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domingo, 26 de junio de 2005
12.000 niños madrileños sufren acoso escolar en las aulas madrileñas
El acoso escolar es una realidad que ha estallado ante la cara de la sociedad. El detonante fue el caso de Jokin: un chico de 14 años que se quitó la vida el 21 de septiembre del año pasado arrojándose desde la muralla de Hondarribia (Guipúzcoa). Durante meses había sufrido el acoso sistemático de un grupo de compañeros de su clase, el 4º A de ESO del instituto Talaia. Según estimaciones del Defensor del Menor de la Comunidad (de Madrid), el 3,3% de los estudiantes madrileños -más de 12.000- son víctimas de matonismo y tienen miedo de ir a clase cada día. "La clave es intervenir en conflictos de baja intensidad para que no vayan a más. ¿Quién mejor que los propios alumnos?", explica la profesora Isabel Fernández.

BEATRIZ LUCAS - Madrid (EL PAÍS - 19-06-2005
)


"Puta mentirosa. Eres una falsa y una miedosa. ¡Vete del instituto!". Cuando Luisa recibió ese mensaje, por correo electrónico, decidió contárselo a sus padres porque ya no aguantaba más. Como todos los menores que figuran en este reportaje prefiere usar un nombre falso porque tiene miedo. Había sufrido seis meses de abusos hasta que lo contó. Era nueva en el instituto y al principio las cosas fueron bien, incluso hizo una amiga. Tenía 15 años y nunca había tenido problemas para conocer gente. Un mes después comenzaron las humillaciones orquestadas por tres chicas de su clase. En varias ocasiones tuvo que recortarse la melena porque le habían pegado chicles en el pelo.

Pronto llegaron los insultos y la soledad. Un día, las tres chicas invitaron a Luisa a ir al cine con la excusa de hacer las paces. Ella creyó que había cambiado su suerte. Ilusionada, llegó al lugar de la cita. Le esperaban con una pandilla de desconocidas. Le pegaron una paliza. No se lo contó a sus padres. Cuando empezaron las amenazas por correo electrónico, ya no pudo más. Sus padres lo denunciaron a la policía. Así comenzó el infierno en el que sigue inmersa mientras la fiscalía de menores estudia su caso.

La pesadilla de Luisa es una de las que se ocultan tras las frías estadísticas: el 1% de estudiantes de secundaria de la región -más de 3.000- sufren agresiones físicas durante el acoso escolar. Según estimaciones del Defensor del Menor (+), el 3,3% de los estudiantes madrileños -más de 12.000- son víctimas de matonismo continuado y tienen miedo de ir a clase cada día. También se traduce en trastornos físicos por la presión psicológica que sufren. "Son comunes los vómitos, dolores intensos de cabeza, trastornos del sueño...", explica Pedro Núñez Morgades. Este 3,3% de agresiones tienen unas características comunes que lo diferencian de una vulgar pelea de patio: es continuado, con intención de hacer daño, ocurre en el entorno del centro escolar y cuenta con el silencio cómplice del grupo. Es un maligno juego de dominio, demostración de fuerzas y reafirmación en el grupo, ante alguien más débil.

Las causas de este fenómeno son diversas. "Entre chicas es frecuente que sea por celos, porque el chico al que quiere la agresora anda detrás de la víctima, o también por motivos de su físico", explica Rodrigo García, asesor de educación de la oficina del Defensor del Menor.

La catedrática de la Complutense María José Díaz Aguado asegura que en parte se debe a la incoherencia de la sociedad frente a la violencia que, mientras la condena, a la vez tolera actitudes agresivas. Además, los jóvenes están cada vez más expuestos a influencias violentas.

Las profesoras Isabel Fernández e Isabel Hernández han realizado para el Defensor del Menor una guía, tanto para padres como para alumnos. "Influyen factores personales, familiares y sociales tanto del agresor como de la víctima y el entorno escolar", aseguran. El agresor es incapaz de ponerse en el lugar del agredido y a veces llega a pensar que se merece el tormento porque "le está provocando". La actitud de desprecio y violencia sirve para demostrar al grupo, principal espacio de desarrollo en esta etapa evolutiva, que son fuertes y para ganar una posición de supuesto respeto respaldada por el silencio de sus compañeros. El acosador no suele identificarse como tal. Considera que las agresiones son bromas, y suele sufrir problemas familiares y de inseguridad en sí mismo que se ocultan bajo la actitud del matón. Las víctimas, en cambio, suelen ser niños sobreprotegidos, con dificultades para relacionarse con los demás.

Como en la historia de Luisa, que comenzó con insultos, los abusos suelen empezar con intensidad baja. "En todos los centros escolares se dan enfrentamientos de este tipo, hay que pararlos a tiempo y que los mismos alumnos sepan parar esas situaciones", explica Isabel Fernández. Si el agresor percibe que su víctima carece de protección, aumentará la intensidad y frecuencia de sus abusos. El agredido, avergonzado, llega a culparse de los abusos y silencia las intimidaciones. El 14% de los menores nunca llega a denunciar el acoso por miedo a ser marginado del grupo. Una amiga de Luisa no se atrevió a defenderla en público, pero un día le envió un correo electrónico: "Quieren volver a pegarte; por favor, no vayas sola ni te metas por callejones oscuros. Intentaré arreglarlo. Lo siento".

Muchos centros escolares organizan talleres para fomentar la convivencia y el respeto. I. P., directora de un instituto del centro de la capital, explica que se ha convertido en su principal preocupación. "Me quita el sueño pensar que un niño puede estar sufriendo cada día y no le podamos ayudar porque no lo sabemos. A veces nos convertimos en cómplices de ese silencio porque el niño cree que los profes no hacemos nada por evitarlo. Nosotros lo interpretamos como bulla, jaleo... y no percibimos ese sufrimiento", asegura. En los centros se enfrentan a una realidad difícil de abordar. "A veces, además de profesores, nos convertimos en detectives, sociólogos, y a veces en actores. Cuando sospechamos que hay una víctima, tenemos que fingir una bronca con él para sacarle de clase y preguntarle con discreción qué ha pasado".

Las agresiones suelen ocurrir en lugares sin vigilancia, como el patio o a la salida de clase. "En una encuesta que hicimos, varias niñas mencionaban que no iban solas al aseo, o bien que acompañan a las amigas al baño como un medio de prevención del acoso", explica la directora.

Otro de los retos a los que se enfrenta la comunidad educativa es que los alumnos hagan suyos los valores que les intentan inculcar. "Es fácil enseñar la teoría, los chavales saben que está mal pegar e insultar a un compañero. Pero la mayoría no consideran que lo que hacen sea acosar, el reto es inculcar actitudes".

El defensor del Menor de la Comunidad de Madrid ha destinado un apartado especial de su memoria anual al acoso escolar. El número de quejas recibidas relacionadas con el acoso se incrementó el 40% de 2003 a 2004. "Hay que tener en cuenta que nosotros recibimos quejas de situaciones extremas", explicó Núñez Morgades. "Que se hayan recibido más quejas es una buena señal: significa que se está rompiendo el silencio", argumentó.

Esta institución se ha propuesto que el curso 2005-2006 sea el comienzo del fin de este problema en las aulas. En su memoria, tras analizar algunas de las quejas recibidas, Núñez Morgades llega a la conclusión de que Madrid no está preparada para combatir el maltrato escolar, y propone una batería de medidas inmediatas. "La región carece de actuaciones específicas, normalizadas y preventivas sobre las situaciones de acoso escolar", dice. Propone un plan global en el que participen todas las escuelas de la Comunidad, con medidas tanto preventivas como específicas, coordinado por la Consejería de Educación en el que participen asociaciones de padres, centros escolares y Ayuntamientos.

Sugiere, entre otras medias, reducir el número de alumnos por centro; que haya profesores más horas seguidas con el mismo grupo para evitar el anonimato; e inversiones en los centros con más dificultades. También propone facilitar el cambio de centro a alumnos que lo requieran por estar acosados, aunque implique aumentar excepcionalmente la ratio. Las guías editadas se repartirán en todos los institutos de la Comunidad, y se pretende crear un teléfono de asistencia y una web donde poder hacer las denuncias.

Luisa, tras la denuncia, sale unos minutos antes de clase para no encontrarse con sus agresoras, le han cambiado de aula y ya nunca sale sola a la calle. Ellas lo niegan todo y la llaman loca mentirosa. Actualmente está en trámites para cambiarse de centro escolar, aunque no lo tiene fácil porque no hay un recurso legal que le conceda prioridad, como víctima de acoso, para cambiar de centro. "Esto es un delito y como tal tiene que tratarse, con privilegios y medidas de protección apropiadas", dicen desde la oficina del Defensor del Menor.

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