ACÁ y ALLÁ· Daisaku Ikeda· Soka Gakkai International·
Empujados al suicidio
24 MAR. Los inquietantes incidentes de acoso escolar continúan siendo noticia. Diariamente nos enteramos de la tragedia de niños que, cansados de tener que soportar el acoso y la violencia infligida a ellos por otros niños o compañeros de clase, son empujados al suicidio.
Resulta desgarrador pensar, por una parte, en el sufrimiento y la desesperación que pueden llevar a un niño a quitarse la vida y, por otra, en los devastadores sentimientos de dolor y remordimiento de sus familiares.
El acoso escolar no es un mal exclusivo del Japón. Pero las modalidades de asedio que, llevadas al extremo, pueden conducir hasta el suicidio, tienen su trasfondo en la naturaleza cerrada e insular de la sociedad japonesa. Las personas que se destacan por poseer una fuerte individualidad o cualidades que brillan o sobresalen, suelen ser blanco de la envidia y etiquetados como diferentes o raros.
Percibidos así, pueden ser sometidos a una trama de complicidades con el fin de excluirlos del grupo e ignorarlos, haciéndoles sentir como si el solo hecho de existir les estuviera negado. Este aislamiento puede ir acompañado por amenazas, extorsión y violencia física. Algunos niños se hacen cómplices del acoso escolar mientras que otros, temerosos de ser ellos el siguiente blanco, se vuelven espectadores pasivos.
¿Cómo puede alguien pensar que haya personas en el mundo que merezcan ser hostigadas o intimidadas por otros? El acoso es un acto bajo y vil que nunca puede ni debe ser legitimado.
Las personas no son acosadas porque son débiles. El acoso, por el contrario, refleja la debilidad interior de los perpetradores, su incapacidad para resistirse a sus más atroces impulsos. Tal como lo afirmó Mahatma Gandhi, la violencia, en el fondo, nace de la cobardía.
El primer paso para abordar el problema del acoso escolar es el de transformar las actitudes o patrones culturales que lo toleran. Esto demanda que señalemos con firmeza que la responsabilidad del acoso a los demás recae en un cien por ciento sobre quienes ejecutan la acción, y no sobre sus víctimas.
Más aún, esto requiere que los adultos –sean padres o maestros– que adviertan un caso de acoso, actúen con determinación ante ello, dando ejemplo de coraje a los niños. Del mismo modo, es crucial esforzarse en ser la clase de persona a la cual pueda acudir con confianza un niño víctima de hostigamiento. Tenemos que ser capaces de percibir el sufrimiento, la ansiedad y el clamor, a menudo silencioso, de esos niños.
El acoso escolar hizo su aparición como problema social grave en el Japón de la década de los 80. Las diversas formas de violencia que habían plagado las escuelas en la década de los 70 ya habían sido controladas, pero se ha dicho que la fuerza de las medidas que se pusieron en práctica, dejaron sin resolver las causas fundamentales que producían el problema. La violencia se tornó, entonces, más clandestina, y comenzó a apuntar hacia el interior. Las agresiones que antes se dirigían contra los centros educativos y los maestros se volcaron sobre los compañeros de clase.
En la actualidad, el acoso escolar hace evidente una disfunción social, y esto no es más que un reflejo de la sociedad de los adultos con todas sus formas insidiosas de intimidación, acoso y violencia –la indolente crueldad que nace del cinismo y el egocentrismo– los abusos cometidos por los medios de comunicación al desprestigiar a una persona irrespetando sus derechos, los programas de televisión que giran en torno a la burla al débil o al menos agraciado, los prejuicios y la discriminación. Resulta muy injusto que después de haber rodeado a los niños de tan cruda realidad, se espere de ellos que se adhieran a formas de conducta ejemplares.
El urbanismo desmesurado y el desmembramiento de familias otrora numerosas, han privado a los niños de los espacios físicos y sociales en los que éstos se ven rodeados de afecto y pueden hacer amigos con facilidad. Por otra parte, los padres –con tanta frecuencia sometidos a la presión del tiempo y a la tensión de sus ocupaciones laborales– no pueden dedicarse plenamente a sus hijos ni interactuar con ellos.
Muchos de los niños que se tornan violentos llevan, muy arraigado dentro de sí, el sentimiento de haber sido ignorados y descuidados. El sano desarrollo de un niño, requiere que éste se sienta aceptado y abrazado como es. Cuando los niños se sienten aceptados, desarrollan de manera natural la conciencia de su propio valor, comprenden que éste les es único e irreemplazable. Llegan a atesorar su propia vida y a valorarse a sí mismos. Esto, a su vez, les despierta sentimientos de confianza y de respeto hacia los demás.
A fin de cuentas, los niños desean una sola cosa –sentirse amados. De allí que la familia deba ser un refugio que les brinde seguridad y protección.
Rosa Park, en una ocasión compartió conmigo una afirmación de su madre: "No existe ley alguna que diga que la gente tiene que sufrir". Su madre también le enseñó el valor de la dignidad, del respeto que se debía a sí misma y a los demás. En esas lecciones aprendidas en su niñez, pienso que podemos encontrar las fuentes profundas de la valentía y la dignidad que hay detrás del papel crucial que Rosa Parks cumplió en el boicot de los autobuses de Montgomery en 1955; un hecho que marcó un punto decisivo en la historia del movimiento de los derechos civiles estadounidenses.
Todos los jóvenes deben tener la clara seguridad de que, cuando estamos sufriendo, la oscuridad por la que atravesamos no va a durar por siempre, aunque así lo parezca. La noche siempre cede ante la aurora. Aunque el frío de invierno pueda parecer eterno, siempre es seguido por el calor de la primavera. Y los que más han sufrido son los que mejor entienden el corazón de las demás personas, y los que pueden aportar una contribución extraordinaria y esencial.
Los niños son nuestro futuro, nuestra única e irreemplazable esperanza. Los niños nos están haciendo un urgente llamado –literalmente a riesgo de sus vidas– para que nos percatemos de las distorsiones del mundo adulto. Nuestra respuesta a sus gritos silenciosos es la clave para sanar los males y la desesperanza de nuestros tiempos. Solo si nos volcamos en un compromiso directo con los niños, con sus sentimientos y sus necesidades, podremos redimir nuestra propia humanidad. www.prensa.com/
* Daisaku Ikeda es presidente de la Soka Gakkai Internacional. También es fundador de la Universidad Soka y del Instituto Toda de Investigación sobre la Paz Global.
Empujados al suicidio
24 MAR. Los inquietantes incidentes de acoso escolar continúan siendo noticia. Diariamente nos enteramos de la tragedia de niños que, cansados de tener que soportar el acoso y la violencia infligida a ellos por otros niños o compañeros de clase, son empujados al suicidio.
Resulta desgarrador pensar, por una parte, en el sufrimiento y la desesperación que pueden llevar a un niño a quitarse la vida y, por otra, en los devastadores sentimientos de dolor y remordimiento de sus familiares.
El acoso escolar no es un mal exclusivo del Japón. Pero las modalidades de asedio que, llevadas al extremo, pueden conducir hasta el suicidio, tienen su trasfondo en la naturaleza cerrada e insular de la sociedad japonesa. Las personas que se destacan por poseer una fuerte individualidad o cualidades que brillan o sobresalen, suelen ser blanco de la envidia y etiquetados como diferentes o raros.
Percibidos así, pueden ser sometidos a una trama de complicidades con el fin de excluirlos del grupo e ignorarlos, haciéndoles sentir como si el solo hecho de existir les estuviera negado. Este aislamiento puede ir acompañado por amenazas, extorsión y violencia física. Algunos niños se hacen cómplices del acoso escolar mientras que otros, temerosos de ser ellos el siguiente blanco, se vuelven espectadores pasivos.
¿Cómo puede alguien pensar que haya personas en el mundo que merezcan ser hostigadas o intimidadas por otros? El acoso es un acto bajo y vil que nunca puede ni debe ser legitimado.
Las personas no son acosadas porque son débiles. El acoso, por el contrario, refleja la debilidad interior de los perpetradores, su incapacidad para resistirse a sus más atroces impulsos. Tal como lo afirmó Mahatma Gandhi, la violencia, en el fondo, nace de la cobardía.
El primer paso para abordar el problema del acoso escolar es el de transformar las actitudes o patrones culturales que lo toleran. Esto demanda que señalemos con firmeza que la responsabilidad del acoso a los demás recae en un cien por ciento sobre quienes ejecutan la acción, y no sobre sus víctimas.
Más aún, esto requiere que los adultos –sean padres o maestros– que adviertan un caso de acoso, actúen con determinación ante ello, dando ejemplo de coraje a los niños. Del mismo modo, es crucial esforzarse en ser la clase de persona a la cual pueda acudir con confianza un niño víctima de hostigamiento. Tenemos que ser capaces de percibir el sufrimiento, la ansiedad y el clamor, a menudo silencioso, de esos niños.
El acoso escolar hizo su aparición como problema social grave en el Japón de la década de los 80. Las diversas formas de violencia que habían plagado las escuelas en la década de los 70 ya habían sido controladas, pero se ha dicho que la fuerza de las medidas que se pusieron en práctica, dejaron sin resolver las causas fundamentales que producían el problema. La violencia se tornó, entonces, más clandestina, y comenzó a apuntar hacia el interior. Las agresiones que antes se dirigían contra los centros educativos y los maestros se volcaron sobre los compañeros de clase.
En la actualidad, el acoso escolar hace evidente una disfunción social, y esto no es más que un reflejo de la sociedad de los adultos con todas sus formas insidiosas de intimidación, acoso y violencia –la indolente crueldad que nace del cinismo y el egocentrismo– los abusos cometidos por los medios de comunicación al desprestigiar a una persona irrespetando sus derechos, los programas de televisión que giran en torno a la burla al débil o al menos agraciado, los prejuicios y la discriminación. Resulta muy injusto que después de haber rodeado a los niños de tan cruda realidad, se espere de ellos que se adhieran a formas de conducta ejemplares.
El urbanismo desmesurado y el desmembramiento de familias otrora numerosas, han privado a los niños de los espacios físicos y sociales en los que éstos se ven rodeados de afecto y pueden hacer amigos con facilidad. Por otra parte, los padres –con tanta frecuencia sometidos a la presión del tiempo y a la tensión de sus ocupaciones laborales– no pueden dedicarse plenamente a sus hijos ni interactuar con ellos.
Muchos de los niños que se tornan violentos llevan, muy arraigado dentro de sí, el sentimiento de haber sido ignorados y descuidados. El sano desarrollo de un niño, requiere que éste se sienta aceptado y abrazado como es. Cuando los niños se sienten aceptados, desarrollan de manera natural la conciencia de su propio valor, comprenden que éste les es único e irreemplazable. Llegan a atesorar su propia vida y a valorarse a sí mismos. Esto, a su vez, les despierta sentimientos de confianza y de respeto hacia los demás.
A fin de cuentas, los niños desean una sola cosa –sentirse amados. De allí que la familia deba ser un refugio que les brinde seguridad y protección.
Rosa Park, en una ocasión compartió conmigo una afirmación de su madre: "No existe ley alguna que diga que la gente tiene que sufrir". Su madre también le enseñó el valor de la dignidad, del respeto que se debía a sí misma y a los demás. En esas lecciones aprendidas en su niñez, pienso que podemos encontrar las fuentes profundas de la valentía y la dignidad que hay detrás del papel crucial que Rosa Parks cumplió en el boicot de los autobuses de Montgomery en 1955; un hecho que marcó un punto decisivo en la historia del movimiento de los derechos civiles estadounidenses.
Todos los jóvenes deben tener la clara seguridad de que, cuando estamos sufriendo, la oscuridad por la que atravesamos no va a durar por siempre, aunque así lo parezca. La noche siempre cede ante la aurora. Aunque el frío de invierno pueda parecer eterno, siempre es seguido por el calor de la primavera. Y los que más han sufrido son los que mejor entienden el corazón de las demás personas, y los que pueden aportar una contribución extraordinaria y esencial.
Los niños son nuestro futuro, nuestra única e irreemplazable esperanza. Los niños nos están haciendo un urgente llamado –literalmente a riesgo de sus vidas– para que nos percatemos de las distorsiones del mundo adulto. Nuestra respuesta a sus gritos silenciosos es la clave para sanar los males y la desesperanza de nuestros tiempos. Solo si nos volcamos en un compromiso directo con los niños, con sus sentimientos y sus necesidades, podremos redimir nuestra propia humanidad. www.prensa.com/
* Daisaku Ikeda es presidente de la Soka Gakkai Internacional. También es fundador de la Universidad Soka y del Instituto Toda de Investigación sobre la Paz Global.







