MIGUEL VELASCO · 6 Abril SEGOVIA Indisciplina en las aulas
Las constantes amenazas y agresiones de los alumnos en su permanente actitud de rebelión en las aulas es a veces avalada por los padres y por una normativa ciertamente restrictiva hacia el correctivo necesario al alumno díscolo y perturbador. Por lo que se ve ha caído en desuso aquello de que la educación comienza en la propia familia.
AUNQUE el problema viene latiendo desde hace tiempo y ha sido denunciado en varias ocasiones (aunque tímidamente, eso sí) parece que es ahora cuando distintos colectivos profesionales han decidido plantarle cara revelándose claramente a la opinión pública y canalizando la preocupación de los docentes hacia las instituciones responsables de su control o quizá mejor, de su descontrol. Me refiero a la penosa situación que se viene produciendo de indisciplina en la enseñanza, en que se producen situaciones conflictivas entre alumnos y entre éstos y los propios profesores, que sufren habitualmente vejaciones, ataques verbales y físicos y todo tipo de amenazas, agresiones a personas y daños en las cosas (como en viviendas, coches, etc.).
A todo eso se produce al amparo de una tolerancia mal entendida de la normativa escolar emanada del Ministerio de Educación, que permite la insurrección escolar, la barbarie y la indisciplina más virulenta. Pero por si fuera poco esa situación del régimen interno de los centros, se ha legislado en cambio el fortalecimiento desmedido de ciertas organizaciones paralelas como los Consejos Escolares o las Asociaciones de Padres de Alumnos que no siempre responden al necesario respeto y prestigio del profesorado.
Las constantes amenazas y agresiones de los alumnos en su permanente actitud de rebelión en las aulas es a veces avalada por los padres y por una normativa ciertamente restrictiva hacia el correctivo necesario al alumno díscolo y perturbador. Por lo que se ve ha caído en desuso aquello de que la educación comienza en la propia familia. Las autoridades académicas, las instituciones relacionadas con la enseñanza, tienen que tomar conciencia urgente de este deterioro de la disciplina y de la permanente agresividad imperante en las aulas y, en consecuencia, de la denuncia de progresivo deterioro de la enseñanza, de la educación, de la formación del individuo desde los cauces más primarios. Es preciso hacer frente con contundencia a esos signos de violencia contra los profesores y atajarlos; reconduciendo no sólo la disciplina perdida, sino fortaleciendo la capacidad de los centros y de los docentes para imponer -más duramente que la propia persuasión- las necesarias medidas correctoras restauradoras de esa disciplina perdida y el constante incremento de la espiral de impertinencia escolar dislocada.
No es extraño, pues, que ante ese desgraciado panorama en las aulas se produzcan entre los docentes frecuentes situaciones de trastornos psicoemocionales derivados de la fuerte conflictividad, acoso y agresividad por parte de un alumnado con más méritos para estar encerrado que a su albedrío en lo que debería ser un marco deseable de convivencia y de formación.
De no ser así, de no robustecerse las medidas correctoras de la indisciplina salvaje y las constantes agresiones de cuatro imbéciles, será difícil reconducir una situación muy conflictiva propiciada por un pseudoprogresismo, de una mal entendida tolerancia, que ha degenerado -como se ve- en graves actitudes y deserciones justificadas en la docencia. Demasiado poco. nortecastilla.es
Las constantes amenazas y agresiones de los alumnos en su permanente actitud de rebelión en las aulas es a veces avalada por los padres y por una normativa ciertamente restrictiva hacia el correctivo necesario al alumno díscolo y perturbador. Por lo que se ve ha caído en desuso aquello de que la educación comienza en la propia familia.
AUNQUE el problema viene latiendo desde hace tiempo y ha sido denunciado en varias ocasiones (aunque tímidamente, eso sí) parece que es ahora cuando distintos colectivos profesionales han decidido plantarle cara revelándose claramente a la opinión pública y canalizando la preocupación de los docentes hacia las instituciones responsables de su control o quizá mejor, de su descontrol. Me refiero a la penosa situación que se viene produciendo de indisciplina en la enseñanza, en que se producen situaciones conflictivas entre alumnos y entre éstos y los propios profesores, que sufren habitualmente vejaciones, ataques verbales y físicos y todo tipo de amenazas, agresiones a personas y daños en las cosas (como en viviendas, coches, etc.).
A todo eso se produce al amparo de una tolerancia mal entendida de la normativa escolar emanada del Ministerio de Educación, que permite la insurrección escolar, la barbarie y la indisciplina más virulenta. Pero por si fuera poco esa situación del régimen interno de los centros, se ha legislado en cambio el fortalecimiento desmedido de ciertas organizaciones paralelas como los Consejos Escolares o las Asociaciones de Padres de Alumnos que no siempre responden al necesario respeto y prestigio del profesorado.
Las constantes amenazas y agresiones de los alumnos en su permanente actitud de rebelión en las aulas es a veces avalada por los padres y por una normativa ciertamente restrictiva hacia el correctivo necesario al alumno díscolo y perturbador. Por lo que se ve ha caído en desuso aquello de que la educación comienza en la propia familia. Las autoridades académicas, las instituciones relacionadas con la enseñanza, tienen que tomar conciencia urgente de este deterioro de la disciplina y de la permanente agresividad imperante en las aulas y, en consecuencia, de la denuncia de progresivo deterioro de la enseñanza, de la educación, de la formación del individuo desde los cauces más primarios. Es preciso hacer frente con contundencia a esos signos de violencia contra los profesores y atajarlos; reconduciendo no sólo la disciplina perdida, sino fortaleciendo la capacidad de los centros y de los docentes para imponer -más duramente que la propia persuasión- las necesarias medidas correctoras restauradoras de esa disciplina perdida y el constante incremento de la espiral de impertinencia escolar dislocada.
No es extraño, pues, que ante ese desgraciado panorama en las aulas se produzcan entre los docentes frecuentes situaciones de trastornos psicoemocionales derivados de la fuerte conflictividad, acoso y agresividad por parte de un alumnado con más méritos para estar encerrado que a su albedrío en lo que debería ser un marco deseable de convivencia y de formación.
De no ser así, de no robustecerse las medidas correctoras de la indisciplina salvaje y las constantes agresiones de cuatro imbéciles, será difícil reconducir una situación muy conflictiva propiciada por un pseudoprogresismo, de una mal entendida tolerancia, que ha degenerado -como se ve- en graves actitudes y deserciones justificadas en la docencia. Demasiado poco. nortecastilla.es






