MARÍA ELVIRA SAMPER · Silencio cómplice
COLOMBIA 5 NOV. LOS ESPECIALISTAS LA CONSIDERAN una epidemia que avanza en forma silenciosa y que incluso puede terminar en suicidio. Algunas investigaciones indican que el 20% de las víctimas intenta quitarse la vida. Me refiero al acoso escolar -bullying en inglés- que ha crecido tanto, que es hora de que colegios y padres acepten el problema y entiendan que requiere atención urgente.
El acoso, que va desde insultos, rumores falsos, burlas, amenazas, robo de útiles o dinero y aislamiento social, hasta extorsión y agresión física, también puede convertir a las víctimas en victimarios. Así lo demuestra una investigación del Servicio Secreto de Estados Unidos, hecha tras una racha de episodios escolares violentos entre 1998 y 2000, según la cual en el 71% de los casos los protagonistas eran jóvenes víctimas de acoso prolongado por parte de sus compañeros.
Jorge Srabstein, director de la Clínica de Problemas Médicos Asociados con la Intimidación Escolar, del Centro Médico Nacional Infantil de Washington, dice que extrapolando las estadísticas gringas, el 15% de los adolescentes de entre 11 y 17 años participa en acoso escolar como víctimas o victimarios al menos una vez por semana; el 10% se ausenta del colegio la mitad del tiempo, y el 7% obtiene notas muy bajas. En Europa, según el estudio Kidscreen realizado en ocho países, uno de cada cinco escolares sufre acoso.
Colombia no es la excepción e investigadores como el doctor Enrique Chaux, de la Universidad de Los Andes, adelantan estudios para determinar la extensión y gravedad del fenómeno. En lo que a mí toca, conozco de cerca dos casos aberrantes.
El primero sucedió en un prestigioso colegio bilingüe. Un alumno de 14 años apareció desnudo de la cintura para abajo, amordazado y amarrado a una reja dentro de los predios del centro educativo. Los padres denunciaron, intervino la Fiscalía pero no pasó de ahí. El colegio hizo poco, por no decir nada, escudado en que el muchacho era conflictivo, y hasta insinuó que se había auto-amarrado. Pero, eso sí, se movió para evitar que el caso saliera a la luz pública, más preocupado por su imagen que por la situación emocional del niño que, quién sabe víctima de qué amenazas, no ha querido contar qué pasó y hoy está en tratamiento psicológico.
El segundo fue en un colegio del Distrito. Un muchacho de 13 años, tímido y reservado, fue matoneado y acabó extorsionado por tres jóvenes de cursos superiores -los mismos que promovieron la matoneada- que le ofrecieron protección a cambio de plata. Tras el primer pago de 50.000 pesos que le daban para sus gastos mensuales, le exigieron más y más y acabó chalequeando a sus papás. Pero un día la angustia lo delató y su padres, que intuían que algo raro pasaba, lograron tras mucho insistirle que contara la verdad: lo habían citado en un centro comercial para que entregara 500.000 pesos.
Denunciado el caso, la directora del colegio no sólo no movió un dedo, sino que puso en duda la versión de la víctima. El niño debió retirarse, está en manos de un psicólogo y los matones, que siguen amenazándolo por teléfono, permanecen en la institución.
Dos casos de miles que ocurren a diario y que no me parecen raros en una sociedad sacudida por tantas violencias, militarizada hasta el tuétano, tolerante con bravucones, avivatos y traquetos, donde el maltrato infantil es pan de cada día y los valores están tan patas arriba, que la fuerza se ha convertido en la forma "normal" de lograr lo deseado y resolver conflictos.
Por eso es muy grave que profesores y padres se comporten... negando la realidad y cubriendo con un manto de silencio los casos de acoso. Una actitud que protege a los verdugos y no a las víctimas, y que lesiona en materia grave el equilibrio emocional de los niños acosados. ¿Callaría usted si su hijo fuera la víctima? +>www.revistacambio.com
msamper@cambio.net.co
COLOMBIA 5 NOV. LOS ESPECIALISTAS LA CONSIDERAN una epidemia que avanza en forma silenciosa y que incluso puede terminar en suicidio. Algunas investigaciones indican que el 20% de las víctimas intenta quitarse la vida. Me refiero al acoso escolar -bullying en inglés- que ha crecido tanto, que es hora de que colegios y padres acepten el problema y entiendan que requiere atención urgente.
El acoso, que va desde insultos, rumores falsos, burlas, amenazas, robo de útiles o dinero y aislamiento social, hasta extorsión y agresión física, también puede convertir a las víctimas en victimarios. Así lo demuestra una investigación del Servicio Secreto de Estados Unidos, hecha tras una racha de episodios escolares violentos entre 1998 y 2000, según la cual en el 71% de los casos los protagonistas eran jóvenes víctimas de acoso prolongado por parte de sus compañeros.
Jorge Srabstein, director de la Clínica de Problemas Médicos Asociados con la Intimidación Escolar, del Centro Médico Nacional Infantil de Washington, dice que extrapolando las estadísticas gringas, el 15% de los adolescentes de entre 11 y 17 años participa en acoso escolar como víctimas o victimarios al menos una vez por semana; el 10% se ausenta del colegio la mitad del tiempo, y el 7% obtiene notas muy bajas. En Europa, según el estudio Kidscreen realizado en ocho países, uno de cada cinco escolares sufre acoso.
Colombia no es la excepción e investigadores como el doctor Enrique Chaux, de la Universidad de Los Andes, adelantan estudios para determinar la extensión y gravedad del fenómeno. En lo que a mí toca, conozco de cerca dos casos aberrantes.
El primero sucedió en un prestigioso colegio bilingüe. Un alumno de 14 años apareció desnudo de la cintura para abajo, amordazado y amarrado a una reja dentro de los predios del centro educativo. Los padres denunciaron, intervino la Fiscalía pero no pasó de ahí. El colegio hizo poco, por no decir nada, escudado en que el muchacho era conflictivo, y hasta insinuó que se había auto-amarrado. Pero, eso sí, se movió para evitar que el caso saliera a la luz pública, más preocupado por su imagen que por la situación emocional del niño que, quién sabe víctima de qué amenazas, no ha querido contar qué pasó y hoy está en tratamiento psicológico.
El segundo fue en un colegio del Distrito. Un muchacho de 13 años, tímido y reservado, fue matoneado y acabó extorsionado por tres jóvenes de cursos superiores -los mismos que promovieron la matoneada- que le ofrecieron protección a cambio de plata. Tras el primer pago de 50.000 pesos que le daban para sus gastos mensuales, le exigieron más y más y acabó chalequeando a sus papás. Pero un día la angustia lo delató y su padres, que intuían que algo raro pasaba, lograron tras mucho insistirle que contara la verdad: lo habían citado en un centro comercial para que entregara 500.000 pesos.
Denunciado el caso, la directora del colegio no sólo no movió un dedo, sino que puso en duda la versión de la víctima. El niño debió retirarse, está en manos de un psicólogo y los matones, que siguen amenazándolo por teléfono, permanecen en la institución.
Dos casos de miles que ocurren a diario y que no me parecen raros en una sociedad sacudida por tantas violencias, militarizada hasta el tuétano, tolerante con bravucones, avivatos y traquetos, donde el maltrato infantil es pan de cada día y los valores están tan patas arriba, que la fuerza se ha convertido en la forma "normal" de lograr lo deseado y resolver conflictos.
Por eso es muy grave que profesores y padres se comporten... negando la realidad y cubriendo con un manto de silencio los casos de acoso. Una actitud que protege a los verdugos y no a las víctimas, y que lesiona en materia grave el equilibrio emocional de los niños acosados. ¿Callaría usted si su hijo fuera la víctima? +>www.revistacambio.com
msamper@cambio.net.co







