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martes, 10 de enero de 2006
REPORTAJE · MATAR por DIVERSIÓN · No lo hacen por robar ni por racismo ni por pertenecer a una pandilla. Lo hacen, y ésta es la terrible novedad, por pasar el rato.
Violencia lúdica Es la violencia lúdica a la que se entregan chicos de 15 a 20 años cada fin de semana y que sólo salta a los titulares cuando se les va de las manos. Viajamos a la mente de uno de estos jóvenes y a su entorno, mucho menos marginal de lo que pueda parecer.

Viernes, seis de la tarde, barrio de Salamanca, uno de los más selectos de Madrid. Lucas, de 15 años, está tumbado en su habitación, sobre la cama deshecha, haciendo zapping. A un lado, el salvapantallas de su ordenador repite su nombre bajo diversas formas cambiantes. Sobre el televisor, varios DVD y, más allá, unas mancuernas, ropa sin ordenar, varias revistas. Apaga el televisor y se queda mirando la pantalla en negro. Parece aburrido. Se levanta y se acerca a la ventana. Abajo, en el parque interior del edificio, unas madres juegan con sus niños.

Lucas se aparta y coge la cazadora, su móvil última generación, un mechero, sus cigarros y un folio doblado por la mitad que tenía sobre el escritorio. Se mira varias veces en un espejo, sale de su habitación y se dirige hacia la de sus padres. Ya en ella, se acerca a la cama y deja sobre ésta el folio. Hurga ahora en el bolso de su madre y saca de su cartera un billete de 20 euros y otro de diez. La cartera queda abierta sobre la mesilla y el bolso, también, en el suelo. No parece preocupado por dejar las cosas desordenadas.

Regresa al pasillo y avanza hasta el salón, donde su madre habla por teléfono. Al verlo pasar, ella se interrumpe. «Espera un segundo, no cuelgues.» Tapa el micrófono y dice: «Lucas, ¿dónde vas…? Lucas…». Por toda respuesta recibe el ruido de la puerta al cerrarse. La madre niega con la cabeza y vuelve a hablar. «Oye, ¿puedo llamarte luego? Debo irme.» Tras colgar, la mujer se dirige a su habitación y, nada más entrar, nota los cambios: el folio sobre la cama y su bolso y su cartera abiertos. Desdobla el papel y lo lee, se lleva una mano a la frente. Vuelve al salón, coge el teléfono y marca un número. «Pedro, joder. Soy yo, de nuevo. ¿No oyes mis mensajes? Llámame, coño.»

Se le quiebra la voz. «Lucas acaba de irse y ha vuelto a dejar otra nota: `Espero ver pronto progresos vuestros. Quiero que me dejéis una lista con las posibles vías de financiación que estéis estudiando para comprar mi moto. Sois los peores padres del mundo. Si no tengo noticias pronto, esperad consecuencias terribles´. Esto último, en mayúsculas. Además, ha vuelto a faltar al instituto y no me habla. Pedro, llámame, haz algo. A mí no me hace caso.»

Lucas sale del edificio, enciende un cigarro y, mientras camina, escribe un SMS. Unas calles después llega al cibercafé. Entra sin saludar, busca y encuentra un ordenador libre, se sienta e introduce su clave y su usuario; en su pantalla se inicia The Warriors, uno de los diez juegos más violentos de 2005, según la Family Media Guide de Estados Unidos. Él lo ignora; sólo sabe que es uno de sus favoritos.

Se coloca unos auriculares, coge el mando y comienza a jugar, cuando suena su móvil. En el visor de la pantalla ve escrito: «Papá». Decide no atender y sigue jugando. La acción se repite tres veces y Lucas sólo deja de jugar cuando llega su amigo Chema y se pone a su lado. «¿Qué tal, tío?» «Bien, ¿tú?» «Aquí me ves…» Su móvil vuelve a sonar. «Es el plasta de mi padre. Salgamos a fumar.» «¿Y qué quiere tu padre ahora?», pregunta Chema. «Pues lo de siempre: apretarme las clavijas porque se lo ha pedido mi madre. Mañana, además, nos toca volver al psicólogo de la Fiscalía.» «Joder… Vaya palo del que me he librado.» «Sí, has tenido suerte de no estar con nosotros aquella noche.» Silencio.

Lucas se muerde las uñas mientras fuman; Chema insiste: «¿Y qué puede pasarte si dejas de ir?». «Pues lo mismo les da por meterme en un centro; no sé.» «Ya…» Otra vez silencio. «¿Y cómo va el asunto de tu moto?», pregunta Chema. «Un poco chungo –responde Lucas–, pero caerán. Mi madre ya está bastante acojonada. En fin, tío; déjalo. ¿Llamamos a Luisma? Podríamos darnos una vuelta por debajo del viaducto a ver qué pillamos. Siempre hay alguno durmiendo allí, pero tendríamos que estar los cuatro.» «Vale… –titubea Chema– Vale. Vamos a llamarlo a ver qué dice.»


Al día siguiente, Lucas y sus padres llegan a la Fiscalía del Menor. Lucas entra primero, mascando chicle, y se sienta, medio tumbado, con las piernas estiradas, en una de las dos sillas que hay frente al escritorio del psicólogo. Después, pasa su padre y detrás, su madre. El psicólogo le dice a Lucas que deje sentarse a sus padres, que ahora le acercará otra silla. «No, no –interviene el padre–. Déjelo: el chaval está cansado. Siéntate tú, Luisa.» La madre obedece y el psicólogo acerca una tercera para el padre.

«Bueno, qué tal –pregunta el especialista–. ¿Cómo ha ido todo?» Lucas se adelanta a responder: «Pues ahí estamos; tranquilos.» «Ajá –dice el psicólogo–. ¿Y qué tal el instituto?» «Bien –afirma Lucas–, bien.» «¿Estás yendo..?» «Sí, sí. Siempre», subraya el menor. Al ver que la madre baja la mirada, el psicólogo insiste: «Tu madre, al parecer, no piensa lo mismo». «En general, no ha estado faltando –dice ella–; sólo hoy...» «Ya, ya… –responde el especialista mirando al padre–. ¿Puedo hacerle unas preguntas, Pedro?» «Sí, claro.» «Dígame tres cosas positivas de su hijo.» Silencio.

«Bueno… –continúa tras unos segundos–. Tiene carácter… Sabe qué quiere en la vida. Quiere ser médico, lo cual habla bien de él; es independiente y… eso…» «Ya –responde el psicólogo–. Y ¿sabe cómo se llama el tutor de Lucas en el instituto?» «Eh… –cierra los ojos– No lo recuerdo ahora. Luisa es la que más va al instituto porque, como yo viajo tanto, la mayoría de las veces no puedo ir.» «Ajá… Ya, ya. Y tú, Lucas, cuéntame. ¿Te preocupa el estado del chaval al que golpeasteis aquella noche?» «Bueno, sí…», dice desganadamente. «¿Pero has ido a verlo o lo has llamado?» «No.» «Pero ¿te arrepientes, sientes remordimientos por lo que le habéis hecho?» «Quizá se nos fue la mano, pero él nos miró mal.» «¿Él sólo os miró desafiante a vosotros cuatro?» «Si no quiere creerlo…» «¿Sabes que de no haber llegado la Policía podríais haberlo matado?» Lucas permanece callado.

«¿Por qué lo hicisteis?» «No sé, nos dio el punto.» «¿Cómo es eso?» «Bueno, joder; habíamos bebido un poco, estábamos aburridos y, vale, sí, nos pasamos un poco. No quisimos dejarlo así.» «Ya –dice el psicólogo–. Ahora, dime algo: qué harías si yo y tres amigos le gastamos la misma broma a tu padre». «Te mataría», responde Lucas sin vacilar. El psicólogo calla y abre una carpeta. «Lucas, por favor, sal un momento. Quiero hablar con tus padres.» «Oye, no me iréis a meter en un centro, ¿verdad?» «Anda, anda, sal un momento. Ahora hablamos», dice el especialista, quitándole hierro al asunto. Lucas se endereza: «Oiga, no, por favor –se le llenan los ojos de lágrimas–, no me enviéis a un centro. Por favor, no hagáis eso, decidle que no. Vamos, no exageréis tanto las cosas».

Este mismo cuadro, reproducido a partir de casos reales tratados por el psicólogo de la Fiscalía del Menor Javier Urra y el también psicólogo y profesor de la Universidad de Valencia Vicente Garrido, se da, según la estadística, en casi un millón de familias españolas. Los casos permanecen, no obstante, muchísimo tiempo adormecidos, latentes, casi al margen de la realidad, hasta que una noche, como en el reciente suceso con la indigente de Barcelona, unos chavales se exceden —fallan en el grado, no en la acción—, alguien muere y el asunto salta a los titulares. Son casos de violencia lúdica, llamada también `gratuita´, aunque el coste a pagar por todos sea demasiado alto: una plaza en un centro de menores asciende a 252 euros diarios, sólo por mencionar el coste más indolente de esta historia.

Una violencia, en suma, sin móviles delictivos –como robar– ni racistas –como el de los skins– ni pandilleros, como el de los Latin King y los Ñetas. Los móviles, aquí, son exclusiva y siniestramente recreativos: el plan del fin de semana de jóvenes de entre 15 y 20 años, de clase media, media alta y alta, que encuentran una satisfacción personal en el dominio, el control y la vejación del otro, elegido siempre por débil, en número o condición. Jóvenes que, en determinado momento, teniéndolo casi todo, entienden que el tipo de vida que llevan no les satisface y necesitan algo –no saben bien qué– que les llene, llevando a cabo algo muy arriesgado, que no haga nadie, que los sitúe, ante todo, en una posición de un gran poder respecto a otra persona. Los expertos no dudan: psicopatía. Y en la antesala de esta temible forma de diversión, como primer fondo reconocible del problema: el aburrimiento, el «deseo de desear», según la definición del novelista ruso Leon Tolstoi y que, etimológicamente, proviene de `horror´. ¿Horror a qué?

«Cuando te pones a rascar en la epidermis de estos casos –explica Javier Urra, que fue el primer Defensor del Menor–, salen muchas cosas. Se dice: `provienen de familias normales´. ¿Qué significa eso? ¿Familia propietaria de un piso, dos coches y con hijos en un buen colegio? ¿Eso basta? Detrás de esa realidad parcial, sólo socioeconómica, lo `normal´ es: matrimonios mal avenidos, separaciones mal llevadas –que son la inmensa mayoría– y un constante mensaje a los menores: `No me quites tiempo´, `no sé para qué te he traído al mundo´. Normal, entonces, es casi no dedicarles tiempo a los hijos, no conocerlos. `Normal´ es el padre que se mete cocaína y se va de putas, algo que, en la batalla conyugal, la propia madre le cuenta a su hijo. Y esto, que habrá que ver si es normal, sí es, lamentablemente, muy frecuente.

Esas pequeñas cosas te dan la explicación de todo. Porque en las familias normales también hay, a veces, mucha psicopatía. Así tenemos cada vez más chavales, nada marginales, que actúan violenta y antisocialmente en las calles porque no están ilusionados por el presente ni por el futuro. Sienten una auténtica náusea y la vomitan. Se ponen a la salida del Metro y dicen: `Al que salga el quinto, le damos una paliza´. Van buscando a alguien a quien pegar, a quien desplazar su dolor. Y esta violencia comienza en las casas. Se habla mucho del bullying, de la violencia en la escuela, pero es muchísimo menor de la que se produce en los hogares hacia las madres. Esto es lo más destacable y atendible, porque cada vez más jóvenes de 16 y 17 años agreden a sus madres, alertándonos de que mañana, cuando vivan en pareja, agredirán a sus mujeres.»

Javier Urra acaba de terminar un nuevo libro, El pequeño dictador (que se editará próximamente), que aborda la misma problemática de Los hijos tiranos. El síndrome del emperador (Ed. Ariel), firmado por Vicente Garrido Genovés, una de las mayores autoridades en la investigación y el tratamiento de la personalidad delincuente y violenta. Ambos abordan la instancia en la cual los padres se convierten en víctimas de sus propios hijos. «Son chicos para los que no hay autoridad –dice Urra–, a los que se les emiten mensajes contradictorios todo el tiempo, chicos que en sus casas sólo oyen hablar mal de la suegra, del jefe, del vecino –de la madre y del padre, según quien hable– y, en ese contexto, aprovechan para ser muy tiranos. Y lo más terrible de todo es que, después, en las fiscalías y en los juzgados, cuando estos chicos han actuado antisocialmente en las calles, los padres son los primeros en defenderlos, pidiendo que no se los sancione. Dicho esto, hay que recordar también que no sólo educan los padres y maestros: educa la televisión, los terribles videojuegos, las películas y un largo etcétera.

La sociedad no puede inyectar violencia por todos lados y sorprenderse luego de que algún joven cometa hechos terribles o decida averiguar qué se siente matando. Estamos haciendo chicos de una gran dureza emocional. Insensibles. Deshumanizados. Pero, por suerte, y esto hay que subrayarlo, la inmensa mayoría de los jóvenes españoles no son violentos. Pueden ser muy poco respetuosos, pero no agresivos y, más que ejercerla, padecen la violencia. Eso sí: cuando los hay, los casos son de una maldad extrema, lo cual demuestra que una parte de nuestro organismo social está muy enfermo y que hay que cogerlo a tiempo para que no se nos convierta en un auténtico cáncer con metástasis. Estamos a tiempo, pero hay que actuar ya.»

Diego Bagnera
www.xlsemanal.com nº 950 8-14 Ene


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