ENTREVISTA· Nélida Zaitegui de Miguel· Responsable de Innovación educativa del Gobierno vasco
«No hay más casos de violencia en las aulas; aumentó la preocupación social y por eso ahora afinamos la mirada»·
El suicidio de un chaval hace que la sociedad en general se cuestione qué estamos haciendo mal para que se llegue a esos extremos
LANGREO, Asturias 24 FEB. Miguel Á. GUTIÉRREZ Nélida Zaitegui de Miguel es inspectora de Educación y responsable de proyectos de innovación docente del Gobierno vasco. Maestra y licenciada en Pedagogía, en la actualidad dirige varios programas educativos para fomentar la convivencia en el aula, que se están desarrollando con éxito. También es responsable de la formación de los equipos de dirección de los centros públicos del País Vasco. Recientemente estuvo en las Cuencas para exponer su plan de convivencia escolar a maestros de toda Asturias. A su juicio, implicar más a las familias, reforzar la figura del profesor y fomentar la interculturalidad son algunos de los retos a los que debe enfrentarse la escuela del siglo XXI en España.
-¿Dónde debe centrar sus esfuerzos el sistema educativo actual?
-En las sociedades de hoy en día se están dando unas transformaciones sociológicas tremendas en campos tan importantes como la familia, la economía o la organización del trabajo. Esa transformación está en la sociedad y, como es lógico, repercute directamente en la escuela. Tenemos que replantearnos las competencias que debemos darles a nuestros alumnos, para que estén en condiciones de enfrentarse a ese nuevo mundo.
-¿Hay que refundar la escuela?
-A la escuela hay que volver a repensarla, darle la vuelta como a un calcetín. Los profesores de hoy en día no son meros transmisores de contenidos. Los chavales reciben multitud de información por toda clase de canales que a veces llega fragmentada o manipulada. El maestro debe ejercer de guía para seleccionar esa información, sacar conclusiones y construir el conocimiento, que es personal e intransferible para cada estudiante según su estilo de aprendizaje. Se trata de personalizar la educación.
-¿Qué papel tienen los planes de convivencia escolar en ese empeño?
-La convivencia es importante porque estamos educando a ciudadanos. Pese a las diferencias que puedan existir, tenemos que vivir juntos e intentar transformar el mundo juntos. Son valores que permiten pensar en una sociedad más tolerante y más cohesionada porque el mundo de los excluidos está ahí, los que no pintan para nada porque no son clientes ni consumen. La sociedad debe pensar qué escuela quiere tener y educar a los estudiantes con las competencias para crearla. Por eso la función del educador es muy complicada. Es un intelectual porque tiene que pensar mucho en la realidad y entrar a fondo en ella para saber cómo educar al alumno en cada caso.
-¿Considera que la labor del docente está desprestigiada en España?
-La sociedad no se da cuenta de la dimensión tan importante del profesor. A mi juicio, está claramente infravalorado, cuando se trata de una pieza fundamental del entramado social actual. Las familias no sólo tienen que reconocer la función del profesor, sino que también deben respetarle muchísimo.
-¿Cómo afecta la pérdida de autoridad?
-La autoridad debe reconocerla familia. Un chaval puede contar muchas cosas en casa, pero en primer lugar el adulto tiene que oír al otro adulto. Nunca un padre puede nunca desautorizar al profesor sin hablar con él. Hay que ir en la misma línea y ser cómplice en la educación, para no enloquecer al alumno con mensajes contradictorios. Tiene que haber un sistema de contacto continuo entre padres y profesores a través del teléfono o del correo electrónico, como ocurre en algunos países del norte de Europa como Dinamarca.
-En sus trabajos resalta mucho el valor de la interculturalidad ante el aumento de la inmigración. ¿Cómo se compaginan tradición cultural, religión y escuela?
-La escuela debe ser tremendamente flexible y respetuosa con las culturas de cada niño y sus formas de vivir. También es cierto que debemos llegar a unos acuerdos mínimos de convivencia porque se trata de un espacio público que compartimos. Hay que tener en cuenta unas normas básicas que sólo podemos construir con los derechos humanos que, de alguna manera, es la Constitución mundial que nos use.
-¿Qué impacto tuvo la muerte de Jokin, el adolescente vasco que sufría acoso escolar cuando se suicidó?
-Yo era la responsable del programa en ese momento. El suicidio de un chaval hace que la sociedad en general se cuestione qué estamos haciendo mal para que se llegue a esos extremos. Fue un mazazo terrible para todos, pero también un revulsivo. Creo que las crisis y los conflictos graves nos ayudan a andar y a profundizar en las relaciones. A partir de aquello se puso en marcha un correo electrónico que es donde alumnos, padres y profesores plantean los problemas que hay en el aula. Las respuestas se producen de manera inmediata y cada caso se canaliza en función de su gravedad.
-¿Qué otras medidas se pusieron en marcha desde entonces?
-Nos obligó a repensar muchas cosas y de ahí surgieron actuaciones para estar muy atentos a cualquier indicio de lo que pasa dentro y fuera del aula. Potenciamos mucho la formación, aunque ya veníamos trabajando en ello, y las charlas de sensibilización para las familias. También se pusieron en marcha protocolos para saber cómo actuar en caso de acoso escolar porque nosotros debemos intervenir con la víctima, el agresor y el observador pasivo que ve una situación tan injusta y no hace nada. Los tres grupos son nuestros alumnos y debemos educarlos a todos. Ésa es nuestra obligación como docentes.
-¿Hay más violencia en las aulas en la actualidad que en épocas pasadas?
-El matón de toda la vida de la escuela que ha cascado y humillado a los pequeños ha existido siempre. Pasa algo parecido a lo que ocurre con la violencia de género. Lo que pasa es que ahora hemos afinado la mirada porque ha aumentado la preocupación social. No se están produciendo más casos. Vemos más porque miramos con mayor atención lo que ocurre. lne.es
Nélida Zaitegui, en el centro de profesores y recursos de Valnalón.
«No hay más casos de violencia en las aulas; aumentó la preocupación social y por eso ahora afinamos la mirada»·
El suicidio de un chaval hace que la sociedad en general se cuestione qué estamos haciendo mal para que se llegue a esos extremos
LANGREO, Asturias 24 FEB. Miguel Á. GUTIÉRREZ Nélida Zaitegui de Miguel es inspectora de Educación y responsable de proyectos de innovación docente del Gobierno vasco. Maestra y licenciada en Pedagogía, en la actualidad dirige varios programas educativos para fomentar la convivencia en el aula, que se están desarrollando con éxito. También es responsable de la formación de los equipos de dirección de los centros públicos del País Vasco. Recientemente estuvo en las Cuencas para exponer su plan de convivencia escolar a maestros de toda Asturias. A su juicio, implicar más a las familias, reforzar la figura del profesor y fomentar la interculturalidad son algunos de los retos a los que debe enfrentarse la escuela del siglo XXI en España.
-¿Dónde debe centrar sus esfuerzos el sistema educativo actual?
-En las sociedades de hoy en día se están dando unas transformaciones sociológicas tremendas en campos tan importantes como la familia, la economía o la organización del trabajo. Esa transformación está en la sociedad y, como es lógico, repercute directamente en la escuela. Tenemos que replantearnos las competencias que debemos darles a nuestros alumnos, para que estén en condiciones de enfrentarse a ese nuevo mundo.
-¿Hay que refundar la escuela?
-A la escuela hay que volver a repensarla, darle la vuelta como a un calcetín. Los profesores de hoy en día no son meros transmisores de contenidos. Los chavales reciben multitud de información por toda clase de canales que a veces llega fragmentada o manipulada. El maestro debe ejercer de guía para seleccionar esa información, sacar conclusiones y construir el conocimiento, que es personal e intransferible para cada estudiante según su estilo de aprendizaje. Se trata de personalizar la educación.
-¿Qué papel tienen los planes de convivencia escolar en ese empeño?
-La convivencia es importante porque estamos educando a ciudadanos. Pese a las diferencias que puedan existir, tenemos que vivir juntos e intentar transformar el mundo juntos. Son valores que permiten pensar en una sociedad más tolerante y más cohesionada porque el mundo de los excluidos está ahí, los que no pintan para nada porque no son clientes ni consumen. La sociedad debe pensar qué escuela quiere tener y educar a los estudiantes con las competencias para crearla. Por eso la función del educador es muy complicada. Es un intelectual porque tiene que pensar mucho en la realidad y entrar a fondo en ella para saber cómo educar al alumno en cada caso.
-¿Considera que la labor del docente está desprestigiada en España?
-La sociedad no se da cuenta de la dimensión tan importante del profesor. A mi juicio, está claramente infravalorado, cuando se trata de una pieza fundamental del entramado social actual. Las familias no sólo tienen que reconocer la función del profesor, sino que también deben respetarle muchísimo.
-¿Cómo afecta la pérdida de autoridad?
-La autoridad debe reconocerla familia. Un chaval puede contar muchas cosas en casa, pero en primer lugar el adulto tiene que oír al otro adulto. Nunca un padre puede nunca desautorizar al profesor sin hablar con él. Hay que ir en la misma línea y ser cómplice en la educación, para no enloquecer al alumno con mensajes contradictorios. Tiene que haber un sistema de contacto continuo entre padres y profesores a través del teléfono o del correo electrónico, como ocurre en algunos países del norte de Europa como Dinamarca.
-En sus trabajos resalta mucho el valor de la interculturalidad ante el aumento de la inmigración. ¿Cómo se compaginan tradición cultural, religión y escuela?
-La escuela debe ser tremendamente flexible y respetuosa con las culturas de cada niño y sus formas de vivir. También es cierto que debemos llegar a unos acuerdos mínimos de convivencia porque se trata de un espacio público que compartimos. Hay que tener en cuenta unas normas básicas que sólo podemos construir con los derechos humanos que, de alguna manera, es la Constitución mundial que nos use.
-¿Qué impacto tuvo la muerte de Jokin, el adolescente vasco que sufría acoso escolar cuando se suicidó?
-Yo era la responsable del programa en ese momento. El suicidio de un chaval hace que la sociedad en general se cuestione qué estamos haciendo mal para que se llegue a esos extremos. Fue un mazazo terrible para todos, pero también un revulsivo. Creo que las crisis y los conflictos graves nos ayudan a andar y a profundizar en las relaciones. A partir de aquello se puso en marcha un correo electrónico que es donde alumnos, padres y profesores plantean los problemas que hay en el aula. Las respuestas se producen de manera inmediata y cada caso se canaliza en función de su gravedad.
-¿Qué otras medidas se pusieron en marcha desde entonces?
-Nos obligó a repensar muchas cosas y de ahí surgieron actuaciones para estar muy atentos a cualquier indicio de lo que pasa dentro y fuera del aula. Potenciamos mucho la formación, aunque ya veníamos trabajando en ello, y las charlas de sensibilización para las familias. También se pusieron en marcha protocolos para saber cómo actuar en caso de acoso escolar porque nosotros debemos intervenir con la víctima, el agresor y el observador pasivo que ve una situación tan injusta y no hace nada. Los tres grupos son nuestros alumnos y debemos educarlos a todos. Ésa es nuestra obligación como docentes.
-¿Hay más violencia en las aulas en la actualidad que en épocas pasadas?
-El matón de toda la vida de la escuela que ha cascado y humillado a los pequeños ha existido siempre. Pasa algo parecido a lo que ocurre con la violencia de género. Lo que pasa es que ahora hemos afinado la mirada porque ha aumentado la preocupación social. No se están produciendo más casos. Vemos más porque miramos con mayor atención lo que ocurre. lne.es
Nélida Zaitegui, en el centro de profesores y recursos de Valnalón.

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