Se han parado ustedes a reflexionar que tal vez se está adjetivando en demasía el problema de la violencia y ello nos está llevando más a la confusión que a su resolución?
FRANCISCO J. CAMPOS Desde hace tiempo viene ocupando nuestra atención, desde los medios informativos, una serie de problemas como violencia de género, violencia en la escuela, etc. Su evidente importancia, ha propiciado que las instituciones oficiales comenzaran a tomar decisiones políticas necesarias. En el fondo han sido movilizaciones sociales, como las organizaciones de mujeres, las que han sabido dar la voz de alarma en la mayoría de los casos. La violencia contra la mujer ha sido un problema histórico y sigue siéndolo. Es evidente que había que tomar medidas políticas, legislativas y policiales. Más recientemente están cobrando notoriedad comunicativa los casos de violencia en las aulas, así como el acoso laboral y similares.
Sin embargo ¿no tienen ustedes la sensación de que se están poniendo parches, necesarios sí, pero parches al fin y al cabo, en lugar de soluciones? Decía Unamuno que, a veces, ante un problema si se tiende a analizarlo, dividirlo y clasificarlo en demasía, deviene en algo tan complejo, que ni siquiera nos permite encontrarle solución.
¿No será que lo que existe es un problema de violencia en la sociedad, que hemos construido una sociedad violenta, una vida cotidiana violenta? Un problema que no nos atrevemos a reconocer, porque en el fondo nos asusta, porque remueve lodos de los que no queremos hablar, porque pone en cuestión cimientos que no se quieren tocar.
Siembra vientos y recogerás tempestades, dice nuestro refrán. Constantemente valoramos la competitividad; diciendo que es buena, que favorece la libertad de mercado; incluso que nos beneficia bajando los precios, por ejemplo. Aunque sabemos que no es cierto, que las grandes compañías o los más poderosos del sector marcan sus leyes y precios, y pactan entre sí incluso la competitividad legal. Aclamamos al triunfador, homologándolo como superior, cuando sabemos que las más de las veces se debe al azar, las influencias o los medios de que se dispuso. Valoramos la agresividad comercial, el espíritu de lucha empresarial, la descalificación e incluso el insulto al oponente, tanto en política como en la relación laboral. Está socialmente aceptado que gana el mejor; y aquel que es frío y destruye a sus oponentes es temido y respetado por la sociedad. Sabemos que vivimos en una sociedad en donde circula impunemente el dinero negro, la corrupción y prevaricación, que se legaliza la especulación, el fraude y la usura, y se tolera la extorsión y la venta del poder. Sabemos que conducir es uno de los factores de riesgo de muerte por la conducción agresiva. Sabemos que ir a trabajar y vivir el estrés cotidiano es el mayor riesgo para nuestras vidas, el ictus es la mayor causa de mortandad entre hombres y mujeres en edad laboral.
¿Acaso no nos damos cuenta que es una continua y cotidiana violencia la que vivimos en nuestra sociedad?
El otro día un compañero, profesor de Universidad, me defendía que tenía que educar a sus hijos para que fueran los primeros, los mejores; porque «la competitividad es lo que se van a encontrar en la realidad de la vida y ello es bueno». Le pregunté qué haría si se enteraba de que uno de sus hijos padecía acoso escolar. Me contestó: Eso ha existido siempre y siempre existirá, yo también la sufrí, como el mayor de mis hijos. ¿Y que le dijiste? ¡Pues pégale tú! ¿Y si él es más fuerte? Pégale por la espalda o con tus amigos. ¿Y si él viene con sus amigos? ¡Mira!, lo mejor, siempre procura ser tú el primero en pegar. Maravillosa lección, le dije, es la síntesis histórica de por qué la sociedad ha evolucionado materialmente, pero no ha progresado ni ética, ni moralmente. Sin embargo esta persona ha alcanzado los más altos niveles de reconocimiento social. Si educamos para la agresividad, la competición y la lucha, ¿no es una hipocresía social sorprendernos de la violencia?
¿Qué tal si a los políticos y administradores de lo público les exigiéramos ser los primeros en demostrar valores sociales, mostrando educación, respetando las ideas del adversario, defendiendo la honradez y la veracidad?
¿Qué tal si legisladores, jueces y policías ejercieran su autoridad construyendo una sociedad donde prevaleciera el derecho y la justicia sociales? Por ejemplo, persiguiendo y penalizando prioritariamente la delincuencia de guante blanco, la especulación, la usura y la prevaricación, dado que son los extorsionadores sociales.
¿Qué tal si profesores y padres educaran sin manipular, ni aborregar, ni aburrir? Por ejemplo, para saber ser libres y creativos, no consumistas y reproductivos. Enseñar a aprender a aprender, esto es, a aprender por sí mismos aquello que realmente quieran aprender, respetándose a sí mismos y a los demás. ¿Qué tal si los creyentes de una u otra religión estuvieran empeñados en la paz y no en luchar en imponer su credo contra los demás en nombre de su propio Dios?
¿Qué tal si mostráramos, todos y cada uno, en todo momento, que la cooperación ciudadana es un valor; que la educación y el civismo son normas fundamentales de convivencia social?
¿Qué tal si aquellos que defienden el cumplir la Constitución y las leyes sean ejemplo de cumplirlas totalmente y no sólo aquellos artículos que les interesan?
¿Qué tal si nos comprometemos a cumplir los Derechos Humanos? Por ejemplo, tratar al otro, al pobre, al inmigrante, como un ser igual en derechos a nosotros mismos.
Si las instituciones y personas relevantes de las sociedades privilegiadas propician cotidianamente la conculcación de las leyes, la extorsión legal, la desigualdad, la guerra y la violencia, y el resto de personas de las sociedades estables lo aceptamos resignada y servilmente; no nos sorprendamos hipócritamente de la cotidianidad de la violencia.
El problema de la violencia, hay que reconocerlo, es un problema cotidiano, político y social.
FRANCISCO J. CAMPOS Desde hace tiempo viene ocupando nuestra atención, desde los medios informativos, una serie de problemas como violencia de género, violencia en la escuela, etc. Su evidente importancia, ha propiciado que las instituciones oficiales comenzaran a tomar decisiones políticas necesarias. En el fondo han sido movilizaciones sociales, como las organizaciones de mujeres, las que han sabido dar la voz de alarma en la mayoría de los casos. La violencia contra la mujer ha sido un problema histórico y sigue siéndolo. Es evidente que había que tomar medidas políticas, legislativas y policiales. Más recientemente están cobrando notoriedad comunicativa los casos de violencia en las aulas, así como el acoso laboral y similares.
Sin embargo ¿no tienen ustedes la sensación de que se están poniendo parches, necesarios sí, pero parches al fin y al cabo, en lugar de soluciones? Decía Unamuno que, a veces, ante un problema si se tiende a analizarlo, dividirlo y clasificarlo en demasía, deviene en algo tan complejo, que ni siquiera nos permite encontrarle solución.
¿No será que lo que existe es un problema de violencia en la sociedad, que hemos construido una sociedad violenta, una vida cotidiana violenta? Un problema que no nos atrevemos a reconocer, porque en el fondo nos asusta, porque remueve lodos de los que no queremos hablar, porque pone en cuestión cimientos que no se quieren tocar.
Siembra vientos y recogerás tempestades, dice nuestro refrán. Constantemente valoramos la competitividad; diciendo que es buena, que favorece la libertad de mercado; incluso que nos beneficia bajando los precios, por ejemplo. Aunque sabemos que no es cierto, que las grandes compañías o los más poderosos del sector marcan sus leyes y precios, y pactan entre sí incluso la competitividad legal. Aclamamos al triunfador, homologándolo como superior, cuando sabemos que las más de las veces se debe al azar, las influencias o los medios de que se dispuso. Valoramos la agresividad comercial, el espíritu de lucha empresarial, la descalificación e incluso el insulto al oponente, tanto en política como en la relación laboral. Está socialmente aceptado que gana el mejor; y aquel que es frío y destruye a sus oponentes es temido y respetado por la sociedad. Sabemos que vivimos en una sociedad en donde circula impunemente el dinero negro, la corrupción y prevaricación, que se legaliza la especulación, el fraude y la usura, y se tolera la extorsión y la venta del poder. Sabemos que conducir es uno de los factores de riesgo de muerte por la conducción agresiva. Sabemos que ir a trabajar y vivir el estrés cotidiano es el mayor riesgo para nuestras vidas, el ictus es la mayor causa de mortandad entre hombres y mujeres en edad laboral.
¿Acaso no nos damos cuenta que es una continua y cotidiana violencia la que vivimos en nuestra sociedad?
El otro día un compañero, profesor de Universidad, me defendía que tenía que educar a sus hijos para que fueran los primeros, los mejores; porque «la competitividad es lo que se van a encontrar en la realidad de la vida y ello es bueno». Le pregunté qué haría si se enteraba de que uno de sus hijos padecía acoso escolar. Me contestó: Eso ha existido siempre y siempre existirá, yo también la sufrí, como el mayor de mis hijos. ¿Y que le dijiste? ¡Pues pégale tú! ¿Y si él es más fuerte? Pégale por la espalda o con tus amigos. ¿Y si él viene con sus amigos? ¡Mira!, lo mejor, siempre procura ser tú el primero en pegar. Maravillosa lección, le dije, es la síntesis histórica de por qué la sociedad ha evolucionado materialmente, pero no ha progresado ni ética, ni moralmente. Sin embargo esta persona ha alcanzado los más altos niveles de reconocimiento social. Si educamos para la agresividad, la competición y la lucha, ¿no es una hipocresía social sorprendernos de la violencia?
¿Qué tal si a los políticos y administradores de lo público les exigiéramos ser los primeros en demostrar valores sociales, mostrando educación, respetando las ideas del adversario, defendiendo la honradez y la veracidad?
¿Qué tal si legisladores, jueces y policías ejercieran su autoridad construyendo una sociedad donde prevaleciera el derecho y la justicia sociales? Por ejemplo, persiguiendo y penalizando prioritariamente la delincuencia de guante blanco, la especulación, la usura y la prevaricación, dado que son los extorsionadores sociales.
¿Qué tal si profesores y padres educaran sin manipular, ni aborregar, ni aburrir? Por ejemplo, para saber ser libres y creativos, no consumistas y reproductivos. Enseñar a aprender a aprender, esto es, a aprender por sí mismos aquello que realmente quieran aprender, respetándose a sí mismos y a los demás. ¿Qué tal si los creyentes de una u otra religión estuvieran empeñados en la paz y no en luchar en imponer su credo contra los demás en nombre de su propio Dios?
¿Qué tal si mostráramos, todos y cada uno, en todo momento, que la cooperación ciudadana es un valor; que la educación y el civismo son normas fundamentales de convivencia social?
¿Qué tal si aquellos que defienden el cumplir la Constitución y las leyes sean ejemplo de cumplirlas totalmente y no sólo aquellos artículos que les interesan?
¿Qué tal si nos comprometemos a cumplir los Derechos Humanos? Por ejemplo, tratar al otro, al pobre, al inmigrante, como un ser igual en derechos a nosotros mismos.
Si las instituciones y personas relevantes de las sociedades privilegiadas propician cotidianamente la conculcación de las leyes, la extorsión legal, la desigualdad, la guerra y la violencia, y el resto de personas de las sociedades estables lo aceptamos resignada y servilmente; no nos sorprendamos hipócritamente de la cotidianidad de la violencia.
El problema de la violencia, hay que reconocerlo, es un problema cotidiano, político y social.
www.levante-emv.com
FRANCISCO J. CAMPOS, 28 DE OCTUBRE DE 2005
Profesor de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Univ. de Valencia
FRANCISCO J. CAMPOS, 28 DE OCTUBRE DE 2005
Profesor de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Univ. de Valencia






