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domingo, 03 de diciembre de 2006
Los políticos aragoneses [todos] debieran dejar de tirarse los trastos a la cabeza y entender que la convivencia en las aulas es un problema de todos
ZARAGOZA 03/12/2006 JAIME Armengol Los graves problemas de convivencia detectados en la escuela española en los últimos años han destapado la caja de pandora y, como en el mito griego, corremos el riesgo de cerrarla y perder la esperanza. Al menos es la sensación que le queda a uno después de repasar lo dicho por los diputados en las Cortes de Aragón en una reciente comparecencia de la consejera del ramo, Eva Almunia. Lejos de realizar un diagnóstico de la situación y establecer criterios para una solución, los portavoces parlamentarios de Educación se enzarzaron con poco sentido y mucho oportunismo. Paradigmático es el ejemplo del PP, cuya diputada Ana Grande mezcló churras con merinas y ubicó en el mismo nivel de preocupación y de incidencia los destrozos causados por alumnos en el Condes de Aragón y la suspensión de un festival navideño en el Hilarión Gimeno.

A partir de una máxima tan perversa, en forma de ataque sin pies ni cabeza, la cosa fue degenerando sin que los diputados fueran capaces de llegar a ningún entendimiento. Y en un tema tan controvertido y que afecta por igual a quienes gobiernan y a quienes están en la oposición es lo peor que podía ocurrir. Es difícil dar con la receta mágica para solucionar situaciones de acoso, violencia y anomia, pero haciendo política electoral la salida se complica, y mucho. Invocada la necesidad de empatía entre los actores políticos, convendría comenzar con un análisis de lo ocurrido en otros países occidentales, ya que el fenómeno que se vive en las aulas españolas no es exclusivo de España. Como apuntaba hace unos días el prestigioso psiquiatra Rojas Marcos, hace falta que afloren los casos de violencia, para identificarlos, conocerlos y, una vez estudiados, trabajar en la prevención. Lo contrario es correr un velo, cegador de la realidad.

La escuela de hoy es tremendamente más compleja que la de hace unos años, en un claro reflejo de la propia sociedad de la que emana. Los alumnos son ahora más diversos, escolarizados como están desde los tres hasta los dieciséis años. En un mismo colegio conviven hoy quienes tienen dificultades de aprendizaje, diferente capacidad, motivación o intereses, y además la llegada de alumnos extranjeros confiere un carácter cada vez más heterogéneo a los grupos de alumnos. Los profesores y los padres, por tanto, necesitan más apoyo en su capacidad para anticiparse a una realidad cambiante. En el caso del profesorado, la mayoría no cuenta con orientación específica, y algo parecido ocurre en las familias, vector de socialización fundamental de cualquier menor. Normalmente se tiende a simplificar y a buscar en la pérdida de valores una explicación al fenómeno de la violencia, y convendría señalar cuál de los valores necesarios para la convivencia está más deteriorado y por qué ha sucedido esto. Parece que es la falta de respeto al prójimo la clave para entender lo que sucede, y sin duda los factores ambientales y culturales son determinantes, pues también los medios de comunicación, y en particular la televisión, son agentes transmisores de pautas de comportamiento.

Hoy, los jóvenes perciben un escenario de competitividad extrema, una exigencia vital fuera de cualquier límite, de auténtico vértigo. El ganador es el mejor en un mundo que cambia a toda velocidad, con escaso respeto por lo viejo (o lo antiguo), con reflexión superficial cuando la hay y en la que triunfa el ídolo deportivo carne de libro guinness.

La primera reacción en un escenario como éste pasa habitualmente por la aplicación de medidas coercitivas. La capacidad de castigar determinadas actitudes parece la solución a todos los males de la escuela. Y, siendo un método contrastado, su éxito está asociado automáticamente a la intensidad del castigo infringido y a su aceptación. En un interesante ensayo del economista joven de moda en EEUU, Steven Levitt, el autor explica el gran fracaso que cosechó una red de guarderías cuando para solucionar los retrasos de los padres en la recogida de los niños decidió aplicar una multa de tres euros para quienes no llegaran a la hora. Lejos de mejorar los horarios, los casos se multiplicaron. La sanción era de tres dólares, un precio muy bajo para que los padres cambiaran de actitud. Además, los díscolos encontraron un incentivo moral, pues por solo tres dólares al día podían llegar tarde y comprar la culpa que sentían cuando no estaban a la hora. La escasa multa tenía otro efecto perverso, pues enviaba a los padres el mensaje de que el retraso no era tan grave. Cuando al poco tiempo se eliminó la medida, el mal ya estaba hecho. A partir de entonces podían llegar tarde, no pagar sanción y, encima, no sentirse culpables de nada. Pasaron las tres cosas.

Salvando las distancias, nos encontramos en la escuela en una situación bastante parecida. Los incentivos, en este caso punitivos, ya no sirven. O sirven de poco. Hay que cambiar el modelo. Es algo similar a lo que ha decretado el Gobierno de Aragón respecto del vandalismo en el Condes de Aragón. Tiene razón la consejera cuando afirma que no se puede enviar a los alumnos el mensaje de que pueden destrozar tu colegio puesto que, encima, conseguirán uno de sus objetivos, que es no volver a esas mismas clases. Pero tampoco es menos cierto que no puede dejarse sin castigo, pues quienes no tienen por costumbre pegar al prójimo, romper las cosas de todos o faltar al respeto a los adultos --afortunadamente la mayoría-- tienen que saber, más allá de su percepción sobre el bien y el mal, que ser un gamberro no sale gratis.

Es en ese equilibrio donde la comunidad educativa tiene que encontrar el quid para reponer la convivencia. Claro que con ejemplos tan poco edificantes como los que nos brindan en ocasiones los políticos, la misión es muy complicada. ePA

Idea TAMBIÉN >> Papanatismo en las aulas - Andrés Aberasturi

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