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sábado, 17 de diciembre de 2005
Abuso sexual infantil, secuelas indelebles Las repercusiones de un evento de abuso sexual infantil son muchas, graves, complejas y a largo plazo. Resolver los problemas implica atravesar por un largo proceso que en muchos casos no se da.
Republica Dominicana 14-diciembre-05 Traumas, sentimientos de culpa, conducta sexual distorsionada, inestabilidad emocional, aislamiento, insensibilidad afectiva, depresión, conductas autodestructivas, fobias, trastornos de memoria y de concentración, son algunas de las consecuencias del abuso sexual infantil. Este comportamiento deja una profunda huella en la víctima cuyo impacto se sigue manifestando a lo largo de la vida.

Como abuso sexual se puede considerar una serie de actitudes y comportamientos que realiza un adulto con niños, niñas o adolescentes, para su propia satisfacción sexual, explica la maestra Ernestina Herrera Hernández, académica de la Facultad de Psicología de la Universidad Veracruzana, con especialidad en Criminología.

Con el fin de lograr la excitación o gratificación sexual, el adulto recurre a conductas abusivas que van desde observar el cuerpo de un menor al vestirse o desvestirse o cuando está en el baño, hasta tocarlo, mostrarse desnudo frente al menor, forzarlo a ver imágenes o películas o a escuchar conversaciones de contenido sexual, forzarlo a posar para fotografías o videos de naturaleza erótica o a presenciar actividades sexuales, y en los casos extremos, llegar a la violencia y la violación.

En la mayor parte de los casos el agresor es un familiar, un conocido o gente cercana a la víctima, lo que ahonda las consecuencias emocionales que sufre el agredido, subraya la especialista. Hay pérdida de confianza y baja autoestima, aunada a una marcada tendencia al aislamiento.

Además del aspecto emocional, en muchos casos hay violencia física y cierto sadismo. “Tenemos niños que son golpeados, quemados, torturados o forzados” a realizar un acto sexual. “La zona genital o anal de un menor es evidentemente más chica, no hay voluntad”, por lo que al ser forzados sufren desgarramiento ocasionando un impacto físico y emocional importante.

Cuando hay una violación los afectados llegan a presentar manifestaciones como la encopresis, es decir, una aparente falta de control al evacuar. “Digo aparente porque no hay una razón médicamente demostrable que lo explique, sino que es emocional”. También se presenta enuresis, que es el acto involuntario de orinarse especialmente por la noche.

Los menores se sienten avergonzados, culpables. Creen que ellos provocaron el abuso. Ése es un argumento recurrente y absurdo del victimario, “lo vemos mucho en la violación en la que intervienen padrastros, dicen que la niña los sedujo. Y en ocasiones la madre termina culpando a su hija de seducción porque de alguna forma se convierte en su rival”.
Las repercusiones de un evento de abuso sexual infantil son muchas, graves, complejas y a largo plazo. Resolver los problemas implica atravesar por un largo proceso que en muchos casos no se da.

Sentimientos de culpa

Dependiendo del contexto social y de los valores, los menores violados no se sienten dignos de tener una relación sana en el futuro, porque se sienten sucios, como si el evento que sufrieron les hubiera quitado parte de su valía, siendo que fueron víctimas en todo momento, comenta la sicóloga.

Hay otra situación muy delicada que enfrentan los varones abusados. En algunos se presenta una confusión de identidad sexual. El niño cree que no puede aspirar a comportarse como varón porque alguna vez fue violado. De alguna manera queda marcado y vive una homosexualidad no decidida llevando consigo una gran carga de coraje.

En muchas personas, ya sean hombres o mujeres, un evento de esta naturaleza genera insatisfacción en su vida sexual adulta. Existe un trastorno que se llama trastorno de estrés postraumático que se manifiesta cuando después de muchos años, una persona que fue abusada evoca ante determinados estímulos (olores, imágenes, situaciones) el recuerdo traumático de la experiencia que vivió, lo que le impide tener una conducta sexual placentera.

Las repercusiones de un evento de abuso sexual infantil son muchas, graves, complejas y a largo plazo. “No se resuelven con tres consultas del sicólogo”, expresa. Hay un impacto a futuro. Resolver los problemas implica atravesar por un largo proceso que en muchos casos no se da.

De leyes, penas y reparaciones

Dentro del concepto de abuso sexual se engloban diversas conductas que conforman delitos particulares. Cuando hay prostitución se habla del delito de lenocinio. Si están involucrados niños se habla de corrupción de menores. Si hay contacto con cópula se habla de abusos deshonestos en algunas legislaciones y atentados al pudor en otras. Si hay cópula se habla de violación. En este caso puede haber o no violencia. Para la segunda situación, cuando un adulto tiene relaciones sexuales con una menor de edad, aún con su consentimiento, se llama violación equiparada, detalla la maestra Herrera Hernández.

En múltiples ocasiones, expertos e investigadores han criticado la deficiencia del sistema legal para enfrentar el problema. Sin embargo, la académica advierte que aunque los responsables deben recibir un castigo, el aumento de las sentencias no remedia la problemática.

Por un lado está el sistema de “readaptación social”. Las cárceles. Si bien el encierro representa tener bajo resguardo a una persona que potencialmente puede agredir a alguien, las sentencias no obligan a un trabajo sicológico con el abusador. No hay suficientes sicólogos en los penales y en muchas ocasiones se trata de prestadores de servicio social recién egresados de la carrera, que no cuentan con especialización en sicología carcelaria. Esta situación se presenta por la postura de autoridades que sólo buscan ahorrarse recursos, advierte la académica.

Por otra parte, hay una discordancia entre las sentencias dependiendo del tipo de delito. Por ejemplo, señala que la violación es un delito grave y tiene una pena grave. Sin embargo, los abusos deshonestos o atentados al pudor son delitos considerados como menores que permiten que el agresor salga libre bajo fianza. Lo que no toman en cuenta los cuerpos legislativos, que sin considerar las implicaciones sicológicas y sociológicas del fenómeno llegan a conclusiones que no necesariamente son lógicas, es que el impacto para los menores abusados es casi igual con y sin penetración. Y si fue realizado por un familiar siempre es mayor. “Por el solo hecho de no penetrarlo la pena disminuye de manera impresionante. Es como una sobrevaloración de la cópula y una no sólo minimización sino casi anulación de lo que implican las consecuencias para quien recibió el daño”.

Y finalmente, aunque aumenten las penas a los abusadores sexuales el impacto en los niños y niñas no se remedia.

Por el lado de las acciones de gobierno hay muchos vacíos. La maestra Ernestina Herrera plantea la necesidad de que los programas no se queden en meras justificaciones para rendir cuentas de las acciones realizadas, pero no de los beneficios conseguidos. Detalla que muchos de los programas para atender el abuso sexual infantil basan su existencia en una serie de conferencias en las que reúnen a grupos de padres de familia, jóvenes, maestros, donde se les da una charla de una o dos horas, se registra el número de asistentes y de pláticas que se impartieron. De esta manera se justifica el “éxito” del programa pero no hay una evaluación del verdadero impacto en la sociedad.

“Estudios tanto educativos como de actitudes en sicología, han demostrado desde hace muchos años que con discursos no se modifica la forma de pensar y menos de actuar de una persona”, subraya.

En este sentido, considera que los programas deben ser más específicos y con mayor duración. Ante las limitaciones en cuanto a recursos humanos y económicos, las acciones deben enfocarse en grupos específicos, cómo los jóvenes de secundaria que serán los padres del futuro. Lo mismo hay que trabajar con los padres, ya que las madres son las que siempre participan.

Los programas que justifican su creación en la implementación de una serie de cursos, cuando mucho algunos talleres, generan serias dudas desde el punto de vista de la investigación, destaca la académica. “La investigación científica tendría que avalar si efectivamente esas pláticas tienen impacto en la localidad”.

Indiferencia social y miedo a denunciar

La indiferencia ante las diversas manifestaciones del abuso sexual infantil no es exclusiva de esta problemática. Tiene que ver con diversos factores y fenómenos sociales, considera la especialista. “Sabemos de niños maltratados pero no nos atrevemos a denunciar, aunque la denuncia pueda ser anónima”.

La gente, sociedad y autoridades, no actúa porque no quiere complicarse la existencia. La realidad existe pero no la queremos ver. Preferimos ignorar ilícitos como la piratería y, por el contrario, creamos sitios donde se puedan vender esos productos. Hay una contradicción en abrir esos espacios cuando el discurso oficial combate esa actividad. En un operativo es fácil encontrar entre el material que se vende, pornografía infantil.

Pero esta indiferencia no es gratuita, advierte Herrera Hernández. Está relacionada con la inseguridad y la desconfianza social en la actuación de las autoridades. La sociedad tiene miedo de represalias si se involucra en estos problemas, si los denuncia. Máxime cuando se sabe que elementos de las corporaciones policíacas y de las instituciones encargadas de impartir y procurar justicia están involucrados. Jesús Velásquez Álvarez. Xalapa www.milenio.com

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