María Coj tiene nueve años pero aún no va a la escuela ·Sobre su espalda, envuelto en una manta, carga todo el día al hermanito más pequeño para que su mamá pueda trabajar.
La idea de aprender le ilumina unos ojos muy vivos que contrastan con la sonrisa arrancada por años de pobreza y exclusión para los indígenas. Dormido sobre ella, el mayor tesoro de Guatemala apenas sospecha el porvenir que le aguarda.
Maitte Marrero · Guatemala, 1 jun (PL) El estado de pobreza y pobreza extrema en que viven seis de cada 10 familias de este país compromete el futuro de su infancia hasta el punto que hoy el 49,3 por ciento de los menores de cinco años ya no tendrán un crecimiento normal.
Víctimas de la desnutrición, que en el área rural es severa y en muchos casos limita el desarrollo de manera irreversible, Guatemala exhibe los indicadores más altos de Latinoamérica, sin esperanza de modificar este panorama a corto o mediano plazos.
Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), 67 por ciento de los menores indígenas sufren desnutrición crónica o viven con riesgo de hambruna, además de altas deficiencias de yodo, vitamina A y hierro.
Ser niño o niña los pone en condiciones desventajosas desde su mismo nacimiento ante la ausencia de mecanismos de protección y legislación adecuados. Por ello, los primeros años se consideran a veces de vida o muerte.
Aunque el Estado ratificó desde 1990 la Convención sobre los Derechos de la Infancia, no existe un código que los proteja, entre otros riesgos, de la explotación sexual comercial, un negocio floreciente que involucra a alrededor de 15 mil niños.
Corresponde a ellos cargar sobre sus hombros con muchos de los flagelos que hoy agobian a la sociedad guatemalteca: elevada tasa de mortalidad, limitado acceso a la educación, violencia, maltrato laboral, secuestros, pornografía.
De acuerdo con estadísticas de Save The Children aquí, 400 mil niños y niñas menores de cinco años de edad carecen de atención básica de salud en las zonas rurales y unos 657 mil entre siete y 14 años no asisten a la escuela.
La deserción escolar es alta, pues sólo cinco de cada 10 que ingresan a la primaria concluyen sus estudios, una cifra que se reduce a sólo dos en el ámbito rural.
Asimismo, siete de cada 10 sufre algún tipo de maltrato y casi seis mil viven en las calles, expuestos a la droga y la violencia de las pandillas.
Particular drama enfrenta la niñez trabajadora, que no tiene oportunidades de descanso y mucho menos de pensar en esparcimiento.
Como consecuencia de la pobreza, en muchos casos extrema, alrededor de un millón, entre cinco y 17 años, forman parte del ejército laboral para ayudar a sus familias a completar el ingreso de sus hogares.
En ese medio se exponen a riesgos y peligros que atentan contra su salud, crecimiento físico, integridad psicológica y muchas veces les cuesta la vida.
Laboran en sectores que van desde la agricultura manipulando pesticidas, en la minería expuestos al plomo, o picando piedras en las orillas de los ríos.
Se les ve manipulando pólvora en las coheterías clandestinas, o compitiendo con perros y aves de rapiña en los basureros por un bocado de comida.
Otros lavan carros en los escasos segundos que les da el semáforo, venden en tiendas y mercados, o simplemente en la calle como parte del vapuleado sector informal de la economía.
Mientras muchos se buscan la vida como pueden, otros esperan en hogares de amparo por el cariño de una familia. Pero por cada pequeño adoptado en el país, 58 salen de Guatemala principalmente hacia Estados Unidos.
Paralelamente a la vía legal, prolifera el espeluznante negocio de tráfico de menores para su comercialización con fines sexuales o de venta de órganos.
Cada uno de estos pequeños explotados lleva consigo una historia dolorosa que contar. Se les ve por lo general tristes, aparentan más edad de la que tienen, viven con miedo y baja autoestima.
No conocen los juegos propios de su edad, la felicidad de una sonrisa, el valor de crecer sanos y seguros.
Mientras Guatemala siga dándole la espalda a su mayor tesoro, María Coj, como tantos otros niños, apenas se enterarán de que existe un día dedicado a ellos y no es un sueño aspirar a un mundo pleno de alegría. www.mesaredonda.cu as/mmc
La idea de aprender le ilumina unos ojos muy vivos que contrastan con la sonrisa arrancada por años de pobreza y exclusión para los indígenas. Dormido sobre ella, el mayor tesoro de Guatemala apenas sospecha el porvenir que le aguarda.
Maitte Marrero · Guatemala, 1 jun (PL) El estado de pobreza y pobreza extrema en que viven seis de cada 10 familias de este país compromete el futuro de su infancia hasta el punto que hoy el 49,3 por ciento de los menores de cinco años ya no tendrán un crecimiento normal.
Víctimas de la desnutrición, que en el área rural es severa y en muchos casos limita el desarrollo de manera irreversible, Guatemala exhibe los indicadores más altos de Latinoamérica, sin esperanza de modificar este panorama a corto o mediano plazos.
Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), 67 por ciento de los menores indígenas sufren desnutrición crónica o viven con riesgo de hambruna, además de altas deficiencias de yodo, vitamina A y hierro.
Ser niño o niña los pone en condiciones desventajosas desde su mismo nacimiento ante la ausencia de mecanismos de protección y legislación adecuados. Por ello, los primeros años se consideran a veces de vida o muerte.
Aunque el Estado ratificó desde 1990 la Convención sobre los Derechos de la Infancia, no existe un código que los proteja, entre otros riesgos, de la explotación sexual comercial, un negocio floreciente que involucra a alrededor de 15 mil niños.
Corresponde a ellos cargar sobre sus hombros con muchos de los flagelos que hoy agobian a la sociedad guatemalteca: elevada tasa de mortalidad, limitado acceso a la educación, violencia, maltrato laboral, secuestros, pornografía.
De acuerdo con estadísticas de Save The Children aquí, 400 mil niños y niñas menores de cinco años de edad carecen de atención básica de salud en las zonas rurales y unos 657 mil entre siete y 14 años no asisten a la escuela.
La deserción escolar es alta, pues sólo cinco de cada 10 que ingresan a la primaria concluyen sus estudios, una cifra que se reduce a sólo dos en el ámbito rural.
Asimismo, siete de cada 10 sufre algún tipo de maltrato y casi seis mil viven en las calles, expuestos a la droga y la violencia de las pandillas.
Particular drama enfrenta la niñez trabajadora, que no tiene oportunidades de descanso y mucho menos de pensar en esparcimiento.
Como consecuencia de la pobreza, en muchos casos extrema, alrededor de un millón, entre cinco y 17 años, forman parte del ejército laboral para ayudar a sus familias a completar el ingreso de sus hogares.
En ese medio se exponen a riesgos y peligros que atentan contra su salud, crecimiento físico, integridad psicológica y muchas veces les cuesta la vida.
Laboran en sectores que van desde la agricultura manipulando pesticidas, en la minería expuestos al plomo, o picando piedras en las orillas de los ríos.
Se les ve manipulando pólvora en las coheterías clandestinas, o compitiendo con perros y aves de rapiña en los basureros por un bocado de comida.
Otros lavan carros en los escasos segundos que les da el semáforo, venden en tiendas y mercados, o simplemente en la calle como parte del vapuleado sector informal de la economía.
Mientras muchos se buscan la vida como pueden, otros esperan en hogares de amparo por el cariño de una familia. Pero por cada pequeño adoptado en el país, 58 salen de Guatemala principalmente hacia Estados Unidos.
Paralelamente a la vía legal, prolifera el espeluznante negocio de tráfico de menores para su comercialización con fines sexuales o de venta de órganos.
Cada uno de estos pequeños explotados lleva consigo una historia dolorosa que contar. Se les ve por lo general tristes, aparentan más edad de la que tienen, viven con miedo y baja autoestima.
No conocen los juegos propios de su edad, la felicidad de una sonrisa, el valor de crecer sanos y seguros.
Mientras Guatemala siga dándole la espalda a su mayor tesoro, María Coj, como tantos otros niños, apenas se enterarán de que existe un día dedicado a ellos y no es un sueño aspirar a un mundo pleno de alegría. www.mesaredonda.cu as/mmc







