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lunes, 05 de marzo de 2007
En buenas manos para salir de la pandilla· Su maestra y sus mentores de Berkeley potenciaron el cambio
Araceli Martínez-Ortega 4 MAR. SACRAMENTO
Víctor Ríos no tiene dudas: "Si yo no me hubiera encontrado en mi camino a mi maestra Flora Russ, quien tuvo fe en mí y me ayudó a cambiar mi vida y dejar las pandillas, hoy estaría en la cárcel o vendiendo drogas, si no es que muerto".

"Ella me dijo: ‘No me importa de dónde vienes, ni qué has hecho. Si estás listo para dejar las pandillas, yo te voy ayudar’ ", recuerda Víctor en una entrevista con La Opinión.

La vida de Víctor es muy parecida a la de millones de inmigrantes latinos. Llegó a California a los 3 años de edad. Su madre le tuvo que pagar a un coyote para entrar al país. "Yo recuerdo que a mí me traía cargando y a mi hermano lo jalaba en el trayecto".

Víctor no conoció a su papá. Su madre decidió emigrar desde la Ciudad de México hasta este país.

Llegaron a vivir al este de Oakland, una de las zonas más afectadas por las pandillas.

Para ejemplificar el alto nivel de violencia que imperaba en esa área, Víctor cuenta que las ventanas, en lugar de vidrios, estaban cubiertas con madera, ya que los delincuentes se las habían acabado a pedradas y balazos.

"Fue muy difícil nuestra infancia. El lugar donde vivíamos estaba lleno de cucarachas y ratas. No teníamos ni para los frijoles, comíamos tortillas con sal. Y mi madre trabajaba mucho y vivía amenazada por su patrón, de que la reportaría a la migra".

Víctor comenzó a salir a la calle. "Los más grandes me golpeaban, me robaban los zapatos", rememora. "Para entonces yo ya tenía 13 años, y cuando iba camino a la escuela, los pandilleros me preguntaban de qué pandilla era".

Así que, cansado de que lo golpearan, decidió meterse a una pandilla y su prueba de acceso fue una golpiza múltiple.

Cuenta que la pandilla se convirtió en su familia y le dio una "gran seguridad".

"Los que me golpeaban ya eran mis amigos. Eran ‘la familia’ que nunca había tenido, y si yo tenía un problema ellos me lo solucionaban, vendiendo droga o robando", acepta. Su vida como pandillero y especialmente sus robos de automóviles, lo hicieron caer en la cárcel tres veces a los 15 años.

Para entonces, Víctor había abandonado su hogar, dejado la escuela, vivía en las calles y dormía en los carros que robaba.

La tercera vez que estuvo en la prisión juvenil de San Leandro lo hizo pensar en dejar las pandillas, pero no hallaba cómo. Tenía miedo por el siguiente lema: "Sangre para entrar, sangre para salir".

Un episodio que lo marcó fue el asesinato de su mejor amigo a manos de una pandilla opositora.

"Habíamos ido a ver a unas muchachas a territorio rival, cuando llegaron nuestros enemigos y empezaron a dispararnos. Los dos corrimos para escapar, pero en la carrera mi amigo resultó herido y murió en el mismo instante", dice con tristeza.

A partir de ese momento Víctor tuvo mucho miedo. Le ayudó el hecho que su madre decidiera dejar Oakland y se lo llevara a vivir a la zona de Berkeley.

Víctor consiguió un trabajo como lavaplatos para dejar de vender crack y robar carros.

"A mis amigos les dije que había empezado a trabajar y ellos no me presionaron mucho para que regresara a las pandillas porque sabían que estaba muy afectado por el asesinato de mi amigo", platica.

En Berkeley, Víctor regresó a la secundaria y fue ahí donde su maestra Flora Russ lo ayudó.

Ella lo puso en contacto con un grupo de mentores, en su mayoría latinos, de la Universidad de California en Berkeley.

"Ellos eran muy políticos y empezaron a llevarme a sus juntas. Era la época de la Propuesta 187 [que pretendía negar servicios públicos a los inmigrantes indocumentados]. Con ellos yo me sentía de nuevo como en familia, me daban de comer, me ayudaban en todo", comenta.

Al terminar la secundaria, su maestra y sus mentores le dijeron que tenía que solicitar su ingreso a la universidad.

Y relata el episodio: "yo me sorprendí. Les dije: ‘Qué les pasa, yo voy a ser mecánico, voy a ser jardinero’. Ellos me dijeron: ‘tú vas a ir a la universidad’. Yo no podía creer lo que me decían".

Víctor fue aceptado en la Universidad Estatal de California en Hayward, pero a prueba debido a sus antecedentes de abandono escolar y bajas calificaciones.

Pero el mexicano ya estaba envalentonado y se dijo a sí mismo: "si estuve en libertad condicional, por qué no voy a poder superar este nuevo desafío".

Víctor obtuvo su título universitario en cuatro años, tiempo en el que trabajó como mesero para pagar sus estudios.

Después fue aceptado en UC Berkeley para seguir una maestría y luego un doctorado. Cinco años más tarde se graduó y obtuvo su primer trabajo como maestro en la Universidad de San Francisco, una universidad católica privada.

A sus 29 años, Víctor Ríos es doctor en Sociología por la Universidad de California en Berkeley y trabaja como profesor de la UC en Santa Bárbara.

Se ha especializado en el tema de las pandillas y prepara un libro sobre la criminalización de los jóvenes afro americanos y latinos.

Es casado y padre de gemelas.

De su madre cuenta con emoción: "siempre trae mi retrato en su bolsa y lo muestra a todo el mundo, incluso a los que recién conoce. Les dice con mucho orgullo: ‘Miren, este es mi hijo, es doctor’".

"Es fácil echar la culpa del problema a los padres, pero ellos están tan ocupados trabajando, que no se dan cuenta de lo que está pasando afuera", reflexiona. "Lo que tenemos que hacer es educarlos, darles programas para quitarles la negación en la que viven acerca de las pandillas".

Víctor ve el problema de una manera más comprensiva.

"Los muchachos van a las pandillas porque es lo único que conocen, porque en medio de su pobreza crecen aislados de la sociedad, en un mundo irreal. La pandilla hace las veces de la familia y les da poder, apoyo y cariño", expone.

La solución, observa el joven sociólogo, es volver a la filosofía de los años 60, en la que el gobierno actuaba como un padre y ayudaba realmente a reformar a los muchachos en problemas.

"Está comprobado que quienes tienen un mentor se rehabilitan; quienes no tienen un programa se pierden, como muchos de mis amigos pandilleros que ahora están en la cárcel", dice.

"Entonces necesitamos un estado que reforme a base de programas en los barrios pobres, donde abundan las pandillas y no un estado que sólo castigue". www.laopinion.com
La vida de Víctor es muy parecida a la de millones de inmigrantes latinos.

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