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miércoles, 19 de octubre de 2005
Violencia de género y Violencia escolar, fenómenos parejos: malos tratos, lacra social en denuncia pública Y los expertos advierten que es de mayor índice de gravedad el acoso escolar, tan mal llamado 'cosas de chavales' o 'juego de niños'. Cambia los términos del libro de Peñafort 'género' o 'mujer' por 'escolar' y 'alumno/a'. Tendrás un panorama, situaciones y reacciones tristemente semejantes:
CHARO NOGUEIRA 18-09-2005 elpais.es
Una juez contra el maltrato y más. Raimunda de Peñafort Lorente Martínez (Granada, 1952) desborda energía y convicción. Ha renunciado a su puesto en la Audiencia Nacional para desempeñar un cargo menos prestigioso y peor pagado: está al frente de uno de los nuevos juzgados creados para combatir las agresiones machistas, el número 1 de Violencia sobre la Mujer de Madrid. Allí es una "juez de cabecera" para maltratadas. A costa del sueño, esta magistrada, profesora, criminóloga y madre en solitario de tres hijos ha puesto el punto final a Una juez frente al maltrato (Plaza y Janés lo publicará a mediados de octubre). Es un libro con 12 historias reales que persigue un doble objetivo: denunciar y ayudar. Está dedicado a Andrea, una niña de siete años. "La mató su padre en un régimen de visitas. La madre le había denunciado 48 veces y sólo logró tres respuestas judiciales", detalla Lorente con un quiebro en la voz.

Pregunta. Usted comenzó a ejercer como abogada ¿Qué la llevó a querer ser juez?

Respuesta. La falta de contestación jurídica a los argumentos de defensa que yo planteaba. La gota que colmó el vaso fue un asunto del año 1978. Condenaron a mi cliente por tráfico de drogas con un solo indicio: el sello en el pasaporte de que había viajado a Tailandia vía Holanda. Aquello me pareció totalmente injusto y me dije: "Yo quiero poner las sentencias".

P. Y se preparó las oposiciones.

R. Sí. Suspendí la primera vez, pero aprobé las de secretario judicial. Di cerrojazo al despacho, donde ganaba el doble que ahora, y empecé el periplo por los pueblos. Luego me casé y pensaba que de funcionaria podría compatibilizar mejor el trabajo con la familia. Ingresé en la judicatura en 1987, por el llamado tercer turno.

P. En 2002 se convierte en magistrada de la Audiencia Nacional, un destino codiciado. ¿Por qué lo abandona para irse a uno de los nuevos juzgados de violencia sobre la mujer?

R. Como penalista, llegar a la Audiencia era cumplir un sueño inalcanzable, porque allí se aplica un derecho penal que no cabe en otra parte. Son casos de terrorismo, de delincuencia organizada... Pero tras la aprobación de la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, a finales del año pasado, pensé que había que cumplir otro sueño y otro reto profesional.

P. Volvió a empezar de cero.

R. En cierto sentido, con una ley nueva, con una jurisdicción nueva como son los juzgados de violencia, que empezaron a funcionar en junio pasado. Yo siempre había estado muy comprometida con las mujeres maltratadas y, si no hubiera pedido ese destino, no habría sido coherente conmigo misma. Lo hablé con mis hijos, les dije que habría menos dinero en casa y me apoyaron.

P. ¿De dónde viene su sensibilidad hacia la violencia machista?

R. Empieza en mi etapa de abogada. Tenía clientas casadas con personajes muy conocidos que las pegaban. A veces me pedían que se retirara la denuncia, porque creían que su marido las iba a matar si se veía en el juzgado. Ya juez, en mis primeros juicios, que eran de faltas por malos tratos, había mujeres que me increpaban cuando condenaba a su marido. Me decían: "Señoría, que la que tiene que volver a casa con él soy yo". Había hombres que decían que habían pegado a su mujer porque la sopa estaba fría.

P. ¿También percibió entonces que la ley protegía poco a las maltratadas?

R. La mujer que denunciaba pretendía, como pretende hoy, protección y que cesara el maltrato. Por lo general le era y le es indiferente que se condene o no a su pareja, lo que querría es que él cambiara, seguir juntos y que no vuelva a pegarla. Durante años me he sentido deudora de esas mujeres a cuya situación no pude dar una respuesta cabal por falta de recursos jurídicos. En las guardias era tremendo cuando llegaba la mujer apaleada a denunciar y preguntaba dónde podía dormir esa noche. Enviarla a su casa era mandarla al infierno, y yo hacía gestiones para buscarle un alojamiento. Así empecé a conocer las casas de acogida.

P. Usted es la primera juez que, en 1999, pide la extradición de un padre por llevarse a sus dos hijas al extranjero. ¿Cómo se atrevió?

R. Hasta entonces se consideraba que eso no era delito, pero yo creía que esa conducta no podía quedar impune, porque suponía una coacción a la madre y otra a los hijos. A ella se le impedía ejercer la maternidad, y a los hijos, su derecho a criarse al amparo materno. Con aquello me vi más fuera de la carrera que dentro, pero habría sido indigna de seguir vistiendo la toga si no hubiera podido aplicar el derecho conforme lo entiendo. Ésa es la independencia del juez.

P. ¿Supuso un punto de inflexión?

R. Cuando el Consejo de Ministros dio luz verde a la extradición, respiré. Hacer el ridículo nunca me ha parado, porque el que no se equivoca es el que no se mueve. Yo no podía dejarme llevar por la rutina y decirle a aquella mujer: "Señora, aquí no hay delito. Váyase a su casa y olvídese de su hijo". A raíz de aquello me llamaron las asociaciones de mujeres y entré en contacto con ellas. A finales de 2003, aunque estaba en la Audiencia Nacional, fui a unas jornadas para jueces sobre violencia doméstica. Hicimos una visita a un centro de acogida y allí ocurrió algo que determinó que yo escribiera el libro.

P. ¿Qué fue?

R. Una mujer envalentonada lanzó una serie de preguntas, de quejas, de lamentos: "¿Qué dioses creéis ser?, ¿por qué mi vida está en vuestras manos?". Era muy difícil contestar. No teníamos respuestas. Yo me propongo dárselas ahora.

P. ¿Es un libro de autoayuda para maltratadas?

R. Tiene algo de eso. Por ejemplo, les digo que no esperen las soluciones de los demás, porque las soluciones las llevan ellas dentro. La mujer tiene un enorme poder para renacer de sus propias cenizas. No puede cruzarse de brazos y esperar que la solución le venga de fuera. Es cierto que va a necesitar ayuda de la familia, de las amigas, de las instituciones, de los jueces... Pero ella tiene que dar el paso para acabar con la situación, para denunciar.

P. ¿Por qué es tan difícil salir de esa situación?

R. Porque el maltrato hunde a la mujer en un pozo. La cuerda que se lanza para sacarla puede estar trenzada de muchos hilos, sociales, familiares, de amistad, jurídicos... Pero si ella no hace el esfuerzo de agarrarse a la cuerda y de mantenerse asida, no hay quien la saque del maltrato. Algunas víctimas prefieren el abrigo de esa oscuridad a la luz cegadora que se ve fuera y desde donde les dicen: "Sal, que fuera está la vida, y no ahí abajo".

P. ¿A qué se debe?

R. A que la mujer maltratada se acostumbra a caminar de rodillas. Se le atrofian los pies, en las rótulas le salen callos y se habitúa a andar así. Lo hace más cómoda que poniéndose de pie. Para levantarse, necesitará que alguien la ayude y será muy difícil convencerla de que andar de pie es lo normal, porque va a tropezar varias veces. Cuesta que una mujer maltratada capte eso, porque se ha hecho a la forma de vida que tiene, a la humillación continua durante años. Eso marca, destroza. La víctima tiene miedo. Llega a creer que es culpable de lo que le ocurre. El maltratador la aísla, la menosprecia, la culpa de todo. Además, la impunidad ha alimentado el maltrato durante siglos.

P. La nueva ley pretende acabar con todo eso, pero ha levantado polémica. Para algunos, discrimina al crear juzgados para proteger sólo a las mujeres.

R. Yo sé que hay muchas voces en contra de los juzgados de violencia. La razón es que estos juzgados pretenden conseguir la igualdad material y real entre sexos. Y eso es algo que no interesa a mucha gente, incluidas mujeres que pueden tener asumidos roles masculinos. Cuando el hombre y la mujer sean iguales, superando el sexismo, habrá mucha menos violencia.

P. ¿Es usted feminista?

R. Siempre he sido muy independiente. No soy nada que termine en ista, pero me veo en unas tesituras...

P. ¿Cómo justifica que la ley castigue más al hombre que a la mujer que maltraten?

R. La ley castiga más a los hombres porque considera que su actitud violenta respecto a las mujeres viene preñada de los condicionamientos sociales seculares que han contribuido a los roles masculinos de dominio sobre la mujer. Y eso, nos guste o no, es incuestionable. A través de los siglos, el dominio lo ha tenido el varón. A través de los siglos, las leyes las han hecho los hombres. La historia la han escrito ellos, y no las mujeres. También determinaban ellos las pautas educativas, económicas y sociales. El sujeto activo siempre era el varón, y el pasivo, la mujer.

P. ¿No es lo mismo que pegue un hombre o una mujer?

R. Alzar la mano a la mujer en la alcoba está cargado de esos estereotipos de "soy el varón, por eso mando y tengo que controlarte". No es lo mismo que cuando la mujer, que es la sometida, se atreve a levantar la mano al varón. En la violencia de la mujer hacia él no hay carga sociológica. No veo discriminación al establecer penas más graves para los hombres porque el punto de partida es desigual.

P. Pero también existen varones maltratados.

R. Claro que los hay. Son la excepción, y los protege el Código Penal. Ellos sufren más el maltrato psicológico que el físico. Suelen poner punto final a esa situación cuando encuentran a otra compañera. Esta realidad se conoce muy poco en los juzgados, porque es muy difícil que los hombres presenten una denuncia. No quieren que se sepa lo que les pasa. Sus casos están en las consultas de los psiquiatras y de los psicólogos.
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Raimunda de Peñafort Lorente, responsable de asuntos de violencia de género en un juzgado de Madrid.




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