Valencia COSAS DE NIÑOS
SEGÚN los últimos estudios y estadísticas realizados entre la población escolar de nuestro país, nos hallamos ante un grave problema de violencia en las aulas. Nuestros hijos tienen muchas posibilidades de convertirse en víctimas de sus propios compañeros de clase, y lo peor es que, cuando eso sucede, los padres suelen ser los últimos en enterarse. No se trata de nada nuevo, todos hemos sido cocineros antes que frailes y sabemos por experiencia propia hasta qué punto de crueldad pueden llegar el niño o el adolescente cuando deciden asociarse y convertir en blanco de sus burlas y vejaciones a alguno de sus vecinos de pupitre.
Mis padres hicieron el sacrificio de llevarme a un colegio caro, muy prestigioso en aquellos años, pero eso no evitó que asistiera como espectador a la masacre sistemática de varios de mis compañeros de clase. Cualquier excusa era buena para caer en grupo sobre el más débil y hacerle la vida imposible. Si un chico se mostraba delicado de maneras, ya podía darse por crucificado entre aquella banda de alevines rebosantes de testosterona; si una adolescente había sido bendecida con un pecho generoso, mala cosa, pues debería soportar su ración cotidiana de comentarios soeces; si otra no desarrollaba el busto suficientemente, peor, pues entonces los comentarios resultarían aún mucho más desagradables. Ser gordo era una tragedia, pero ser delgado no parecía mejor a la hora de librarse del linchamiento, porque los cuatro de siempre tenían algo que objetar contra los gordos y los flacos del mundo. Y tampoco les gustaba la gente con gafas, ni los que no llevaban vaqueros sin la etiqueta roja. He visto golpear a un chiquillo porque a otros tres no les complacía su peinado; he visto acorralar un día tras otro en un círculo de insultos y de desprecio a una muchacha porque tenía una atrofia de nacimiento en su mano izquierda.
No hablo de ataques ocasionales e indiscriminados, aquellos pequeños monstruos sabían bien lo que se hacían, así que cuando señalaban a una de sus víctimas no era para dejarla ir con un par de trastadas. El gordo lo era cada minuto de su vida en las aulas, y así se le recordaba sin descanso y sin piedad; el mariquita no podía hacer un gesto sin ser lapidado; la fea pagaba su tributo de infamia desde que entraba en clase hasta que salía. Pero lo peor es que jamás hubo gordo, mariquita ni fea capaces de denunciar los abusos a los que se les sometía, por miedo, por puro terror, y por vergüenza. Parecían haber asumido su condición natural como una desgracia justamente merecedora de castigo, y encajaban el varapalo con una mansedumbre que aún hoy, cuando recuerdo sus ojos bovinos en mitad de la tormenta, me llena de amargura.
Los profesores parecían no saber; los padres, desde luego, no sabían. Pero nosotros sí sabíamos, y de qué manera, y no hubo nadie con los arrestos suficientes para delatar o enfrentase a aquella banda de canallas. Las aberraciones que llegué a presenciar en el colegio, no he vuelto a encontrármelas en ninguna parte con tal saña. A los catorce años, nadie tenía ya nada que enseñarme acerca de la crueldad. Yo he visto derrumbarse poco a poco a un adolescente, y he mirado a los ojos de los obreros que minaban pacientemente su completa estructura. Ojos fríos de pez, casi ciegos, sin pestañas.
A algunos de los torturadores aún me los cruzo de vez en cuando, caminando por nuestra ciudad. Se han casado, tienen hijos, les van bien los negocios, me dicen. Sonríen, como si no tuvieran memoria, o acaso corazón. Cosas de niños. sevilla.abc.es
>> MIDI: 'Malo, malo, malo' de Bebe - >> sonido-real
Mis padres hicieron el sacrificio de llevarme a un colegio caro, muy prestigioso en aquellos años, pero eso no evitó que asistiera como espectador a la masacre sistemática de varios de mis compañeros de clase. Cualquier excusa era buena para caer en grupo sobre el más débil y hacerle la vida imposible. Si un chico se mostraba delicado de maneras, ya podía darse por crucificado entre aquella banda de alevines rebosantes de testosterona; si una adolescente había sido bendecida con un pecho generoso, mala cosa, pues debería soportar su ración cotidiana de comentarios soeces; si otra no desarrollaba el busto suficientemente, peor, pues entonces los comentarios resultarían aún mucho más desagradables. Ser gordo era una tragedia, pero ser delgado no parecía mejor a la hora de librarse del linchamiento, porque los cuatro de siempre tenían algo que objetar contra los gordos y los flacos del mundo. Y tampoco les gustaba la gente con gafas, ni los que no llevaban vaqueros sin la etiqueta roja. He visto golpear a un chiquillo porque a otros tres no les complacía su peinado; he visto acorralar un día tras otro en un círculo de insultos y de desprecio a una muchacha porque tenía una atrofia de nacimiento en su mano izquierda.
No hablo de ataques ocasionales e indiscriminados, aquellos pequeños monstruos sabían bien lo que se hacían, así que cuando señalaban a una de sus víctimas no era para dejarla ir con un par de trastadas. El gordo lo era cada minuto de su vida en las aulas, y así se le recordaba sin descanso y sin piedad; el mariquita no podía hacer un gesto sin ser lapidado; la fea pagaba su tributo de infamia desde que entraba en clase hasta que salía. Pero lo peor es que jamás hubo gordo, mariquita ni fea capaces de denunciar los abusos a los que se les sometía, por miedo, por puro terror, y por vergüenza. Parecían haber asumido su condición natural como una desgracia justamente merecedora de castigo, y encajaban el varapalo con una mansedumbre que aún hoy, cuando recuerdo sus ojos bovinos en mitad de la tormenta, me llena de amargura.
Los profesores parecían no saber; los padres, desde luego, no sabían. Pero nosotros sí sabíamos, y de qué manera, y no hubo nadie con los arrestos suficientes para delatar o enfrentase a aquella banda de canallas. Las aberraciones que llegué a presenciar en el colegio, no he vuelto a encontrármelas en ninguna parte con tal saña. A los catorce años, nadie tenía ya nada que enseñarme acerca de la crueldad. Yo he visto derrumbarse poco a poco a un adolescente, y he mirado a los ojos de los obreros que minaban pacientemente su completa estructura. Ojos fríos de pez, casi ciegos, sin pestañas.
A algunos de los torturadores aún me los cruzo de vez en cuando, caminando por nuestra ciudad. Se han casado, tienen hijos, les van bien los negocios, me dicen. Sonríen, como si no tuvieran memoria, o acaso corazón. Cosas de niños. sevilla.abc.es
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