OPINION Daniel Libardi 3 Feb Zárate Vandalismo callejero
La sociedad presenta algunos signos y síntomas claros de que va camino a una enfermedad. Así, se pueden ver situaciones en la ciudad que van marcando hasta dónde se ha llegado. El miércoles por la noche, por ejemplo, la policía detuvo a siete menores en una intersección céntrica por algunos desmanes que estarían protagonizando. En la requisa, se le encontró a uno de ellos una réplica de una pistola calibre 45. Las edades de estos chicos se encuentran en el rango de los 13 a los 17 años. Algunos de ellos ya tenían varias entradas a la policía.
Las paredes de un sinnúmero de casas y comercios de Zárate muestran las huellas de los grafittis y pintadas, entre otras cosas, de algún amor no correspondido. Pero ya no sólo lo hacen con aerosoles; también se los ve realizados con marcadores indelebles sobre cerámicos colocados en los frentes de las casas.
Pero hay más, mucho más por acopiar. Los automóviles con su pintura rayada, muchas veces con una fiereza que han llegado a las capas inferiores de pintura, sólo por hacer daño. Las bolsas de residuos diseminadas por la vereda, cuando algún vecino las sacó o demasiado temprano o demasiado tarde. Muchas de ellas terminan siendo utilizadas como si fueran una pelota, por lo que el contenido se esparce por toda la calle.
También los arbolitos quebrados, como si al vándalo nada lo hiciera recapacitar. Se trata de plantas nuevas, indefensas y fáciles de quebrar. Farolas y lámparas del alumbrado público que han sido alcanzadas por alguna piedra, forman parte de este “pintoresco” (y triste) panorama.
Si se transita por las calles céntricas en horas de la madrugada en fines de semana, la suciedad y los olores nauseabundos aparecerán y florecerán como por arte de magia. Claro, nadie ve nada ni nadie se hace responsable de actos que están reñidos con la educación y que muestran a chicos haciendo sus necesidades en las propias veredas.
Sumamos a esto los gritos destemplados de quienes, seguramente alcoholizados, no permiten descansar a aquel que, al otro día, debe concurrir a cumplir con sus obligaciones. No todos estamos de farra... Súmesele a esto la rotura de cristales en los negocios de pleno centro (muchas veces efectuado arrojando una botella de cerveza vacía) y se tendrá un panorama cabal de lo que es el vandalismo callejero.
Hasta una cabina de la empresa telefónica que era arrojada al piso con una frecuencia inusitada, terminó siendo asegurada de manera tal que ya es imposible que le vuelva a suceder lo mismo. Esto nos remite al comienzo: una sociedad que muestra signos de no estar pasando por un buen momento y que si no se encuentra enferma está incubando algo que puede llegar a transformarse en una dolencia crónica. www.eldebate.com.ar
La sociedad presenta algunos signos y síntomas claros de que va camino a una enfermedad. Así, se pueden ver situaciones en la ciudad que van marcando hasta dónde se ha llegado. El miércoles por la noche, por ejemplo, la policía detuvo a siete menores en una intersección céntrica por algunos desmanes que estarían protagonizando. En la requisa, se le encontró a uno de ellos una réplica de una pistola calibre 45. Las edades de estos chicos se encuentran en el rango de los 13 a los 17 años. Algunos de ellos ya tenían varias entradas a la policía.
Las paredes de un sinnúmero de casas y comercios de Zárate muestran las huellas de los grafittis y pintadas, entre otras cosas, de algún amor no correspondido. Pero ya no sólo lo hacen con aerosoles; también se los ve realizados con marcadores indelebles sobre cerámicos colocados en los frentes de las casas.
Pero hay más, mucho más por acopiar. Los automóviles con su pintura rayada, muchas veces con una fiereza que han llegado a las capas inferiores de pintura, sólo por hacer daño. Las bolsas de residuos diseminadas por la vereda, cuando algún vecino las sacó o demasiado temprano o demasiado tarde. Muchas de ellas terminan siendo utilizadas como si fueran una pelota, por lo que el contenido se esparce por toda la calle.
También los arbolitos quebrados, como si al vándalo nada lo hiciera recapacitar. Se trata de plantas nuevas, indefensas y fáciles de quebrar. Farolas y lámparas del alumbrado público que han sido alcanzadas por alguna piedra, forman parte de este “pintoresco” (y triste) panorama.
Si se transita por las calles céntricas en horas de la madrugada en fines de semana, la suciedad y los olores nauseabundos aparecerán y florecerán como por arte de magia. Claro, nadie ve nada ni nadie se hace responsable de actos que están reñidos con la educación y que muestran a chicos haciendo sus necesidades en las propias veredas.
Sumamos a esto los gritos destemplados de quienes, seguramente alcoholizados, no permiten descansar a aquel que, al otro día, debe concurrir a cumplir con sus obligaciones. No todos estamos de farra... Súmesele a esto la rotura de cristales en los negocios de pleno centro (muchas veces efectuado arrojando una botella de cerveza vacía) y se tendrá un panorama cabal de lo que es el vandalismo callejero.
Hasta una cabina de la empresa telefónica que era arrojada al piso con una frecuencia inusitada, terminó siendo asegurada de manera tal que ya es imposible que le vuelva a suceder lo mismo. Esto nos remite al comienzo: una sociedad que muestra signos de no estar pasando por un buen momento y que si no se encuentra enferma está incubando algo que puede llegar a transformarse en una dolencia crónica. www.eldebate.com.ar







