IGNACIO CAMACHO· Bofetadas
Madrid 21/11/06 EN las escuelas españolas circula una nueva versión de ese proverbio árabe que aconsejaba pegar a las mujeres: «Cuando llegues a clase, atízale al maestro; tú no sabes por qué, pero él sí». Sacudirle a los profesores se ha convertido en una moda siniestra, a la que se apuntan alumnos, padres, vecinos y cualquiera que pase por allí. Los chavales, además, se arrean entre ellos, según el acreditado principio de que los más fuertes, a ser posible en grupo, abusan de los débiles, y además graban las agresiones en vídeo para colgarlas en internet. Todo muy edificante, virtuoso y modélico, como demanda la propia actividad educativa, ya lo dice el nombre. Tanto que en Andalucía, pionera en el muy progre concepto de la «educación para la paz y la no violencia», los alarmados fiscales han tenido que pedir que se equiparen los sopapos al profesorado con las agresiones a la autoridad.
Esta medida, copiada en Cataluña, está muy bien, pero llega algo tarde. Para devolver la autoridad a los maestros no hacía falta investirlos del rango de guardias, sino que bastaba con no haber socavado durante décadas los conceptos de jerarquía moral e intelectual que sustentan la profesión docente. El énfasis en el aspecto lúdico de la enseñanza, las doctrinas permisivas y la expansión de un clima de falta de exigencia han acabado convirtiendo la escuela en un ring en el que los enseñantes actúan de sparrings en medio de una acentuada depresión colectiva. No es demagogia: durante mucho tiempo los responsables públicos han amparado a los agresores frente a los agredidos, por puro clientelismo político servil ante los padres y ante el propio alumnado. Ahora toca rasgarse las vestiduras y convertir el asunto en materia de debate parlamentario, pero el detonante de la alarma ha sido, más que el acorralamiento de los educadores, la generalización del acoso de unos niños a otros, eclosión de un verdadero fenómeno de terror juvenil.
El juez Calatayud, ese magistrado granadino de Menores famoso por sus ejemplarizantes sentencias, envió una vez a prisión, durante unos días, a un padre que le había pegado al profesor de su hijo. El hombre declaró no soportar que el muchacho viese en el maestro al modelo que no encontraba en su familia. Calatayud no titubeó; quizá se pasó de rosca, pero aquel tipo no olvidará jamás el escarmiento.
Los docentes están pagando una culpa que no les corresponde: la incapacidad de las familias para estructurar un ambiente educativo, la presión creciente de la violencia en la vida cotidiana, el absentismo de los poderes públicos, vueltos durante años de espaldas a la conflictiva realidad de los centros. Ahora las autoridades sufren mala conciencia porque el problema se les va de las manos y el eco de las bofetadas suena en el recibidor de sus despachos. En buena hora se endurezcan los castigos, pero lo que hay que devolver es la cordura a las aulas con un sistema racional que fortalezca al maestro con la investidura de superioridad moral que necesita su ejercicio. abc.es
Ignacio Camacho
Madrid 21/11/06 EN las escuelas españolas circula una nueva versión de ese proverbio árabe que aconsejaba pegar a las mujeres: «Cuando llegues a clase, atízale al maestro; tú no sabes por qué, pero él sí». Sacudirle a los profesores se ha convertido en una moda siniestra, a la que se apuntan alumnos, padres, vecinos y cualquiera que pase por allí. Los chavales, además, se arrean entre ellos, según el acreditado principio de que los más fuertes, a ser posible en grupo, abusan de los débiles, y además graban las agresiones en vídeo para colgarlas en internet. Todo muy edificante, virtuoso y modélico, como demanda la propia actividad educativa, ya lo dice el nombre. Tanto que en Andalucía, pionera en el muy progre concepto de la «educación para la paz y la no violencia», los alarmados fiscales han tenido que pedir que se equiparen los sopapos al profesorado con las agresiones a la autoridad.
Esta medida, copiada en Cataluña, está muy bien, pero llega algo tarde. Para devolver la autoridad a los maestros no hacía falta investirlos del rango de guardias, sino que bastaba con no haber socavado durante décadas los conceptos de jerarquía moral e intelectual que sustentan la profesión docente. El énfasis en el aspecto lúdico de la enseñanza, las doctrinas permisivas y la expansión de un clima de falta de exigencia han acabado convirtiendo la escuela en un ring en el que los enseñantes actúan de sparrings en medio de una acentuada depresión colectiva. No es demagogia: durante mucho tiempo los responsables públicos han amparado a los agresores frente a los agredidos, por puro clientelismo político servil ante los padres y ante el propio alumnado. Ahora toca rasgarse las vestiduras y convertir el asunto en materia de debate parlamentario, pero el detonante de la alarma ha sido, más que el acorralamiento de los educadores, la generalización del acoso de unos niños a otros, eclosión de un verdadero fenómeno de terror juvenil.
El juez Calatayud, ese magistrado granadino de Menores famoso por sus ejemplarizantes sentencias, envió una vez a prisión, durante unos días, a un padre que le había pegado al profesor de su hijo. El hombre declaró no soportar que el muchacho viese en el maestro al modelo que no encontraba en su familia. Calatayud no titubeó; quizá se pasó de rosca, pero aquel tipo no olvidará jamás el escarmiento.
Los docentes están pagando una culpa que no les corresponde: la incapacidad de las familias para estructurar un ambiente educativo, la presión creciente de la violencia en la vida cotidiana, el absentismo de los poderes públicos, vueltos durante años de espaldas a la conflictiva realidad de los centros. Ahora las autoridades sufren mala conciencia porque el problema se les va de las manos y el eco de las bofetadas suena en el recibidor de sus despachos. En buena hora se endurezcan los castigos, pero lo que hay que devolver es la cordura a las aulas con un sistema racional que fortalezca al maestro con la investidura de superioridad moral que necesita su ejercicio. abc.es
Ignacio Camacho





