Aunque parezca mentira, hay vida al margen del `botellón´. Eso sí, hay que echarle imaginación. Es lo que hacen los jóvenes de este reportaje. Y algunos ayuntamientos, con iniciativas como `Alterna´, `Enrédate´, `Abierto hasta el amanecer´...
CARLOS SANCHEZ 11 Dic- Trece años es una edad muy dura en España. A los 13 años, a los gorditos se los acosa en el instituto. Y si vas de tranqui y no te gusta meterte en jaleos, también te buscan las cosquillas. O espabilas o te machacan. A los 13 años debes tener un móvil que haga fotos. Y haberte echado novia, o un medio novio. Porque si no has dado un beso a esa edad, de qué vas. Las chicas salen modositas de casa y llevan un macuto con la ropa de ligar. Se cambian en los aseos de cualquier cafetería. Toda una metamorfosis. Los niños se hacen el primer corte al afeitarse, con cuidado de no rebanarse los granos. Los más precoces ya presumen de su primera vomitona. O de su primer coma etílico. La primera muesca en el hígado. Porque en España se empieza a beber a los 13 años. Y se bebe a conciencia.
Cifras de vértigo.
El botellón es la opción de ocio mayoritaria del fin de semana. Las cifras dan miedo, y cada comunidad autónoma las maquilla como puede. Dos de cada tres jóvenes gallegos; ocho de cada diez madrileños; en Sevilla, unos 60.000 estudiantes toman al asalto los jardines... Algunos estudios alertan de que más de la mitad de los españoles entre 13 y 23 años se emborrachan un par de veces al mes. Haciendo la cuenta de la vieja, son 24 cogorzas al año durante diez años, sin contar verbenas y fiestas patronales. El exhaustivo entrenamiento de nuestros futuros alcohólicos. Carne de estadística: con el tiempo protagonizarán el 40 por ciento de los accidentes mortales de tráfico, el 25 por ciento de los siniestros laborales, habrá que dedicarles el 15 por ciento del gasto sanitario: la factura puede superar los 4.200 millones de euros anuales. Aunque el dinero es lo de menos cuando toda una generación se está inmolando en un rito tribal y nihilista que, además, pone perdido el vecindario de cascotes, vómitos y orines.
¿Soluciones?
En nuestro país se ha apostado, sobre todo, por la vía represiva: ley seca (por lo menos en la vía pública). Esta prohibición no se aplica en las terrazas ni en los festejos de los barrios, ni en aquellos espacios que los ayuntamientos autorizan (los polémicos botellódromos). Examinemos el caso madrileño, un espejo en el que se miran las otras ocho comunidades que han optado por las ordenanzas antibotellón: Canarias, Castilla y León, Valencia, Extremadura, Cantabria, Murcia, Aragón y La Rioja. Durante el primer semestre de este año, la Policía Municipal de Madrid ha impuesto 14.500 multas por consumo de alcohol en la calle. Los responsables del cuerpo policial aseguran que el fenómeno está por fin controlado. ¿Les ponemos una medalla? Más bien lo que ha sucedido es que el botellón multitudinario tiende a desaparecer. Ahora, los grupos son de cuatro o cinco chavales. Lo hacen a escondidas, como si fueran delincuentes. Menos ruido, menos basura, menos quejas vecinales. Se les decomisa el alcohol, pero los agentes tienen el detalle de dejarles las bebidas refrescantes. Y las sanciones (300 euros) vienen de perlas a las arcas municipales.
La Junta de Andalucía también está preparando su ley antibotellón, que no entrará en vigor hasta 2007. Da la impresión de que el mayor interés legislativo se ha concentrado en fijar la golosa cuantía de las multas: las habrá desde 60 hasta 60.000 euros. Y trabajos sociales para los jóvenes pillados con las manos en el calimocho durante un periodo de cuatro a 15 fines de semana. En el Ayuntamiento de Alicante también quieren que los chavales sorprendidos in fraganti dediquen unas horas a limpiar las calles y adecentar los parques. Y Murcia, que fue de las primeras en aplicar la mano dura, permite, sin embargo, que cientos de miles de jóvenes se emborrachen a sus anchas durante el Bando de la Huerta, que para eso es el día grande. En tan señalada fecha, los comas etílicos se cuentan por centenares. Y no escandalizan a nadie.
¿Qué pasa en Europa?
Un estudio de la Universidad de Extremadura señala que en los países de nuestro entorno no existe prohibición expresa de beber al aire libre. En Francia, por ejemplo, la ley sólo limita este comercio en aquellas zonas donde existe posibilidad de aglomeración (hospitales, estadios, colegios). En Italia tampoco hay normas al respecto. Es más, no existe legislación sobre la venta de alcohol a menores. Las autoridades dicen que no hay necesidad. En Alemania no parece existir el problema. Tampoco se regula el consumo en los espacios públicos. Es significativo que en este país se prohíba la estancia de menores de 16 años en bares o restaurantes si no es acompañados por un adulto. En el caso del Reino Unido sólo se controlan los horarios de los pubs (y ahora ni eso). Lo más parecido al botellón español es lo que sucede en Rusia. En este caso, y debido al problema que el alcoholismo supone en el país, las políticas públicas se encaminan no tanto a prohibir el consumo, como a la sustitución de bebidas de alta graduación como el vodka por otras como la cerveza.
¿Pero existen alternativas al botellón?
Haberlas, haylas, pero son pocas, cuesta encontrarlas (cuando se les pregunta, el 75 por ciento de los encuestados no sabe ni que existen) y su implantación depende de la buena voluntad y la imaginación de los responsables del Ayuntamiento de turno. En nuestro país no faltan infraestructuras deportivas, pero en la mayoría hay que pagar por alquilar las canchas o llegar muy temprano para poder jugar. Las bibliotecas suelen cerrar los sábados por la tarde. Y es una pena, porque sólo hay que echarle un vistazo a los aularios de las universidades con campus urbano, atestados de madrugada en época de exámenes, para vislumbrar que en un ambiente distendido el ocio no tiene por qué estar reñido con la lectura.
Para todos los gustos.
Algunas ciudades se lo curran más que otras. Gijón fue pionero con su programa Abierto hasta el amanecer. Deportes, cursos variopintos en horario de madrugada y cien mil participantes al año dan fe de que, a poco que se les ofrezca, los jóvenes responden. En Granada, las actividades de Enrédate (cine, pintura, juegos) enganchan a 300 adolescentes cada fin de semana. El Consistorio lo considera un éxito, pero si se tiene en cuenta que son 15.000 los que acuden a los botellones, habría que preguntarse si no se deberían dedicar más recursos y monitores a este tipo de alternativas lúdicas.
El Ayuntamiento de Alcobendas es otro de los que predica con el ejemplo. Sus actividades de ocio inteligente (Las mil y una noches), cumplen ya diez años con una asistencia media de 200 chavales cada sábado. Una noche de juerga sin borracheras es el lema del programa Alterna de Málaga: proyecciones de cortos, teatro en autobús, talleres de percusión cubana, danzas africanas, capoeira y cócteles tropicales (sin alcohol, claro). Casi a la desesperada, las autoridades malagueñas han llegado a regalar bonos de gasolina de 20 euros a los jóvenes que probasen (soplando por un alcoholímetro) que estaban para conducir. Lo que parece evidente es que sólo con medidas coercitivas no se conseguirá gran cosa, salvo añadir al botellón el atractivo de lo prohibido. Y que los ayuntamientos no deben velar únicamente por los intereses de los hosteleros si se quiere de verdad que nuestros jóvenes tengan otros modelos alternativos.
José Véliz y Jaime Pérez, 17 y 15 años, Madrid.
José: «Soy adicto al patín. La mayoría de los que venimos a la plaza somos así. El tiempo libre que tenemos los fines de semana lo empleamos en nuestros furtiveos (patinar por las calles, improvisando), hasta las diez de la noche. El patín es mejor que cualquier droga. No conozco nada mejor que divertirse con los colegas saltando más escalones que nadie. A veces, te tuerces un tobillo o te haces daño en la rodilla. Y vas con muletas una temporada, pero sigues viniendo a la plaza a ver lo que hace la peña y muriéndote de envidia».
Jaime: «El problema es que en el centro de Madrid no hay ningún sitio para hacer monopatín que no sean plazas públicas, y enseguida viene la Policía y nos coge los nombres para multar a nuestros padres. Y parece que somos mala gente, cuando no creo que hagamos mal a nadie. Porque aquí nadie bebe. Tírate de una rampa borracho y verás dónde acabas. Y cuando llegas a casa, estás rendido. Sólo tienes ganas de cenar y meterte en la cama. Pero, claro, tener que estar siempre escondiéndote no mola».
Elena Soto, 22 años, Carabanchel (Madrid).
Elena practica danza del vientre, un baile que hace furor entre los jóvenes desde que la cantante Shakira lo puso de moda. Hace un frío glacial en el centro de yoga de Carabanchel donde baila y Elena calienta las livianas babuchas de tul en un radiador antes de ponérselas. Acaba de regresar de Irlanda, donde trabajó cinco meses en una chocolatería. «Me gusta salir con mis amigos y me encanta bailar desde niña. He hecho baile clásico y africano y ahora practico danza del vientre. Intento sacar tiempo para el baile, a pesar de que estudio y trabajo. Soy enfermera, pero ahora hago Magisterio porque disfruto enseñando. La danza del vientre me mantiene en forma. Me da seguridad y me proporciona diversión. No necesito beber ni fumar para pasármelo bien. Reconozco que hice botellón con 16 años, ya no. Pero no me siento representativa de la mayoría de los jóvenes de mi generación, para los que la bebida es la forma de relacionarse más natural. Supongo que soy más bien una excepción.»
xlsemanal.com Número: 946. Del 11 al 17 de diciembre de 2005
CARLOS SANCHEZ 11 Dic- Trece años es una edad muy dura en España. A los 13 años, a los gorditos se los acosa en el instituto. Y si vas de tranqui y no te gusta meterte en jaleos, también te buscan las cosquillas. O espabilas o te machacan. A los 13 años debes tener un móvil que haga fotos. Y haberte echado novia, o un medio novio. Porque si no has dado un beso a esa edad, de qué vas. Las chicas salen modositas de casa y llevan un macuto con la ropa de ligar. Se cambian en los aseos de cualquier cafetería. Toda una metamorfosis. Los niños se hacen el primer corte al afeitarse, con cuidado de no rebanarse los granos. Los más precoces ya presumen de su primera vomitona. O de su primer coma etílico. La primera muesca en el hígado. Porque en España se empieza a beber a los 13 años. Y se bebe a conciencia.
Cifras de vértigo.
El botellón es la opción de ocio mayoritaria del fin de semana. Las cifras dan miedo, y cada comunidad autónoma las maquilla como puede. Dos de cada tres jóvenes gallegos; ocho de cada diez madrileños; en Sevilla, unos 60.000 estudiantes toman al asalto los jardines... Algunos estudios alertan de que más de la mitad de los españoles entre 13 y 23 años se emborrachan un par de veces al mes. Haciendo la cuenta de la vieja, son 24 cogorzas al año durante diez años, sin contar verbenas y fiestas patronales. El exhaustivo entrenamiento de nuestros futuros alcohólicos. Carne de estadística: con el tiempo protagonizarán el 40 por ciento de los accidentes mortales de tráfico, el 25 por ciento de los siniestros laborales, habrá que dedicarles el 15 por ciento del gasto sanitario: la factura puede superar los 4.200 millones de euros anuales. Aunque el dinero es lo de menos cuando toda una generación se está inmolando en un rito tribal y nihilista que, además, pone perdido el vecindario de cascotes, vómitos y orines.
¿Soluciones?
En nuestro país se ha apostado, sobre todo, por la vía represiva: ley seca (por lo menos en la vía pública). Esta prohibición no se aplica en las terrazas ni en los festejos de los barrios, ni en aquellos espacios que los ayuntamientos autorizan (los polémicos botellódromos). Examinemos el caso madrileño, un espejo en el que se miran las otras ocho comunidades que han optado por las ordenanzas antibotellón: Canarias, Castilla y León, Valencia, Extremadura, Cantabria, Murcia, Aragón y La Rioja. Durante el primer semestre de este año, la Policía Municipal de Madrid ha impuesto 14.500 multas por consumo de alcohol en la calle. Los responsables del cuerpo policial aseguran que el fenómeno está por fin controlado. ¿Les ponemos una medalla? Más bien lo que ha sucedido es que el botellón multitudinario tiende a desaparecer. Ahora, los grupos son de cuatro o cinco chavales. Lo hacen a escondidas, como si fueran delincuentes. Menos ruido, menos basura, menos quejas vecinales. Se les decomisa el alcohol, pero los agentes tienen el detalle de dejarles las bebidas refrescantes. Y las sanciones (300 euros) vienen de perlas a las arcas municipales.
La Junta de Andalucía también está preparando su ley antibotellón, que no entrará en vigor hasta 2007. Da la impresión de que el mayor interés legislativo se ha concentrado en fijar la golosa cuantía de las multas: las habrá desde 60 hasta 60.000 euros. Y trabajos sociales para los jóvenes pillados con las manos en el calimocho durante un periodo de cuatro a 15 fines de semana. En el Ayuntamiento de Alicante también quieren que los chavales sorprendidos in fraganti dediquen unas horas a limpiar las calles y adecentar los parques. Y Murcia, que fue de las primeras en aplicar la mano dura, permite, sin embargo, que cientos de miles de jóvenes se emborrachen a sus anchas durante el Bando de la Huerta, que para eso es el día grande. En tan señalada fecha, los comas etílicos se cuentan por centenares. Y no escandalizan a nadie.
¿Qué pasa en Europa?
Un estudio de la Universidad de Extremadura señala que en los países de nuestro entorno no existe prohibición expresa de beber al aire libre. En Francia, por ejemplo, la ley sólo limita este comercio en aquellas zonas donde existe posibilidad de aglomeración (hospitales, estadios, colegios). En Italia tampoco hay normas al respecto. Es más, no existe legislación sobre la venta de alcohol a menores. Las autoridades dicen que no hay necesidad. En Alemania no parece existir el problema. Tampoco se regula el consumo en los espacios públicos. Es significativo que en este país se prohíba la estancia de menores de 16 años en bares o restaurantes si no es acompañados por un adulto. En el caso del Reino Unido sólo se controlan los horarios de los pubs (y ahora ni eso). Lo más parecido al botellón español es lo que sucede en Rusia. En este caso, y debido al problema que el alcoholismo supone en el país, las políticas públicas se encaminan no tanto a prohibir el consumo, como a la sustitución de bebidas de alta graduación como el vodka por otras como la cerveza.
¿Pero existen alternativas al botellón?
Haberlas, haylas, pero son pocas, cuesta encontrarlas (cuando se les pregunta, el 75 por ciento de los encuestados no sabe ni que existen) y su implantación depende de la buena voluntad y la imaginación de los responsables del Ayuntamiento de turno. En nuestro país no faltan infraestructuras deportivas, pero en la mayoría hay que pagar por alquilar las canchas o llegar muy temprano para poder jugar. Las bibliotecas suelen cerrar los sábados por la tarde. Y es una pena, porque sólo hay que echarle un vistazo a los aularios de las universidades con campus urbano, atestados de madrugada en época de exámenes, para vislumbrar que en un ambiente distendido el ocio no tiene por qué estar reñido con la lectura.
Para todos los gustos.
Algunas ciudades se lo curran más que otras. Gijón fue pionero con su programa Abierto hasta el amanecer. Deportes, cursos variopintos en horario de madrugada y cien mil participantes al año dan fe de que, a poco que se les ofrezca, los jóvenes responden. En Granada, las actividades de Enrédate (cine, pintura, juegos) enganchan a 300 adolescentes cada fin de semana. El Consistorio lo considera un éxito, pero si se tiene en cuenta que son 15.000 los que acuden a los botellones, habría que preguntarse si no se deberían dedicar más recursos y monitores a este tipo de alternativas lúdicas.
El Ayuntamiento de Alcobendas es otro de los que predica con el ejemplo. Sus actividades de ocio inteligente (Las mil y una noches), cumplen ya diez años con una asistencia media de 200 chavales cada sábado. Una noche de juerga sin borracheras es el lema del programa Alterna de Málaga: proyecciones de cortos, teatro en autobús, talleres de percusión cubana, danzas africanas, capoeira y cócteles tropicales (sin alcohol, claro). Casi a la desesperada, las autoridades malagueñas han llegado a regalar bonos de gasolina de 20 euros a los jóvenes que probasen (soplando por un alcoholímetro) que estaban para conducir. Lo que parece evidente es que sólo con medidas coercitivas no se conseguirá gran cosa, salvo añadir al botellón el atractivo de lo prohibido. Y que los ayuntamientos no deben velar únicamente por los intereses de los hosteleros si se quiere de verdad que nuestros jóvenes tengan otros modelos alternativos.
José Véliz y Jaime Pérez, 17 y 15 años, Madrid.
José: «Soy adicto al patín. La mayoría de los que venimos a la plaza somos así. El tiempo libre que tenemos los fines de semana lo empleamos en nuestros furtiveos (patinar por las calles, improvisando), hasta las diez de la noche. El patín es mejor que cualquier droga. No conozco nada mejor que divertirse con los colegas saltando más escalones que nadie. A veces, te tuerces un tobillo o te haces daño en la rodilla. Y vas con muletas una temporada, pero sigues viniendo a la plaza a ver lo que hace la peña y muriéndote de envidia».
Jaime: «El problema es que en el centro de Madrid no hay ningún sitio para hacer monopatín que no sean plazas públicas, y enseguida viene la Policía y nos coge los nombres para multar a nuestros padres. Y parece que somos mala gente, cuando no creo que hagamos mal a nadie. Porque aquí nadie bebe. Tírate de una rampa borracho y verás dónde acabas. Y cuando llegas a casa, estás rendido. Sólo tienes ganas de cenar y meterte en la cama. Pero, claro, tener que estar siempre escondiéndote no mola».
Romina y Paola Córdoba, 18 años, Málaga Son mellizas y comparten aficiones: el baloncesto callejero, el rap y el hip hop y los foros de Internet. Paola comenta: «No fumo ni bebo. Y mi hermana, tampoco. Hacemos deporte. Bailamos funky con un grupillo. Nos inventamos coreografías o las copiamos del algún videoclip. Y nos gusta escuchar a los raperos españoles. Sus letras nos llegan. Son mejores que los poetas que estudiamos en el instituto. También nos encanta meternos en foros de Internet. Ahí leemos las noticias, no sólo de conciertos de hip hop, también la información en general. No nos fiamos de los telediarios».
Romina: «En los foros hemos aprendido a dialogar, a discrepar, a dar tus razones cuando no estás de acuerdo en algo. Porque en un foro no valen los gritos. También nos gusta hacer el tonto y, sobre todo, jugar al baloncesto. Pero en el polideportivo de Benalmádena es raro que las pistas estén libres. De nuestra panda, algunos hacen botellón y otros no. Cada cual es muy libre. Nosotras, ni locas. No nos hace falta beber para coger el punto».
Elena Soto, 22 años, Carabanchel (Madrid).
Elena practica danza del vientre, un baile que hace furor entre los jóvenes desde que la cantante Shakira lo puso de moda. Hace un frío glacial en el centro de yoga de Carabanchel donde baila y Elena calienta las livianas babuchas de tul en un radiador antes de ponérselas. Acaba de regresar de Irlanda, donde trabajó cinco meses en una chocolatería. «Me gusta salir con mis amigos y me encanta bailar desde niña. He hecho baile clásico y africano y ahora practico danza del vientre. Intento sacar tiempo para el baile, a pesar de que estudio y trabajo. Soy enfermera, pero ahora hago Magisterio porque disfruto enseñando. La danza del vientre me mantiene en forma. Me da seguridad y me proporciona diversión. No necesito beber ni fumar para pasármelo bien. Reconozco que hice botellón con 16 años, ya no. Pero no me siento representativa de la mayoría de los jóvenes de mi generación, para los que la bebida es la forma de relacionarse más natural. Supongo que soy más bien una excepción.»
- Raúl Redondo, 16 años, Alcobendas (Madrid).
Raúl participa en un taller de ligue y seducción organizado por el Centro de la Juventud del Ayuntamiento de Alcobendas. En uno de los juegos (La Guerra de Besos) le han pintado los labios de azul. Lleva una cartulina en el pecho con sus cualidades: romántico, amable, cariñoso y detallista. Raúl estudia 3º de la ESO. «Aquí, si eres tímido, se te quita el corte enseguida porque muchas actividades se basan en que la gente rompa el hielo y se conozca en un ambiente sano.
Una vez participé en un botellón. La verdad es que lo estaba deseando. Cuando tienes 14 años, sólo piensas en eso. Pero esto es mejor. Y mucho más divertido. Conoces chicas. Y aprendes cosas y cada sábado es distinto porque el programa cambia. Para mí, ha sido un descubrimiento. Mucha gente de mi clase no tiene ni idea de que existen alternativas a la borrachera del sábado y es una pena. Creo que todos los ayuntamientos deberían organizar cosas así, darnos oportunidades para pasar el rato de una forma más sana y que no te aburras.»
xlsemanal.com Número: 946. Del 11 al 17 de diciembre de 2005 






