EFE Diciembre 7, 2005 Para muchos niños y adolescentes la etapa de la vida que atraviesan no es la mejor de todas, como se empeñan en decirles los mayores, que suelen recordar con añoranza aquellos años en que disponían de la mayor parte del día para jugar y divertirse con los amigos, libres horarios, trabajos y compromisos.
La violencia física y/o verbal y la depresión han dejado de ser patrimonio de los adultos, para estar presentes a edades cada vez más tempranas.
“Los niños y adolescentes que están en contacto o viven en un ambiente violento tienen más posibilidades de desarrollar más adelante un comportamiento también violento” explica el doctor Francisco Díaz Atienza, del Servicio de Psiquiatría Infanto-Juvenil del hospital Virgen de las Nieves de Granada (España).
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Este especialista ha dirigido un trabajo, efectuado por psiquiatras de Granada, y dirigido a 1.100 adolescentes andaluces de 11 a 17 años, para conocer las circunstancias en las que se produce la violencia en el entorno escolar y más concretamente, el “bullying”, una conducta de agresión física o psíquica continuada entre compañeros.
A todos los jóvenes se les entregó un cuestionario en el que se indagaba sobre posibles conductas de maltrato e intimidación en su entorno y sobre la psicopatología asociada a dichas conductas: depresión, consumo de drogas, tendencia a autolesionarse...
AGRESORES CON PANTALÓN CORTO
Según Díaz Atienza, en cerca del 4 por ciento de los adolescentes se observaron este tipo de conductas. “El perfil del agresor, es un adolescente con dificultades de adaptación escolar, consumo de drogas elevado, y líder de grupo en la mayor parte de los casos”, señala el experto.
En cuanto al ambiente familiar, señala que la violencia puede condicionar la aparición de comportamientos agresivos en el niño. Se sabe que la frecuencia de padres agresivos o de situaciones familiares violentas es muy alta en menores con dichos trastornos. No obstante, “uno sólo de estos factores no explica el trastorno disocial sino la confluencia de todos”.
Aunque el “bullying” ha sido muy estudiado y se conoce desde hace tiempo en Gran Bretaña, Suecia y Noruega, es un fenómeno sobre el que ahora se está profundizando en España debido a los diferentes casos de suicidio ocurridos en adolescentes como consecuencia de verse sometidos a esta intimidación.
De hecho, la violencia escolar está aumentando en términos generales: hacia el profesor, hacia el material, el mobiliario.
La posible causa de este fenómeno, según Díaz Atienza, puede deberse a la obligatoriedad de la escolarización. “Hace unos años, los adolescentes que presentaban problemas de adaptación escolar, aquellos que tenían un perfil más propenso a la violencia, abandonaban la escuela y no provocaban mayores problemas. Además, la sociedad actual es más violenta, y la violencia es un fenómeno presente en cualquier situación”.
Las víctimas del acoso o violencia escolar, que son quienes acuden a consulta del psiquiatra infanto-juvenil, suelen ser adolescentes pasivos, con tendencia a la ansiedad, depresión, inseguridad, autoestima baja y tendencia a la conducta autolítica, es decir a hacerse daño o lesionarse a si mismos.
Llegan a consulta con miedo y lo primero que hace el psiquiatra es procurar que puedan contar lo que les ocurrió, con el médico, su familia, profesores, para después, propiciar las condiciones en el entorno para que dicha situación no vuelva a producirse.
EL TORMENTO DE LAS VÍCTIMAS
Debido al temor y a la circunstancia con la que viven, estos niños presentan además, ansiedad, depresión, dolor abdominal y cefaleas. Son niños aislados socialmente, con baja autoestima, que necesitan ser tratados por medio de psicoterapia y en algunos casos con el apoyo de fármacos.
La violencia no es el único problema emergente a edades tempranas. Casi la mitad de los niños que ha sufrido una depresión grave en su infancia puede recaer en la adolescencia o en la edad adulta, según la doctora Rafaela Caballero, profesora de Psiquiatría y Psiquiatría Infantil de la Universidad de Sevilla.
“Son depresiones severas que si no se trataran adecuadamente, se traducen en una tasa de recaída del cien por cien. Al mismo tiempo, su abordaje terapéutico puede evitar el riesgo de suicidio que ocurre en la adolescencia”, señala.
Estos datos se desprenden de un estudio coordinado por la doctora Caballero y realizado en una población que diez años atrás había sido atendida en un servicio de psiquiatría infanto-juvenil aquejada de depresión y otros trastornos afectivos.
A principios del siglo XX, la depresión sólo se diagnosticaba a partir de los 20 años, pero desde el último tercio de la pasada centuria, ha comenzado también a diagnosticarse en menores de 12 años.
“Probablemente el cambio social y familiar que nos rodea y la forma en que ha evolucionado la sociedad, determinan un mayor estrés en la infancia y la adolescencia y facilitan la aparición de más trastornos psiquiátricos en niños y adolescentes”, explica Caballero.
TRISTEZA EN LA EDAD DE LA ALEGRÍA
Casi uno de cada cien niños sufrirá depresión, mientras que en los adolescentes, esa cifra fluctúa entre 3 y el 7 por ciento. En el caso de las adolescentes, la cantidad se duplica debido, entre otras razones, a factores hormonales, cambios biológicos o la ansiedad desencadenada por la nueva etapa por la que se está atravesando.
Los principales acontecimientos vitales que favorecen la depresión infantil tienen que ver con sufrir abusos sexuales o maltrato, vivir la muerte de un familiar muy cercano o estar rodeado de un entorno familiar que presenta disfunciones.
Un niño con depresión sufre cambios en su humor. Es apático, irritable, se queja de molestias en el cuerpo, se aburre, no disfruta de las cosas como lo hacía antes, llora, se aísla.
En la adolescencia, experimenta sensación de tristeza y sufrimiento, cambios de humor más marcados y cambios en su comportamiento en el colegio. El primer paso que deben dar los padres es acudir al pediatra que derivará el caso al especialista.
Esta patología se aborda con una psicoterapia con enfoques individual, familiar y grupal y, en los casos en que esté indicado con tratamiento farmacológico. www.azcentral.com
Las víctimas del acoso o violencia escolar suelen ser adolescentes pasivos, con tendencia a la ansiedad, depresión, inseguridad, autoestima baja.
La violencia física y/o verbal y la depresión han dejado de ser patrimonio de los adultos, para estar presentes a edades cada vez más tempranas.
“Los niños y adolescentes que están en contacto o viven en un ambiente violento tienen más posibilidades de desarrollar más adelante un comportamiento también violento” explica el doctor Francisco Díaz Atienza, del Servicio de Psiquiatría Infanto-Juvenil del hospital Virgen de las Nieves de Granada (España).
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Este especialista ha dirigido un trabajo, efectuado por psiquiatras de Granada, y dirigido a 1.100 adolescentes andaluces de 11 a 17 años, para conocer las circunstancias en las que se produce la violencia en el entorno escolar y más concretamente, el “bullying”, una conducta de agresión física o psíquica continuada entre compañeros.
A todos los jóvenes se les entregó un cuestionario en el que se indagaba sobre posibles conductas de maltrato e intimidación en su entorno y sobre la psicopatología asociada a dichas conductas: depresión, consumo de drogas, tendencia a autolesionarse...
AGRESORES CON PANTALÓN CORTO
Según Díaz Atienza, en cerca del 4 por ciento de los adolescentes se observaron este tipo de conductas. “El perfil del agresor, es un adolescente con dificultades de adaptación escolar, consumo de drogas elevado, y líder de grupo en la mayor parte de los casos”, señala el experto.
En cuanto al ambiente familiar, señala que la violencia puede condicionar la aparición de comportamientos agresivos en el niño. Se sabe que la frecuencia de padres agresivos o de situaciones familiares violentas es muy alta en menores con dichos trastornos. No obstante, “uno sólo de estos factores no explica el trastorno disocial sino la confluencia de todos”.
Aunque el “bullying” ha sido muy estudiado y se conoce desde hace tiempo en Gran Bretaña, Suecia y Noruega, es un fenómeno sobre el que ahora se está profundizando en España debido a los diferentes casos de suicidio ocurridos en adolescentes como consecuencia de verse sometidos a esta intimidación.
De hecho, la violencia escolar está aumentando en términos generales: hacia el profesor, hacia el material, el mobiliario.
La posible causa de este fenómeno, según Díaz Atienza, puede deberse a la obligatoriedad de la escolarización. “Hace unos años, los adolescentes que presentaban problemas de adaptación escolar, aquellos que tenían un perfil más propenso a la violencia, abandonaban la escuela y no provocaban mayores problemas. Además, la sociedad actual es más violenta, y la violencia es un fenómeno presente en cualquier situación”.
Las víctimas del acoso o violencia escolar, que son quienes acuden a consulta del psiquiatra infanto-juvenil, suelen ser adolescentes pasivos, con tendencia a la ansiedad, depresión, inseguridad, autoestima baja y tendencia a la conducta autolítica, es decir a hacerse daño o lesionarse a si mismos.
Llegan a consulta con miedo y lo primero que hace el psiquiatra es procurar que puedan contar lo que les ocurrió, con el médico, su familia, profesores, para después, propiciar las condiciones en el entorno para que dicha situación no vuelva a producirse.
EL TORMENTO DE LAS VÍCTIMAS
Debido al temor y a la circunstancia con la que viven, estos niños presentan además, ansiedad, depresión, dolor abdominal y cefaleas. Son niños aislados socialmente, con baja autoestima, que necesitan ser tratados por medio de psicoterapia y en algunos casos con el apoyo de fármacos.
La violencia no es el único problema emergente a edades tempranas. Casi la mitad de los niños que ha sufrido una depresión grave en su infancia puede recaer en la adolescencia o en la edad adulta, según la doctora Rafaela Caballero, profesora de Psiquiatría y Psiquiatría Infantil de la Universidad de Sevilla.
“Son depresiones severas que si no se trataran adecuadamente, se traducen en una tasa de recaída del cien por cien. Al mismo tiempo, su abordaje terapéutico puede evitar el riesgo de suicidio que ocurre en la adolescencia”, señala.
Estos datos se desprenden de un estudio coordinado por la doctora Caballero y realizado en una población que diez años atrás había sido atendida en un servicio de psiquiatría infanto-juvenil aquejada de depresión y otros trastornos afectivos.
A principios del siglo XX, la depresión sólo se diagnosticaba a partir de los 20 años, pero desde el último tercio de la pasada centuria, ha comenzado también a diagnosticarse en menores de 12 años.
“Probablemente el cambio social y familiar que nos rodea y la forma en que ha evolucionado la sociedad, determinan un mayor estrés en la infancia y la adolescencia y facilitan la aparición de más trastornos psiquiátricos en niños y adolescentes”, explica Caballero.
TRISTEZA EN LA EDAD DE LA ALEGRÍA
Casi uno de cada cien niños sufrirá depresión, mientras que en los adolescentes, esa cifra fluctúa entre 3 y el 7 por ciento. En el caso de las adolescentes, la cantidad se duplica debido, entre otras razones, a factores hormonales, cambios biológicos o la ansiedad desencadenada por la nueva etapa por la que se está atravesando.
Los principales acontecimientos vitales que favorecen la depresión infantil tienen que ver con sufrir abusos sexuales o maltrato, vivir la muerte de un familiar muy cercano o estar rodeado de un entorno familiar que presenta disfunciones.
Un niño con depresión sufre cambios en su humor. Es apático, irritable, se queja de molestias en el cuerpo, se aburre, no disfruta de las cosas como lo hacía antes, llora, se aísla.
En la adolescencia, experimenta sensación de tristeza y sufrimiento, cambios de humor más marcados y cambios en su comportamiento en el colegio. El primer paso que deben dar los padres es acudir al pediatra que derivará el caso al especialista.
Esta patología se aborda con una psicoterapia con enfoques individual, familiar y grupal y, en los casos en que esté indicado con tratamiento farmacológico. www.azcentral.com
Las víctimas del acoso o violencia escolar suelen ser adolescentes pasivos, con tendencia a la ansiedad, depresión, inseguridad, autoestima baja.







