ENTREVISTA ·JOSÉ LUIS PEDREIRA MASSA · PAIDOPSIQUIATRA. PRESIDENTE DE LA SECCIÓN DE PSIQUIATRÍA INFANTIL DE LA ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE PEDIATRÍA
«Nadie puede saber el futuro de Natascha, aunque juega a favor la capacidad tan grande de resistencia que ha tenido esa cría para sobrellevar su cautiverio»
Gijón 3 Sept. -Confiesa un interés absoluto por el caso de Natascha Kampusch, la joven austriaca secuestrada a los 10 años y que ha vivido ocho en un zulo, hasta que logró escaparse.
-Un interés total. En mi vida profesional he trabajado mucho sobre malos tratos a la infancia y también me interesaron siempre los niños separados de su medio. Me atraía ver qué pasaba con los niños de los hospicios y los niños de los reformatorios. Y este caso es muy especial: una niña que a los 10 años se la coge, se la separa de su contexto, se la mete en un zulo, y ocho años después aparece. Para los que nos dedicamos a la psiquiatría y a la psicopatología infantil este caso es sumamente atractivo; es apasionante. De ahí que lo esté llevando uno de los psiquiatras infantiles y de adolescencia de más peso en Centroeuropa, Max Friedrich. El caso tiene una relevancia pasmosa.
-Explique por qué.
-Porque hay que construir un caso. No hay referencia ni experiencia sobre algo así. He buscado bibliografía sobre casos semejantes, pero no los hay. Como mucho, hay estudios sobre niños colombianos acogidos por la guerrilla; o sobre los niños soldados de África. Pero aquí ni se dan relaciones de grupo, ni existe la gratificación del poder que lograban esos niños soldados. Ahora sólo vale la prudencia y aplicar los conocimientos a algo nuevo. Es de un grandísimo interés.
-¿Es relevante que Natascha haya sufrido abusos sexuales?
-Pues sí, pero no. Eso es más bien algo mediático. Lo relevante es que una persona de 10 años ha visto truncado su desarrollo, su relación externa y se ha visto encerrada en un zulo, con una única relación con una persona mayor. Eso es lo más relevante.
-Evolutivamente, ¿qué se ha perdido esa niña?
-El momento en que tiene que empezar el proceso de la interacción con los demás, el asentamiento de los valores, la competitividad sana con el otro, el proceso de aprendizaje aplicado y reglado de manera relevante, el conocimiento del medio social, la etapa en la que tiene que aprender algo tan básico como las reglas de los juegos, entre ellos la convivencia. Se perdió el momento en que tiene que aprender a saber seleccionar entre conocidos y amigos, cuando tiene que aprender la relación alternativa con mamá y papá por encima de la protección. Lo que le ha sucedido es de una crueldad muy importante por parte de quien lo hace.
-Pero ella no lo manifiesta así. ¿Por qué no culpabiliza tanto como debiera al captor?
-Porque esa persona se ha convertido en quien le daba de comer, de vestir, la enseñó a leer, a escribir y no sé cuántas cosasÉ En definitiva, le ha dado una referencia cognitiva, una referencia de supervivencia, de seguridad e incluso afectiva.
-¿Afectiva, siendo su captor?
-La afectividad no tiene que ser sólo amor. Tiene que ser cuidado, atención y un punto de referencia psicológico. Y para Natascha, Wolfgang Prikopil ha sido eso durante ocho años. A pesar de la crueldad de lo que hizo.
-¿Qué le parece más interesante de todo lo sucedido?
-Lo más apasionante de este caso es la capacidad tan grande de resistencia que ha debido tener esta criatura para sobrellevar y poder superar ocho años de cautiverio. Eso, psicológicamente, se llama resiliencia. Ella es la prueba palpable de que la resiliencia es un hecho objetivo. No sabemos cómo medirla, pero alguien que resiste ocho años y tiene la capacidad, en un momento dado, de pensar que si deja encendido el aspirador mientras su captor habla por teléfono podrá huir, porque se quiere marchar, es de resiliencia total. Es tener el convencimiento de que yo no tengo que estar aquí.
-El psiquiatra que lleva su caso leyó un texto con reflexiones de la joven. ¿Qué opina?
-Al margen de que haya sido un texto elaborado por alguien a partir de cosas que ella dijo, lo que me parece importante es algo que tenemos que aprender los profesionales: Natascha quiere que la gente esté ahí, pero que no invada su vida. Ella tiene claro que se tiene que hacer al mundo, y se tiene que hacer a lo que le pasó.
-Dicen que preguntó por un viejo juguete infantil, un avión.
-Es una pregunta de una niña. Preguntó por su juguete de toda la vida, del que la separaron, porque ahí puede depositar amores, odios, afectos y emociones contradictorias. Creo que es importante que haga esa pregunta porque eso ya la está uniendo simbólicamente con su pasado, y ése es un buen nivel.
-¿Es normal que sienta pena por la muerte de su secuestrador? (se suicidó tras la huida de la joven)
-No es extraño, porque ha vivido ocho años con esa persona, que es quien la ha dejado sobrevivir, es con quien hablaba... Esa contradicción, que algunos llaman síndrome de Estocolmo, no es otra cosa que la capacidad de agarrarse a la supervivencia de gente que ha sido secuestrada.
-¿Se aventuraría a suponer lo que puede estar sintiendo?
-Muchas cosas, y entre ellas se está sintiendo victoriosa. Ella logró escaparse. Está, además, ansiosa de conocer el mundo, pero que sea «a su ritmo», como dice la carta que firmó. Pero a partir de ahí van a empezar, probablemente, cuestiones de ansiedad, alteraciones de sueño, altibajos de humorÉ Porque cuando tenía que haber cuajado su personalidad ha estado en seis metros cuadrados, sin más interacción que la que hubo con su captor.
-¿Recuperará lo que le falta por vivir?
-Ella tiene una laguna. Es como un agujero en un queso emmental.
-¿Qué futuro cree que le espera?
-No lo sé y creo que nadie lo puede saber. Va a depender mucho de cómo se la ayude ahora. Si hay mucha intrusión, puede ser malo. Según mi opinión, hay que dejarla ir avanzando, marcando ella el ritmo que quiera. Hay que esperar, ayudarla y estar a su disposición. A su favor juega la capacidad de resiliencia que ha demostrado esa cría; si se la orienta bien, si se la sabe escuchar bien, probablemente se pueda reconducir.
-¿Y si le pregunto por el captor?
-Lo primero que puedo decir es que gente «rarita» hay cantidad... Y luego pienso que el suicidio fue la única salida real que le quedaba. Porque soportar la presión mediática, social, la de culpa personal, la presión que pudiera tener en la cárcelÉ iba a ser difícil. Y, sobre todo, porque hay que pensar que perdió el sentido que le dio a su vida en los últimos ocho años. La única salida «honrosa» que le quedaba era el suicidio. Todo lo demás lo perdió cuando se escapó Natascha.
-Tal parece que los psiquiatras se enfrentan cada vez a casos más peliagudos que afectan a niños. ¿Es así?
-Yo diría que nos enfrentamos a casos más nuevos, aunque aparentemente disfrazados bajo una apariencia de lo mismo de siempre. En la actualidad las formas de presentación son más irruptivas, más abruptas, a veces más duras. Para mí, que llevo 33 años de práctica profesional, que ahora se esté fijando la edad de inicio en el abuso de sustancias entre los 11 y los 13 años es una barbaridad. Hace treinta años estaba entre los 18 y los 19. Con lo cual, ahora, a los 18 y 19 años, lo que estamos empezando a encontrar son brotes psicóticos porque no estaba suficientemente hecho su sistema nervioso central. Eso son cosas nuevas, tremendamente sorprendentes, de las que los planificadores asistenciales ni se enteran. lne.es
José Luis Pedreira Massa, en el paseo de Begoña.
«Nadie puede saber el futuro de Natascha, aunque juega a favor la capacidad tan grande de resistencia que ha tenido esa cría para sobrellevar su cautiverio»
Gijón 3 Sept. -Confiesa un interés absoluto por el caso de Natascha Kampusch, la joven austriaca secuestrada a los 10 años y que ha vivido ocho en un zulo, hasta que logró escaparse.
-Un interés total. En mi vida profesional he trabajado mucho sobre malos tratos a la infancia y también me interesaron siempre los niños separados de su medio. Me atraía ver qué pasaba con los niños de los hospicios y los niños de los reformatorios. Y este caso es muy especial: una niña que a los 10 años se la coge, se la separa de su contexto, se la mete en un zulo, y ocho años después aparece. Para los que nos dedicamos a la psiquiatría y a la psicopatología infantil este caso es sumamente atractivo; es apasionante. De ahí que lo esté llevando uno de los psiquiatras infantiles y de adolescencia de más peso en Centroeuropa, Max Friedrich. El caso tiene una relevancia pasmosa.
-Explique por qué.
-Porque hay que construir un caso. No hay referencia ni experiencia sobre algo así. He buscado bibliografía sobre casos semejantes, pero no los hay. Como mucho, hay estudios sobre niños colombianos acogidos por la guerrilla; o sobre los niños soldados de África. Pero aquí ni se dan relaciones de grupo, ni existe la gratificación del poder que lograban esos niños soldados. Ahora sólo vale la prudencia y aplicar los conocimientos a algo nuevo. Es de un grandísimo interés.
-¿Es relevante que Natascha haya sufrido abusos sexuales?
-Pues sí, pero no. Eso es más bien algo mediático. Lo relevante es que una persona de 10 años ha visto truncado su desarrollo, su relación externa y se ha visto encerrada en un zulo, con una única relación con una persona mayor. Eso es lo más relevante.
-Evolutivamente, ¿qué se ha perdido esa niña?
-El momento en que tiene que empezar el proceso de la interacción con los demás, el asentamiento de los valores, la competitividad sana con el otro, el proceso de aprendizaje aplicado y reglado de manera relevante, el conocimiento del medio social, la etapa en la que tiene que aprender algo tan básico como las reglas de los juegos, entre ellos la convivencia. Se perdió el momento en que tiene que aprender a saber seleccionar entre conocidos y amigos, cuando tiene que aprender la relación alternativa con mamá y papá por encima de la protección. Lo que le ha sucedido es de una crueldad muy importante por parte de quien lo hace.
-Pero ella no lo manifiesta así. ¿Por qué no culpabiliza tanto como debiera al captor?
-Porque esa persona se ha convertido en quien le daba de comer, de vestir, la enseñó a leer, a escribir y no sé cuántas cosasÉ En definitiva, le ha dado una referencia cognitiva, una referencia de supervivencia, de seguridad e incluso afectiva.
-¿Afectiva, siendo su captor?
-La afectividad no tiene que ser sólo amor. Tiene que ser cuidado, atención y un punto de referencia psicológico. Y para Natascha, Wolfgang Prikopil ha sido eso durante ocho años. A pesar de la crueldad de lo que hizo.
-¿Qué le parece más interesante de todo lo sucedido?
-Lo más apasionante de este caso es la capacidad tan grande de resistencia que ha debido tener esta criatura para sobrellevar y poder superar ocho años de cautiverio. Eso, psicológicamente, se llama resiliencia. Ella es la prueba palpable de que la resiliencia es un hecho objetivo. No sabemos cómo medirla, pero alguien que resiste ocho años y tiene la capacidad, en un momento dado, de pensar que si deja encendido el aspirador mientras su captor habla por teléfono podrá huir, porque se quiere marchar, es de resiliencia total. Es tener el convencimiento de que yo no tengo que estar aquí.
-El psiquiatra que lleva su caso leyó un texto con reflexiones de la joven. ¿Qué opina?
-Al margen de que haya sido un texto elaborado por alguien a partir de cosas que ella dijo, lo que me parece importante es algo que tenemos que aprender los profesionales: Natascha quiere que la gente esté ahí, pero que no invada su vida. Ella tiene claro que se tiene que hacer al mundo, y se tiene que hacer a lo que le pasó.
-Dicen que preguntó por un viejo juguete infantil, un avión.
-Es una pregunta de una niña. Preguntó por su juguete de toda la vida, del que la separaron, porque ahí puede depositar amores, odios, afectos y emociones contradictorias. Creo que es importante que haga esa pregunta porque eso ya la está uniendo simbólicamente con su pasado, y ése es un buen nivel.
-¿Es normal que sienta pena por la muerte de su secuestrador? (se suicidó tras la huida de la joven)
-No es extraño, porque ha vivido ocho años con esa persona, que es quien la ha dejado sobrevivir, es con quien hablaba... Esa contradicción, que algunos llaman síndrome de Estocolmo, no es otra cosa que la capacidad de agarrarse a la supervivencia de gente que ha sido secuestrada.
-¿Se aventuraría a suponer lo que puede estar sintiendo?
-Muchas cosas, y entre ellas se está sintiendo victoriosa. Ella logró escaparse. Está, además, ansiosa de conocer el mundo, pero que sea «a su ritmo», como dice la carta que firmó. Pero a partir de ahí van a empezar, probablemente, cuestiones de ansiedad, alteraciones de sueño, altibajos de humorÉ Porque cuando tenía que haber cuajado su personalidad ha estado en seis metros cuadrados, sin más interacción que la que hubo con su captor.
-¿Recuperará lo que le falta por vivir?
-Ella tiene una laguna. Es como un agujero en un queso emmental.
-¿Qué futuro cree que le espera?
-No lo sé y creo que nadie lo puede saber. Va a depender mucho de cómo se la ayude ahora. Si hay mucha intrusión, puede ser malo. Según mi opinión, hay que dejarla ir avanzando, marcando ella el ritmo que quiera. Hay que esperar, ayudarla y estar a su disposición. A su favor juega la capacidad de resiliencia que ha demostrado esa cría; si se la orienta bien, si se la sabe escuchar bien, probablemente se pueda reconducir.
-¿Y si le pregunto por el captor?
-Lo primero que puedo decir es que gente «rarita» hay cantidad... Y luego pienso que el suicidio fue la única salida real que le quedaba. Porque soportar la presión mediática, social, la de culpa personal, la presión que pudiera tener en la cárcelÉ iba a ser difícil. Y, sobre todo, porque hay que pensar que perdió el sentido que le dio a su vida en los últimos ocho años. La única salida «honrosa» que le quedaba era el suicidio. Todo lo demás lo perdió cuando se escapó Natascha.
-Tal parece que los psiquiatras se enfrentan cada vez a casos más peliagudos que afectan a niños. ¿Es así?
-Yo diría que nos enfrentamos a casos más nuevos, aunque aparentemente disfrazados bajo una apariencia de lo mismo de siempre. En la actualidad las formas de presentación son más irruptivas, más abruptas, a veces más duras. Para mí, que llevo 33 años de práctica profesional, que ahora se esté fijando la edad de inicio en el abuso de sustancias entre los 11 y los 13 años es una barbaridad. Hace treinta años estaba entre los 18 y los 19. Con lo cual, ahora, a los 18 y 19 años, lo que estamos empezando a encontrar son brotes psicóticos porque no estaba suficientemente hecho su sistema nervioso central. Eso son cosas nuevas, tremendamente sorprendentes, de las que los planificadores asistenciales ni se enteran. lne.es
José Luis Pedreira Massa, en el paseo de Begoña.





