VANDALISMO JUVENIL y ADOLESCENTE El incivismo viaja en tren - Tres veces al día se comete un acto vandálico en los trenes y estaciones de cercanías de Renfe. Las líneas de Sant Boi, Sabadell, Mataró y Sant Celoni son para los trenes las más conflictivas, sobre todo en fin de semana
BARCELONA 15/11/2005 LVD Tres veces al día se comete un acto vandálico en los trenes y estaciones de cercanías de Renfe. Una media que no sorprende a los responsables de los Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya (FGC) ni a los de Transports Metropolitans de Barcelona (TMB), porque ellos mismos barajan cifras similares. Cuando no se destroza algún mobiliario de las estaciones o los convoyes, se rompe algún vidrio, se apedrean los vagones, se vacían los extintores, se accionan las alarmas o se grafitean los trenes. El mal tiene nombre y apellidos y le cuesta al trasporte público más de 2,4 millones de euros al año. Es el gasto que las tres compañías (Renfe, FGC y TMB) emplean anualmente para reponer los elementos dañados que ocasiona el vandalismo en el transporte público de Barcelona y su conurbación.
El grafiti ocupa el número uno en la lista de actos vandálicos y los menores de 18 años son sus principales autores. Su campo de acción abarca los más de 700 trenes de cercanías de Renfe, el centenar de convoyes del metro y los 85 trenes de los ferrocarriles catalanes, incluidas todas sus estaciones. En los autobuses, las incidencias son mínimas. Cada vez actúan mejor coordinados y sus acciones incluso se cotizan por internet. Albert Tortajada, director de explotación de FGC, recuerda perfectamente el día que se estrenó el cremallera de Montserrat, en junio del 2003: "Ese día circuló por internet una recompensa para el primero que consiguiera grafitear el tren". De momento, aún no lo han conseguido.
El combate contra las pintadas se gana con otra pintada. Desde hace tiempo las compañías están invirtiendo en cubrir sus estaciones y trenes con pinturas especiales que facilitan la eliminación del grafiti. "Lo que quieren sus autores es que el grafiti perdure. Por eso, limpiarlos es nuestra mejor arma preventiva", cuentan responsables de TMB. Así, en el metro de Barcelona, al igual que en otros transportes públicos, hay un equipo de limpieza de intervención rápida. "Evitar la acumulación de pintadas es también evitar la degradación. Por eso mantenemos un gasto tan elevado en materia de reposición de elementos", asegura Tortajada basándose en los 664.126 euros que su empresa gastó el año pasado en subsanar actos vandálicos.
Pero otro problema, que además está en auge, sobre todo en el metro, son los vidrios rallados. En definitiva no dejan de ser grafitis, pero cuyo coste de restitución es mucho más elevado. Cambiar una ventana cuesta más de 60 euros, según cifras de TMB; más de 3.000 si las ralladas obligan a cambiar todos los vidrios de un convoy. Para combatir este problema, se está comenzando a aplicar en el metro el mismo sistema que ya se emplea en los Ferrocarrils. Es decir, colocar láminas transparentes adheridas de un material que impide que el vidrio quede afectado si se ralla.
Las líneas de Sant Boi y de Sabadell, sobre todo la denominada zona hermética, que es la que concentra el ocio nocturno de esta ciudad, son las más conflictivas para los Ferrocarrils. Renfe coincide con la de Sabadell, pero añade a su lista de líneas conflictivas también la de Mataró y la de Sant Celoni. Son las que registran mayores incidentes, que sobre todo se suceden los fines de semana, cuando las discotecas cierran sus puertas. Son las horas en las que se producen los mayores destrozos de mobiliario, cuando los bancos y otros elementos de las estaciones sufren el mayor acoso de los incívicos y cuando vaciar los extintores se convierte en un hobby. Eso sin contar las paredes e incluso los vagones, que sirven muchas veces como urinarios donde los jóvenes alivian sus noches de marcha.
Problemas que en ningún caso están catalogados como vandalismo de alta intensidad y que combatirlos con multas ha sido hasta ahora difícil, reconocen varios responsables de los transportes. "La nueva ordenanza de civismo de Barcelona es un ejemplo de que algo se está moviendo", dice el directivo de FGC en este sentido. Y opina que "si las multas fueran más ejemplarizantes y se pudieran tomar acciones judiciales quizá tendríamos más éxito". Y es que de momento, actos como rallar un vidrio se consideraba un deslucimiento de bienes inmuebles catalogado como una falta administrativa. Dañar elementos de las estaciones o de los trenes, si no superaban los 400 euros, tampoco se consideran delitos, sino también faltas administrativas.
Pero para los responsables de los transportes públicos los daños que ocasionan los actos vandálicos no sólo pueden analizarse como gastos de reposición. Las repercusiones que tienen en el conjunto también generan importantes costos añadidos. Renfe, por ejemplo, calcula que en lo que va de año, los actos vandálicos han provocado directa o indirectamente 10.000 minutos de retraso en los trenes regionales. Accionar una alarma es un acto incívico, pero su repercusión en los usuarios y en el resto de la línea o líneas no deja lugar a dudas. Eso cuando el convoy o el vagón no queda inutilizado por culpa de un apedreamiento o por un vidrio roto. Por eso, la cuantía económica que Renfe hace de este tema habla de 1,1 millones de euros para el 2005, frente a los 721.214 de TMB, que sólo tiene en cuenta lo que se gastan en reparar desperfectos en sí.
Ante estas situaciones, que afortunadamente van poco a poco remitiendo según todas las empresas, las compañías han ido reforzando progresivamente sus sistemas de seguridad. Renfe realiza controles ocasionales con equipos mixtos de interventor y guarda de seguridad y además ha ampliado las cámaras y ahora dispone de 257 repartidas en las 40 estaciones que tiene de cercanías. Los Ferrocarrils hace apenas un mes y medio se apuntaron al sistema que ya se utiliza en el metro de Barcelona de acompañar a sus vigilantes de seguridad con un perro. "Imponen más respeto y, además, una persona sólo con porra tiene una capacidad de intervención mucho más limitada", aseguran directivos de ambas empresas.
BARCELONA 15/11/2005 LVD Tres veces al día se comete un acto vandálico en los trenes y estaciones de cercanías de Renfe. Una media que no sorprende a los responsables de los Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya (FGC) ni a los de Transports Metropolitans de Barcelona (TMB), porque ellos mismos barajan cifras similares. Cuando no se destroza algún mobiliario de las estaciones o los convoyes, se rompe algún vidrio, se apedrean los vagones, se vacían los extintores, se accionan las alarmas o se grafitean los trenes. El mal tiene nombre y apellidos y le cuesta al trasporte público más de 2,4 millones de euros al año. Es el gasto que las tres compañías (Renfe, FGC y TMB) emplean anualmente para reponer los elementos dañados que ocasiona el vandalismo en el transporte público de Barcelona y su conurbación.
El grafiti ocupa el número uno en la lista de actos vandálicos y los menores de 18 años son sus principales autores. Su campo de acción abarca los más de 700 trenes de cercanías de Renfe, el centenar de convoyes del metro y los 85 trenes de los ferrocarriles catalanes, incluidas todas sus estaciones. En los autobuses, las incidencias son mínimas. Cada vez actúan mejor coordinados y sus acciones incluso se cotizan por internet. Albert Tortajada, director de explotación de FGC, recuerda perfectamente el día que se estrenó el cremallera de Montserrat, en junio del 2003: "Ese día circuló por internet una recompensa para el primero que consiguiera grafitear el tren". De momento, aún no lo han conseguido.
El combate contra las pintadas se gana con otra pintada. Desde hace tiempo las compañías están invirtiendo en cubrir sus estaciones y trenes con pinturas especiales que facilitan la eliminación del grafiti. "Lo que quieren sus autores es que el grafiti perdure. Por eso, limpiarlos es nuestra mejor arma preventiva", cuentan responsables de TMB. Así, en el metro de Barcelona, al igual que en otros transportes públicos, hay un equipo de limpieza de intervención rápida. "Evitar la acumulación de pintadas es también evitar la degradación. Por eso mantenemos un gasto tan elevado en materia de reposición de elementos", asegura Tortajada basándose en los 664.126 euros que su empresa gastó el año pasado en subsanar actos vandálicos.
Pero otro problema, que además está en auge, sobre todo en el metro, son los vidrios rallados. En definitiva no dejan de ser grafitis, pero cuyo coste de restitución es mucho más elevado. Cambiar una ventana cuesta más de 60 euros, según cifras de TMB; más de 3.000 si las ralladas obligan a cambiar todos los vidrios de un convoy. Para combatir este problema, se está comenzando a aplicar en el metro el mismo sistema que ya se emplea en los Ferrocarrils. Es decir, colocar láminas transparentes adheridas de un material que impide que el vidrio quede afectado si se ralla.
Las líneas de Sant Boi y de Sabadell, sobre todo la denominada zona hermética, que es la que concentra el ocio nocturno de esta ciudad, son las más conflictivas para los Ferrocarrils. Renfe coincide con la de Sabadell, pero añade a su lista de líneas conflictivas también la de Mataró y la de Sant Celoni. Son las que registran mayores incidentes, que sobre todo se suceden los fines de semana, cuando las discotecas cierran sus puertas. Son las horas en las que se producen los mayores destrozos de mobiliario, cuando los bancos y otros elementos de las estaciones sufren el mayor acoso de los incívicos y cuando vaciar los extintores se convierte en un hobby. Eso sin contar las paredes e incluso los vagones, que sirven muchas veces como urinarios donde los jóvenes alivian sus noches de marcha.
Problemas que en ningún caso están catalogados como vandalismo de alta intensidad y que combatirlos con multas ha sido hasta ahora difícil, reconocen varios responsables de los transportes. "La nueva ordenanza de civismo de Barcelona es un ejemplo de que algo se está moviendo", dice el directivo de FGC en este sentido. Y opina que "si las multas fueran más ejemplarizantes y se pudieran tomar acciones judiciales quizá tendríamos más éxito". Y es que de momento, actos como rallar un vidrio se consideraba un deslucimiento de bienes inmuebles catalogado como una falta administrativa. Dañar elementos de las estaciones o de los trenes, si no superaban los 400 euros, tampoco se consideran delitos, sino también faltas administrativas.
Pero para los responsables de los transportes públicos los daños que ocasionan los actos vandálicos no sólo pueden analizarse como gastos de reposición. Las repercusiones que tienen en el conjunto también generan importantes costos añadidos. Renfe, por ejemplo, calcula que en lo que va de año, los actos vandálicos han provocado directa o indirectamente 10.000 minutos de retraso en los trenes regionales. Accionar una alarma es un acto incívico, pero su repercusión en los usuarios y en el resto de la línea o líneas no deja lugar a dudas. Eso cuando el convoy o el vagón no queda inutilizado por culpa de un apedreamiento o por un vidrio roto. Por eso, la cuantía económica que Renfe hace de este tema habla de 1,1 millones de euros para el 2005, frente a los 721.214 de TMB, que sólo tiene en cuenta lo que se gastan en reparar desperfectos en sí.
Ante estas situaciones, que afortunadamente van poco a poco remitiendo según todas las empresas, las compañías han ido reforzando progresivamente sus sistemas de seguridad. Renfe realiza controles ocasionales con equipos mixtos de interventor y guarda de seguridad y además ha ampliado las cámaras y ahora dispone de 257 repartidas en las 40 estaciones que tiene de cercanías. Los Ferrocarrils hace apenas un mes y medio se apuntaron al sistema que ya se utiliza en el metro de Barcelona de acompañar a sus vigilantes de seguridad con un perro. "Imponen más respeto y, además, una persona sólo con porra tiene una capacidad de intervención mucho más limitada", aseguran directivos de ambas empresas.






