MANO TENDIDA· El juego de aplastarle la cabeza al prójimo estaba muy bien visto si conducía al éxito
ÁLVARO BERMEJO / 9 Marzo San Sebastián · «Sonríe,Willy»
«Hemos tramado una especie de jungla donde se nos educa para convertirnos en individuos hiperproductivos e hiperconsumidores, pero no en ciudadanos morales, ilustrados, críticos y participativos»
Dentro de la pantalla del televisor vemos otra pantalla, la de un teléfono móvil al que se asoma el rostro de un indigente atemorizado. «Sonríe, Willy», exclama una voz muy simpática. Cuando el anciano fuerza una mueca alguien le da un fuerte golpe en la nuca y los que filman la escena se parten de risa. Hay otras variantes del nuevo juego interactivo. Un grupo de adolescentes propina una paliza a su profesor mientras uno de ellos filma la escena. Dos chicas se enzarzan en una pelea. Sus compañeras, lejos de separarlas, graban mientras las jalean. Por fortuna, en ninguno de estos casos se llegó a la barbarie de la mendiga quemada viva en un cajero de Barcelona. Pero en todos nos encontramos con una sintomatología común. Se trata de jóvenes que pertenecen a familias bien estructuradas y carecen de historial delictivo. Para ellos la agresión a indigentes forma parte de sus alternativas de ocio. Y grabar esas agresiones con sus móviles es una manera de divertirse como otra cualquiera.
La llamada Generación X fue la primera promoción de españoles genuinamente posfranquistas cuya única dictadura en vigor ya sólo era la del consumo. Se decía de ellos que estaban marcados por lo que más detestaban. Por el consumo compulsivo, por la afirmación del yo frente al nosotros y por un hedonismo salvaje entendido como finalidad o como frustración. Sus herederos son estos jóvenes incubados entre pantallas de plasma y videojuegos, más instalados en la virtualidad que en la realidad, y concretamente en una virtualidad donde la diversión es tanto más excitante cuanto más violenta. Un botellón no tiene gracia si no desemboca en actos de incivismo que obliguen a intervenir a la policía. Los mensajes entre móviles no tienen mordiente si no incluyen escenas violentas. El sufrimiento de la víctima no importa. Todo es virtual, luego no existe el dolor ni la sangre, sólo la risa contagiosa que se deriva de esta nueva versión del «pásalo». ¿Es este el retrato de la nueva generación?
Por supuesto que no. Diversos estudios confirman la existencia de adolescentes que tienen actitudes y prácticas propias de una ciudadanía activa. Se les puede ver al volante de una ambulancia de la DYA, colaborando en oenegés de todo signo, y también socorriendo a esos indigentes que sus mismos compañeros de clase humillan en directo. No obstante, la violencia entre jóvenes, el gamberrismo y las conductas inciviles están creciendo hasta el punto de que grandes capitales como Barcelona, Madrid o Sevilla han adoptado o preparan medidas legales para combatirlos. Entre tanto la LOE propone insertar en este horizonte una asignatura de Educación para la Ciudadanía que no puede ser más oportuna.
Ahora bien, ¿basta un plan de Tolerancia Cero frente al gamberrismo juvenil para resolver el problema del incivismo? ¿ Basta con una asignatura específica para formar ciudadanos? Preguntémonos antes qué ciudadanía hemos creado y estamos creando. Es decir, ¿en qué valores están siendo socializados nuestros jóvenes? Salta a la vista que, en treinta años de democracia hemos madurado mucho en lo que se refiere a la construcción política de nuestra sociedad, pero apenas hemos dado un paso en la tarea de tejer una moral colectiva basada en el fomento y en la práctica de virtudes públicas.
No basta con vigilar que en las escuelas se impartan los sacrosantos criterios identitarios, ni con fomentar una enseñanza basada en la tecnocracia y en la competencia. Por mucho éxito escolar que consigan estos modelos, fracasarán rotundamente si no logran formar jóvenes con conciencia y con principios éticos de los que surjan ciudadanos morales.
Entre tanto culto a la identidad y a la competitividad, nos hemos olvidado que los valores no se heredan. Es preciso transmitirlos, de la misma manera que las virtudes cívicas deben ser enseñadas a través de una pedagogía de los comportamientos solidarios y los compromisos cívicos. ¿Pero cómo se enseña eso? Al fin y al cabo, una asignatura de educación para la ciudadanía basada en explicaciones teóricas, ¿no incurriría en la misma virtualidad en la que viven los jóvenes adictos a las pantallas de la desconsolada Generación Consola?
Las virtudes cívicas se transmiten con mucha dificultad mediante asignaturas porque exigen procedimientos vivenciales donde el compromiso, el ejercicio de la solidaridad y la participación, son condiciones esenciales. Puede ser muy importante explicar a los jóvenes en qué consisten los derechos humanos, pero no acabarán de entenderlo hasta que experimenten de cerca el mismo dolor que causan al indigente al que golpean y filman entre risas. No es preciso restaurar la ley del Talión. Basta con acercarles a situaciones donde despierte su sensibilidad ante la injusticia sufrida por otros, e invitarles a que graben en sus móviles esa otra cara de la virtualidad, que es la realidad lacerante en que viven los que carecen de un móvil y de todo lo demás.
Aun así el impacto de esa asignatura será muy reducido si no se inserta en un plan integral que nos comprometa a todos. Con bastante cinismo, tendemos a desplazar a los centros de enseñanza responsabilidades que implican a muchas instancias y a muchas otras instituciones. Más que una sociedad hemos tramado una especie de jungla muy mal civilizada donde se nos educa para convertirnos en individuos hiperproductivos e hiperconsumidores, pero no en ciudadanos morales, ilustrados, críticos y participativos. En los márgenes de la gran batalla política sólo hay espacio para un gran mercado donde los usos vigentes de tiempo libre están pautados por un modelo de explotación comercial de adolescentes y jóvenes -léase Illumbe-, que los embrutece y los aliena.
Pedir a estos centros que se atengan a un código ético es como pedir a los fabricantes de móviles que sólo puedan grabar atardeceres frente al mar. La tarea de educar a nuestros jóvenes comienza en el núcleo familiar, continúa en la escuela y sigue ascendiendo hasta abarcar todas las instituciones susceptibles de fomentar alternativas a la alineación juvenil y a la violencia festiva, supliéndolas por una ética de la responsabilidad y de la solidaridad.
La ciudadanía no surge de la nada, es un fruto que nace de un cultivo del que todos somos responsables. Durante mucho tiempo, nos hemos complacido en una fiesta supuestamente civilizada donde el juego de aplastarle la cabeza al prójimo estaba muy bien visto si conducía al éxito. Para que nuestros jóvenes lo entiendan como un fracaso personal, es preciso comenzar a hablar con ellos cara a cara, sin móviles, pues se trata de hacer de ellos ciudadanos activos, reales y no virtuales.
No cabe otro camino para devolverle la sonrisa a Willy sin que espere a cambio otra cosa que una mano tendida. Por supuesto que costará, pero se trata de un deber ético que nos implica a todos. El único que puede salvar a esta sociedad de un monumental suicidio en directo. diariovasco.com
«Hemos tramado una especie de jungla donde se nos educa para convertirnos en individuos hiperproductivos e hiperconsumidores, pero no en ciudadanos morales, ilustrados, críticos y participativos»
Dentro de la pantalla del televisor vemos otra pantalla, la de un teléfono móvil al que se asoma el rostro de un indigente atemorizado. «Sonríe, Willy», exclama una voz muy simpática. Cuando el anciano fuerza una mueca alguien le da un fuerte golpe en la nuca y los que filman la escena se parten de risa. Hay otras variantes del nuevo juego interactivo. Un grupo de adolescentes propina una paliza a su profesor mientras uno de ellos filma la escena. Dos chicas se enzarzan en una pelea. Sus compañeras, lejos de separarlas, graban mientras las jalean. Por fortuna, en ninguno de estos casos se llegó a la barbarie de la mendiga quemada viva en un cajero de Barcelona. Pero en todos nos encontramos con una sintomatología común. Se trata de jóvenes que pertenecen a familias bien estructuradas y carecen de historial delictivo. Para ellos la agresión a indigentes forma parte de sus alternativas de ocio. Y grabar esas agresiones con sus móviles es una manera de divertirse como otra cualquiera.
La llamada Generación X fue la primera promoción de españoles genuinamente posfranquistas cuya única dictadura en vigor ya sólo era la del consumo. Se decía de ellos que estaban marcados por lo que más detestaban. Por el consumo compulsivo, por la afirmación del yo frente al nosotros y por un hedonismo salvaje entendido como finalidad o como frustración. Sus herederos son estos jóvenes incubados entre pantallas de plasma y videojuegos, más instalados en la virtualidad que en la realidad, y concretamente en una virtualidad donde la diversión es tanto más excitante cuanto más violenta. Un botellón no tiene gracia si no desemboca en actos de incivismo que obliguen a intervenir a la policía. Los mensajes entre móviles no tienen mordiente si no incluyen escenas violentas. El sufrimiento de la víctima no importa. Todo es virtual, luego no existe el dolor ni la sangre, sólo la risa contagiosa que se deriva de esta nueva versión del «pásalo». ¿Es este el retrato de la nueva generación?
Por supuesto que no. Diversos estudios confirman la existencia de adolescentes que tienen actitudes y prácticas propias de una ciudadanía activa. Se les puede ver al volante de una ambulancia de la DYA, colaborando en oenegés de todo signo, y también socorriendo a esos indigentes que sus mismos compañeros de clase humillan en directo. No obstante, la violencia entre jóvenes, el gamberrismo y las conductas inciviles están creciendo hasta el punto de que grandes capitales como Barcelona, Madrid o Sevilla han adoptado o preparan medidas legales para combatirlos. Entre tanto la LOE propone insertar en este horizonte una asignatura de Educación para la Ciudadanía que no puede ser más oportuna.
Ahora bien, ¿basta un plan de Tolerancia Cero frente al gamberrismo juvenil para resolver el problema del incivismo? ¿ Basta con una asignatura específica para formar ciudadanos? Preguntémonos antes qué ciudadanía hemos creado y estamos creando. Es decir, ¿en qué valores están siendo socializados nuestros jóvenes? Salta a la vista que, en treinta años de democracia hemos madurado mucho en lo que se refiere a la construcción política de nuestra sociedad, pero apenas hemos dado un paso en la tarea de tejer una moral colectiva basada en el fomento y en la práctica de virtudes públicas.
No basta con vigilar que en las escuelas se impartan los sacrosantos criterios identitarios, ni con fomentar una enseñanza basada en la tecnocracia y en la competencia. Por mucho éxito escolar que consigan estos modelos, fracasarán rotundamente si no logran formar jóvenes con conciencia y con principios éticos de los que surjan ciudadanos morales.
Entre tanto culto a la identidad y a la competitividad, nos hemos olvidado que los valores no se heredan. Es preciso transmitirlos, de la misma manera que las virtudes cívicas deben ser enseñadas a través de una pedagogía de los comportamientos solidarios y los compromisos cívicos. ¿Pero cómo se enseña eso? Al fin y al cabo, una asignatura de educación para la ciudadanía basada en explicaciones teóricas, ¿no incurriría en la misma virtualidad en la que viven los jóvenes adictos a las pantallas de la desconsolada Generación Consola?
Las virtudes cívicas se transmiten con mucha dificultad mediante asignaturas porque exigen procedimientos vivenciales donde el compromiso, el ejercicio de la solidaridad y la participación, son condiciones esenciales. Puede ser muy importante explicar a los jóvenes en qué consisten los derechos humanos, pero no acabarán de entenderlo hasta que experimenten de cerca el mismo dolor que causan al indigente al que golpean y filman entre risas. No es preciso restaurar la ley del Talión. Basta con acercarles a situaciones donde despierte su sensibilidad ante la injusticia sufrida por otros, e invitarles a que graben en sus móviles esa otra cara de la virtualidad, que es la realidad lacerante en que viven los que carecen de un móvil y de todo lo demás.
Aun así el impacto de esa asignatura será muy reducido si no se inserta en un plan integral que nos comprometa a todos. Con bastante cinismo, tendemos a desplazar a los centros de enseñanza responsabilidades que implican a muchas instancias y a muchas otras instituciones. Más que una sociedad hemos tramado una especie de jungla muy mal civilizada donde se nos educa para convertirnos en individuos hiperproductivos e hiperconsumidores, pero no en ciudadanos morales, ilustrados, críticos y participativos. En los márgenes de la gran batalla política sólo hay espacio para un gran mercado donde los usos vigentes de tiempo libre están pautados por un modelo de explotación comercial de adolescentes y jóvenes -léase Illumbe-, que los embrutece y los aliena.
Pedir a estos centros que se atengan a un código ético es como pedir a los fabricantes de móviles que sólo puedan grabar atardeceres frente al mar. La tarea de educar a nuestros jóvenes comienza en el núcleo familiar, continúa en la escuela y sigue ascendiendo hasta abarcar todas las instituciones susceptibles de fomentar alternativas a la alineación juvenil y a la violencia festiva, supliéndolas por una ética de la responsabilidad y de la solidaridad.
La ciudadanía no surge de la nada, es un fruto que nace de un cultivo del que todos somos responsables. Durante mucho tiempo, nos hemos complacido en una fiesta supuestamente civilizada donde el juego de aplastarle la cabeza al prójimo estaba muy bien visto si conducía al éxito. Para que nuestros jóvenes lo entiendan como un fracaso personal, es preciso comenzar a hablar con ellos cara a cara, sin móviles, pues se trata de hacer de ellos ciudadanos activos, reales y no virtuales.
No cabe otro camino para devolverle la sonrisa a Willy sin que espere a cambio otra cosa que una mano tendida. Por supuesto que costará, pero se trata de un deber ético que nos implica a todos. El único que puede salvar a esta sociedad de un monumental suicidio en directo. diariovasco.com






