ACÁ y ALLÁ La violencia escolar está en la genética de la vida estudiantil. Famosos de Chile cuentan sus burlas secretas, sobrenombres, el día en que se sintieron inadaptados y cuando fueron crueles con otros.
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Las historias se multiplican: obesidad, compañeros crueles, flacuchentas y matones con culpa, pero también la pena: “Entre las bromas y mirarme al espejo, se me partía el alma”, recuerda la actriz Teresita Reyes. No calibrar el efecto de burlas y tallas parece ser el pan de cada día de los colegios “chilensis”. Si no, pregúntele a su hijo.
Marco Enríquez-Ominami: “Me decían fleto” Cuando Marco llegó a Chile, conocido como el hijo del secretario general del MIR, Miguel Enríquez, tenía 14 años y apenas entendía el castellano. Durante su primer mes en la Alianza Francesa, sus compañeros, en los recreos, le gritaban “fleto”. Para salir de la duda le preguntó a sus primos Gumucio el significado de la palabra, y ellos le mintieron: “Durante semanas ellos me hicieron creer que fleto era un diminutivo de Marco; por tanto, durante un buen tiempo respondí a ese epíteto”.
Teresita Reyes: “Me decían saco de grasa" La actriz tenía ocho años cuando tomó noción de sus kilos demás y de las crueles burlas de sus compañeras: “Mi hija, que es sicóloga, me dijo que fui una niña resiliente, porque con todo lo que pasé era para que me hubiese matado”. Recuerda que cada vez que la llamaban la elefanta, chancha, cerda, ballena, Moby Dick y saco de grasa, se le encogía el corazón de la pena, y que en esos momentos le hacía mucha falta una mamá para que la contuviera. No cree que todas las mujeres sean iguales, pero sí que hay una casta de ellas que son de temer: “Algunas féminas pueden llegar a ser una cobra, escupiendo veneno. Yo que me sabía gorda, me miraba en el espejo y se me partía el alma; hasta el día de hoy no falta la colega que te dice algo mala onda”.
Bárbara Rebolledo: “Me pusieron la patas de alicate”. Si le preguntan a la animadora sobre algún complejo de niña, contesta rápido: “¡Ay, sí, era súper flaca!”. Ella hacía natación y tenía muy pocas curvas. “Ser tan delgada cuando una es niña se toma como algo feo. Me decían la patas de alicate, la maga –‘nada por aquí, nada por allá’– el alambrito”. Cuenta que no se deprimía con las burlas, pero igual se molestaba. “Además me tiraban tallas porque era muy alta y tenía el pie grande; me daba harta lata, la verdad”.
Roberto Fantuzzi:" Yo era esl destructor William" Egresó del Saint George en 1961, le llamaban el “chico Fantuzzi”, y también “el destructor Williams”, igual que un barco de guerra semipesado de ese tiempo, porque echaba por tierra todos los proyectos o fiestas que organizaran sus compañeros: “Me gustaba reírme de ellos”. Otra cosa por la que lo molestaban fue por salir invicto de inasistencias, mientras todos hacían la cimarra. “En ese tiempo me otorgaron ‘el premio al huevón’, porque me gustaba ir a clases”.
María Laura Donoso: “Parecía hombre”. La modelo, tenía ocho años y asistía a un colegio de monjas españolas del Cajón del Maipo, cuando su mamá adoptó una drástica medida para su largo cabello: se lo cortó como hombre. “Fue dramático, la pesadilla de cualquier niña”. Su madre quería ahorrar tiempo en las mañanas y no tener que desenredar el pelo de la ex Miss Reef. “Cuando llegué al colegio, todos se burlaron. Mis compañeros me hacían ponerme en la fila de los hombres, o me decían: ‘María Laura, falta uno pa’ la pichanga’”. Le daba impotencia no tener el vocabulario para defenderse, pero no lloró. Confiesa que le gustaría saber qué piensan sus ex compañeros, hoy, sobre su feminidad.
Nelson Ávila: “Me decían la ampolleta de carnicería”. El senador radical era alumno de las Monjas Carmelitas de Santa María. Cuenta que a los 10 años tenía pecas muy marcadas, y que un día un compañero lo apodó como “ampolleta de carnicería”. Se defendió: “Logré ponerlo en su sitio valiéndome de un defecto físico suyo. Le puse ‘orejas de paila’”. Cuenta que no llegó a los combos porque siempre ha creído que la mejor espada es la lengua. Algo que le ha servido hasta hoy, asegura.
Jorge Burgos: “Yo era el molestoso”. Al diputado DC lo corroe la culpa cada vez que se acuerda que era “el malo” del colegio. Iba al San Ignacio, y la cosa era ruda: “No me voy a hacer el lindo con eso, confieso que traté de afeminado al malo para la pelota, al voz de pito y al de modales delicados”. Le queda un mal sentimiento de esa intolerancia: “A un compañero afeminado terminamos echándolo del colegio, de tanto molestarlo, era una violencia de sobrenombres, más sicológica”. Sobre el hostigamiento entre escolares, el diputado tiene su tesis: “Los niños son el reflejo de una sociedad, y en este caso una sociedad violentona. Yo era molestoso, lo reconozco, pero me siento como las pelotas por eso”.
Vanessa Müller: “Me tiraron piedras”. Vanessa recuerda que en su colegio, el Saint George, la molestaban por usar pantalones en vez de jumper. Le gustaba la gimnasia y todo lo que tuviera ver con destreza física... hasta intentó jugar a la pelota. Su papá era un feminista empedernido y mandó una carta para que la dejaran usar la prenda masculina. Ahí pasó a ser para todos sus compañeros “la varón-nessa”: “Comencé a ser atacada por un grupito, incluso llegaron a lo físico, me tiraban piedras con unas hondas para aleccionarme de que las mujeres debían usar jumper. Mi papá fue y los retó personalmente, y desde ese tiempo sé defenderme”.
Ramón Farías: “Me decían labios de rubí”. El diputado PPD, ex alumno del colegio alemán Tomás Moro, cuenta que en la adolescencia tenía un tic nervioso, que le costó caro: se mordía el labio inferior. La boca le quedaba tan roja que sus compañeros lo apodaron “el labios de rubí”, como la canción de Sandro. Reconoce que era del grupo de los “camotitos”, que molestan al guatón, a la morena, al flaco... le gustaba la chacota: “Hacía la típica broma pesada de poner el ‘peo alemán’ en el bolso, quedaba la embarrada con el olor”
Nelson Mauri: “Me gritaban hueco”. El bailarín recuerda que en el colegio era bien parado y se defendía. Pero cuenta que cuando se hizo conocido y las continuas tallas en el programa “CQC” –ponerle “cachitos” o los cachetes colorados en las entrevistas–, sus compañeros “agarraron papa”. Coincidió justo con su paso entre tercero y cuarto medio en el Santa María de Maipú: “En ese tiempo, gallos de otros cursos me molestaban o me gritaban hueco y fleto, pero ya estaba en otra, salía en ‘Rojo’ y llegaba a la escuela en auto”. Mauri agradece que le pasara grande y por eso se lo tomó más light: “Me importaba más salir en la tele que las burlas”.
Claudia Pérez: “Me gritaban guatona asquerosa”. La actriz fue alumna de la Scuola Italiana, era gordita y sentía rechazada por el género masculino, y en las peleas le gritaban “guatona”, “guatona asquerosa” y “negra”. En segundo medio decidió bajar 20 kilos. “La diferencia fue notoria, los hombres me invitaban a salir y querían ser mis amigos”. La actual heroína de teleseries nocturnas cree que todo es culpa de la intolerancia: “Desde que se instaura lo de ‘buena presencia’, te preguntas: ¿qué es la buena presencia? Lo que hay que tener claro es que somos todos distintos y aceptarnos”.
Alejandro Rojas: “Discriminamos al afeminado”. El empresario, presidente de Sintex, fue alumno del Instituto Nacional, y recuerda que en su época de estudiante lo más común eran las diferencias sociales, grupos por estatus social: “Ésta se agudizó con la Segunda Guerra Mundial, ahí nos separamos entre los que estábamos a favor de los alemanes y los que eran proclives a los Aliados o ‘comunistas’, como les decían”. Asegura que en su época no se hablaba de “bullying” u hostigamiento a un compañero, porque las cosas se arreglaban a combos, y afuera del colegio, en la calle Londres. Aun así, molestaban al compañero de modales finos. “Una vez fastidiamos a un compañero por ser afeminado, él sí que fue discriminado, no nos juntábamos con él”. LND www.lanacion.cl
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![]() | Carolina Rojas 3 DIC. CHILE LND
La flaca, el guatón, y el fleto, el grupo de los piolitas versus el de los matones. ¿Quién no aguantó las bromas de los compañeros? O en el caso contrario, fue “el camote”, la insidiosa, o la peladora. Ojo, eso sí, no hay que confundir el matonaje escolar de los noticieros con las burlas y sobrenombres. Le preguntamos a políticos, actores, modelos y empresarios su experiencia con el tema, y la costumbre parece ser más vieja que el hilo negro. |
Marco Enríquez-Ominami: “Me decían fleto” Cuando Marco llegó a Chile, conocido como el hijo del secretario general del MIR, Miguel Enríquez, tenía 14 años y apenas entendía el castellano. Durante su primer mes en la Alianza Francesa, sus compañeros, en los recreos, le gritaban “fleto”. Para salir de la duda le preguntó a sus primos Gumucio el significado de la palabra, y ellos le mintieron: “Durante semanas ellos me hicieron creer que fleto era un diminutivo de Marco; por tanto, durante un buen tiempo respondí a ese epíteto”.
Teresita Reyes: “Me decían saco de grasa" La actriz tenía ocho años cuando tomó noción de sus kilos demás y de las crueles burlas de sus compañeras: “Mi hija, que es sicóloga, me dijo que fui una niña resiliente, porque con todo lo que pasé era para que me hubiese matado”. Recuerda que cada vez que la llamaban la elefanta, chancha, cerda, ballena, Moby Dick y saco de grasa, se le encogía el corazón de la pena, y que en esos momentos le hacía mucha falta una mamá para que la contuviera. No cree que todas las mujeres sean iguales, pero sí que hay una casta de ellas que son de temer: “Algunas féminas pueden llegar a ser una cobra, escupiendo veneno. Yo que me sabía gorda, me miraba en el espejo y se me partía el alma; hasta el día de hoy no falta la colega que te dice algo mala onda”.
Bárbara Rebolledo: “Me pusieron la patas de alicate”. Si le preguntan a la animadora sobre algún complejo de niña, contesta rápido: “¡Ay, sí, era súper flaca!”. Ella hacía natación y tenía muy pocas curvas. “Ser tan delgada cuando una es niña se toma como algo feo. Me decían la patas de alicate, la maga –‘nada por aquí, nada por allá’– el alambrito”. Cuenta que no se deprimía con las burlas, pero igual se molestaba. “Además me tiraban tallas porque era muy alta y tenía el pie grande; me daba harta lata, la verdad”.
Roberto Fantuzzi:" Yo era esl destructor William" Egresó del Saint George en 1961, le llamaban el “chico Fantuzzi”, y también “el destructor Williams”, igual que un barco de guerra semipesado de ese tiempo, porque echaba por tierra todos los proyectos o fiestas que organizaran sus compañeros: “Me gustaba reírme de ellos”. Otra cosa por la que lo molestaban fue por salir invicto de inasistencias, mientras todos hacían la cimarra. “En ese tiempo me otorgaron ‘el premio al huevón’, porque me gustaba ir a clases”.
María Laura Donoso: “Parecía hombre”. La modelo, tenía ocho años y asistía a un colegio de monjas españolas del Cajón del Maipo, cuando su mamá adoptó una drástica medida para su largo cabello: se lo cortó como hombre. “Fue dramático, la pesadilla de cualquier niña”. Su madre quería ahorrar tiempo en las mañanas y no tener que desenredar el pelo de la ex Miss Reef. “Cuando llegué al colegio, todos se burlaron. Mis compañeros me hacían ponerme en la fila de los hombres, o me decían: ‘María Laura, falta uno pa’ la pichanga’”. Le daba impotencia no tener el vocabulario para defenderse, pero no lloró. Confiesa que le gustaría saber qué piensan sus ex compañeros, hoy, sobre su feminidad.
Nelson Ávila: “Me decían la ampolleta de carnicería”. El senador radical era alumno de las Monjas Carmelitas de Santa María. Cuenta que a los 10 años tenía pecas muy marcadas, y que un día un compañero lo apodó como “ampolleta de carnicería”. Se defendió: “Logré ponerlo en su sitio valiéndome de un defecto físico suyo. Le puse ‘orejas de paila’”. Cuenta que no llegó a los combos porque siempre ha creído que la mejor espada es la lengua. Algo que le ha servido hasta hoy, asegura.
Jorge Burgos: “Yo era el molestoso”. Al diputado DC lo corroe la culpa cada vez que se acuerda que era “el malo” del colegio. Iba al San Ignacio, y la cosa era ruda: “No me voy a hacer el lindo con eso, confieso que traté de afeminado al malo para la pelota, al voz de pito y al de modales delicados”. Le queda un mal sentimiento de esa intolerancia: “A un compañero afeminado terminamos echándolo del colegio, de tanto molestarlo, era una violencia de sobrenombres, más sicológica”. Sobre el hostigamiento entre escolares, el diputado tiene su tesis: “Los niños son el reflejo de una sociedad, y en este caso una sociedad violentona. Yo era molestoso, lo reconozco, pero me siento como las pelotas por eso”.
Vanessa Müller: “Me tiraron piedras”. Vanessa recuerda que en su colegio, el Saint George, la molestaban por usar pantalones en vez de jumper. Le gustaba la gimnasia y todo lo que tuviera ver con destreza física... hasta intentó jugar a la pelota. Su papá era un feminista empedernido y mandó una carta para que la dejaran usar la prenda masculina. Ahí pasó a ser para todos sus compañeros “la varón-nessa”: “Comencé a ser atacada por un grupito, incluso llegaron a lo físico, me tiraban piedras con unas hondas para aleccionarme de que las mujeres debían usar jumper. Mi papá fue y los retó personalmente, y desde ese tiempo sé defenderme”.
Ramón Farías: “Me decían labios de rubí”. El diputado PPD, ex alumno del colegio alemán Tomás Moro, cuenta que en la adolescencia tenía un tic nervioso, que le costó caro: se mordía el labio inferior. La boca le quedaba tan roja que sus compañeros lo apodaron “el labios de rubí”, como la canción de Sandro. Reconoce que era del grupo de los “camotitos”, que molestan al guatón, a la morena, al flaco... le gustaba la chacota: “Hacía la típica broma pesada de poner el ‘peo alemán’ en el bolso, quedaba la embarrada con el olor”
Nelson Mauri: “Me gritaban hueco”. El bailarín recuerda que en el colegio era bien parado y se defendía. Pero cuenta que cuando se hizo conocido y las continuas tallas en el programa “CQC” –ponerle “cachitos” o los cachetes colorados en las entrevistas–, sus compañeros “agarraron papa”. Coincidió justo con su paso entre tercero y cuarto medio en el Santa María de Maipú: “En ese tiempo, gallos de otros cursos me molestaban o me gritaban hueco y fleto, pero ya estaba en otra, salía en ‘Rojo’ y llegaba a la escuela en auto”. Mauri agradece que le pasara grande y por eso se lo tomó más light: “Me importaba más salir en la tele que las burlas”.
Claudia Pérez: “Me gritaban guatona asquerosa”. La actriz fue alumna de la Scuola Italiana, era gordita y sentía rechazada por el género masculino, y en las peleas le gritaban “guatona”, “guatona asquerosa” y “negra”. En segundo medio decidió bajar 20 kilos. “La diferencia fue notoria, los hombres me invitaban a salir y querían ser mis amigos”. La actual heroína de teleseries nocturnas cree que todo es culpa de la intolerancia: “Desde que se instaura lo de ‘buena presencia’, te preguntas: ¿qué es la buena presencia? Lo que hay que tener claro es que somos todos distintos y aceptarnos”.
Alejandro Rojas: “Discriminamos al afeminado”. El empresario, presidente de Sintex, fue alumno del Instituto Nacional, y recuerda que en su época de estudiante lo más común eran las diferencias sociales, grupos por estatus social: “Ésta se agudizó con la Segunda Guerra Mundial, ahí nos separamos entre los que estábamos a favor de los alemanes y los que eran proclives a los Aliados o ‘comunistas’, como les decían”. Asegura que en su época no se hablaba de “bullying” u hostigamiento a un compañero, porque las cosas se arreglaban a combos, y afuera del colegio, en la calle Londres. Aun así, molestaban al compañero de modales finos. “Una vez fastidiamos a un compañero por ser afeminado, él sí que fue discriminado, no nos juntábamos con él”. LND www.lanacion.cl







