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martes, 13 de diciembre de 2005
SALVADOR PEIRÓ I GREGORI/ PROFESOR U.ALICANTE 12 Dic ¿Acoso o pandillismo?
He leído detenidamente la información aparecida en los medios de comunicación sobre los desgraciados hechos que han acaecido en los entornos al IES Juan de Garay. Lo primero que manifiesto es que no me han sorprendido, ya lo avisaba en 2003, dentro de un curso especial de verano, que organizara en el campus de Sant Vicent del Raspeig de la UA.

La primera calificación que se da a los mismos es que se trata de un acoso, el famoso bullying . Sin embargo, presiento que no es tal. Lo digo, a pesar de desconocer muchos factores, pero me baso en los siguientes hechos. Se trata de un grupo de unos 10, de los cuales sólo 4 pertenecen al citado IES. Además, de los 4 detenidos, sólo 2 eran del Juan de Garay. Los restantes se reparten entre los IES Tomás de Villarroya, Soto Micó y San Vicente. Por consiguiente, se trata de una pandilla no organizada desde dentro del centro docente.

Se parece a un acoso –bullying– en lo siguiente: conducta agresiva, intencionada y perjudicial entre escolares; es reiterada (6, 16 y 17 de noviembre), en proceso ascendentemente en gravedad. Pero, aunque hay un líder, no hay un único agresor ( bullie ), pues el bravucón que tiraniza son varios, diez, sobre todo cuatro. Por otra parte, en el acoso, las víctimas suelen ser sujetos solitarios, aislados, excluidos de grupos. Tales rasgos no suceden en nuestro caso, ya que el chaval tiene amigos, aunque es callado. No se menciona otros rasgos de las víctimas: ser los peores en juegos y trabajos en grupo; tener dificultad para hablar en clase, inseguridad; distracción, depresión y desinterés por el trabajo académico.

Estos extremos podrían ser analizados por parte del psicopedagogo competente. Pero, sobre esto, me llama la atención que se mencione el inicio del proceso a partir de un insulto del agredido contra uno de los perpetradores. Esto señalaría un problema de interacción entre iguales, de uno respecto a varios o viceversa. Sin embargo, otro dato nos complica el asunto: “pero no era de esos de montarla” (interpreto yo: de meterse en líos).

Es necesario referirnos a las circunstancias de los hechos. Los acontecimientos no suceden dentro de los recintos escolares, sino fuera: calle de Correos, descampado cercano al Hospital Peset. Por consiguiente, no es tanto violencia escolar cuanto abuso de grupo contra un sujeto. Es el peso del pandillismo, que se nos está viniendo encima. Pero, ¿qué es esto? Primero entendamos el hecho de la pandilla. Los jóvenes se unen en pandilla para sentirse más seguros al pertenecer a un grupo y así obtener la protección de que carecen. También porque se entusiasman y su vida no es tan anodina como de ordinario. Otros lo hacen con la pretensión de ganar dinero. Otra de las causas es porque así están con amigos.

Todas estas motivaciones y los diversos modos de hacerlas efectivas socialmente son más bien buenas que malas. El error reside en que se trastoquen los objetivos de socialización por los del egoísmo, la prepotencia, la discriminación, la xenofobia, etc. Entonces, las actitudes de los sujetos se aúnan uniformándoles en forma de bloque. Es la actuación como en manada. No hay unos valores que les cohesionen, la realidad es bien distinta.

Esto denuncia un conflicto, pues la escuela y familia –la TV debe considerarse como otro de sus miembros– proponen unos valores y la presión sociocultural está en contra de estos. A la vez, las personas de estas edades están en una época de configuración de suyo ideal. Desean tener una personalidad que aún no está madura. Pero, a la vez, rechazan los valores de los adultos. Los adolescentes están en sus hogares de paso, su realidad convivencial es la calle. Además, en circunstancias casi normales, ese situarse en el exterior se lleva a cabo por las noches. Por consiguiente, valores como el respeto, la comprensión, el ponerse en lugar del otro, la autoridad, el orden para levantarse y acostarse, puntualidad, solidaridad, etc., son vistos como extraños.

La extrañeza es porque, en muchos casos, tales valores son temas que se aprenden, prédicas de los padres, etc., que no son captados en la realidad. No los ven en la vida porque, o es que los padres no los vivimos, o bien no estamos (¡cuántos hijos huérfanos de padres vivos hay!). Entonces se sienten solos, ¡dejados!, ¡tirados! Y, claro, se han de juntar para intentar lograr satisfacer su sociabilidad (ansias de ser sociales).

¿Cuál es el problema? La ausencia de una intencionalidad educativa de los padres. También la carencia de programas de formación moral en los centros escolares (Infantil, Primaria e IES). Y la necesaria colaboración entre ambos sectores de la realidad educacional. Hay que pensar en una comunidad educativa. En este modelo, en donde tanto padres como profesores asumen una responsabilidad compartida, hay que asumir unos principios mínimos.

Veamos: A) Si muchos miembros de la pandilla dicen que ellos se unieron porque la pandilla les ofrece un sentido y apoyo, los educadores han de saber elaborar una tutoría que respalde el proceso de maduración del menor y les abra vías cara al futuro. B) En las situaciones ordinarias, tanto el docente como el progenitor debe hablar con el escolar y escuchar al niño. C) Desde el proyecto educativo de centro, se ha de poner unos valores y niveles de enseñanzas lo más altos posibles –exigir para educar–, así ayudaremos mejor a que el estudiante sea mejor. D) Haga todo lo posible para implicar a los alumnos en actividades de grupo positivas, pero que estén supervisadas; así se enseña a saber a qué atenerse en caso de formar parte de pandillas. E) Sin llegar a ser un estresante, sepa lo que los niños hacen y con quién están; para esto ha de llegar a conocer a sus amigos y sus familias. F) En las tutorías y en las charlas debemos incluir el tema y hablar del fenómeno de las pandilla y las tácticas del pandillismo. G) Analizar los problemas, los conflictos consecuentes, el modo de cómo se convierten en indisciplinas y conflictos más complejos y, finalmente, cómo acaban en hechos violentos, como se montan conflictos entre instituciones; para esto el mejor momento es antes de un problema mayor.

Hay que dejar muy explícito ante los alumnos: 1) la familia y la escuela desaprueban el pandillismo; 2) no quieren ver al niño herido o arrestado; 3) ven a su estudiante como una persona especial y digno de protección; 4) quieren ayudar al chaval en sus problemas, ya que lo que aconseja y el buscar charlar no es para fisgonear en su vida; etc. Entonces, la cuestión se halla en una reconversión de los padres y de los profesores. Si los alumnos se hartan de contenidos anodinos, se aburren – abhorrere , ‘aburrir, aborrecer’– de las instituciones y van a tropel. Se pierden. El esfuerzo pasa por fortalecer la familia, por reforzar el sistema escolar. Hay valores humanos que la cruda realidad nos los demanda. www.lasprovincias.es

* Salvador Peiró i Gregori es profesor titular de la Universidad de Alicante, Dpto. de Sociología y teoría de la Educación >> www.dste.ua.es/peiro/ >> Artículos JPG sobre Violencia escolar


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