INDISCIPLINA / VIAJE EN EL TIEMPO· CINCO PERIODISTAS REGRESAN A SUS ESCUELAS
Cinco reporteros han vuelto años después a las mismas aulas en las que estudiaron para comparar cómo han cambiado las cosas. De la preocupación de la profesora catalana que advierte de lo agresivos que vienen los chavales más pequeños, los de ocho y nueve años, a la autocrítica esperanzada de la educadora andaluza, éste es el paisaje que pintan.
Desde el pasado imperfecto al presente siempre mejorable, ¿mi colegio es mejor o peor que entonces? He llamado a mi querida maestra de Lengua y Francés, que me enseñó a escribir, Lola Carrayán, para que me acompañe. Yo la sigo llamando Doña Loli, no me sale de otro modo. Se jubiló en 2001 tras 39 años.
El colegio está en el distrito de la Macarena, el más poblado de Sevilla. Lo construyeron en 1932. Tras la guerra lo bautizaron Colegio Nacional Queipo de Llano y con la democracia le cambiaron el nombre por el del teólogo humanista del siglo XVI Arias Montano. Esta escuela tenía mucha mezcla social: aquí estudiaba el hijo del médico y el de la limpiadora o el parado. Sigue siendo así, me dice el director, Miguel Fernández. Me alegro.
Hay un avance innegable. Hace 20 años un niño con autismo o una chica con parálisis cerebral estarían en su casa o un centro segregado, y los niños gitanos del poblado de chabolas de El Vacie vagando por la calle. Hoy, están en clase. Somos más cosmopolitas. Antes no había un niño extranjero. Hoy, cuatro o cinco por clase: Ecuador, Colombia, Bolivia, China...
Isabel, veterana profesora de Infantil, niega que los niños sean peores. «Tienen una capacidad de aprendizaje increíble. Pero hay que tener ganas de trabajar con ellos. Y hay funcionarios que vienen a cubrir el expediente...».
Hablando con ella, con Conchi Barrante (36 años de experiencia), con Rosa María Castaño (38 de docencia), con Loli Urraco (que va por el curso 37º), con Belén Murillo (que lleva 22 años y habla de la «soledad» del docente y su «indefensión»)..., me queda la queja general de que la Administración actúa con «desidia», que su trabajo no está valorado, que los niños son más ruidosos, menos esforzados, más consentidos, que el nivel ha bajado... Oyendo las noticias sobre violencia, uno se imagina que la escuela es una trinchera. Y no es así, al menos aquí. Las maestras me dicen que ningún padre o alumno las ha agredido nunca.
En el aula de 3º C de Loli Urraco, chicos de 8 años, que preparan un «control» («ya no se llama examen») se revolucionan con la visita y corean: «¡A por ellos, oeeee, a por ellos, oeeee!». Me acuerdo de los chulos de mi clase y me sonrío de los que afirman que todo pasado fue mejor. Eduardo del Campo, alumno del Arias Montano entre 1982 y 1986.
VALENCIA
"Tienen menos capacidad de concentración y de esfuerzo"
Colegio Santa Teresa. Concertado. 981 alumnos
La primera vez que fui al Colegio de las Teresianas vomité el desayuno. Tenía 5 años y me impresionó la visión de un rebaño de niñas apacentadas por monjas que parecían altas torres coronadas de cofias en vez de almenas. El jueves volví y sufrí otro trauma, esta vez agradable. Todo ha cambiado y, sin embargo, la atmósfera me resultaba familiar. Quizá porque nada más entrar abracé a una compañera hoy profesora del centro y me contaron que la madre Reyes sigue enseñando a leer a los pequeños a sus 75 años.
Yo estudié en un edificio del Ensanche, hoy centro comercial, con una hermosa capilla gótica. La religión era omnipresente. Hace unos 25 años el colegio se trasladó a El Vedat de Torrent.
Suena el timbre, -en mi época, hace 50 años, era una campana que tañía una alumna por el corredor-, y salen chicos y chicas vestidos de calle, charlando. ¡Chicos y chicas juntos! ¡Y sin uniforme! En mis tiempos sólo éramos chicas y unos cuantos críos que se marchaban nada más tomar la comunión, marchábamos en doble fila y total silencio. Si levantabas la voz podías perder un punto de conducta. Nos daban unas tarjetas de color rojo y verde, creo recordar, los puntos de conducta y aplicación que había que atesorar para ganar méritos. Antes de entrar en clase formábamos en filas. Los primeros años sonaba el Himno Nacional.
El uniforme era primordial, el de calle en marrón y blanco completado por el de gimnasia, espantosa tela escocesa con falda plisada y bombachos. Ahora a los 14 años ya pueden vestir a su gusto: vaqueros, sudaderas y mochilas, móviles, mp3, piercings. Incluso las hermanas más jóvenes usan jeans. Son sólo cinco religiosas entre los 60 profesores y 981 alumnos.
«Nuestros métodos pedagógicos son los de siempre, los concebidos por Enrique de Ossó, fundador de la orden, pero los estudiantes han cambiado mucho», comenta Carmen Puertas, directora. «Tienen menos capacidad de concentración, más amplitud de miras y prima el gusto personal sobre el esfuerzo».
¿Problemas de bullying? «En absoluto. A veces los más mayores se pelean, pero siempre fuera del centro. Tenemos unas normas de convivencia claras. Quien no las respeta se arriesga a un expediente disciplinario». Un oasis de paz que contrasta con otros centros de la Comunidad Valenciana. En Alicante un juez ha dictado dos órdenes de alejamiento en 24 horas por violencia escolar y en San Vicente del Raspeig, también en Alicante, la madre de un alumno agredió hace poco a una profesora. Bel Carrasco, alumna de las Teresianas entre 1956 y 1972.
MADRID
"Nadie de mi quinta se habría dirigido al profesor tan cordialmente"
Colegio Ramón y Cajal. Privado. 1.400 alumnos
Sobre la pizarra, un reloj parado marca las 10.29. Juan Guzmán, profesor de Lengua y Literatura, explica a sus 25 alumnos la subordinación sustantiva. El olor cargado, la voz de Guzmán, los «sintagmas nominales» se vuelven mi magdalena de Proust en esta aula de 4º A de la ESO del colegio Ramón y Cajal de Madrid. Rodeado de quinceañeros con el uniforme que yo llevé hasta 1994, pero con piercings, en los que no me reconozco. En mis tiempos la pared del aula no tenía grafittis.
-¿No crees que es mucho? Sólo de literatura son 100 hojas- suelta Paula, la estudiante a mi derecha, mientras Guzmán adelanta el temario de la evaluación.
Juan Guzmán, 50 años, fue mi profesor de Literatura en 3º de BUP. Nunca exigió el usted, pero nadie de mi quinta se habría dirigido a él tan cordialmente. Menos, a don Amelio, que venía con las botas con las que hizo la instrucción militar. O a don Angel, el Harry, por su parecido, no exactamente físico, con Clint Eastwood. «No es que el profesor sea uno más», me cuenta Guzmán, «pero el trato es cercano, afectivo, familiar incluso»..
Agenda PDA. Ha pasado lista con una agenda electrónica que permite que los padres vean las ausencias por Internet. Según transcurre la lección, se diluye mi sensación de extrañeza. Están en silencio. Como entonces. Toman notas al dictado. Como entonces. Cuando alguno no entiende, pregunta. Con más soltura que entonces. «Sus padres han procurado que todo les sea fácil», dice Guzmán. «En cierto modo, viven un mundo irreal, sin responsabilidades. Pero eso les ha dado más confianza en sí mismos. Están menos acomplejados que los de tu generación».
La clase termina y Brian y otros tres chavales se arremolinan en torno a un mp3. Les miro más de cerca. Quizá yo no era tan distinto... Me saca del error Mariano Sanz, director entonces y ahora. «Son muy diferentes», asegura. «Hoy se creen adolescentes a los 11 años. Muchos de 5º de Primaria dicen: "Tengo novia". Lo peor es que vienen los padres y te cuentan: "Es que mi hijo sale con fulanita..."».
En un colegio privado en la mejor zona de Arturo Soria, el director no menciona ningún caso de agresión a docentes. Sí recibe alguna llamada de padres hipersensibilizados que tachan de acoso lo que, dice, no pasan de ser peleas entre chicos. «Las cosas han cambiado», insiste. «Hay que enganchar a los chavales de otra forma y a veces no queremos darnos cuenta. Muchos dicen: "Tengo 25 años de experiencia...". A lo mejor lo que tenemos es un año de experiencia repetido 25 veces. Suma: profesores que no siempre sabemos adaptarnos, padres sobreprotectores y autoridades que legislan de espaldas a la realidad con un revanchismo asqueante. Lo que da es el estado de la educación». Víctor Rodríguez, alumno del Ramón y Cajal entre 1981 y 1994.
VITORIA
"Hace dos décadas el colegio era un territorio vedado a los hombres"
Colegio Ursulinas. Concertado. 1.200 alumnos
Itziar, Ainhoa y Patricia se afanan en construir un puente de papel. Tienen que calcular al detalle las dimensiones para conseguir que la estructura soporte un kilo. Cursan 1º de la ESO en el colegio Ursulinas de Vitoria y están en el taller de la clase de Tecnología. Sus antecesoras en esas aulas habíamos dedicado sus mismos esfuerzos a tejer, mal que bien, una cadeneta de ganchillo...
La vuelta al colegio que dejé hace 18 años me depara más de una sorpresa. Hace dos décadas, el colegio, ahora mixto, era territorio vedado a los hombres. Salvo el sacerdote que daba las misas, el personal, comandado por un ejército de religiosas a las que había que tratar de tratar con respeto casi reverencial, eran sólo mujeres.
Para bien o para mal, el usted se perdió. Y aunque la conflictividad aquí es anecdótica, casi inexistente, la directora, Isabel Orbañanos, no se llama a engaño. Insiste en que la clave es «la prevención». Pero sabe que la situación del centro es excepcional, «una isla» en un sistema educativo que para muchos comienza a hacer aguas.
El País Vasco tiene también, como el resto de España, un preocupante historial de conflictos escolares y casos de acoso El ejemplo más trágico ocurrió en 2004 cuando el joven Jokin Ceberio se suicidó en Hondarribia tras sufrir el acoso sin tregua de un grupo de compañeros.
Un informe apuntaba recientemente a Euskadi como la segunda comunidad autónoma con mayor tasa de bullying por detrás de Andalucía, el 25%. El Gobierno vasco lo desmiente y cifra en 59 los casos de acoso escolar el curso pasado. El Defensor del Profesor recibió 60 llamadas del País Vasco en 2005.
«Tira el chicle». Ajenos, al menos en apariencia, a esta realidad, los estudiantes de 1º de la ESO han asistido ya, a las doce del mediodía, a varias clases. Tras Sociales, se han dirigido a las optativas de Francés y Taller de Cuentos. Mónica y Maite son sus profesoras. Apenas piden silencio, no es necesario. Un mínimo incidente: «Patricia, tira ese chicle», recrimina Mónica.
Tras su clase, Maite constata que «afortunadamente» el conflicto no ha llegado al colegio. «Siempre hay chavales más problemáticos que otros y hay que controlarlos, pero no pasa de ahí», afirma.
Suena el timbre y los estudiantes salen en tromba al patio. Una marea multicolor invade las mismas escaleras que años atrás eran escenario de un espectáculo similar pero en blanco y negro. O mejor dicho, en gris y marrón, los colores del uniforme que, resignadamente, tenían que llevar las alumnas y que sólo podían tapar con una bata de un tono indescifrable a prueba de vanidades innecesarias. «Qué horror», contesta María a la pregunta de si le gustaría abandonar sus vaqueros de talle bajo y la camiseta fucsia para recuperar la vieja tradición. Elena P. Iriarte alumna de las Ursulinas entre 1974 y 1986.
BARCELONA
"Un alumno me dice: mira que nos portamos mal y no han echado a nadie"
Colegio Can Roca. Público. 445 alumnos
Boquiabiertos, los chicos siguen con interés la lección de Ciencias Naturales en catalán. Roger, un locuaz chaval con camiseta del Arsenal y muñequera del Barça alza hasta seis veces el brazo para participar. Una situación similar a la del 5º A de hace 16 años en el Colegio de Educación Infantil y Primaria Can Roca de Castelldefels (Barcelona) que yo conocí. Entonces, como ahora, la tutora era la implacable Mari Angels Mayolas.
No ocurre lo mismo en 6ºB, donde están haciendo un control de Matemáticas: sumas y restas con decimales para chavales que ahora tienen 11 años. «Aquí hay demasiado ruido», vocea la maestra. «¡Silencio!», reclama en vano. Los niños se levantan de las mesas y se mueven por el aula libremente. La profesora es joven y parece desbordada y resignada. «Este curso aún no han expulsado a nadie», dice un alumno desde la última fila. «Y mira que nos portamos mal. Fíjate, estamos haciendo un control sorpresa con este ruido...».
Insultos graves. Pero no es lo más preocupante. Un fenómeno que se viene observando en el centro es la agresividad de los más pequeños, de los chicos de ciclo medio, de apenas ocho y nueve años. «Son capaces de desafiar al profesor tanto o más que los de 12 años. Se trata de cuestiones de disciplina, faltas de respeto», asegura la directora del centro, Pilar Herrera. Han tenido casos recientes de insultos graves a docentes. «Son los más conflictivos. Venimos advirtiendo cierta agresividad en esas edades. Es algo que está empezando a aflorar».
«Tenemos casos de insultos graves al profesor y de algún que otro enfrentamiento», confirma mi ex profesora Mayolas. «Cada vez suben peor debido a la nueva generación de padres treintañeros que les consienten todo». Esta misma semana se está juzgando un caso de presunta agresión de los padres de un niño de cuatro años a tres docentes de otra escuela de la provincia, la Eduard Marquina, en Barcelona. Y en Sant Boi los padres de un alumno que dio un puñetazo a su profesor deberán indemnizarle con 833 euros.
Al ritmo del cambio social, el CEIP Can Roca no ha sido ajeno a las transformaciones de Castelldefels. Todavía recuerdo el shock que supuso en mi generación la llegada de un nuevo compañero argentino. Era 1991 y cursábamos 6º de EGB. En la clase de Mayolas ahora, al menos cuatro de los 21 alumnos son extranjeros. Karen, Betsy, Evelyn o Damiancito, un chaval argentino que, abrigado hasta las cejas, no responde a una pregunta sencilla. Su dominio del catalán aún no es completo, pero nadie se ríe de él como sí pasaba en nuestra época.
A veces esas risas acababan con alguno de nosotros fuera de clase. Es otra de las novedades. Aquí a los niños ya no se les expulsa al pasillo ni al despacho de dirección. Héctor Marín, alumno del Can Roca entre 1985 y 1993.
by www.elmundo.es/suplementos/cronica/
Cinco reporteros han vuelto años después a las mismas aulas en las que estudiaron para comparar cómo han cambiado las cosas. De la preocupación de la profesora catalana que advierte de lo agresivos que vienen los chavales más pequeños, los de ocho y nueve años, a la autocrítica esperanzada de la educadora andaluza, éste es el paisaje que pintan.
![]() Eduardo del Campo dejó las aulas del Arias Montano en 1986. Sevilla. | Desde Sevilla, Valencia, Barcelona, Madrid, y Vitoria nos cuentan su experiencia
CRÓNICA elmundo 26 NOV. "Los profesores se me quejan de la desidia general" SEVILLA. Colegio Arias Montano. Público. 560 alumnos Cuando estaba en 8º de EGB, gané en el colegio un concurso de redacción. El tema era ¿Cómo te imaginas la escuela del futuro? Describí un lugar que sería justo, bello, luminoso, universal. Han pasado 20 años, así que ya estoy en el futuro de mi redacción. |
El colegio está en el distrito de la Macarena, el más poblado de Sevilla. Lo construyeron en 1932. Tras la guerra lo bautizaron Colegio Nacional Queipo de Llano y con la democracia le cambiaron el nombre por el del teólogo humanista del siglo XVI Arias Montano. Esta escuela tenía mucha mezcla social: aquí estudiaba el hijo del médico y el de la limpiadora o el parado. Sigue siendo así, me dice el director, Miguel Fernández. Me alegro.
Hay un avance innegable. Hace 20 años un niño con autismo o una chica con parálisis cerebral estarían en su casa o un centro segregado, y los niños gitanos del poblado de chabolas de El Vacie vagando por la calle. Hoy, están en clase. Somos más cosmopolitas. Antes no había un niño extranjero. Hoy, cuatro o cinco por clase: Ecuador, Colombia, Bolivia, China...
Isabel, veterana profesora de Infantil, niega que los niños sean peores. «Tienen una capacidad de aprendizaje increíble. Pero hay que tener ganas de trabajar con ellos. Y hay funcionarios que vienen a cubrir el expediente...».
Hablando con ella, con Conchi Barrante (36 años de experiencia), con Rosa María Castaño (38 de docencia), con Loli Urraco (que va por el curso 37º), con Belén Murillo (que lleva 22 años y habla de la «soledad» del docente y su «indefensión»)..., me queda la queja general de que la Administración actúa con «desidia», que su trabajo no está valorado, que los niños son más ruidosos, menos esforzados, más consentidos, que el nivel ha bajado... Oyendo las noticias sobre violencia, uno se imagina que la escuela es una trinchera. Y no es así, al menos aquí. Las maestras me dicen que ningún padre o alumno las ha agredido nunca.
En el aula de 3º C de Loli Urraco, chicos de 8 años, que preparan un «control» («ya no se llama examen») se revolucionan con la visita y corean: «¡A por ellos, oeeee, a por ellos, oeeee!». Me acuerdo de los chulos de mi clase y me sonrío de los que afirman que todo pasado fue mejor. Eduardo del Campo, alumno del Arias Montano entre 1982 y 1986.
VALENCIA
"Tienen menos capacidad de concentración y de esfuerzo"
Colegio Santa Teresa. Concertado. 981 alumnos
La primera vez que fui al Colegio de las Teresianas vomité el desayuno. Tenía 5 años y me impresionó la visión de un rebaño de niñas apacentadas por monjas que parecían altas torres coronadas de cofias en vez de almenas. El jueves volví y sufrí otro trauma, esta vez agradable. Todo ha cambiado y, sin embargo, la atmósfera me resultaba familiar. Quizá porque nada más entrar abracé a una compañera hoy profesora del centro y me contaron que la madre Reyes sigue enseñando a leer a los pequeños a sus 75 años.
Yo estudié en un edificio del Ensanche, hoy centro comercial, con una hermosa capilla gótica. La religión era omnipresente. Hace unos 25 años el colegio se trasladó a El Vedat de Torrent.
Suena el timbre, -en mi época, hace 50 años, era una campana que tañía una alumna por el corredor-, y salen chicos y chicas vestidos de calle, charlando. ¡Chicos y chicas juntos! ¡Y sin uniforme! En mis tiempos sólo éramos chicas y unos cuantos críos que se marchaban nada más tomar la comunión, marchábamos en doble fila y total silencio. Si levantabas la voz podías perder un punto de conducta. Nos daban unas tarjetas de color rojo y verde, creo recordar, los puntos de conducta y aplicación que había que atesorar para ganar méritos. Antes de entrar en clase formábamos en filas. Los primeros años sonaba el Himno Nacional.
El uniforme era primordial, el de calle en marrón y blanco completado por el de gimnasia, espantosa tela escocesa con falda plisada y bombachos. Ahora a los 14 años ya pueden vestir a su gusto: vaqueros, sudaderas y mochilas, móviles, mp3, piercings. Incluso las hermanas más jóvenes usan jeans. Son sólo cinco religiosas entre los 60 profesores y 981 alumnos.
«Nuestros métodos pedagógicos son los de siempre, los concebidos por Enrique de Ossó, fundador de la orden, pero los estudiantes han cambiado mucho», comenta Carmen Puertas, directora. «Tienen menos capacidad de concentración, más amplitud de miras y prima el gusto personal sobre el esfuerzo».
¿Problemas de bullying? «En absoluto. A veces los más mayores se pelean, pero siempre fuera del centro. Tenemos unas normas de convivencia claras. Quien no las respeta se arriesga a un expediente disciplinario». Un oasis de paz que contrasta con otros centros de la Comunidad Valenciana. En Alicante un juez ha dictado dos órdenes de alejamiento en 24 horas por violencia escolar y en San Vicente del Raspeig, también en Alicante, la madre de un alumno agredió hace poco a una profesora. Bel Carrasco, alumna de las Teresianas entre 1956 y 1972.
MADRID
"Nadie de mi quinta se habría dirigido al profesor tan cordialmente"
Colegio Ramón y Cajal. Privado. 1.400 alumnos
Sobre la pizarra, un reloj parado marca las 10.29. Juan Guzmán, profesor de Lengua y Literatura, explica a sus 25 alumnos la subordinación sustantiva. El olor cargado, la voz de Guzmán, los «sintagmas nominales» se vuelven mi magdalena de Proust en esta aula de 4º A de la ESO del colegio Ramón y Cajal de Madrid. Rodeado de quinceañeros con el uniforme que yo llevé hasta 1994, pero con piercings, en los que no me reconozco. En mis tiempos la pared del aula no tenía grafittis.
-¿No crees que es mucho? Sólo de literatura son 100 hojas- suelta Paula, la estudiante a mi derecha, mientras Guzmán adelanta el temario de la evaluación.
Juan Guzmán, 50 años, fue mi profesor de Literatura en 3º de BUP. Nunca exigió el usted, pero nadie de mi quinta se habría dirigido a él tan cordialmente. Menos, a don Amelio, que venía con las botas con las que hizo la instrucción militar. O a don Angel, el Harry, por su parecido, no exactamente físico, con Clint Eastwood. «No es que el profesor sea uno más», me cuenta Guzmán, «pero el trato es cercano, afectivo, familiar incluso»..
Agenda PDA. Ha pasado lista con una agenda electrónica que permite que los padres vean las ausencias por Internet. Según transcurre la lección, se diluye mi sensación de extrañeza. Están en silencio. Como entonces. Toman notas al dictado. Como entonces. Cuando alguno no entiende, pregunta. Con más soltura que entonces. «Sus padres han procurado que todo les sea fácil», dice Guzmán. «En cierto modo, viven un mundo irreal, sin responsabilidades. Pero eso les ha dado más confianza en sí mismos. Están menos acomplejados que los de tu generación».
La clase termina y Brian y otros tres chavales se arremolinan en torno a un mp3. Les miro más de cerca. Quizá yo no era tan distinto... Me saca del error Mariano Sanz, director entonces y ahora. «Son muy diferentes», asegura. «Hoy se creen adolescentes a los 11 años. Muchos de 5º de Primaria dicen: "Tengo novia". Lo peor es que vienen los padres y te cuentan: "Es que mi hijo sale con fulanita..."».
En un colegio privado en la mejor zona de Arturo Soria, el director no menciona ningún caso de agresión a docentes. Sí recibe alguna llamada de padres hipersensibilizados que tachan de acoso lo que, dice, no pasan de ser peleas entre chicos. «Las cosas han cambiado», insiste. «Hay que enganchar a los chavales de otra forma y a veces no queremos darnos cuenta. Muchos dicen: "Tengo 25 años de experiencia...". A lo mejor lo que tenemos es un año de experiencia repetido 25 veces. Suma: profesores que no siempre sabemos adaptarnos, padres sobreprotectores y autoridades que legislan de espaldas a la realidad con un revanchismo asqueante. Lo que da es el estado de la educación». Víctor Rodríguez, alumno del Ramón y Cajal entre 1981 y 1994.
VITORIA
"Hace dos décadas el colegio era un territorio vedado a los hombres"
Colegio Ursulinas. Concertado. 1.200 alumnos
Itziar, Ainhoa y Patricia se afanan en construir un puente de papel. Tienen que calcular al detalle las dimensiones para conseguir que la estructura soporte un kilo. Cursan 1º de la ESO en el colegio Ursulinas de Vitoria y están en el taller de la clase de Tecnología. Sus antecesoras en esas aulas habíamos dedicado sus mismos esfuerzos a tejer, mal que bien, una cadeneta de ganchillo...
La vuelta al colegio que dejé hace 18 años me depara más de una sorpresa. Hace dos décadas, el colegio, ahora mixto, era territorio vedado a los hombres. Salvo el sacerdote que daba las misas, el personal, comandado por un ejército de religiosas a las que había que tratar de tratar con respeto casi reverencial, eran sólo mujeres.
Para bien o para mal, el usted se perdió. Y aunque la conflictividad aquí es anecdótica, casi inexistente, la directora, Isabel Orbañanos, no se llama a engaño. Insiste en que la clave es «la prevención». Pero sabe que la situación del centro es excepcional, «una isla» en un sistema educativo que para muchos comienza a hacer aguas.
El País Vasco tiene también, como el resto de España, un preocupante historial de conflictos escolares y casos de acoso El ejemplo más trágico ocurrió en 2004 cuando el joven Jokin Ceberio se suicidó en Hondarribia tras sufrir el acoso sin tregua de un grupo de compañeros.
Un informe apuntaba recientemente a Euskadi como la segunda comunidad autónoma con mayor tasa de bullying por detrás de Andalucía, el 25%. El Gobierno vasco lo desmiente y cifra en 59 los casos de acoso escolar el curso pasado. El Defensor del Profesor recibió 60 llamadas del País Vasco en 2005.
«Tira el chicle». Ajenos, al menos en apariencia, a esta realidad, los estudiantes de 1º de la ESO han asistido ya, a las doce del mediodía, a varias clases. Tras Sociales, se han dirigido a las optativas de Francés y Taller de Cuentos. Mónica y Maite son sus profesoras. Apenas piden silencio, no es necesario. Un mínimo incidente: «Patricia, tira ese chicle», recrimina Mónica.
Tras su clase, Maite constata que «afortunadamente» el conflicto no ha llegado al colegio. «Siempre hay chavales más problemáticos que otros y hay que controlarlos, pero no pasa de ahí», afirma.
Suena el timbre y los estudiantes salen en tromba al patio. Una marea multicolor invade las mismas escaleras que años atrás eran escenario de un espectáculo similar pero en blanco y negro. O mejor dicho, en gris y marrón, los colores del uniforme que, resignadamente, tenían que llevar las alumnas y que sólo podían tapar con una bata de un tono indescifrable a prueba de vanidades innecesarias. «Qué horror», contesta María a la pregunta de si le gustaría abandonar sus vaqueros de talle bajo y la camiseta fucsia para recuperar la vieja tradición. Elena P. Iriarte alumna de las Ursulinas entre 1974 y 1986.
BARCELONA
"Un alumno me dice: mira que nos portamos mal y no han echado a nadie"
Colegio Can Roca. Público. 445 alumnos
Boquiabiertos, los chicos siguen con interés la lección de Ciencias Naturales en catalán. Roger, un locuaz chaval con camiseta del Arsenal y muñequera del Barça alza hasta seis veces el brazo para participar. Una situación similar a la del 5º A de hace 16 años en el Colegio de Educación Infantil y Primaria Can Roca de Castelldefels (Barcelona) que yo conocí. Entonces, como ahora, la tutora era la implacable Mari Angels Mayolas.
No ocurre lo mismo en 6ºB, donde están haciendo un control de Matemáticas: sumas y restas con decimales para chavales que ahora tienen 11 años. «Aquí hay demasiado ruido», vocea la maestra. «¡Silencio!», reclama en vano. Los niños se levantan de las mesas y se mueven por el aula libremente. La profesora es joven y parece desbordada y resignada. «Este curso aún no han expulsado a nadie», dice un alumno desde la última fila. «Y mira que nos portamos mal. Fíjate, estamos haciendo un control sorpresa con este ruido...».
Insultos graves. Pero no es lo más preocupante. Un fenómeno que se viene observando en el centro es la agresividad de los más pequeños, de los chicos de ciclo medio, de apenas ocho y nueve años. «Son capaces de desafiar al profesor tanto o más que los de 12 años. Se trata de cuestiones de disciplina, faltas de respeto», asegura la directora del centro, Pilar Herrera. Han tenido casos recientes de insultos graves a docentes. «Son los más conflictivos. Venimos advirtiendo cierta agresividad en esas edades. Es algo que está empezando a aflorar».
«Tenemos casos de insultos graves al profesor y de algún que otro enfrentamiento», confirma mi ex profesora Mayolas. «Cada vez suben peor debido a la nueva generación de padres treintañeros que les consienten todo». Esta misma semana se está juzgando un caso de presunta agresión de los padres de un niño de cuatro años a tres docentes de otra escuela de la provincia, la Eduard Marquina, en Barcelona. Y en Sant Boi los padres de un alumno que dio un puñetazo a su profesor deberán indemnizarle con 833 euros.
Al ritmo del cambio social, el CEIP Can Roca no ha sido ajeno a las transformaciones de Castelldefels. Todavía recuerdo el shock que supuso en mi generación la llegada de un nuevo compañero argentino. Era 1991 y cursábamos 6º de EGB. En la clase de Mayolas ahora, al menos cuatro de los 21 alumnos son extranjeros. Karen, Betsy, Evelyn o Damiancito, un chaval argentino que, abrigado hasta las cejas, no responde a una pregunta sencilla. Su dominio del catalán aún no es completo, pero nadie se ríe de él como sí pasaba en nuestra época.
A veces esas risas acababan con alguno de nosotros fuera de clase. Es otra de las novedades. Aquí a los niños ya no se les expulsa al pasillo ni al despacho de dirección. Héctor Marín, alumno del Can Roca entre 1985 y 1993.
by www.elmundo.es/suplementos/cronica/







