MARÍA ELVIRA SAMPER Bogotá Revista Cambio - 23 Jun 2006 ·
La desesperanza adolescente
SI HAY ALGO QUE SOBRECOGE EL ALMA y arruga el corazón es el suicidio de un adolescente. No alcanzo a imaginar cuánto le ha dolido vivir como para que se le haya convertido en algo insoportable, no puedo calcular su sensación de sinsalida, la dimensión de su desesperación...
Según Medicina Legal, entre enero y mayo de este año fueron reportados 64 suicidios, y según un estudio hecho por encargo de la Alcaldía de Bogotá entre 2000 y 2002, el promedio mensual de suicidios en el país fue de 170 casos, algo así como seis diarios. En Colombia, como en el resto del mundo, la tasa más alta de suicidio por 100.000 habitantes, más del 40%, se registra entre los 15 y los 24 años, un grupo de población altamente activo desde todo punto de vista: familiar, social, económico... El problema es tan grave que la Organización Mundial de la Salud considera el suicido como un problema de salud pública.
Por eso los dos casos recientes de suicidio de adolescentes que conoció la opinión pública -la mayoría queda en la sombra- ponen el dedo en la llaga de un problema sobre el cual no se habla, no se debate ni se discute porque la conducta suicida es estigmatizada desde el punto de vista cultural y moral. Es algo políticamente incorrecto y por eso no queremos saber o aceptar que detrás de cada joven que piensa en el suicidio, que intenta suicidarse o que efectivamente se suicida no necesariamente hay un trastorno psiquiátrico o de la personalidad, un desequilibrio mental, sino factores sociales y culturales que favorecen o potencian la conducta suicida.
Los adolescentes, como los volcanes, antes de explotar envían señales.
Esa conducta en adolescentes -ideación de suicidio, intentos de suicidio y el suicidio mismo- no es algo que pueda considerarse como un problema aislado, subjetivo, individual o simplemente patológico. Detrás de la mayoría de los jóvenes que presentan una conducta de este tipo y de los adolescentes suicidas hay factores que van desde crisis de identidad, sentimientos de rechazo o de culpa, soledad, problemas de adaptación e integración, baja autoestima, temor a diferenciarse del grupo y vulnerabilidad emocional, hasta conflictos familiares, pérdida afectiva, consumo de drogas o alcohol, abuso, presiones académicas y sociales, depresión y algo realmente desgarrador: desesperanza.
¿Habrá un sentimiento más desolador que la desesperanza? Algo tiene que estar muy mal para que algunos adolescentes piensen que no hay futuro, que no pueden lograr lo que otros sí pueden, para que sientan que no podrán alcanzar sus metas - ¿las que les imponen los mayores?-, para que se den por vencidos aun antes de empezar a luchar, para que renuncien a todo, para que piensen que la única solución a sus problemas es la muerte.
No me aparto de que el suicido pueda ser una opción para un adulto, por ejemplo en casos de enfermedad terminal, pero en los adolescentes, que al menos en teoría tienen la vida por delante, resulta una salida que puede y debe evitarse. Y puede evitarse si padres y maestros tienen las pilas puestas y observan el comportamiento de sus hijos y alumnos, si los oyen, si hablan con ellos sobre sus proyectos de vida, si no los juzgan en función de los resultados académicos y de las metas que consciente o inconscientemente les imponen, si les permiten expresar sus inconformidades y, sobre todo, si le paran bolas al más mínimo indicio de alarma, pues los adolescentes, como los volcanes, antes de explotar envían señales.
El suicidio de un adolescente es un llamado de atención</span> a la familia, al grupo de amigos, al colegio, a la sociedad entera, porque crean condiciones para que jóvenes que apenas empiezan a vivir abandonen su proyecto de vida y lo conviertan en uno de muerte. www.revistacambio.com
MARÍA ELVIRA SAMPER, columnista
La desesperanza adolescente
SI HAY ALGO QUE SOBRECOGE EL ALMA y arruga el corazón es el suicidio de un adolescente. No alcanzo a imaginar cuánto le ha dolido vivir como para que se le haya convertido en algo insoportable, no puedo calcular su sensación de sinsalida, la dimensión de su desesperación...
Según Medicina Legal, entre enero y mayo de este año fueron reportados 64 suicidios, y según un estudio hecho por encargo de la Alcaldía de Bogotá entre 2000 y 2002, el promedio mensual de suicidios en el país fue de 170 casos, algo así como seis diarios. En Colombia, como en el resto del mundo, la tasa más alta de suicidio por 100.000 habitantes, más del 40%, se registra entre los 15 y los 24 años, un grupo de población altamente activo desde todo punto de vista: familiar, social, económico... El problema es tan grave que la Organización Mundial de la Salud considera el suicido como un problema de salud pública.
Por eso los dos casos recientes de suicidio de adolescentes que conoció la opinión pública -la mayoría queda en la sombra- ponen el dedo en la llaga de un problema sobre el cual no se habla, no se debate ni se discute porque la conducta suicida es estigmatizada desde el punto de vista cultural y moral. Es algo políticamente incorrecto y por eso no queremos saber o aceptar que detrás de cada joven que piensa en el suicidio, que intenta suicidarse o que efectivamente se suicida no necesariamente hay un trastorno psiquiátrico o de la personalidad, un desequilibrio mental, sino factores sociales y culturales que favorecen o potencian la conducta suicida.
Los adolescentes, como los volcanes, antes de explotar envían señales.
Esa conducta en adolescentes -ideación de suicidio, intentos de suicidio y el suicidio mismo- no es algo que pueda considerarse como un problema aislado, subjetivo, individual o simplemente patológico. Detrás de la mayoría de los jóvenes que presentan una conducta de este tipo y de los adolescentes suicidas hay factores que van desde crisis de identidad, sentimientos de rechazo o de culpa, soledad, problemas de adaptación e integración, baja autoestima, temor a diferenciarse del grupo y vulnerabilidad emocional, hasta conflictos familiares, pérdida afectiva, consumo de drogas o alcohol, abuso, presiones académicas y sociales, depresión y algo realmente desgarrador: desesperanza.
¿Habrá un sentimiento más desolador que la desesperanza? Algo tiene que estar muy mal para que algunos adolescentes piensen que no hay futuro, que no pueden lograr lo que otros sí pueden, para que sientan que no podrán alcanzar sus metas - ¿las que les imponen los mayores?-, para que se den por vencidos aun antes de empezar a luchar, para que renuncien a todo, para que piensen que la única solución a sus problemas es la muerte.
No me aparto de que el suicido pueda ser una opción para un adulto, por ejemplo en casos de enfermedad terminal, pero en los adolescentes, que al menos en teoría tienen la vida por delante, resulta una salida que puede y debe evitarse. Y puede evitarse si padres y maestros tienen las pilas puestas y observan el comportamiento de sus hijos y alumnos, si los oyen, si hablan con ellos sobre sus proyectos de vida, si no los juzgan en función de los resultados académicos y de las metas que consciente o inconscientemente les imponen, si les permiten expresar sus inconformidades y, sobre todo, si le paran bolas al más mínimo indicio de alarma, pues los adolescentes, como los volcanes, antes de explotar envían señales.
El suicidio de un adolescente es un llamado de atención</span> a la familia, al grupo de amigos, al colegio, a la sociedad entera, porque crean condiciones para que jóvenes que apenas empiezan a vivir abandonen su proyecto de vida y lo conviertan en uno de muerte. www.revistacambio.com
MARÍA ELVIRA SAMPER, columnista





