes existían jerarquías -el profesor, el director, el catedrático, el padre o la madre superiora- que acababan imponiendo un veredicto -tal vez injusto, pero preferible al caos-; hoy el acoso y la violencia son multidisciplinares. La escuela es un erial ético donde el profesor es incapaz de imponer la disciplina sin ser cuestionado por unos padres que han hecho del hijo la proyección de su narcisismo. El móvil se ha convertido una pieza luciferina de la que el adolescente no puede prescindir sin caer en el síndrome de abstinencia o el desprestigio social. El 38 por ciento de los menores entre 11 y 17 años confiesan adicción a los mensajes y un 18 porciento admite sentirse acosado sexualmente o con mensajes amenazadores e insultantes. Decía que siempre hubo acoso en la escuela: en mis tiempos de bachiller, ser elogiado por el profesor o aparecer en el Cuadro de Honor era como colgarse un Wanted: los más chuletas y holgazanes te podían hacer la vida imposible en el patio o a la salida del colegio... Hoy el asunto es más morboso: una juventud a la intemperie, sin criterios morales, enfrentada a sus progenitores, se entrega a los hábitos violentos que insuflan los mass-media. En el feudo del listón a la baja, en el reino de la mediocridad, en el país de los ciegos el tuerto no es el rey, sino que las pasa canutas. El alumno tímido, el escolar aplicado, es caricaturizado. En muchos casos, el elogio del maestro es recibido por el alumno ejemplar como algo molesto que le acarrea problemas con sus compañeros. Escribió Cioran: «La desdicha es cosa de jóvenes...son ellos quienes necesitan sangre, gritos, tumulto y barbarie». En eso se han convertido muchos institutos de ocios aseteados por bandas juveniles. Una navaja trazó su geografía la semana pasada: Berga, Hospitalet... ¿Cuál será la próxima estación de la violencia?







