El tintero · María Eugenia Salaverri · 10.05.2006
El acoso escolar ha existido siempre, pero ahora saltan a las páginas de los periódicos.Es tan feo, tan vergonzante, que ni siquiera tiene un nombre en castellano y, por eso, nos referimos a ello como bullying, porque quizá no nos atrevemos a pronunciar lo que no queremos ver.
Siempre ha habido abusones y cobardes que se amparan en el grupo para martirizar a alguien a quien previamente se ha aislado y estigmatizado, pero desde que se conoció la terrible historia de Jokin, el chico que se suicidó en Hondarribia porque ya no aguantaba más, esa tragedia dejó de ser anónima y pasó a tener un nombre, un rostro, una historia.
Fue un momento importante, supuso un revulsivo social y todos nos escandalizamos al saber que durante tanto tiempo hubo gente que sabía lo que estaba ocurriendo y no hizo nada para detenerlo. Entonces pareció que esta sociedad estaba decidida a acabar con el acoso. Pero el horror continúa y en el País Vasco hay más de trescientos jóvenes que lo padecen, y algunos están tan desesperados como para pensar en el suicidio.
Las víctimas no son seres débiles, sino en muchos casos lo contrario: chicos y chicas fuertes, valientes, que soportan durante mucho tiempo y en silencio, sin quejarse, sin pedir ayuda, cosas intolerables. Los jóvenes vascos son más reticentes a hablar del acoso que los de otras comunidades. A veces, ser fuerte es una desventaja, y en esos casos el silencio es el peor enemigo. 20minutos.es
El acoso escolar ha existido siempre, pero ahora saltan a las páginas de los periódicos.Es tan feo, tan vergonzante, que ni siquiera tiene un nombre en castellano y, por eso, nos referimos a ello como bullying, porque quizá no nos atrevemos a pronunciar lo que no queremos ver.
Siempre ha habido abusones y cobardes que se amparan en el grupo para martirizar a alguien a quien previamente se ha aislado y estigmatizado, pero desde que se conoció la terrible historia de Jokin, el chico que se suicidó en Hondarribia porque ya no aguantaba más, esa tragedia dejó de ser anónima y pasó a tener un nombre, un rostro, una historia.
Fue un momento importante, supuso un revulsivo social y todos nos escandalizamos al saber que durante tanto tiempo hubo gente que sabía lo que estaba ocurriendo y no hizo nada para detenerlo. Entonces pareció que esta sociedad estaba decidida a acabar con el acoso. Pero el horror continúa y en el País Vasco hay más de trescientos jóvenes que lo padecen, y algunos están tan desesperados como para pensar en el suicidio.
Las víctimas no son seres débiles, sino en muchos casos lo contrario: chicos y chicas fuertes, valientes, que soportan durante mucho tiempo y en silencio, sin quejarse, sin pedir ayuda, cosas intolerables. Los jóvenes vascos son más reticentes a hablar del acoso que los de otras comunidades. A veces, ser fuerte es una desventaja, y en esos casos el silencio es el peor enemigo. 20minutos.es







