La Mirada de JokinBullying · Problemática adolescente
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sábado, 10 de septiembre de 2005
Ya he hablado de esto. Lo hice, absolutamente impresionada, hace sólo unos meses, cuando otro chaval, con la misma edad que mi hijo, se tiró desde una muralla. Jokin está en mi mente desde entonces, como ahora lo estará Cristina.

Isabel Menéndez Benavente lne.es
Como tantas otras Marías, y Pablos, y Alfonsos y todos esos ojos que me miran desde el otro lado de la mesa, diciendo, como Cristina, que no pueden más. Y tengo miedo. No puedo evitarlo. Y también me aterroriza que estos chicos vean como única salida lo que ha hecho Jokin o Cristina. No necesito investigaciones judiciales para saber que si Cristina tomó la decisión, a sus 16 años, de tirarse por un puente, es que algo muy grave pasaba en su vida. Parece que los datos apuntan a eso que algunos de nuestros representantes educativos y también algunos padres siguen considerando cosas de niños, peleas entre chiquillos. La diferencia entre peleas y acoso es bien clara, y sólo se necesita un poco de voluntad para conocerla. Se necesita urgentemente que la sociedad conozca de qué estamos hablando cuando nos referimos al acoso escolar, al «bullying». Cómo puede reconocerse, cómo puede prevenirse, cómo se puede tratar una vez que se detecta. Se necesita información y formación, por parte de profesores y orientadores, también de padres, que tienen que estar más que nunca, atentos a sus hijos. No es necesario alarmar, ni dramatizar, debemos utilizar el sentido común y saber distinguir cuando los problemas entre chicos no pasan de ser enfrentamientos igualitarios, o cuando realmente existe un acoso sistemático, cruel y dirigido hacia una sola persona. Y exactamente igual que podemos como padres llegar a invadir la intimidad de nuestros adolescentes cuando sospechamos que pueden consumir drogas, debemos investigar cuando ellos, a veces sin palabras, nos dicen que están siendo maltratados, que no aguantan más las burlas, las humillaciones, los empujones, el aislamiento de esos «chulos», de esas «chulas» de las que hablaban los familiares de Cristina, que literalmente y por supuesto, sin desear este final, acabaron con su vida. Porque esto, como las drogas, también mata. Los padres de esas «chulas» tienen derecho a saber a quienes tienen en casa, y debemos prestarles ayuda, porque en el fondo, también ellos y ellas son víctimas. Y el centro educativo debe tomar medidas inmediatas, sin quitarse el problema de encima como hacen muchas veces. El decir que esas agresiones suceden en la puerta del colegio no soluciona el problema, me parece de un cinismo impropio de quienes tienen en sus manos la educación de nuestros hijos. Todos somos culpables. En este drama hay tres protagonistas, los acosadores, la víctima y el público. No lo olvidemos. Esos espectadores, esos chicos que asisten impasibles cuando no regocijados al martirio de un compañero, son básicos . Y nosotros como padres, y los docentes como responsables, debemos enseñarles que no deben consentir ese maltrato, que si callan son cómplices. Ni más ni menos. Y hay que decir basta ya a este que también es terrorismo, aunque sea escolar. Hay que plantarles cara. Hay que atajar el problema desde la base, enseñando a nuestros hijos a ser inteligentes emocionalmente, a resolver problemas sin violencia, a enfrentarse a las situaciones, a ponerse en el lugar del otro; hay que prevenir, pero una vez que el mal está hecho, hay que atajarlo, impedir que se propague, que se reproduzca. Debemos y podemos exigir a quienes compete que empleen los medios necesarios, todos, recursos humanos y económicos para que esto vaya controlándose. Hacemos todas las campañas y leyes del mundo para informar y formar, para atajar el maltrato de género. ¿Qué pasa con el maltrato infantil? ¿Por qué no hay campañas de sensibilización hacia este tema? Se me ocurre, entre otras cosas, que el colectivo infantil no vota. Se me ocurre que hasta ahora este acoso era sufrido en silencio y por lo tanto no molestaba, pero todos sabíamos, y los profesionales que trabajamos con chicos más que nadie, que ha existido desde siempre y que deja secuelas irreversibles. Sabemos, porque es un dato constatado que el 40% de los pacientes psiquiátricos ha sufrido acoso escolar en su infancia. También me atrevo a decir, que un tanto por ciento elevadísimo de los maltratadores actuales han sido acosadores escolares en su día. Una de mis pacientes comentaba que lo que ella estaba sufriendo era como un cáncer, que acababa con su vida poco a poco. Cristina decidió que la agonía era demasiado cruel. ¿Cuantas Cristinas más necesitamos? ¿Hasta cuando?

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