HEMEROTECA · Artículo de plena actualidad del 25/10/2004 sobre un estudio en Mendoza ARGENTINA de Alejandro Castro Santander
Se llama “bulling” y es un fenómeno que produce violencia social. Nadie en el curso entendía lo que estaba pasando. En un ataque de ira, Leonardo (el nombre es ficticio), uno de los mejores y más tranquilos alumnos de la clase, amenazó a sus compañeros con traer un arma para agredirlos. Pasada la sorpresa, los miedos y las conclusiones del momento, se conoció la verdadera causa de tal reacción. En silencio y desde hacía meses, el niño era víctima de burlas y persecuciones constantes por parte de ese grupo de chicos.
Poco se habla de esta “violencia silenciosa”, que por lo general pasa desapercibida. Sin embargo es un fenómeno que avanza en colegios de todo el mundo y suele ser la antesala de hechos graves, como los acontecidos en los últimos meses en el país. Se la conoce con el nombre de “bulling” o proceso de intimidación, que es la traducción que le asignan los especialistas locales.
La problemática parecía ajena al ámbito provincial, hasta que el psicopedagogo Alejandro Castro Santander realizó un estudio con alumnos mendocinos en el 2002. En este, el bulling aparecía como el tipo de violencia más frecuente en los colegios encuestados.
“El 70 por ciento de los estudiantes reconocía haber participado de procesos de intimación; ya fuera como víctima, como victimario o como espectador”, informó Castro. El experto considera que al aumentar la violencia en el entorno cotidiano del niño, es muy problable que la percepción de este hostigamiento o burlas hoy sea mayor.
El bullying se da cuando un alumno o grupo mantiene una conducta de persecución física y/o psicológica contra otro, al que elige como víctima de repetidos ataques. Romper o esconder objetos personales, dejar mensajes escritos, burlarse de señales personales, colocar apodos, planear citas o amenazas a escondidas son algunos de los métodos que elige el victimario y, que generalmente, pasan desapercibidos para el docente.
El problema es que, si las acciones son constantes y se suceden en un tiempo prolongado, el alumno intimado difícilmente podrá salir de la situación por sus propios medios. Entonces, la víctima empieza a mostrar bajo rendimiento, fobia de ir al colegio (ausentismo), tristeza o depresión y pérdida del autoestima. Si estos indicadores son desatendidos y existen factores agravantes, el hostigamiento puede derivar en cuadros de neurosis, reacciones muy violentas o hasta en el suicidio.
Según Castro, este tipo de persecución es más común en niños de 6to a 9no año y tiende a disminuir hacia el Polimodal. “Primero se elige una víctima -generalmente caracteres débiles, inseguros, introvertidos o sobreprotegidos-y después se busca una característica para victimizarlo. Pueden ser sus anteojos, su condición económica, la obesidad, etc”, explicó el asesor pedagógico. Lo cierto es que, en este juego psicológico, no sólo pierde la víctima. También sufre el observador, que no se anima a denunciar por temor a ser incluido en el hostigamiento.
En estos casos, es fundamental que padres y docentes estén atentos para percibir cambios en la conducta del niño. Es muy común que el maestro sea el primer sorprendido cuando, por su magnitud, la situación sale a la luz. El sondeo mostró que la escuela es la última en enterarse: los estudiantes lo confiesan primero a sus amigos, luego a sus padres y, por último, al docente.
Para el especialista, es lógico que el maestro no pueda prever cuándo las burlas e ironías propias de la edad, se convierten en intimidación. “No han sido formados para identificarla, sin contar que pesan sobre ellos muchas obligaciones, responsabilidades y burocracia”, explicó. Es significativo el hecho de que entre las respuestas a las entrevistas -realizadas por el especialista- había pedidos de auxilio por parte de algunos alumnos y hasta reproches a los maestros por apañar la situación.
“Es crucial incluir este fenómeno en los debates sobre la violencia escolar. Lo que no podemos olvidar es que la violencia es una conducta aprendida que bien se puede desaprender”, apuntó Castro. Esta mirada es necesaria si se tiene en cuenta que la OMS habla de violencia como la pandemia social y el principal problema del siglo XXI.
Cabe recordar que el bulling comenzó a estudiarse en Noruega por el investigador Olweus, quien lo llamó mobing, por el auge de los estudios sobre depresión laboral. Después devino en bulling, término inglés que deriva de bully (bravucón, matón). En el país, se estudia desde 1996.
El recreo y el aula
Muchas veces, la percepción que docentes y alumnos tienen respecto de la violencia escolar es muy distinta. Según el sondeo, los maestros la reducían a juegos bruscos y apodos en el recreo, mientras que los estudiantes priorizaban esta intimidación constante. Sobre el lugar de la violencia, los docentes destacaban el recreo (67%) y muy detrás el aula (17%) y la salida (11%). Para los chicos, en cambio, el grado de violencia era similar en el recreo y el aula.
Hacia un discurso educativo coherente
Por Alejandro Castro Santander - Especialista en Psicopedagogía Institucional y Gestión Educativa
Creo que la violencia social se reduciría en gran medida sólo con un poco de sentido común. A los niños hay que darles una respuesta educativa coherente, desde la familia, la escuela, la sociedad. Hoy la gente está muy sensible con el tema del miedo y la inseguridad, hay mucha violencia, pero no se puede perder la razonabilidad frente a los más pequeños. El discurso se debe acompañar de hechos.
Estoy regresando de un encuentro convocado por Misión Futuro y Cátedra Unesco en La Plata, donde expuse sobre la temática. Enseguida, la reunión se volcó a buscar propuestas para alcanzar la paz y la conclusión fue que sólo es posible educar para la paz, si participan todos los agentes educativos. Es que la violencia debe ser analizada desde el modelo ecológico: familia, escuela, comunidad y sociedad.
Pero también es crucial que las políticas públicas favorezcan, apoyen y encaucen la tarea. Nada se puede hacer si no se avanza en una legislación consensuada y estudiada sobre “escuelas seguras”. Hasta el momento, la intervención docente es de curación y ha llegado la hora de que se involucre con la prevención primaria de la violencia escolar. Para que esto ocurra, hacen falta docentes formados. Nuestros niños y jóvenes aprenden violencias de la sociedad que luego reproducen. Estas son las conductas que deben ser desaprendidas.
Prevenir
Cómo detectarlo. Hay que prestar atención a ciertas actitudes de su hijo como:
-No querer concurrir al colegio.
-Cambios notorios en su rendimiento escolar y escasez de amigos.
-Pedidos extra de dinero.
-Falta de interés en organizar actividades con sus compañeros.
-Llegada del colegio con daños materiales (vestimenta o material de estudio).
-Estado de ánimo triste o irritable, presencia de síntomas físicos, especialmente por la mañana antes de ir al colegio o repetición de enfermedades.
-Mantener un diálogo fluido con el niño.
-Reflexionen juntos sobre la violencia que se ve en la televisión, en juegos de video o de la computadora.
-Conocer a los amigos de sus hijos: averigüe qué es lo que hacen, permanezca en contacto con sus padres.
- Tenga bien en claro que la sobreprotección de un hijo es un factor de riesgo, tanto para que se autoperciba como frágil como para que se convierta en victimario.
- Concurra al colegio ante alguna sospecha de que su hijo esté siendo intimidado. Diario Los Andes Gisela Manoni www.losandes.com.ar
* Alejandro Castro Santander es
Psicopedagogo Institucional (Universidad Católica Argentina, UCA); Asesor General Escolar - Colegio Don Bosco - Mendoza - Argentina; Coordinador General - Fundación Ricart - Colegio Norbridge - Argentina; Asesor General Escolar - Colegio María Auxiliadora - Luján de Cuyo - Mendoza - Argentina; Prof. Práctica Profesional I - Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Católica Argentina.
alejandrocastrosantander@uca.edu.ar alecris@supernet.com.ar
>> Universidad Católica Argentinawww.uca.edu.ar
>> Portal Educativo www.mendoza.gov.ar
Cuando prevenir la violencia no basta (+PDF)
El alumno, penetrado de los valores transmitidos por su medio, se introduce en la escuela con su sociabilidad, intereses y modos de resolver dificultades ya aprendidos. Así, el niño, el adolescente entra a la escuela con toda su carga de violencia asimilada y es en este sentido que hablar de prevenir la violencia en la escuela, consiste muchas veces en "atajarla". Pero, ¿debe la escuela sólo resignarse a controlarla para poder desarrollar su propuesta pedagógica?
A partir de los pobres resultados que han mostrado en general los métodos de control en la escuela, defendemos la idea de que la violencia, al ser una conducta aprendida, no sólo debe ser prevenida sino también desaprendida.
Consideramos que el recurso idóneo para llevar a cabo este desafío educativo, es a través del aprendizaje de la Competencia Social en el ámbito de la escuela.
Se llama “bulling” y es un fenómeno que produce violencia social. Nadie en el curso entendía lo que estaba pasando. En un ataque de ira, Leonardo (el nombre es ficticio), uno de los mejores y más tranquilos alumnos de la clase, amenazó a sus compañeros con traer un arma para agredirlos. Pasada la sorpresa, los miedos y las conclusiones del momento, se conoció la verdadera causa de tal reacción. En silencio y desde hacía meses, el niño era víctima de burlas y persecuciones constantes por parte de ese grupo de chicos.
Poco se habla de esta “violencia silenciosa”, que por lo general pasa desapercibida. Sin embargo es un fenómeno que avanza en colegios de todo el mundo y suele ser la antesala de hechos graves, como los acontecidos en los últimos meses en el país. Se la conoce con el nombre de “bulling” o proceso de intimidación, que es la traducción que le asignan los especialistas locales.
La problemática parecía ajena al ámbito provincial, hasta que el psicopedagogo Alejandro Castro Santander realizó un estudio con alumnos mendocinos en el 2002. En este, el bulling aparecía como el tipo de violencia más frecuente en los colegios encuestados.
“El 70 por ciento de los estudiantes reconocía haber participado de procesos de intimación; ya fuera como víctima, como victimario o como espectador”, informó Castro. El experto considera que al aumentar la violencia en el entorno cotidiano del niño, es muy problable que la percepción de este hostigamiento o burlas hoy sea mayor.
El bullying se da cuando un alumno o grupo mantiene una conducta de persecución física y/o psicológica contra otro, al que elige como víctima de repetidos ataques. Romper o esconder objetos personales, dejar mensajes escritos, burlarse de señales personales, colocar apodos, planear citas o amenazas a escondidas son algunos de los métodos que elige el victimario y, que generalmente, pasan desapercibidos para el docente.
El problema es que, si las acciones son constantes y se suceden en un tiempo prolongado, el alumno intimado difícilmente podrá salir de la situación por sus propios medios. Entonces, la víctima empieza a mostrar bajo rendimiento, fobia de ir al colegio (ausentismo), tristeza o depresión y pérdida del autoestima. Si estos indicadores son desatendidos y existen factores agravantes, el hostigamiento puede derivar en cuadros de neurosis, reacciones muy violentas o hasta en el suicidio.
Según Castro, este tipo de persecución es más común en niños de 6to a 9no año y tiende a disminuir hacia el Polimodal. “Primero se elige una víctima -generalmente caracteres débiles, inseguros, introvertidos o sobreprotegidos-y después se busca una característica para victimizarlo. Pueden ser sus anteojos, su condición económica, la obesidad, etc”, explicó el asesor pedagógico. Lo cierto es que, en este juego psicológico, no sólo pierde la víctima. También sufre el observador, que no se anima a denunciar por temor a ser incluido en el hostigamiento.
En estos casos, es fundamental que padres y docentes estén atentos para percibir cambios en la conducta del niño. Es muy común que el maestro sea el primer sorprendido cuando, por su magnitud, la situación sale a la luz. El sondeo mostró que la escuela es la última en enterarse: los estudiantes lo confiesan primero a sus amigos, luego a sus padres y, por último, al docente.
Para el especialista, es lógico que el maestro no pueda prever cuándo las burlas e ironías propias de la edad, se convierten en intimidación. “No han sido formados para identificarla, sin contar que pesan sobre ellos muchas obligaciones, responsabilidades y burocracia”, explicó. Es significativo el hecho de que entre las respuestas a las entrevistas -realizadas por el especialista- había pedidos de auxilio por parte de algunos alumnos y hasta reproches a los maestros por apañar la situación.
“Es crucial incluir este fenómeno en los debates sobre la violencia escolar. Lo que no podemos olvidar es que la violencia es una conducta aprendida que bien se puede desaprender”, apuntó Castro. Esta mirada es necesaria si se tiene en cuenta que la OMS habla de violencia como la pandemia social y el principal problema del siglo XXI.
Cabe recordar que el bulling comenzó a estudiarse en Noruega por el investigador Olweus, quien lo llamó mobing, por el auge de los estudios sobre depresión laboral. Después devino en bulling, término inglés que deriva de bully (bravucón, matón). En el país, se estudia desde 1996.
El recreo y el aula
Muchas veces, la percepción que docentes y alumnos tienen respecto de la violencia escolar es muy distinta. Según el sondeo, los maestros la reducían a juegos bruscos y apodos en el recreo, mientras que los estudiantes priorizaban esta intimidación constante. Sobre el lugar de la violencia, los docentes destacaban el recreo (67%) y muy detrás el aula (17%) y la salida (11%). Para los chicos, en cambio, el grado de violencia era similar en el recreo y el aula.
Hacia un discurso educativo coherente
Por Alejandro Castro Santander - Especialista en Psicopedagogía Institucional y Gestión Educativa
Creo que la violencia social se reduciría en gran medida sólo con un poco de sentido común. A los niños hay que darles una respuesta educativa coherente, desde la familia, la escuela, la sociedad. Hoy la gente está muy sensible con el tema del miedo y la inseguridad, hay mucha violencia, pero no se puede perder la razonabilidad frente a los más pequeños. El discurso se debe acompañar de hechos.
Estoy regresando de un encuentro convocado por Misión Futuro y Cátedra Unesco en La Plata, donde expuse sobre la temática. Enseguida, la reunión se volcó a buscar propuestas para alcanzar la paz y la conclusión fue que sólo es posible educar para la paz, si participan todos los agentes educativos. Es que la violencia debe ser analizada desde el modelo ecológico: familia, escuela, comunidad y sociedad.
Pero también es crucial que las políticas públicas favorezcan, apoyen y encaucen la tarea. Nada se puede hacer si no se avanza en una legislación consensuada y estudiada sobre “escuelas seguras”. Hasta el momento, la intervención docente es de curación y ha llegado la hora de que se involucre con la prevención primaria de la violencia escolar. Para que esto ocurra, hacen falta docentes formados. Nuestros niños y jóvenes aprenden violencias de la sociedad que luego reproducen. Estas son las conductas que deben ser desaprendidas.
Prevenir
Cómo detectarlo. Hay que prestar atención a ciertas actitudes de su hijo como:
-No querer concurrir al colegio.
-Cambios notorios en su rendimiento escolar y escasez de amigos.
-Pedidos extra de dinero.
-Falta de interés en organizar actividades con sus compañeros.
-Llegada del colegio con daños materiales (vestimenta o material de estudio).
-Estado de ánimo triste o irritable, presencia de síntomas físicos, especialmente por la mañana antes de ir al colegio o repetición de enfermedades.
-Mantener un diálogo fluido con el niño.
-Reflexionen juntos sobre la violencia que se ve en la televisión, en juegos de video o de la computadora.
-Conocer a los amigos de sus hijos: averigüe qué es lo que hacen, permanezca en contacto con sus padres.
- Tenga bien en claro que la sobreprotección de un hijo es un factor de riesgo, tanto para que se autoperciba como frágil como para que se convierta en victimario.
- Concurra al colegio ante alguna sospecha de que su hijo esté siendo intimidado. Diario Los Andes Gisela Manoni www.losandes.com.ar
* Alejandro Castro Santander es
Psicopedagogo Institucional (Universidad Católica Argentina, UCA); Asesor General Escolar - Colegio Don Bosco - Mendoza - Argentina; Coordinador General - Fundación Ricart - Colegio Norbridge - Argentina; Asesor General Escolar - Colegio María Auxiliadora - Luján de Cuyo - Mendoza - Argentina; Prof. Práctica Profesional I - Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Católica Argentina.
alejandrocastrosantander@uca.edu.ar alecris@supernet.com.ar
>> Universidad Católica Argentinawww.uca.edu.ar
>> Portal Educativo www.mendoza.gov.ar
Cuando prevenir la violencia no basta (+PDF)
El alumno, penetrado de los valores transmitidos por su medio, se introduce en la escuela con su sociabilidad, intereses y modos de resolver dificultades ya aprendidos. Así, el niño, el adolescente entra a la escuela con toda su carga de violencia asimilada y es en este sentido que hablar de prevenir la violencia en la escuela, consiste muchas veces en "atajarla". Pero, ¿debe la escuela sólo resignarse a controlarla para poder desarrollar su propuesta pedagógica?
A partir de los pobres resultados que han mostrado en general los métodos de control en la escuela, defendemos la idea de que la violencia, al ser una conducta aprendida, no sólo debe ser prevenida sino también desaprendida.
Consideramos que el recurso idóneo para llevar a cabo este desafío educativo, es a través del aprendizaje de la Competencia Social en el ámbito de la escuela.






