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viernes, 10 de marzo de 2006
Lola Clavero · 10 Marzo Málaga Profesores agredidos
El padre de una alumna del IES `Puerto de la Torre´ que agredió, sin mediar palabra, al profesor de ésta de un cabezazo el pasado lunes 20 de febrero, seguramente no imaginó que se iba a liar la que se ha liado.
Yo tampoco. A fuerza de cotidianas y abundantes las agresiones a los profesores se han convertido casi en un gaje del oficio. Hace ya tiempo que en el ámbito educativo se considera de lo más normal que un docente trabaje sin dignidad, desamparado como está por las leyes y la administración.

Por eso, no es infrecuente escuchar en un aula cómo un alumno amenaza a su profe en los términos siguientes: "Cómo me riñas (o me suspendas) va a venir mi padre (o madre) y te va a dar una paliza que te vas a enterar". En medio del caos en el que viven muchos institutos, los alumnos han aprendido que el profesor puede ser agredido por él mismo o sus papis con total impunidad. Como ha ocurrido durante la última década del modo más natural. A que se haya desembocado en esta situación límite han contribuido los siguientes factores:

  • A) El profesor agredido no ha denunciado la agresión por temor al ridículo. Tiene miedo de ser objeto de burla de sus colegas cuando confiese que `un niño le ha pegado´. De las vejaciones psíquicas, los insultos e intimidaciones ni se plantean comentarios, ya que, por frecuentes, se han llegado a considerar como parte del ruido de fondo de un aula.

  • B) En los casos en los que los profesores se han decidido a relatar lo ocurrido, muchos se han encontrado con la insolidaridad de sus colegas. Unos que, ante la agresión al compañero, miran a otro lado para `no meterse en líos´, otros que acusan a la víctima de falta de profesionalidad y apuntan incluso a que, por falta de ella, `merecen´ en parte la agresión. El tema no les afecta, pues a ellos nunca le hubiera pasado.

  • C) Algunas directivas por aparentar ante la opinión pública que sus centros funcionan de maravilla silencian al profesor agredido con estrategias de persuasión entre las que no falta el mobbing. Si el profesor ha sido agredido se debe a que no ha sabido crear empatía con alumnos y padres, o sea, no es un buen profesor. Esto puede servir para que el docente, sintiéndose culpable de la agresión recibida, como las mujeres víctimas de la violencia de género, desmoralizado y hundido en la miseria, calle, pida una baja por depresión y no levante la liebre. Si aún así, el caso transciende a los medios, los directivos podrán declarar que la agresión ha sido un caso `puntual´ en ese centro que, normalmente, funciona de maravilla. Resultado: Al final el castigo lo recibe el propio profesor agredido, que tiene que abandonar el centro, llevándose una depresión a casa, mientras el alumno o alumnos agresores permanecen en las aulas, felicitándose por la hazaña de haber echado del instituto al profe. En algunos centros las directivas han desautorizado a los docentes ante los alumnos de tal forma que no es extraño que, ante una llamada de atención a su mala conducta, el chico-a reaccione amenazando al profe con ir a quejarse al director o al jefe de estudios, sabiéndose apoyado por ellos.

  • D) Los altos organismos educativos han restado importancia durante mucho tiempo a los desórdenes y violencia en los centros educativos por no reconocer que hay que introducir reformas en un sistema tan estrepitosamente fracasado E) Algunos sectores de la opinión pública, resentidos por recuerdos de antiguos profesores autoritarios han mantenido y fomentado una actitud hostil hacia los docentes. Incluso alguna figura de cierto relieve intelectual -aunque hay que decir que la gran mayoría de los intelectuales han sido paladines de los degradados profesores- cuando un profesor de tecnología en Torremolinos fue agredido por un alumno armado de martillo, publicó un artículo titulado `Yo soy el del martillo´ solidarizándose con el agresor en una revista de tirada nacional.
    Todos estos factores, durante más de una década, han contribuido a que el problema de la violencia en las aulas se haya agigantado al punto de ser insostenible. Y ha tenido que llegar a este punto para que transcienda a los medios y que la sociedad empiece a ser consciente de lo que pasa: Que el profesor trabaja sin la dignidad que a todo individuo se le reconoce en la Declaración Universal de derechos humanos y, por si esto importa, que, debido a las dificultades que estragan su trabajo, el futuro quedará en manos de generaciones violentas e ignorantes.

    Me parece estupendo que ayer, 9 de marzo, se convocara una manifestación contra las agresiones a profesores a las puertas del edificio negro con el apoyo de los sindicatos, pero me hubiese parecido mejor no tener que llegar a este punto. Que el problema, en lugar de ser silenciado, se hubiese atajado cuando empezaba a despuntar. Antes de que el padre de una alumna considere, como tantos otros en otros puntos de España, que pegarle a un profesor es la cosa más natural del mundo. Un hecho que no merece ni sanción ni trascendencia. Tan rutinario como este artículo de denuncia que la actualidad me obliga a escribir cada dos por tres, en la inútil esperanza de no tener que volver a insistir sobre el mismo tema. www.laopiniondemalaga.com

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