Cuatro entre un millar Una política vasca, una mediadora en conflictos escolares, una activista por los derechos de los inmigrantes y una trabajadora social aspiran al Nobel de la Paz junto a mil mujeres de todo el mundo
Cuenta Mireia Uranga que en algunas culturas existe una choza donde no vive nadie porque su único fin es servir de punto de encuentro a los habitantes del poblado. Algo similar es lo que esta profesora de Secundaria vasca en excedencia, responsable de la promoción de una «cultura de la paz y del diálogo» a escala internacional desde la asociación Gernika Gogoratuz, pone en práctica en los colegios e institutos donde aplica su estrategia de mediación en conflictos.
Convencida de que «el trabajo de paz se hace en red», Uranga trata de que docentes y alumnos acepten que «todos nos merecemos el mismo respeto», se reeduquen en una «cultura del compromiso» y, en lugar de «echar la culpa al otro», asuman responsabilidades. Por ejemplo, si un profesor y un estudiante llevan años «machacándose mutuamente», se les lleva a un espacio ajeno al aula «para que se escuchen en un entorno que les dé seguridad y confianza».
La fórmula también sirve para calmar aguas revueltas por culpa de la política. Uranga recuerda casos en los que ha mediado entre chavales de Jarrai y de Egi -las juventudes de la izquierda abertzale y del PNV-, aunque sin intervenir directamente en las razones del enfrentamiento. «Se trata de que adquieran la experiencia de que es posible resolver conflictos». En los casos de acoso escolar se intenta que los niños «tomen conciencia del sufrimiento del otro». «Aún hay mucha hipocresía. Una madre me llamó para que interviniera porque su hijo estaba siendo acosado pero el centro se negó. Que llegara alguien de fuera suponía aceptar que existía un problema. Y hubo que sacar al alumno del colegio».
Uranga es madre de dos hijos adolescentes y aún no se explica de dónde saca tiempo para atender todos sus proyectos. Dirige un curso de educación en derechos humanos coordinado con 17 países europeos y está inmersa en otro programa para estimular el diálogo entre generaciones en toda Europa. «Hemos llevado a supervivientes del bombardeo de Gernika a las escuelas para que los chavales sepan de primera mano lo que pasó».
elcorreodigital.com
OLATZ BARRIUSO/BILBAO
Paz es nombre de mujer pero, desde 1901 hasta hoy, sólo doce han sido distinguidas con el Nobel. La parlamentaria suiza Gaby Vermot-Mangold se propuso dar la vuelta a la estadística tras sus visitas en calidad de miembro del Consejo de Europa a campos de refugiados en Bosnia, Kosovo o Chechenia, donde se encontró con cientos de mujeres anónimas que trabajaban en silencio para reconstruir su mundo hecho pedazos por la guerra. Y con la ayuda del Ministerio de Exteriores de su país y la ONG 'SwissPeace' logró dar forma al proyecto '1000 mujeres para el Nobel de la Paz 2005', una candidatura sin precedentes que reúne a un millar de mujeres de todo el mundo para competir con Juan Pablo II o el cantante Bono por el reconocimiento de la academia sueca. Una de las cuatro españolas propuestas.
OLATZ BARRIUSO/BILBAO
MIREIA URANGA
Miembro de Gernika Gogoratuz www.gernikagogoratuz.org
«El trabajo de paz se hace en red»
Miembro de Gernika Gogoratuz www.gernikagogoratuz.org
«El trabajo de paz se hace en red»
Cuenta Mireia Uranga que en algunas culturas existe una choza donde no vive nadie porque su único fin es servir de punto de encuentro a los habitantes del poblado. Algo similar es lo que esta profesora de Secundaria vasca en excedencia, responsable de la promoción de una «cultura de la paz y del diálogo» a escala internacional desde la asociación Gernika Gogoratuz, pone en práctica en los colegios e institutos donde aplica su estrategia de mediación en conflictos.
Convencida de que «el trabajo de paz se hace en red», Uranga trata de que docentes y alumnos acepten que «todos nos merecemos el mismo respeto», se reeduquen en una «cultura del compromiso» y, en lugar de «echar la culpa al otro», asuman responsabilidades. Por ejemplo, si un profesor y un estudiante llevan años «machacándose mutuamente», se les lleva a un espacio ajeno al aula «para que se escuchen en un entorno que les dé seguridad y confianza».
La fórmula también sirve para calmar aguas revueltas por culpa de la política. Uranga recuerda casos en los que ha mediado entre chavales de Jarrai y de Egi -las juventudes de la izquierda abertzale y del PNV-, aunque sin intervenir directamente en las razones del enfrentamiento. «Se trata de que adquieran la experiencia de que es posible resolver conflictos». En los casos de acoso escolar se intenta que los niños «tomen conciencia del sufrimiento del otro». «Aún hay mucha hipocresía. Una madre me llamó para que interviniera porque su hijo estaba siendo acosado pero el centro se negó. Que llegara alguien de fuera suponía aceptar que existía un problema. Y hubo que sacar al alumno del colegio».
Uranga es madre de dos hijos adolescentes y aún no se explica de dónde saca tiempo para atender todos sus proyectos. Dirige un curso de educación en derechos humanos coordinado con 17 países europeos y está inmersa en otro programa para estimular el diálogo entre generaciones en toda Europa. «Hemos llevado a supervivientes del bombardeo de Gernika a las escuelas para que los chavales sepan de primera mano lo que pasó».







