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lunes, 20 de junio de 2005
UN solo caso de violencia escolar es suficiente para preocupar. No lo ha dicho un enemigo jurado de la Administración ni un agorero del resentimiento, sino la ministra de Educación, María Jesús San Segundo, para quien la reiteración de agresiones verbales y físicas en los centros de enseñanza y su entorno suponen un fracaso colectivo: "Es lo contrario de lo que queremos transmitir".
José Aguilar, 4/6/05- Andalucía (diariodecadiz.com)
Estamos acostumbrados a posturas más bien defensivas al respecto. La consejera andaluza del ramo, por ejemplo, gran teórica del "buen rollito" en las aulas, ha venido manteniendo, impertérrita, cuando profesores y expertos dan la voz de alarma, que son episodios aislados, apenas perceptibles en el conjunto del sistema, una nimiedad estadística. Ya lo sabe: un solo caso basta para preocuparse. Y ocuparse, porque la ministra se ha mostrado dispuesta a apoyar con personal cualificado a aquellos centros donde se produzcan brotes violentos.

Esta semana le ha tocado el triste protagonismo al instituto de Las Gabias, en Granada, donde el padre de un alumno que había sido expulsado por insultar a uno de los docentes retuvo durante más de veinte minutos al director del centro en su propio despacho, empujándolo, amenazándolo y golpeándolo. El ejemplo que el padre da a su criatura no puede ser más espeluznante: no se pregunta qué ha hecho mal su hijo como para que los responsables educativos lo expulsen del instituto, sino que se pone incondicionalmente de parte del vástago castigado hasta llegar a la agresión.

Esta actitud es bastante indicativa de cómo entienden muchos padres la educación de sus hijos. Se inhiben por completo de la enseñanza que reciben, su trayectoria, su conducta, sus amistades, etcétera, transfiriendo sus deberes en exclusiva a la comunidad docente... hasta que el chico llega a casa con una sanción encima. Entonces, más que inhibirse, se desinhiben a tope, y acuden a las aulas a exigir explicaciones que de antemano rechazan. Nunca la culpa es del niño, nunca asumen que los alumnos tienen deberes, además de derechos, nunca admiten que si ellos no niegan nada a sus hijos la escuela, en cambio, necesita para funcionar disciplina y esfuerzo.

Hay una disfunción radical, en efecto, entre el mensaje que muchos padres contemporáneos transmiten a los hijos en casa (el capricho es ley, no se les puede negar nada, no conviene que sufran frustraciones) y el hecho de que la enseñanza reglada precisa de algunas reglas que son, ciertamente, fastidiosas: hay que escuchar, hincar los codos, respetar la autoridad del profesor, estudiar materias que no molan, ajustarse a un horario...

Precisamente una premisa básica de la socialización es conseguir que el alumno aprenda a convivir con la coerción. Si por ellos fuera, los niños seguirían jugando siempre. (De hecho, hay quienes llegan a la mayoría de edad creyendo que la vida es pura diversión: son los más idóneos candidatos a amargarse). Me contaba un amigo enseñante que una chiquilla repelente le dijo en plena clase que ella no pensaba estudiar puesto que nadie le pagaba por ello. ¡Menudo porvenir le espera a la pobre!

La agresión de un padre a un maestro es una bomba de efecto inmediato en el cerebro de su hijo: se pueden afrontar las dificultades a través de la violencia. Y lo que vale en relación con los profesores, vale con más "motivo" para las relaciones entre los teóricamente iguales. De ahí vienen los casos cada vez más frecuentes de acoso escolar. Hemos tenido otro también en Andalucía, en Motril, donde una chica de catorce años fue golpeada y amenazada de muerte por otra estudiante por haber testificado sobre otra agresión previa en el mismo centro.

Lo nuevo no es que un grupo de pequeños matones maltraten a un compañero porque sea un empollón, esté gordo o, simplemente, no siga las pautas de conducta de la manada y sus elementos dominantes –esto lo ha habido siempre–, lo nuevo es que estos hechos se producen ahora en un contexto de agresividad social creciente, en el que los conflictos se afrontan a golpes y se impone la ley del más fuerte. Hemos visto en otros lugares de España –por ahora– que esta situación puede conducir al suicidio, pero en cualquier caso conduce a la pérdida de autoestima de las víctimas, el aislamiento, la humillación que deja huellas tal vez para siempre.

Se dice, con razón, que en ocasiones los enseñantes son de algún modo responsables de estos acosos, que se desarrollan en parte a la vista de todos. Sin embargo, volvemos a lo mismo, no puede ser que la sociedad toda y la autoridad depositen las labores de alerta sobre los hombros de los profesores, cuya autoridad ha sido previamente socavada por una combinación explosiva de planteamientos presuntamente modernos de igualitarismo y libertad extrema de la política educativa progre y el desentendimiento de los padres, que almacenan a sus hijos en colegios e institutos y esperan sentados a que se los devuelvan formados y graduados sin gastar su precioso tiempo en hacer un seguimiento de su marcha.

El lobo de la violencia está enseñando sus patas también aquí.
Imagen
Reunión de claustro en un IES de Granada tras una agresión a su director .


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