No podemos ignorar los extremos de crueldad, insensibilidad y dependencia que se daban en el interior de ese grupo
Entre las informaciones que he podido extraer de la prensa, hay una que me lleva a pensar en los extremos de horror que debió de vivir ese muchacho. Su suicidio se produjo después de que su centro escolar diera muestras de intervenir.
a ese muchacho le horrorizaba la intervención de terceros ante el temor de que pudiera agravar aún más su situación.
Intuyo una soledad desesperada, de la que sólo podían salvarlo quienes, en realidad, se mostraban como sus enemigos, y que temiera cualquier iniciativa que pudiera agrandar ese abismo. Seguramente conocía las consecuencias de alguna iniciativa de ese tipo -el estigma del chivato-. Y aunque es posible que alguien, tal vez la institución escolar, hubiera podido contribuir a la integración armoniosa en el grupo que él probablemente deseaba, no podemos ignorar los extremos de crueldad, insensibilidad y dependencia que se daban en el interior de ese grupo. Sabemos la importancia que la pandilla de amigos tiene en esas edades adolescentes, pero en el comportamiento de ese grupo hay algo anómalo ante lo que no podemos cerrar los ojos, ni tampoco diluir responsabilidades.
¿Se da ese grado de crueldad en todas nuestras pandillas de adolescentes? Si es así, debiéramos empezar a preocuparnos por el hecho y por los motivos. Ahí tiene algo que hacer la institución escolar, proclive a veces a potenciar comportamientos gregarios y a asumir como naturales conductas que se dicen propias de la edad y que rayan en ocasiones con el salvajismo. En ese bosque natural cuesta a veces detectar comportamientos que son, en realidad, delictivos, y aún cuesta más hacerles ver a los implicados que lo son. elpais.es
Entre las informaciones que he podido extraer de la prensa, hay una que me lleva a pensar en los extremos de horror que debió de vivir ese muchacho. Su suicidio se produjo después de que su centro escolar diera muestras de intervenir.
a ese muchacho le horrorizaba la intervención de terceros ante el temor de que pudiera agravar aún más su situación.
Intuyo una soledad desesperada, de la que sólo podían salvarlo quienes, en realidad, se mostraban como sus enemigos, y que temiera cualquier iniciativa que pudiera agrandar ese abismo. Seguramente conocía las consecuencias de alguna iniciativa de ese tipo -el estigma del chivato-. Y aunque es posible que alguien, tal vez la institución escolar, hubiera podido contribuir a la integración armoniosa en el grupo que él probablemente deseaba, no podemos ignorar los extremos de crueldad, insensibilidad y dependencia que se daban en el interior de ese grupo. Sabemos la importancia que la pandilla de amigos tiene en esas edades adolescentes, pero en el comportamiento de ese grupo hay algo anómalo ante lo que no podemos cerrar los ojos, ni tampoco diluir responsabilidades.
¿Se da ese grado de crueldad en todas nuestras pandillas de adolescentes? Si es así, debiéramos empezar a preocuparnos por el hecho y por los motivos. Ahí tiene algo que hacer la institución escolar, proclive a veces a potenciar comportamientos gregarios y a asumir como naturales conductas que se dicen propias de la edad y que rayan en ocasiones con el salvajismo. En ese bosque natural cuesta a veces detectar comportamientos que son, en realidad, delictivos, y aún cuesta más hacerles ver a los implicados que lo son. elpais.es






