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viernes, 17 de noviembre de 2006
ÁLVARO BERMEJO · De las neuronas al vecindario 'From Neurons to Neighborhood'
«No debiera bastarnos con una asignatura que proporcionase la oportunidad de reflexionar sobre la convivencia democrática. Más importante que las buenas palabras, es saber implicar a los jóvenes en actividades que pongan en valor sus buenos hábitos ciudadanos».

SAN SEBASTIÁN 16 NOV. Desde el caso de la menor agredida por sus compañeras en un instituto de Ponferrada -a la que le fracturaron una pierna sólo «porque querían vacilar»-, hasta el del profesor pateado por un ex alumno, éste en Alicante, mientras su compañera grababa la paliza con su móvil, en las últimas semanas los casos de violencia escolar se vienen prodigando con una periodicidad sólo comparable a la sensación de impunidad que exudan esta lamentable especie de adolescentes. No obstante, la semana pasada conocimos una nueva variante en un instituto de Elche. Una profesora intentaba atajar una gresca montada por una conocida camorrista cuando la madre de ésta, que andaba por ahí, no vaciló en intervenir... pero para golpear a la docente.

Ante este panorama no sólo cabe preguntarse qué está sucediendo con esa nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía -aprobada por la última Ley de Educación-. Incluso sería oportuno plantearse incluir en su programa a este género de padres terribles, incapaces de entender que los valores cívicos y morales, antes que en la escuela, han de ser inculcados en el hogar. Ahora bien, más allá de esta enseñanza familiar y pasados esos años decisivos en que se forja el carácter del niño, ¿la ciudadanía puede seguir enseñándose como una asignatura más?

Así como no basta con pertenecer a una sociedad democrática para llegar a ser un verdadero demócrata, tampoco basta con habitar en una ciudad para ser considerado un ciudadano. Para mucha gente, la figura del ciudadano pertenece a la tipología romántica de la Revolución Francesa y está pasada de moda. Las últimas elecciones catalanas, con la heroica insurgencia de la plataforma Ciutadans, demuestra todo lo contrario. Resurge un concepto de ciudadanía vinculado a la participación política. Así lo entendieron, mucho antes que Danton y Robespierre, los griegos que fundaron las primeras ciudades regidas por principios democráticos. Aristóteles dedicó uno de sus tratados más extensos a este tema, pero Platón consiguió resumir su esencia en una frase de plena vigencia: «Lo que quieras para tu ciudad, ponlo primero en la escuela».

La Educación para la Ciudadanía, en cualquier caso, debería ser una educación ética ampliada en una doble dirección. Contemplar los valores cívicos esenciales, pero atender también a esa educación sentimental que enseña a gestionar nuestras emociones. Un aprendiz de ciudadano que aprende a no dejarse llevar por sus arrebatos, también aprenderá que es rentable llevarse bien con la gente y resolver pacíficamente los conflictos. Para los griegos la ética -«ciencia de la felicidad privada»-, pretendía la formación de un buen carácter y estaba ordenada hacia la política, «la ciencia del bien común».

Con todo, sería una grave ingenuidad presuponer que aquellas polis griegas eran entornos paradisiacos regidos por los más esclarecidos filósofos. También en ellas se daba un alto grado de conflictividad. Pero lo alarmante del caso tiene que ver con una paradoja: si para los griegos la ciudad era el entorno del orden, quedando lo que estaba fuera de sus murallas a merced de los bárbaros, hoy parece que es un cierto principio de barbarie el que rige la ciudad moderna mientras que identificamos el campo, lo agreste e incivilizado, como una reserva de paz y sosiego donde nos retiramos cuando necesitamos unas vacaciones.

De hecho, volviendo a los jóvenes urbanos, no dejamos de acumular titulares que hablan del aumento de la violencia dentro y fuera de clase. Y a estos se unen las alarmas habituales donde se cruzan las estadísticas que hablan de accidentes de tráfico, o de consumo de drogas, o de embarazos adolescentes, o de vandalismo general, o de desinterés absoluto por la cosa pública. Cada vez que sube la ola, la sociedad se vuelve hacia la escuela pidiéndole que intervenga. Nada se podrá hacer si no conseguimos expandir primero que lo prioritario es una escuela de padres, donde estos restablezcan en su casa conceptos básicos, como los de autoridad y disciplina, de manera que sus niños acudan a clase teniendo muy claro que sus profesores no son sus colegas y que se merecen ese respeto que, en muchos casos, sus padres no han sabido ganarse para sí mismos.

Cuando en los '80 se empezó a implantar en EE UU la educación en valores, los diarios más influyentes del país reprocharon a la Administración que cargara a la escuela con un problema que las sociedades pluralistas eran incapaces de resolver. Veinte años después ya nadie cuestiona la perentoriedad de esta educación. Tanto es así que su Academia de Ciencias acaba de publicar un contundente estudio titulado con el mismo epígrafe que encabeza este artículo -From Neurons to Neighborhood-, donde recomienda potenciar aún más esta enseñanza aunque haya que reducir los horarios de otras materias, como Matemáticas o Lengua, lo cual es mucho decir.

No debiera bastarnos, sin embargo, con una asignatura que proporcionase la oportunidad de reflexionar sobre la convivencia democrática. Más importante que todas las buenas palabras, es saber implicar a los jóvenes en actividades que pongan en valor sus buenos hábitos ciudadanos. Cuando les enseñamos tanto a escuchar como a debatir civilizadamente entre ellos. Cuando impulsamos su participación en cuestiones que atienden a cómo mejorar la calidad de su vida civil. Cuando incorporamos sistemas de aprendizaje cooperativo, donde el trabajo y el éxito son colectivos, les estamos enseñando que tanto la escuela como la sociedad son empeños de muchos, así como la ciudadanía, más que una asignatura, es una manera de caminar que nos va a acompañar toda la vida.

Que nuestros jóvenes adquieran hábitos de respeto y solidaridad, de compasión y justicia, de conciencia ética y responsabilidad social, exigiría además un atrevimiento suplementario: sacarlos a la calle para que se formen en valores al enfrentarse y trabajar sobre problemas reales de su entorno inmediato. Hoy, que seguimos debatiendo la conflictividad de ciertos centros de acogida de menores inmigrantes, no estaría nada mal -por ejemplo- que una ikastola planteara pedir voluntarios entre su alumnado para ayudar a integrar a estos menores inmigrantes en nuestra comunidad.

Si conseguimos educar a nuestros jóvenes para que se reconozcan como ciudadanos en cualquier servicio social, habremos convertido la Educación para la Ciudadanía en algo más que una asignatura. Pero para alcanzar ese objetivo con éxito, es prioritaria la colaboración de toda la sociedad.

Un bárbaro que no conoció a Platón nos legó una frase que le hubiese gustado mucho al filósofo: «Para educar a un niño hace falta la tribu entera». Tal vez sea mucho decir que la educación puede resolverlo todo. Ahora bien, mucho me temo que sin ella las sociedades modernas corren el riesgo de involucionar y degradarse en unas ingobernables tribus urbanas. www.diariovasco.com

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