Violencia de edad Hace falta un estudio sobre el medio familiar en que viven los niños que agreden.Se han conocido las cifras terribles de un estudio sobre el acoso escolar en Madrid. El fenómeno se relaciona con el de la violencia contra los profesores, el de las bandas juveniles y, en último término, con el de la agresividad ambiente en la sociedad individualista en que vivimos.
También aquí, la reacción oficial se resume en el manido recurso al sistema penal. El ministro de Justicia ya nos anuncia un endurecimiento de la Ley Penal del Menor (internamientos más prolongados, cumplimiento en cárceles de adultos). Aunque los medios existentes, en centros y personal especializado, son tan míseros que han provocado las quejas del Defensor del Pueblo y otros organismos.
En el patio del colegio. De todos modos, suponemos que esa ley se aplicará a los casos más graves. ¿Qué pasará con los miles de abusos cotidianos en los patios de los colegios, con las pequeñas o grandes crueldades que marcan una vida? ¿Acabaremos poniendo vigilantes de seguridad para controlar el recreo? Verdaderamente, el problema de la infancia y de la enseñanza en este país es de esas cuestiones que merecen una seria reflexión general, que pasa por el análisis de las causas por las que se ha llegado a semejante grado de deterioro.
Desgraciadamente, los partidos políticos están demasiado implicados en la pugna entre la enseñanza religiosa y la laica como para llegar al pacto de Estado que sería necesario.
1 comentario
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Cuanta razón tiene el comentarista. Nuestros hijos se están acostumbrando cada vez más a aceptar como normales los comportamientos violentos y agresivos, así como a aplicar la ley del más fuerte contra el más débil. Y esos comportamientos no surgen por sí solos. Los aceptan como normales porque los ven a su alrededor. Qué buen ejemplo el citar "lo que escuchan a sus padres en el asiento de atrás".
Por supuesto que hay que analizar y buscar soluciones en el origen de las causas. Y tomarse mucho más en serio la educación. La de los niños, la de los jóvenes y ... la de los adultos.
Pero tampoco se puede seguir dando la impresión que el cometer un acto violento contra otro ser humano puede quedar impune.
En el equilibrio puede estar la virtud. Hay que invertir bien en educar buenos ciudadanos, responsables, trabajadores y con criterio propio para tomar sus propias decisiones. Pero una vez hecho esto, aquellos que se comporten de forma poco civilizada o criminal deben pagar duramente por sus actos y no pueden seguir siendo un peligro para los demás. Es de justicia. La víctimas no pueden seguir siendo doblemente mancilladas. Primero por el acto que se comete contra ellas. Y luego porque su agresor quede casi impune.
Es un dilema tan viejo como "la zanahoria y el palo". Quien se comporte civilizadamente, que viva tranquilo y con oportunidades. Quien no lo haga, y además demuestre mala intención, alevosia o reiteración, caiga sobre él todo el peso de la ley y quede fuera de la circulación por largo tiempo, cuando no toda su vida. Y por supuesto. Exquisito respeto a los derechos humanos y a la inviolabilidad del ser humano. El que un individuo demuestre poca humanidad contra otros seres humanos, no indica que la sociedad deba vengarse sobre él de la misma forma. Se le quita de circulación, durante el tiempo que sea justo en proporción a los actos que haya cometido, y que dedique ese tiempo a reflexionar o a formarse mejor como persona.
El tiene la oportunidad de seguir teniendo un proyecto de vida, aunque sea limitados. Las víctimas no.
Gonzalo Martínez-Fresneda 22.09.2005 20minutos.es
Por eso, se echa de menos un estudio complementario sobre el medio familiar y social en que viven esos niños. Sin ir más lejos, viendo cómo se las gastan sus papás al volante, cuando les llevan al colegio por las mañanas, es fácil imaginar las pautas de conducta que reciben esas cabecitas del asiento trasero. Porque hay que suponer que los niños no nacen ahora distintos que antes; simplemente, ven cosas distintas.
También aquí, la reacción oficial se resume en el manido recurso al sistema penal. El ministro de Justicia ya nos anuncia un endurecimiento de la Ley Penal del Menor (internamientos más prolongados, cumplimiento en cárceles de adultos). Aunque los medios existentes, en centros y personal especializado, son tan míseros que han provocado las quejas del Defensor del Pueblo y otros organismos.
En el patio del colegio. De todos modos, suponemos que esa ley se aplicará a los casos más graves. ¿Qué pasará con los miles de abusos cotidianos en los patios de los colegios, con las pequeñas o grandes crueldades que marcan una vida? ¿Acabaremos poniendo vigilantes de seguridad para controlar el recreo? Verdaderamente, el problema de la infancia y de la enseñanza en este país es de esas cuestiones que merecen una seria reflexión general, que pasa por el análisis de las causas por las que se ha llegado a semejante grado de deterioro.
Desgraciadamente, los partidos políticos están demasiado implicados en la pugna entre la enseñanza religiosa y la laica como para llegar al pacto de Estado que sería necesario.
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Cuanta razón tiene el comentarista. Nuestros hijos se están acostumbrando cada vez más a aceptar como normales los comportamientos violentos y agresivos, así como a aplicar la ley del más fuerte contra el más débil. Y esos comportamientos no surgen por sí solos. Los aceptan como normales porque los ven a su alrededor. Qué buen ejemplo el citar "lo que escuchan a sus padres en el asiento de atrás".
Por supuesto que hay que analizar y buscar soluciones en el origen de las causas. Y tomarse mucho más en serio la educación. La de los niños, la de los jóvenes y ... la de los adultos.
Pero tampoco se puede seguir dando la impresión que el cometer un acto violento contra otro ser humano puede quedar impune.
En el equilibrio puede estar la virtud. Hay que invertir bien en educar buenos ciudadanos, responsables, trabajadores y con criterio propio para tomar sus propias decisiones. Pero una vez hecho esto, aquellos que se comporten de forma poco civilizada o criminal deben pagar duramente por sus actos y no pueden seguir siendo un peligro para los demás. Es de justicia. La víctimas no pueden seguir siendo doblemente mancilladas. Primero por el acto que se comete contra ellas. Y luego porque su agresor quede casi impune.
Es un dilema tan viejo como "la zanahoria y el palo". Quien se comporte civilizadamente, que viva tranquilo y con oportunidades. Quien no lo haga, y además demuestre mala intención, alevosia o reiteración, caiga sobre él todo el peso de la ley y quede fuera de la circulación por largo tiempo, cuando no toda su vida. Y por supuesto. Exquisito respeto a los derechos humanos y a la inviolabilidad del ser humano. El que un individuo demuestre poca humanidad contra otros seres humanos, no indica que la sociedad deba vengarse sobre él de la misma forma. Se le quita de circulación, durante el tiempo que sea justo en proporción a los actos que haya cometido, y que dedique ese tiempo a reflexionar o a formarse mejor como persona.
El tiene la oportunidad de seguir teniendo un proyecto de vida, aunque sea limitados. Las víctimas no.






