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domingo, 04 de marzo de 2007
ENTRAMOS EN «El Laurel»· Chicos y chicas de entre 14 y 18 años en un centro que lleva con cariño y mimo su reinserción social
MARÍA ISABEL SERRANO 4 MAR. MADRID. «Imaginemos a esa madre que se llevó golpes de su hijo y que cuando viene a este centro, a visitar al chico, lo que recibe es un tomate que el muchacho ha cultivado en nuestro huerto. ¡No sería fantástico!». Esta posibilidad -no muy lejana porque el huerto crece a buen ritmo- es una de las cosas que más feliz haría a Manuel Córdoba, director del Centro de Menores «El Laurel», situado en el municipio madrileño de Guadarrama.

Ellos -autoridades, psicólogos y responsables del centro-lo denominan «de menores». Vale. Nada que objetar. Es verdad que se trata de un centro con chicos y chicas de entre 14 y 18 años. Pero «El Laurel» está para reformar a menores delincuentes que han infringido las leyes, que han sido juzgados y para los que, al final, el juez ha acordado (con los adultos se diría «ha sentenciado») una medida, eso que todos conocemos como condena. Y no pasa nada. No hay de qué avergonzarse. El centro está llevado con un cariño y un mimo que hacen presagiar los mejores resultados de reinserción social.

Jardín y piscina

ABC ha traspasado los muros de «El Laurel». No hay verjas pero sí se intuyen medidas de seguridad. Choca, de entrada, no ver grandes vallas ni alambradas. El seto que rodea la finca no tiene más de metro y medio de altura. En cuanto el vigilante nos abre el portalón, vemos un coqueto jardín, el aparcamiento y la piscina, para el verano.

Eso sí: todos -monitores y guardas- llevan un manojo de llaves para ir abriendo y cerrando puertas y los «walkie-talkie» siempre activados y a mano. Hay vigilantes en todas las plantas, incluida la zona de los dormitorios. Las habitaciones, con unas contundentes puertas pintadas de azul, se cierran también con llave.

Aquí hay internos 22 menores. De ellos, 14 cumplen medidas judiciales por maltrato familiar: han agredido a sus padres. Eso es lo especial de «El Laurel»: desde el pasado mes de enero, la Consejería de Interior y Justicia ha querido que este recinto esté especializado en ese tipo de delito. Como es un delito relativamente nuevo pero que crece de forma alarmante, los expertos lo han bautizado como «maltrato familiar ascendente». El 8 por ciento de los menores internados en la Comunidad de Madrid lo están por pegar a sus padres o familiares y este de «El Laurel» es el centro específico y de referencia para su reforma y rehabilitación. Es de régimen semi-abierto y sólo un muchacho permanece en régimen cerrado.

Remordimientos

El director, Manuel Córdoba, un joven entusiasta de su trabajo, nos recibe con un «nunca hemos tenido problemas con el pueblo» pero, de inmediato, reconoce entristecido que en cuanto hay el mínimo problema en Guadarrama, la Guardia Civil pasa por «El Laurel» para ver qué tal van las cosas. «Ya lo tenemos asumido», dice.

Muchos de estos chavales maltratadores de sus padres han sido denunciados por sus propios progenitores. También se actúa de oficio ante las agresiones o las amenazas. «Es muy duro -dice Córdoba- denunciar a un hijo. Hay un porcentaje alto de madres que al minuto de poner la denuncia quieren retirarla. Sale esa especie de remordimiento de conciencia. Por eso es fundamental nuestro trabajo con las familias. Tenemos que hacerles comprender que el paso que han dado, la denuncia, es duro pero necesario y que, a la postre, va a beneficiar al chico».

Autoestima

Llegamos a la hora de las actividades. Los menores ya han desayunado y están en clase, de Enseñanza Secundaria Obligatoria o de Bachillerato. La mayoría entran con un nivel académico muy bajo. Alguno sale al instituto, que está muy cerca, pero sabe que está controlado y que si «se escaquea» tendrá una sanción.

El equipo que dirige Córdoba tiene una cosa muy clara: «el mayor castigo para un menor es formarle y hacerle saber que no hay otra opción. Es «sí» o «sí». No hay vuelta de hoja. Cuando ellos van viendo que sus trabajos en el huerto, en la albañilería, la carpintería, en informática y en otras muchas actividades van dando sus frutos, les notamos más animados y más motivados. Se sienten útiles. Empiezan a recuperar su autoestima y a desprenderse de la violencia y la agresividad con la que ingresan», asegura el director.

Hoy, por ejemplo, los muchachos están liados con un merendero y una barbacoa que construyen con sus propias manos. Se notan algunas chapucillas pero el trabajo tiene buena pinta. Los ladrillos están bien alineados y la mezcla parece que fraguará debidamente. Están deseando acabar para ver qué tal se asan aquí los chorizos y las chuletas.

Para los ratos de ocio y de descanso, hay varios salones de juegos, de televisión y de informática. Juan Carlos Sevilla, coordinador del centro, nos comenta que en estos espacios los muchachos -también hay dos chicas- se desprenden de mucha tensión. Se relajan. El director recuerda que más de uno, nada más ingresar, ha dado puñetazos a las paredes, de pura rabia. «Pero daba contra la pared de «pladur», para no hacerse demasiado daño. Son problemáticos pero no tontos», apunta Córdoba.

La agresividad es un factor con el que cuentan en «El Laurel». Aquí no se puede fumar. Algunos son toxicómanos y el trabajo de los educadores es, también, la desintoxicación.
Curioso es el cuadrante diario que tienen en el centro. Se ponen notas. Para salir a la calle -siempre dentro de las actividades del centro-, es necesario, como mínimo, un 5,5. Se puntúa hasta la forma de cepillarse los dientes.
Muchos de los internos proceden de familias desestructuradas. «Pero no siempre. También vienen de núcleos familiares estructurados pero con un estilo educativo que no les ha puesto límites. Mi objetivo es enseñarles a respetar esos límites que los chicos no han respetado en su propio entorno familiar», dice Manuel Córdoba.

Las estadísticas dicen que se logra la reinserción del 83 por ciento de los menores delincuentes. «Ya, pero a mí lo que me interesa es el 17 por ciento restante», asegura el director.
Nos cuentan los expertos de «El Laurel» que a los muchachos, en cuanto se les interna aquí, no se les puede preguntar eso de: ¿por qué has pegado a tus padres? Por lo visto, hay que dar un tiempo, pasar una terapia y que el asunto lo ponga sobre la mesa un psicólogo. También hay grupos terapéuticos con los padres y las familias. Y ahí hablan todos. Al final, se saca la conclusión de que algunos de los menores que han maltratado a sus padres tienen identificado su problema y su forma violenta de actuar.

Devolver la autoridad

«Otros no son conscientes de que tienen un serio problema de conducta. Nuestro trabajo consiste, básicamente, en que lo reconozcan y a dónde les ha conducido. A las familias procuramos devolverlas ese rol de autoridad que han perdido», dice Córdoba. De hecho, en «El Laurel» está interno un menor por atacar con un hacha a su padre. Que haya acabado con la vida de alguien, por fortuna, no hay ninguno. abc

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