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lunes, 27 de noviembre de 2006
ENCUESTA · Ocho de cada diez alumnos de los institutos de Educación Secundaria de Valladolid [muestreo sobre 5 institutos y 496 alumnos] son conscientes de que el maltrato convive con ellos y hasta el 42,7 por ciento de los escolares de la capital han sido testigos directos de una situación de acoso ocasional a un compañero.
VALADOLID 26 NOV. ·Son datos recogidos por José María Avilés e Inés Monjas*, integrantes del grupo de investigación de la Facultad de Educación y autores de un estudio sobre la incidencia de la intimidación y el maltrato entre iguales en las aulas de Valladolid.

El informe -elaborado a través de encuestas directas y anónimas a los propios estudiantes- confirma que 'en la mayor parte de los casos de acoso ('bullying'), el agresor o agresores atacan a sus víctimas en presencia de otros compañeros que contemplan lo que sucede quedándose al margen, sin intervenir'.

Es, precisamente, sobre este sector -el de los testigos- sobre el que deberían incidir las campañas de prevención, tal y como reconocieron expertos de distintas universidades durante el Curso de Estío sobre retos educativos celebrado la pasada semana en la Facultad de Educación. Carmen Pichardo, profesora de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Granada, recordó que 'que la mayor parte de los episodios de maltrato entre compañeros se producen por parte de un grupo. Suele ser una persona la que lo inicia, pero luego se unen más', que pueden hacerlo como simples testigos o como espectadores activos, que jalean y animan al agresor. De acuerdo con el estudio en los institutos de Secundaria de Valladolid, el 84,9 por ciento de los episodios violentos entre estudiantes se produce dentro de un grupo, sobre todo cuando está compuesto por chicos, aunque el porcentaje de niñas adolescentes que agreden físicamente a compañeros ha aumentado durante los últimos años.

Lo que habría que intentar, coinciden los expertos, es que ese alto porcentaje de menores que son testigos de las peleas 'tomen partido, pero no para apoyar al agresor, sino para defender a la víctima'. Por lo que, según Pichardo, es necesario 'incentivar el trabajo sobre ese grupo de espectadores de la agresión'.

Las encuestas realizadas en cinco institutos de la capital y a 496 alumnos -el informe prepara una nueva revisión con más base muestral, 'aunque los resultados van a ser muy parecidos a los de hace tres años'- concluye que casi en cuatro de cada diez episodios violentos, el maltrato culmina sin que nadie haya intervenido para pararlo.

Sin adultos

Esta cifra -recuerdan Monjas y Avilés- es similar a la que reflejan otras investigaciones. En el 37,3 por ciento de los casos, los chicos son maltratados por compañeros del instituto sin que haya una persona que intervenga para pararlo. Cuando el alumnado 'se moja', lo hacen en más medida los chicos (el 27,7 por ciento) que las chicas (el 8,7 por ciento) y lo mismo ocurre con los profesores varones, que suelen intervenir más que ellas para poner fin a una agresión, en el caso de que sean testigos de ellas. Esto es más complicado, ya que la mayor parte de las intimidaciones se producen fuera de la vista de un adulto.

La impunidad del agresor viene dada no solo por ese apoyo implícito del grupo de amigos, sino porque más de la mitad (el 54,54 por ciento) reconoce que, cuando intimida no recibe ningún tipo de respuesta, ni positiva ni negativa. Es lo que los autores del estudio resumen con las siguientes palabras: a la mayoría de los agresores 'les salen gratis sus hechos'.

Por lo tanto, no son conscientes de las consecuencias que obtiene cuando comete el maltrato. En el 11,36 por ciento es amonestado por sus progenitores, en el 10,45 por ciento por los profesores y solo en el 8,18 por ciento por los compañeros (que son los testigos habituales de estos procesos de acoso).

Desconocimiento

El papel de los padres y profesores en esta situación es más limitado ya que, en la mayor parte de los casos, son ajenos a la situación que viven sus hijos en las aulas (bien como agresores o como víctimas). Esto es así porque la mayoría de los adolescentes oculta la situación a sus padres.

El 17,2 por ciento de los jóvenes que han sido objeto de maltrato por parte de sus compañeros reconocen que no le comunican su situación a nadie. Cuatro de cada diez se lo cuenta a sus compañeros -que en la mayor parte de los casos lo conocen además como testigos directos- y uno de cada diez a los profesores. El 29,3 por ciento de los jóvenes se lo cuentan a su familia.

Casi dos de cada tres padres de un hijo que está siendo maltratado en el colegio por sus compañeros desconocen esta realidad. En estos casos, las chicas suelen confiárselo más a sus progenitores que los chicos y conforme avanza la edad, las víctimas se sinceran menos ante el profesorado.

Cuando se pregunta a los agresores la razón por la que maltratan a sus compañeros (de forma verbal o física), la mitad dice que lo hacen como respuesta a una provocación y casi uno de cada cuatro afirma que era para gastar una broma.
Terra Actualidad - VMT

En el instituto y sin profesor

Los autores del estudio aseguran que «la presencia de adultos es determinante para rebajar la frecuencia de sucesos de maltrato». Cuando los encuestados ubican la situación de acoso en el recinto escolar, la mayor parte la coloca en escenarios sin adultos, sobre todo, en el aula, delante de los compañeros, pero siempre cuando el profesor no está presente. El 49% de los estudiantes aseguran que han sido testigo de un episodio de intimidación entre compañeros en clase. El 35% lo ha visto en los pasillos y el 31% en el recreo, sin adultos.

Uno de cada tres encuestados afirman que han presenciado situaciones de maltrato en los alrededores del instituto. Incluso el 12% dicen que han visto intimidar a compañeros suyos (a través de insultos, amenazas o motes) en el aula, mientras el profesor estaba dando clase. NDC


* Inés Monjas es profesora de Psicología de la UVA.

ENTREVISTA ·INÉS MONJAS· PROFESORA DE PSICOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD DE VALLADOLID
«Hay que enseñar al agresor a adoptar conductas de respeto»
Una de las autoras del estudio afirma que «no es acoso todo lo que parece» y destaca que la mayor parte de las relaciones escolares se viven con tolerancia

V. M. V./VALLADOLID Inés Monjas, profesora de Psicología de la Universidad de Valladolid y una de las firmantes del estudio, asegura que no existen especiales diferencias entre los institutos de la ciudad. «Puede cambiar el estilo de las intimidaciones -más físicas o psicológicas-, pero las cifras son muy similares, por ejemplo, entre centros públicos y privados o concertados. Y lo mismo ocurre con las zonas, no hay privilegios en temas como este, aunque no llegamos a la situación que viven grandes ciudades como Madrid o Barcelona».

-¿Es preocupante que muchos escolares reconozcan que no intervienen ante una agresión?

-Mucho. Y lo preocupante es que aprendan a vivir con este tipo de situaciones, que lo vean como algo normal. Son lo que llamo los 'pasotas emocionales'. Los testigos de las agresiones pueden ser de dos tipos. Primero están los observadores antisociales. Son aquellos que apoyan, que ríen, que jalean al agresor. Y muchas veces lo hacen por miedo, para no convertirse ellos en víctima, porque piensan que mientras haya otros, ellos estarán libres.

-¿Y los segundos?

-Son los observadores prosociales, aquellos que recriminan el comportamiento al agresor con un 'ya te vale', que consuelan a las víctimas. Lo peor que puede hacer un chaval es convertirse en mero espectador. Debe ayudar a la víctima, no solo consolándole, sino tomando medidas para acabar con la situación, contándoselo al profesor, mediando para que no se repita.

-¿Qué pueden hacer las víctimas ante esta situación?

-Debe defender sus derechos. No tienen que callarse y han de enfrentarse a su agresor, no desde la violencia, pero sí plantando cara. Y el papel del grupo en este tipo de situaciones es fundamental. La víctima no puede estar sola y el agresor no puede actuar impunemente. Lo más importante para este último es enseñarle a desarrollar conductas de convivencia y de respeto a los demás. Si no se hace así, esos niños y jóvenes tendrán un desarrollo moral alterado y su conducta agresiva continuará en el futuro.

-¿Qué puede hacer la familia?

-Creo que hay una importante dejación de funciones en las familias. Muchas tiran la toalla con sus niños, con los adolescentes. La función socializadora de la familia está en un momento difícil. Hemos pasado de la represión estricta a una laxitud exagerada, a ver que tu hijo rompe una papelera y no le puedes decir nada. Las familias deberían inculcar más el respeto al otro.

-En las últimas semanas cada vez aparecen más casos de acoso escolar en los medios de comunicación.

-Sí, pero porque son más visibles, no creo que porque haya mucha más violencia. A los medios de comunicación llegan los casos alarmantes, tremendistas. Pero hay un alto, un altísimo porcentaje de alumnos y de profesores que están estupendamente y satisfechos. Se carga la tinta en lo negativo y lo escabroso y el porcentaje de problemas es pequeño. Aunque no por ello hay que restarle la importancia que tiene. Y de todos modos, no es 'bullying' o acoso todo lo que parece.

-Explíquese.

-En los colegios hay peleas. Siempre las ha habido, el intercambio de golpes en el recreo. Es algo grave, porque se ha llegado a la violencia para resolver un problema pero, con todo lo grave que es, en ocasiones puede ser algo positivo para la relación. Pensemos en los dos amigos de toda la vida que discuten, se pegan y luego -y aquí viene un punto importante- reconocen su error y se piden perdón. Eso incluso puede fortalecer su amistad. Otra cosa muy distinta es el 'bullying'.

-¿Y qué es?

-Es el acoso, la violencia interpersonal pura y dura. El pegar por pegar, de forma grave, aprovechando una supuesta superioridad y que convierte, de forma clara, a una persona en víctima y a otra en agresor. No es un conflicto entre compañeros, sino que es una relación violenta entre una persona que ejerce el dominio y otra que está sumisa. NdC


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