TRIBUNA · SALVADOR PEIRÓ I GREGORI /Profesor Titular de Universidad
Valencia 10/07/06. Hay incautos que excusan hechos como los de reunirse masas para beber. Con el fin de justificar esta inoperancia, bastantes educadores –profesores, padres, etc.– dicen que esos momentos son una ayuda a establecer un ritual de transición al papel de adulto. Este tipo de respuestas ¿será por desconocer los efectos en las personas de los menores y jóvenes?, ¿tal vez un autoengaño? Las respuestas al problema giran en torno a la asunción de responsabilidades de adulto. Lo cual nos lleva a preguntarnos por lo que entienden estos por adultez o madurez. La verdad es que encontramos en muchos mayores como un vacío. Esta sociedad de hoy encubre adultos que viven en una adolescencia continua. Y ellos, si no fuese por el colesterol, o el corazón, o el hígado...
La verdad es que debemos señalar las raíces del problema. Porque el alcoholismo del botellón es una crisis, una cuestión a resolver. Yo entiendo que se trata más de una salida tendente a paliar un aislamiento que los chicos y chavalas están sufriendo. Esto es como un escape ante la atomía que les ha situado la realidad socio-cultural y política de la modernidad. Entonces, frente a esa incomunicación, los botelloneros parece que resuelven de ese modo esa necesidad de estar en un grupo. Allí hablan de todo, sin tapujos, ya que hay cierta pérdida de conciencia (no es que meramente beben para olvidar). Es algo análogo a otros, que les da por estar ante el mundo virtual de TV o Internet, todo menos enfrentarse a sus responsabilidades, ni saltar del yo al tú.
Concretemos un tanto más. ¿A qué se debe esto? Recuerdo un análisis de los comportamientos de los jóvenes de finales de los ’60 y de los ’70. López Ibor, en su libro ¡Rebeldes! , explicaba la tendencia a la velocidad vertiginosa como sucedáneo ante el vacío moral, como una escapada hacia la nada. Era, y en lo del botellón es, un escape de una sociedad desestructurada. Pues la sociedad no sólo es gente liada entre sí mediante un puñado de normas, configurando con esos mínimos elementos individuos y grupos. Estos últimos se pueden mantener en virtud de una vivencia cultural. El problema es cuando el grupo reduce la cultura a la enajenación etílica. Entonces se ve claro que hay carencia de valores como tolerancia, solidaridad, respeto y capacidad crítica –sobre todo cuando arrecian las crisis en plena calle, algarabías, etc.–. Es más, podríamos preguntar sobre nociones relativas a tales valores y, si no nos mandan a hacer puñetas, puede que nos den razón conceptual de los mismos, pero entre el saber y el hacer hay un abismo. En este sentido, lo que menguan son unos hábitos saludables adquiridos, así mismo la capacidad de renuncia, etc. Y estos son objetivos que los muchachos y chavalas deben vivir en la calle.
Desde la sociología y sociopedagogía de la escuela, esto va más allá de imponer una nueva asignatura: Educación para la salud. Hay que hablar de templanza, de prudencia, de fortaleza… Desde la sociología de la cultura, hay que ver el fundamento de nuestra civilización. Mirada de tejas abajo, la religión efectúa para algunos la función de eterna vigilancia, con el ojo que todo lo veía, como consecuencia, en el aprendizaje para incorporarse a la vida había una preocupación moral. Esto incidía para dar sentido en cuanto a promover el autocontrol, en marcos tales como la familia, la escuela, organizaciones juveniles y comunidades locales. Mediante ciertos mandamientos, fomenta medidas de reducción de daños y riesgos para la salud, si no lo evita, retrasa la edad de acceso al alcohol; incluso para los empresarios creyentes, limita su tendencia a la publicidad directa e indirecta dirigida a menores, además de evitar que los fabricantes utilicen para la promoción de bebidas alcohólicas elementos y lenguajes propios de la cultura infantil y juvenil. Y un largo etcétera.
Con el fin de dar sentido cabal a esto, hemos hablado de valores cívicos, de responsabilidad moral, de participación... Pero esto no excluye una perspectiva trascendente. Más bien al contrario, una educación moral y afectiva humana bien conformada se consolida mediante una educación religiosa. La educación religiosa se apoya en lo humano: hay que empezar a educar con virtudes humanas. La templanza exige la sobriedad. Si uno la posee, es capaz de distinguir lo razonable de lo inmoderado. En consecuencia, empleará con buen sentido su dinero, su tiempo, sus esfuerzos, etc., desde criterios dados por lo imperecedero. Pero, si no es así, lo que falta, muchas veces, es unidad de vida. Cuando los niños llegan a la adolescencia y falta ese sustento espiritual, no se puede decir que se les haya dado una educación genuinamente humana, ni completa ni equilibrada. Es decir, cuando la libertad la autofundamos en nosotros mismos y no en un sustrato moral objetivo, entonces ese modo de vivir a lo libre , no tiene raíces. Consecuente de una formación incompleta, tenemos sociedades que no saben a qué atenerse y relativistamente no actúan, no saben qué hacer. A los individuos de estas sociedades les faltan criterios, así se convierten en permisivas. Estas cuestiones tienen su fundamento en la familia.
Sí, efectivamente, la educación familiar influye en ello. Entonces ¿por qué y cómo actuar? La personalidad del futuro adolescente depende de que los hábitos que se viven en familia sean o no adecuados. Hay progenitores que abusan del alcohol en casa y antes de llegar a esta. Además, pensemos que hay padres de familia que sirven alcohol a sus chicos (no hay que permitir que los niños beban alcohol en su hogar). También habría que hablar de lo que traen los compañeros de los hijos para mantener sus reuniones. Si empiezan de pequeños, entonces tenemos un preámbulo para alejarse luego y tomar la litrona o botellón. lasprovincias.esl
La Familia y el botellón (1)
No voy a hablar ahora de la prueba de acceso a las universidades, aunque la prensa mencionara el botellón. El otro día, estando por el sur, leí en la prensa que dos agentes de la Policía Local granadina fueron multados por pegar a unos jóvenes del botellón ( Ideal , Granada, 20-05-06). Aquel fin de semana en que estuve allí palpé en la calle que este fenómeno es un escándalo. Lo del botellón va a oleadas, como la gripe. De repente, un fin de semana aparecen
Valencia 10/07/06. Hay incautos que excusan hechos como los de reunirse masas para beber. Con el fin de justificar esta inoperancia, bastantes educadores –profesores, padres, etc.– dicen que esos momentos son una ayuda a establecer un ritual de transición al papel de adulto. Este tipo de respuestas ¿será por desconocer los efectos en las personas de los menores y jóvenes?, ¿tal vez un autoengaño? Las respuestas al problema giran en torno a la asunción de responsabilidades de adulto. Lo cual nos lleva a preguntarnos por lo que entienden estos por adultez o madurez. La verdad es que encontramos en muchos mayores como un vacío. Esta sociedad de hoy encubre adultos que viven en una adolescencia continua. Y ellos, si no fuese por el colesterol, o el corazón, o el hígado...
La verdad es que debemos señalar las raíces del problema. Porque el alcoholismo del botellón es una crisis, una cuestión a resolver. Yo entiendo que se trata más de una salida tendente a paliar un aislamiento que los chicos y chavalas están sufriendo. Esto es como un escape ante la atomía que les ha situado la realidad socio-cultural y política de la modernidad. Entonces, frente a esa incomunicación, los botelloneros parece que resuelven de ese modo esa necesidad de estar en un grupo. Allí hablan de todo, sin tapujos, ya que hay cierta pérdida de conciencia (no es que meramente beben para olvidar). Es algo análogo a otros, que les da por estar ante el mundo virtual de TV o Internet, todo menos enfrentarse a sus responsabilidades, ni saltar del yo al tú.
Concretemos un tanto más. ¿A qué se debe esto? Recuerdo un análisis de los comportamientos de los jóvenes de finales de los ’60 y de los ’70. López Ibor, en su libro ¡Rebeldes! , explicaba la tendencia a la velocidad vertiginosa como sucedáneo ante el vacío moral, como una escapada hacia la nada. Era, y en lo del botellón es, un escape de una sociedad desestructurada. Pues la sociedad no sólo es gente liada entre sí mediante un puñado de normas, configurando con esos mínimos elementos individuos y grupos. Estos últimos se pueden mantener en virtud de una vivencia cultural. El problema es cuando el grupo reduce la cultura a la enajenación etílica. Entonces se ve claro que hay carencia de valores como tolerancia, solidaridad, respeto y capacidad crítica –sobre todo cuando arrecian las crisis en plena calle, algarabías, etc.–. Es más, podríamos preguntar sobre nociones relativas a tales valores y, si no nos mandan a hacer puñetas, puede que nos den razón conceptual de los mismos, pero entre el saber y el hacer hay un abismo. En este sentido, lo que menguan son unos hábitos saludables adquiridos, así mismo la capacidad de renuncia, etc. Y estos son objetivos que los muchachos y chavalas deben vivir en la calle.
Desde la sociología y sociopedagogía de la escuela, esto va más allá de imponer una nueva asignatura: Educación para la salud. Hay que hablar de templanza, de prudencia, de fortaleza… Desde la sociología de la cultura, hay que ver el fundamento de nuestra civilización. Mirada de tejas abajo, la religión efectúa para algunos la función de eterna vigilancia, con el ojo que todo lo veía, como consecuencia, en el aprendizaje para incorporarse a la vida había una preocupación moral. Esto incidía para dar sentido en cuanto a promover el autocontrol, en marcos tales como la familia, la escuela, organizaciones juveniles y comunidades locales. Mediante ciertos mandamientos, fomenta medidas de reducción de daños y riesgos para la salud, si no lo evita, retrasa la edad de acceso al alcohol; incluso para los empresarios creyentes, limita su tendencia a la publicidad directa e indirecta dirigida a menores, además de evitar que los fabricantes utilicen para la promoción de bebidas alcohólicas elementos y lenguajes propios de la cultura infantil y juvenil. Y un largo etcétera.
Con el fin de dar sentido cabal a esto, hemos hablado de valores cívicos, de responsabilidad moral, de participación... Pero esto no excluye una perspectiva trascendente. Más bien al contrario, una educación moral y afectiva humana bien conformada se consolida mediante una educación religiosa. La educación religiosa se apoya en lo humano: hay que empezar a educar con virtudes humanas. La templanza exige la sobriedad. Si uno la posee, es capaz de distinguir lo razonable de lo inmoderado. En consecuencia, empleará con buen sentido su dinero, su tiempo, sus esfuerzos, etc., desde criterios dados por lo imperecedero. Pero, si no es así, lo que falta, muchas veces, es unidad de vida. Cuando los niños llegan a la adolescencia y falta ese sustento espiritual, no se puede decir que se les haya dado una educación genuinamente humana, ni completa ni equilibrada. Es decir, cuando la libertad la autofundamos en nosotros mismos y no en un sustrato moral objetivo, entonces ese modo de vivir a lo libre , no tiene raíces. Consecuente de una formación incompleta, tenemos sociedades que no saben a qué atenerse y relativistamente no actúan, no saben qué hacer. A los individuos de estas sociedades les faltan criterios, así se convierten en permisivas. Estas cuestiones tienen su fundamento en la familia.
Sí, efectivamente, la educación familiar influye en ello. Entonces ¿por qué y cómo actuar? La personalidad del futuro adolescente depende de que los hábitos que se viven en familia sean o no adecuados. Hay progenitores que abusan del alcohol en casa y antes de llegar a esta. Además, pensemos que hay padres de familia que sirven alcohol a sus chicos (no hay que permitir que los niños beban alcohol en su hogar). También habría que hablar de lo que traen los compañeros de los hijos para mantener sus reuniones. Si empiezan de pequeños, entonces tenemos un preámbulo para alejarse luego y tomar la litrona o botellón. lasprovincias.esl
La Familia y el botellón (1)
No voy a hablar ahora de la prueba de acceso a las universidades, aunque la prensa mencionara el botellón. El otro día, estando por el sur, leí en la prensa que dos agentes de la Policía Local granadina fueron multados por pegar a unos jóvenes del botellón ( Ideal , Granada, 20-05-06). Aquel fin de semana en que estuve allí palpé en la calle que este fenómeno es un escándalo. Lo del botellón va a oleadas, como la gripe. De repente, un fin de semana aparecen






