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martes, 01 de noviembre de 2005
Tres psicólogos advierten de la dificultad de detectar los casos de «bulling» y piden preparación específica para los profesores ante el aumento de casos El acoso escolar y el «bulling» se han convertido, de un tiempo a esta parte, en dos de los problemas de la escuela que más preocupan a profesores y padres de alumnos. Las víctimas de los abusos, si éstos no se consiguen frenar a tiempo, pueden sufrir auténticos calvarios psicológicos, cuando no daños físicos. Profesionales avilesinos familiarizados con el acoso y el «bulling» dan en este reportaje las claves para detectar esas prácticas indeseables y consejos sobre cuáles deben de ser las pautas de comportamiento con los menores afectados. Para el profesorado, aconsejan preparación específica

María no quiere ir a la escuela. El desayuno se le atraganta cada mañana, y peor todavía le sientan las collejas que le dan algunos compañeros cuando entra a clase por las mañanas. Es la primera ración del día, pero el menú es copioso: motes, burlas, soledad en los recreos y episodios de humillación. En casa, vómitos y silencio; sus padres se alarman cuando comienza a suspender. El viernes regresó del colegio con los libros mojados, el pelo cortado a tijeretazos y desesperación en el rostro.

La de María es una historia figurada, pero sus síntomas y su problema, el acoso escolar, lo sufren muchos niños y jóvenes. LA NUEVA ESPAÑA se puso en contacto con tres psicólogos de Avilés para conocer hasta qué punto se están dando casos de «bulling» en el municipio, cómo se pueden detectar y qué papel debe desempeñar la sociedad en su conjunto para evitarlos. Emilia Rubio, de Alter Psicólogos, Inmaculada Vallina y Guillermo Menéndez, que además de psicólogo es orientador, ofrecen en este reportaje su percepción del acoso escolar desde su experiencia profesional.

El acosado no tiene necesariamente que ser «empollón», ni usar gafas, ni tener sobrepeso. Puede ser chico o chica y asistir a un colegio público o a uno privado, aunque es más fácil que las agresiones pasen desapercibidas en centros con mucho alumnado. «El perfil del acosado está siendo bastante variado, no encaja por la razón que sea», apunta Rubio. Los niños suelen protagonizar agresiones físicas, mientras que las niñas tienen un comportamiento más sutil, como los insultos y las difamaciones. En cualquier caso, se trata de un abuso de poder continuado.

«Los padres no siempre se enteran pronto, el acosado se avergüenza y no lo cuenta; lo descubren cuando llega a casa con señales de agresión o tiene cambios de comportamiento muy marcados», explica Vallina. El rechazo al «chivato» también dificulta que se cuente lo que pasa. Descenso del rendimiento escolar, bajo estado de ánimo, ansiedad, autoinculpación, miedo, trastornos físicos y llanto son algunos de los síntomas del «bulling».

Cuando los padres detectan que su hijo es víctima de un acoso, lo que deben hacer en primer lugar es hablar con él y escucharle, sin culpabilizarle de la situación. «No se debe caer en decirles "a ver si aprendes a defenderte"», aconseja Menéndez. Una vez que tengan la información, el siguiente paso es acudir al centro para hablar con la dirección y los orientadores, que son quienes deben actuar. El tercer paso, una vez que se verifica el acoso, es la intervención, en doble vertiente: con los compañeros y con el acosado para que aprenda estrategias de cómo responder de manera adecuada, sin violencia pero sin miedo.

«Los profesores necesitarían una formación muy específica para poder resolver estos problemas, los desborda», afirma Vallina. Para la psicóloga es fundamental la organización en los centros, ya que, aunque los docentes están muy sensibilizados, no hay suficiente coordinación. Los tres especialistas consultados coinciden en señalar que el cambio de colegio sólo se recomienda en casos especialmente graves. A la hora de la intervención en el aula, los protagonistas no son sólo el acosador y el acosado, sino también la mayoría que permite el maltrato con su silencio. «Es necesario inculcar a los compañeros que no protejan a los acosadores sino que los denuncien», afirma Menéndez. Por eso son fundamentales los programas de convivencia escolar que favorezcan el respeto, la convivencia, la sensibilidad de los menores, ya que muchas veces el problema corre riesgo de salir de los muros del colegio y traducirse en peleas y agresiones callejeras.

Por la experiencia de Rubio, de los adolescentes y niños que acuden a la consulta, cuatro de cada diez sufren acoso y todos ellos relatan casos de «bulling». El acoso escolar, por tanto, también es una realidad en Avilés.
www.lne.es/
E. CAMPO, 1 de noviembre de 2005

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