REPORTAJE Uno de cada tres vascos de entre 5 y 64 años ha probado alguna vez el cannabis o la marihuana·
«Un día pensé en darle fuego al ayuntamiento» · «El cannabis ha tocado techo porque se ha normalizado tanto que ha perdido atractivo»
· «Consumir drogas supone riesgos». «Un chaval de ESO que consuma hachís a diario, como vienen muchos, sabe que si quiere aprobar tendrá que dejarlo o reducir drásticamente su consumo»
IÑIGO URRUTIA/30 ABR. SAN SEBASTIAN. DV.
Uno de cada tres vascos ha fumado un canuto en algún momento de su vida, aunque es entre los 15 y 24 años cuando el consumo de cannabis y marihuana resulta más frecuente. Una etapa en muchos aspectos crítica y que cuando se asocia al consumo compulsivo de drogas puede desencadenar algunos trastornos mentales en personas predispuestas. En Cataluña algunos médicos han alertado de que están creciendo los casos de esquizofrenia entre jóvenes que fuman porros y que las demandas de terapias de deshabituación han crecido un 78% durante los últimos cinco años.
Los expertos consultados por este diario aseguran que en Gipuzkoa aumenta el número de toxicómanos afectados por brotes psicóticos, pero en una proporción no alarmante, dado que lo atribuyen a que ahora el diagnóstico es más precoz; a que hay más consumidores de cannabis y, también por qué no, a que someterse a tratamiento es en algunos casos la alternativa al cumplimiento de una condena.
La Comisión Clínica del Plan Nacional sobre Drogas concluyó el año pasado en su Informe sobre cannabis que la proporción de sujetos que acuden en demanda de tratamiento por el consumo de cannabis «es muy baja si tenemos en cuenta el elevado número de sujetos con consumo problemático de esta sustancia».
Aunque el cannabis es junto al tabaco y el alcohol la droga más consumida por los jóvenes, representa una parte mínima de las demandas de tratamiento por drogodependencias, no llega ni al 10% del total. Si durante la última década las peticiones de terapia de deshabituación o contra la adicción suman un promedio de 1.800 casos anuales en Euskadi, las que atañen estrictamente a los porros promedian 125-150 casos.
Más de las mitad de los tratamientos en Proyecto Hombre están motivados por la cocaína y no en menores de edad, sino en adultos. Las anfetaminas, el alcohol y las drogas de síntesis completan el ránking.
65 millones de europeos
En Europa 65 millones de personas de entre 15 y 64 años le han pegado una calada a un canuto alguna vez, lo que representa un 20% de la población. Este porcentaje es mucho más elevado en Euskadi. De hecho los vascos son, según estadísticas del Gobierno Vasco, una referencia en Europa. El último ránking disponible (2006) señala que en el País Vasco el 36,2% de los ciudadanos han probado el porro, seguido de Dinamarca (31,3%), Reino Unido (30,8%), Francia (30,6%) España (29%) y Alemania (24,5%). Holanda ocupa la décima posición, con un 21%
El perfil del fumeta vasco responde a los siguientes señas: es un hombre de 20-24 años que estudia y que no percibe excesivo riesgo asociado al cannabis, sustancia que le resulta sencillo adquirir. Los problemas asociados al cannabis se derivan en buena medida de la frecuencia e intensidad del consumo. Los expertos señalan que hay personas que han fumado porros durante décadas sin mayores perjuicios. Eusebio de la Huerga, que trabaja en Proyecto Hombre de Hernani desde mediados de los años ochenta, observa que «hay diferencias netas entre uso y abuso. El consumo de cannabis no tiene por qué tener consecuencias. Ahora bien, con frecuencia fumar está ligado con carencias afectivas y de otra índole».
Consumo sin autocontrol
El peligro asoma cuando se transita, desprovisto de mecanismos de autocontrol, del uso al abuso. «El entorno social lanza constantes mensajes -observa- de que hay que consumir, cuanto más mejor, da igual gaseosa que hachís. Y los más jóvenes no son ajenos a estos valores, de modo que lo que ocurre es que hay adolescentes que cuando entran en esa dinámica no saben parar. Y esto vale tanto para los porros como para las bebidas ¿Cuántos cacharros beben muchos jóvenes cuando salen por la noche? No paran de beber, de consumir». Esta tendencia comienza a percibirse también respecto de la cocaína. El Ministerio de Sanidad anunció el viernes un plan específico de lucha contra la cocaína en el ámbito educativo, donde la prevalencia de su consumo se multiplicó entre la población escolar hasta cuatro veces en los últimos diez años. Según datos del ministerio, esta droga es la que causa mayor número de admisiones a tratamiento (41,5%), y la causante desde 1999 del mayor número de urgencias hospitalarias por reacción aguda a sustancias psicoactivas (49,6%).
«Un día pensé en darle fuego al ayuntamiento»
Tres adictos al cannabis relatan las circunstancias que les condujeron a situaciones límite
Jon es el nombre ficticio de un donostiarra de 27 años, que empezó a liarse en la cuadrilla porque «todos fumaban en lo Viejo y poco a poco yo también empecé. Primero un txirri los findes, en algunas juergas y a más y más. Llegué a coger a escondidas el dinero a mis padres para pillar costo».
Cuando comenzó a trabajar desaparecieron los problemas económicos y emprendió la cuesta abajo: «A partir del mediodía, cinco-seis porros al día. Trataba de controlar entre comillas para ajustarme a los turnos de trabajo, de modo que no se me notara. Control que era un descontrol».
El agobio que empezaba a padecer porque no dejaba de fumar se transformó en pánico con los primeros brotes psicóticos. Ahí saltaron sus alarmas. «Hubo un momento en que empezaron a darme ataques de ansiedad, de histerismo y me golpeaba contra la pared, me hacía cortes en los brazos y en los pies con cuchillos y cutters». Eso le ocurría al margen de que hubiera fumado o no. «Era un ansia incontrolable».
Jon sabía que enfilaba un mal camino, pero persistía «porque me sentía solo, pensaba que me faltaba algo para ser parte de la sociedad, quería ser igual que los demás, ser guay, echar unas risas...». Finalmente un ataque de ansiedad «bastante gordo» dio con él en el hospital. Era abril del año pasado y pocos después empezó tratamiento psicológico y farmacológico en Proyecto Hombre.
Las circunstancias de Javier, un errenteriarra que fue a estudiar Periodismo a Leioa y que lleva ocho meses en tratamiento, son diferentes. Empezó a ponerse ciego en la Uni. «He sido un buen estudiante y durante los dos primeros años ya empecé a fumar a diario, cinco-seis porros, pero no me causaba trastornos». En tercer curso se trasladó a una residencia de nivel «con habitación, baño y cocina propios, acceso ADSL... De todo. Muy fácil para perderte». Esporádicamente se metía speed (anfetamina), cocaína y popper (inhalante) «porque me junté con gente que tomaba de todo». Gradualmente se fue encerrando sobre sí mismo. «Dejé de asistir a clase durante un par de años -me matriculaba en un par de asignaturas-, no iba con los mismos amigos..., aunque como tengo la suerte de que son buenos comenzaron a preocuparse por mí».
Sin embargo, su adicción al cannabis se mezcló con otra, el sexo. «Durante una larga temporada mantuve relaciones sexuales que concertaba a través de chats que encontraba en internet. Me pasaba el día en la habitación de la residencia fumando mis canutos, chateando y quedando con personas para mantener relaciones sexuales».
Quince porros al día
Su psiquiatra la diagnosticó «adicciones impulsivas-compulsivas». Lo supo después de que al cabo de un año de relaciones promiscuas de riesgo comenzara «a ir al médico cada poco tiempo porque tenía infecciones». La ansiedad se sumó a los «miedos» fundados, al sida, e infundados, como «una película que me monté con uno que me estaba amenazando, cuando no era así, y que me tenía totalmente acojonado. Entonces me fumaba unos quince porros de maría cada día».
Más tardío es el caso de Iker, irunés de 33 años: «Empecé con veinte años en la mili, aunque desde los trece había estado con gente que fumaba y se metía rayas». Le cogió gusto al cannabis, primero para echar risas «y por no querer aceptar muchas cosas de la vida», y acabó con ideas delirantes.
Cada vez estaba más tiempo ciego, cultivó marihuana en el monte, también trapicheó -«lo máximo que pillé fue medio kilo para hacer posturas de 25 euros»- y empezó a aislarse socialmente. «Al principio los txirris son para echar risas, pero con el tiempo ves que los problemas personales no los vas a tapar, sino que se agudizan. Me aparté de la cuadrilla, fumaba de diez a quince porros, me comían los pensamientos negativos y tenía ideas delirantes; un día pensé incluso en dar fuego al ayuntamiento».
Los dos últimos años estuvo «muy jodido» hasta que hace unos meses entró en Proyecto Hombre de Hernani. Dejar de fumar y desaparecer las ideas delirantes fue todo uno, aunque el tratamiento terapéutico se prolongará durante casi dos años.
ENTREVISTA BELÉN BILBAO DIRECTORA DE DROGODEPENDENCIAS DEL GOBIERNO VASCO
«El cannabis ha tocado techo porque se ha normalizado tanto que ha perdido atractivo»
«A los jóvenes hay que decirles lo que hoy sabe la ciencia», defiende
Belén Bilbao asume que los porros pueden desencadenar psicosis tóxicas, pero advierte que hay que huir de mensajes alarmistas, entre otras cosas, porque la incidencia de estos episodios es mínima si se considera el enorme número de personas que fuman cannabis. Respecto a la banalización de riesgos, puntualiza que «los adolescentes que más drogas consumen son los que más riesgos asumen. Les supone un reto hacerlo. No es porque desconozcan los riesgos».
- Algunos médicos catalanes afirman que se han disparado los casos de esquizofrenia entre jóvenes por fumar cannabis. ¿Está ocurriendo algo similar en Euskadi?
- Si el cannabis fuera directamente causante de esquizofrenia, teniendo en cuenta los altos niveles de consumo en todos los países de nuestro entorno, estaríamos asistiendo a una auténtica epidemia, y no es así. Ahora bien, todos los científicos están de acuerdo en que es capaz de desencadenar brotes psicóticos en personas predispuestas y que los ya diagnosticados evolucionan peor si fuman cannabis. La juventud es la etapa en la que aparece esta enfermedad y se está viendo en las consultas de los hospitales a más jóvenes psicóticos que fuman porros que antes. Pero el número afortunadamente es pequeño. El cannabis puede ser la causa de psicosis tóxicas que desaparecen con el paso del tiempo, o desencadenante de psicosis que aún no habían debutado y que algunos quieren pensar que quizá no aparecerían si no estuviera presente el cannabis.
- ¿Cuál es su posición respecto al discurso que liga marihuana con enfermedad mental?
- No se trata de una posición política. Los psiquiatras con buen criterio opinan que cualquier cosa que sea potencialmente tóxica para el cerebro debe ser directamente desaconsejada. Hoy por hoy no existe evidencia científica de la relación causal entre el cannabis y la esquizofrenia, y no lo digo yo, sino la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los informes de los científicos. Lo que ocurre es que no conocemos cuál es el grado de vulnerabilidad que tenemos. Probablemente las enfermedades mentales y la adicción a sustancias comparten una base común y muchas veces coexisten en una misma persona, y no sabemos si ha sido antes el huevo o la gallina.
- ¿Cuál es la evolución en el consumo de cannabis en el País Vasco?
- La serie de estudios Euskadi y Drogas ha ido midiendo esos consumos y tanto el ocasional como el diario han ido creciendo, sobre todo a partir del año 2000. Probablemente se ha tocado techo y, además, como se ha normalizado tanto, ya no tendrá tanto atractivo.
- ¿Cuáles son los problemas asociados a los porros?
- Los más habituales, como las dificultades en los estudios, están en relación directa con la frecuencia del consumo; los que fuman a diario tienen más problemas, más aún los que fuman muchos porros al día. Las estadísticas señalan que 136 personas que tenían problemas con los porros acudieron durante 2004 a consulta por primera vez en la red pública. Hay que tener en cuenta a los que van para no pagar una multa por consumo público o debido a que los padres se asustan, de modo que muchas personas que acuden a consulta no necesitan tratamiento.
- En los últimos años hay cierta corriente dominante que sostiene que el cannabis es más peligroso de lo que se presumía. ¿Es ésta una percepción con rigor científico o interesada de quienes consideran que hay condescendencia social con el porro?
- Hay quien piensa que alarmando a la población va a conseguir que los jóvenes se asusten y no consuman, pero también esto es falso; los adolescentes que más drogas consumen son los que más riesgos asumen, y les supone un reto hacerlo. No es porque desconozcan los riesgos. El acceso a la información se ha democratizado enormemente, todo está en internet y los programas de prevención llegan a la mayoría de chicos y chicas en Euskadi. Decir medias verdades sólo sirve para que todos desconfiemos de los informadores. No hay que menospreciar el peligro que supone iniciarse en cualquier sustancia durante la adolescencia, por el momento de desarrollo en el que se encuentra el cerebro, pero a los jóvenes hay que decirles lo que hoy sabe la ciencia.
- ¿Mantiene su apuesta por la reducción de daños?
- La reducción de riesgos y daños es una estrategia madura que ha demostrado ampliamente su eficacia para reducir los problemas de salud y sociales relacionados con las drogas, pero no es incompatible con tratar de llevar al consumidor a tratamiento, hacia la abstinencia. Es lo que persiguen todos los programas, y mientras tanto procurar que el consumo no se realice con muchos riesgos.
«Consumir drogas supone riesgos»
Tres expertos coinciden en el peligro que entraña la iniciación a los estupefacientes cuando el joven carece de mecanismos de autocontrol
SAN SEBASTIÁN. DV. Lourdes Ortigosa, responsable de tratamiento ambulatorio de Agipad, focaliza su posición más crítica respecto a la incidencia de los porros entre los adolescentes en la «banalización» de los riesgos alimentada en los últimos años. Parte del principio de que «consumir drogas supone riesgos», y que estos se acrecientan cuando la persona es menor de edad.
¿Crece el número de tratamientos de deshabituación al cannabis? En Agipad, que lleva casi tres décadas atendiendo a personas con drogodependencias, la estadística desmiente esa hipótesis y, en todo caso, precisa que es en personas adultas «entre las que sí hay más casos en los últimos cinco años».
La responsable de Agipad refiere que entre los menores de edad, las demandas de ayuda provienen de padres «preocupados porque perciben síntomas llamativos, como el abandono escolar o de su estilo de vida habitual». Las peticiones también las hacen jóvenes de 18-20 años «que fuman menos que cuando comenzaron con 12-13 años, pero que, desde el punto de vista psicopatológico, presentan trastornos disruptivos y de personalidad que tienen que ver con su vida familiar, escolar. relacional y social».
En estos casos, se trata de jóvenes que no tienen una dependencia muy fuerte, pero que se han pasado ciegos media juventud: «Acumulan una trayectoria en la que el tránsito de la vida infantil a la adulta lo hacen echando mano del cannabis, pero no sólo, porque beben cantidades importantes de alcohol». Cuando intentan dejarlo afloran síntomas de ansiedad, dificultades para conciliar el sueño... «El consumo de cannabis ha enmascarado otros aspectos problemáticos -prosigue Ortigosa-. Si una persona que tiene trastorno de ansiedad ha estado utilizando el cannabis, cuando lo deja se desata más su ansiedad».
Incongruencia social
La asociación causa-efecto entre consumo de marihuana y enfermedad mental no responde a la realidad, según Lourdes Ortigosa. «Ni mucho menos, aunque está claro que en las personas que se inician en el consumo de drogas a una edad temprana, -12, 13, 14 años- , el factor riesgo es algo a tener muy en cuenta, porque puede desencadenar trastornos severos de salud mental que no se hubieran evidenciado si no se hubiera puesto en contacto con esas sustancia».
Por ello lamenta la incongruencia de un discurso social en el que «hay leyes, servicios, profesionales, educadores... al servicio de la prevención, pero luego existe una condescendencia social hacía el cannabis, con tópicos como que es una droga blanda, etcétera. Hay que poner las cosas en su sitio a la vista. No se puede banalizar el que un joven entre en contacto con las drogas».
Juantxo Apilánez, responsable de acogida de Proyecto Hombre en Hernani, tiene la misma percepción sobre la asociación entre drogas y trastorno mental. «La demanda de consumidores de cannabis, de entre 18 y 22 años, que presentan una psicosis asociada aumenta paulatinamente de año en año. Ahora bien, los pronósticos son diferentes, algunas psicosis remiten y otras se cronifican, por lo que hay que asegurar un largo periodo de abstinencia y un adecuado tratamiento farmacológico para realizar un diagnostico apropiado. No obstante, ese aumento también se produce porque los tratamiento se solicitan a edades más tempranas». De hecho, anuncia que Proyecto Hombre va a crear un servicio para personas que presentan una patología mental severa, «porque cada vez hay más casos, pero no sólo por cannabis, y para gente joven».
¿Existe una relación de causa-efecto entre consumo de porros y patologías psiquiátricas? Apilánez apunta que es la discusión candente entre los profesionales: «Seguramente en bastantes casos el hachís despierta o promueve psicosis. Ahora tengo mis dudas de que si no hubieran consumido, no se hubieran producido esos cuadros; quizás hubieran sido otros los detonantes, como un conflicto laboral, afectivo, familiar...».
La detección de problemas psiquiátricos en consumidores de drogas no se puede atribuir en exclusiva al cannabis. «Hoy en día los chavales hacen consumos muy compulsivos, comienzan con tabaco, alcohol, cannabis, quizás en ese orden; para después en algunos casos dar un salto en el que terminan por consumir otras sustancias. En este sentido, evoca que en los años 80 «la heroína daba problemas asociados a delincuencia, síndrome de abstinencia, pero psiquiátricamente no había deterioro, -sí después de 20 años de consumo-. Los consumidores de drogas ahora presentan un deterioro más psíquico, tanto en adultos como en jóvenes».
Percepción errónea
El consumo más o menos generalizado de los porros se explica, en parte, por una confluencia de factores que han disparado la permisividad: «El problema es que esa permisividad promueve consumos más tempranos. No es lo mismo fumar un porro a los catorce años que a los veinticuatro; hay una quinta de padres, entre los 40 y 50 años, que hemos vivido una época de drogas diferente y que tenemos una percepción diferente, de que no tan son malas sino en función de cómo se consuman. Se ha caído en ese error que al final nos lleva a ser más permisivos con el consumo, porque se le da una función lúdica».
Carlos Jiménez es psicopedagogo y director técnico de Norbera, un programa de la fundación Izan de apoyo a adolescentes guipuzcoanos de entre 14 y 18 años que se encuentran en situación de riesgo o desprotección. Defiende que no hay que banalizar las cosas, pero tampoco «dramatizarlas» y en este sentido asegura que «la edad de inicio en los consumos no está bajando, permanece estable desde hace cinco años. Por ahí no hay que alarmarse».
Comparte con Ortigosa y Apilánez que «lo más peligroso» es que se ha reducido la percepción del riesgo. «Aquí nos encontramos cada vez más con chicos y chicas de 14, 15 y 16 años que consumen hachís y marihuana en muchos casos a diario y piensan que es algo normal». Esos porros tienen una «relación directa» con brotes psicóticos en algunos adolescentes que tienen predisposición genética, -«hasta que fuman no saben si la tienen o no», -aunque «ni son casos alarmantes ni numerosísimos. Hay casos, es verdad, pero también los tuvimos hace diez años. Otra cosa es que como cada vez hay más jóvenes que fuman, haya más chicos diagnosticados con estas patologías».
Fracaso escolar 100%
El director técnico de Norbera señala que si alguna relación causa-efecto se puede establecer de modo incontrovertible es con el fracaso escolar. «Ahí no hay dudas. Un chaval de ESO que consuma hachís a diario, como vienen muchos, sabe que si quiere aprobar tendrá que dejarlo o reducir drásticamente su consumo». Los canutos inducen síndrome amotivacional -no tener ganas de hacer nada- y disminuyen la capacidad de concentración y la memoria a corto plazo, -«olvidas lo estudiado la víspera»-.
Jiménez no se echa las manos a la cabeza por el número de porreros afectados «sino por la baja percepción del riesgo y por lo normalizado que está en la sociedad actual que se fumen porros. Las razones que explican esta mirada social benevolente hacia esta droga son varias, a su juicio: «En su día se creó la imagen de que la droga mala de verdad era la heroína; muchos padres de adolescentes porreros lo fueron en su día o lo son ahora, y por ejemplo, toleran que sus hijos cultiven plantas; hay una visión equívoca asociada a cierta ideología más progresista, queda bien; hace poco salió una actriz fumándose un porro en TV, y vivimos en una sociedad en la que los adultos consumimos otras drogas, porque se ha inoculado que la felicidad es consumir».
by www.diariovasco.com
«Un día pensé en darle fuego al ayuntamiento» · «El cannabis ha tocado techo porque se ha normalizado tanto que ha perdido atractivo»
· «Consumir drogas supone riesgos». «Un chaval de ESO que consuma hachís a diario, como vienen muchos, sabe que si quiere aprobar tendrá que dejarlo o reducir drásticamente su consumo»
IÑIGO URRUTIA/30 ABR. SAN SEBASTIAN. DV.
Uno de cada tres vascos ha fumado un canuto en algún momento de su vida, aunque es entre los 15 y 24 años cuando el consumo de cannabis y marihuana resulta más frecuente. Una etapa en muchos aspectos crítica y que cuando se asocia al consumo compulsivo de drogas puede desencadenar algunos trastornos mentales en personas predispuestas. En Cataluña algunos médicos han alertado de que están creciendo los casos de esquizofrenia entre jóvenes que fuman porros y que las demandas de terapias de deshabituación han crecido un 78% durante los últimos cinco años.
Los expertos consultados por este diario aseguran que en Gipuzkoa aumenta el número de toxicómanos afectados por brotes psicóticos, pero en una proporción no alarmante, dado que lo atribuyen a que ahora el diagnóstico es más precoz; a que hay más consumidores de cannabis y, también por qué no, a que someterse a tratamiento es en algunos casos la alternativa al cumplimiento de una condena.
La Comisión Clínica del Plan Nacional sobre Drogas concluyó el año pasado en su Informe sobre cannabis que la proporción de sujetos que acuden en demanda de tratamiento por el consumo de cannabis «es muy baja si tenemos en cuenta el elevado número de sujetos con consumo problemático de esta sustancia».
Aunque el cannabis es junto al tabaco y el alcohol la droga más consumida por los jóvenes, representa una parte mínima de las demandas de tratamiento por drogodependencias, no llega ni al 10% del total. Si durante la última década las peticiones de terapia de deshabituación o contra la adicción suman un promedio de 1.800 casos anuales en Euskadi, las que atañen estrictamente a los porros promedian 125-150 casos.
Más de las mitad de los tratamientos en Proyecto Hombre están motivados por la cocaína y no en menores de edad, sino en adultos. Las anfetaminas, el alcohol y las drogas de síntesis completan el ránking.
65 millones de europeos
En Europa 65 millones de personas de entre 15 y 64 años le han pegado una calada a un canuto alguna vez, lo que representa un 20% de la población. Este porcentaje es mucho más elevado en Euskadi. De hecho los vascos son, según estadísticas del Gobierno Vasco, una referencia en Europa. El último ránking disponible (2006) señala que en el País Vasco el 36,2% de los ciudadanos han probado el porro, seguido de Dinamarca (31,3%), Reino Unido (30,8%), Francia (30,6%) España (29%) y Alemania (24,5%). Holanda ocupa la décima posición, con un 21%
El perfil del fumeta vasco responde a los siguientes señas: es un hombre de 20-24 años que estudia y que no percibe excesivo riesgo asociado al cannabis, sustancia que le resulta sencillo adquirir. Los problemas asociados al cannabis se derivan en buena medida de la frecuencia e intensidad del consumo. Los expertos señalan que hay personas que han fumado porros durante décadas sin mayores perjuicios. Eusebio de la Huerga, que trabaja en Proyecto Hombre de Hernani desde mediados de los años ochenta, observa que «hay diferencias netas entre uso y abuso. El consumo de cannabis no tiene por qué tener consecuencias. Ahora bien, con frecuencia fumar está ligado con carencias afectivas y de otra índole».
Consumo sin autocontrol
El peligro asoma cuando se transita, desprovisto de mecanismos de autocontrol, del uso al abuso. «El entorno social lanza constantes mensajes -observa- de que hay que consumir, cuanto más mejor, da igual gaseosa que hachís. Y los más jóvenes no son ajenos a estos valores, de modo que lo que ocurre es que hay adolescentes que cuando entran en esa dinámica no saben parar. Y esto vale tanto para los porros como para las bebidas ¿Cuántos cacharros beben muchos jóvenes cuando salen por la noche? No paran de beber, de consumir». Esta tendencia comienza a percibirse también respecto de la cocaína. El Ministerio de Sanidad anunció el viernes un plan específico de lucha contra la cocaína en el ámbito educativo, donde la prevalencia de su consumo se multiplicó entre la población escolar hasta cuatro veces en los últimos diez años. Según datos del ministerio, esta droga es la que causa mayor número de admisiones a tratamiento (41,5%), y la causante desde 1999 del mayor número de urgencias hospitalarias por reacción aguda a sustancias psicoactivas (49,6%).
Tres adictos al cannabis relatan las circunstancias que les condujeron a situaciones límite
- LAS FRASES
- Jon «Tuve brotes psicóticos y me hacía cortes en brazos y pies con cuchillos y cutters»
- Javier «Estaba todo el día fumando canutos y chateando para tener relaciones sexuales»
- Iker «Fumaba 10-15 'txirris' y me comían los pensamientos negativos y las ideas delirantes»
Jon es el nombre ficticio de un donostiarra de 27 años, que empezó a liarse en la cuadrilla porque «todos fumaban en lo Viejo y poco a poco yo también empecé. Primero un txirri los findes, en algunas juergas y a más y más. Llegué a coger a escondidas el dinero a mis padres para pillar costo».
Cuando comenzó a trabajar desaparecieron los problemas económicos y emprendió la cuesta abajo: «A partir del mediodía, cinco-seis porros al día. Trataba de controlar entre comillas para ajustarme a los turnos de trabajo, de modo que no se me notara. Control que era un descontrol».
El agobio que empezaba a padecer porque no dejaba de fumar se transformó en pánico con los primeros brotes psicóticos. Ahí saltaron sus alarmas. «Hubo un momento en que empezaron a darme ataques de ansiedad, de histerismo y me golpeaba contra la pared, me hacía cortes en los brazos y en los pies con cuchillos y cutters». Eso le ocurría al margen de que hubiera fumado o no. «Era un ansia incontrolable».
Jon sabía que enfilaba un mal camino, pero persistía «porque me sentía solo, pensaba que me faltaba algo para ser parte de la sociedad, quería ser igual que los demás, ser guay, echar unas risas...». Finalmente un ataque de ansiedad «bastante gordo» dio con él en el hospital. Era abril del año pasado y pocos después empezó tratamiento psicológico y farmacológico en Proyecto Hombre.
Las circunstancias de Javier, un errenteriarra que fue a estudiar Periodismo a Leioa y que lleva ocho meses en tratamiento, son diferentes. Empezó a ponerse ciego en la Uni. «He sido un buen estudiante y durante los dos primeros años ya empecé a fumar a diario, cinco-seis porros, pero no me causaba trastornos». En tercer curso se trasladó a una residencia de nivel «con habitación, baño y cocina propios, acceso ADSL... De todo. Muy fácil para perderte». Esporádicamente se metía speed (anfetamina), cocaína y popper (inhalante) «porque me junté con gente que tomaba de todo». Gradualmente se fue encerrando sobre sí mismo. «Dejé de asistir a clase durante un par de años -me matriculaba en un par de asignaturas-, no iba con los mismos amigos..., aunque como tengo la suerte de que son buenos comenzaron a preocuparse por mí».
Sin embargo, su adicción al cannabis se mezcló con otra, el sexo. «Durante una larga temporada mantuve relaciones sexuales que concertaba a través de chats que encontraba en internet. Me pasaba el día en la habitación de la residencia fumando mis canutos, chateando y quedando con personas para mantener relaciones sexuales».
Quince porros al día
Su psiquiatra la diagnosticó «adicciones impulsivas-compulsivas». Lo supo después de que al cabo de un año de relaciones promiscuas de riesgo comenzara «a ir al médico cada poco tiempo porque tenía infecciones». La ansiedad se sumó a los «miedos» fundados, al sida, e infundados, como «una película que me monté con uno que me estaba amenazando, cuando no era así, y que me tenía totalmente acojonado. Entonces me fumaba unos quince porros de maría cada día».
Más tardío es el caso de Iker, irunés de 33 años: «Empecé con veinte años en la mili, aunque desde los trece había estado con gente que fumaba y se metía rayas». Le cogió gusto al cannabis, primero para echar risas «y por no querer aceptar muchas cosas de la vida», y acabó con ideas delirantes.
Cada vez estaba más tiempo ciego, cultivó marihuana en el monte, también trapicheó -«lo máximo que pillé fue medio kilo para hacer posturas de 25 euros»- y empezó a aislarse socialmente. «Al principio los txirris son para echar risas, pero con el tiempo ves que los problemas personales no los vas a tapar, sino que se agudizan. Me aparté de la cuadrilla, fumaba de diez a quince porros, me comían los pensamientos negativos y tenía ideas delirantes; un día pensé incluso en dar fuego al ayuntamiento».
Los dos últimos años estuvo «muy jodido» hasta que hace unos meses entró en Proyecto Hombre de Hernani. Dejar de fumar y desaparecer las ideas delirantes fue todo uno, aunque el tratamiento terapéutico se prolongará durante casi dos años.
«El cannabis ha tocado techo porque se ha normalizado tanto que ha perdido atractivo»
«A los jóvenes hay que decirles lo que hoy sabe la ciencia», defiende
Belén Bilbao asume que los porros pueden desencadenar psicosis tóxicas, pero advierte que hay que huir de mensajes alarmistas, entre otras cosas, porque la incidencia de estos episodios es mínima si se considera el enorme número de personas que fuman cannabis. Respecto a la banalización de riesgos, puntualiza que «los adolescentes que más drogas consumen son los que más riesgos asumen. Les supone un reto hacerlo. No es porque desconozcan los riesgos».
- Algunos médicos catalanes afirman que se han disparado los casos de esquizofrenia entre jóvenes por fumar cannabis. ¿Está ocurriendo algo similar en Euskadi?
- Si el cannabis fuera directamente causante de esquizofrenia, teniendo en cuenta los altos niveles de consumo en todos los países de nuestro entorno, estaríamos asistiendo a una auténtica epidemia, y no es así. Ahora bien, todos los científicos están de acuerdo en que es capaz de desencadenar brotes psicóticos en personas predispuestas y que los ya diagnosticados evolucionan peor si fuman cannabis. La juventud es la etapa en la que aparece esta enfermedad y se está viendo en las consultas de los hospitales a más jóvenes psicóticos que fuman porros que antes. Pero el número afortunadamente es pequeño. El cannabis puede ser la causa de psicosis tóxicas que desaparecen con el paso del tiempo, o desencadenante de psicosis que aún no habían debutado y que algunos quieren pensar que quizá no aparecerían si no estuviera presente el cannabis.
- ¿Cuál es su posición respecto al discurso que liga marihuana con enfermedad mental?
- No se trata de una posición política. Los psiquiatras con buen criterio opinan que cualquier cosa que sea potencialmente tóxica para el cerebro debe ser directamente desaconsejada. Hoy por hoy no existe evidencia científica de la relación causal entre el cannabis y la esquizofrenia, y no lo digo yo, sino la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los informes de los científicos. Lo que ocurre es que no conocemos cuál es el grado de vulnerabilidad que tenemos. Probablemente las enfermedades mentales y la adicción a sustancias comparten una base común y muchas veces coexisten en una misma persona, y no sabemos si ha sido antes el huevo o la gallina.
- ¿Cuál es la evolución en el consumo de cannabis en el País Vasco?
- La serie de estudios Euskadi y Drogas ha ido midiendo esos consumos y tanto el ocasional como el diario han ido creciendo, sobre todo a partir del año 2000. Probablemente se ha tocado techo y, además, como se ha normalizado tanto, ya no tendrá tanto atractivo.
- ¿Cuáles son los problemas asociados a los porros?
- Los más habituales, como las dificultades en los estudios, están en relación directa con la frecuencia del consumo; los que fuman a diario tienen más problemas, más aún los que fuman muchos porros al día. Las estadísticas señalan que 136 personas que tenían problemas con los porros acudieron durante 2004 a consulta por primera vez en la red pública. Hay que tener en cuenta a los que van para no pagar una multa por consumo público o debido a que los padres se asustan, de modo que muchas personas que acuden a consulta no necesitan tratamiento.
- En los últimos años hay cierta corriente dominante que sostiene que el cannabis es más peligroso de lo que se presumía. ¿Es ésta una percepción con rigor científico o interesada de quienes consideran que hay condescendencia social con el porro?
- Hay quien piensa que alarmando a la población va a conseguir que los jóvenes se asusten y no consuman, pero también esto es falso; los adolescentes que más drogas consumen son los que más riesgos asumen, y les supone un reto hacerlo. No es porque desconozcan los riesgos. El acceso a la información se ha democratizado enormemente, todo está en internet y los programas de prevención llegan a la mayoría de chicos y chicas en Euskadi. Decir medias verdades sólo sirve para que todos desconfiemos de los informadores. No hay que menospreciar el peligro que supone iniciarse en cualquier sustancia durante la adolescencia, por el momento de desarrollo en el que se encuentra el cerebro, pero a los jóvenes hay que decirles lo que hoy sabe la ciencia.
- ¿Mantiene su apuesta por la reducción de daños?
- La reducción de riesgos y daños es una estrategia madura que ha demostrado ampliamente su eficacia para reducir los problemas de salud y sociales relacionados con las drogas, pero no es incompatible con tratar de llevar al consumidor a tratamiento, hacia la abstinencia. Es lo que persiguen todos los programas, y mientras tanto procurar que el consumo no se realice con muchos riesgos.
Tres expertos coinciden en el peligro que entraña la iniciación a los estupefacientes cuando el joven carece de mecanismos de autocontrol
SAN SEBASTIÁN. DV. Lourdes Ortigosa, responsable de tratamiento ambulatorio de Agipad, focaliza su posición más crítica respecto a la incidencia de los porros entre los adolescentes en la «banalización» de los riesgos alimentada en los últimos años. Parte del principio de que «consumir drogas supone riesgos», y que estos se acrecientan cuando la persona es menor de edad.
¿Crece el número de tratamientos de deshabituación al cannabis? En Agipad, que lleva casi tres décadas atendiendo a personas con drogodependencias, la estadística desmiente esa hipótesis y, en todo caso, precisa que es en personas adultas «entre las que sí hay más casos en los últimos cinco años».
La responsable de Agipad refiere que entre los menores de edad, las demandas de ayuda provienen de padres «preocupados porque perciben síntomas llamativos, como el abandono escolar o de su estilo de vida habitual». Las peticiones también las hacen jóvenes de 18-20 años «que fuman menos que cuando comenzaron con 12-13 años, pero que, desde el punto de vista psicopatológico, presentan trastornos disruptivos y de personalidad que tienen que ver con su vida familiar, escolar. relacional y social».
En estos casos, se trata de jóvenes que no tienen una dependencia muy fuerte, pero que se han pasado ciegos media juventud: «Acumulan una trayectoria en la que el tránsito de la vida infantil a la adulta lo hacen echando mano del cannabis, pero no sólo, porque beben cantidades importantes de alcohol». Cuando intentan dejarlo afloran síntomas de ansiedad, dificultades para conciliar el sueño... «El consumo de cannabis ha enmascarado otros aspectos problemáticos -prosigue Ortigosa-. Si una persona que tiene trastorno de ansiedad ha estado utilizando el cannabis, cuando lo deja se desata más su ansiedad».
Incongruencia social
La asociación causa-efecto entre consumo de marihuana y enfermedad mental no responde a la realidad, según Lourdes Ortigosa. «Ni mucho menos, aunque está claro que en las personas que se inician en el consumo de drogas a una edad temprana, -12, 13, 14 años- , el factor riesgo es algo a tener muy en cuenta, porque puede desencadenar trastornos severos de salud mental que no se hubieran evidenciado si no se hubiera puesto en contacto con esas sustancia».
Por ello lamenta la incongruencia de un discurso social en el que «hay leyes, servicios, profesionales, educadores... al servicio de la prevención, pero luego existe una condescendencia social hacía el cannabis, con tópicos como que es una droga blanda, etcétera. Hay que poner las cosas en su sitio a la vista. No se puede banalizar el que un joven entre en contacto con las drogas».
Juantxo Apilánez, responsable de acogida de Proyecto Hombre en Hernani, tiene la misma percepción sobre la asociación entre drogas y trastorno mental. «La demanda de consumidores de cannabis, de entre 18 y 22 años, que presentan una psicosis asociada aumenta paulatinamente de año en año. Ahora bien, los pronósticos son diferentes, algunas psicosis remiten y otras se cronifican, por lo que hay que asegurar un largo periodo de abstinencia y un adecuado tratamiento farmacológico para realizar un diagnostico apropiado. No obstante, ese aumento también se produce porque los tratamiento se solicitan a edades más tempranas». De hecho, anuncia que Proyecto Hombre va a crear un servicio para personas que presentan una patología mental severa, «porque cada vez hay más casos, pero no sólo por cannabis, y para gente joven».
¿Existe una relación de causa-efecto entre consumo de porros y patologías psiquiátricas? Apilánez apunta que es la discusión candente entre los profesionales: «Seguramente en bastantes casos el hachís despierta o promueve psicosis. Ahora tengo mis dudas de que si no hubieran consumido, no se hubieran producido esos cuadros; quizás hubieran sido otros los detonantes, como un conflicto laboral, afectivo, familiar...».
La detección de problemas psiquiátricos en consumidores de drogas no se puede atribuir en exclusiva al cannabis. «Hoy en día los chavales hacen consumos muy compulsivos, comienzan con tabaco, alcohol, cannabis, quizás en ese orden; para después en algunos casos dar un salto en el que terminan por consumir otras sustancias. En este sentido, evoca que en los años 80 «la heroína daba problemas asociados a delincuencia, síndrome de abstinencia, pero psiquiátricamente no había deterioro, -sí después de 20 años de consumo-. Los consumidores de drogas ahora presentan un deterioro más psíquico, tanto en adultos como en jóvenes».
Percepción errónea
El consumo más o menos generalizado de los porros se explica, en parte, por una confluencia de factores que han disparado la permisividad: «El problema es que esa permisividad promueve consumos más tempranos. No es lo mismo fumar un porro a los catorce años que a los veinticuatro; hay una quinta de padres, entre los 40 y 50 años, que hemos vivido una época de drogas diferente y que tenemos una percepción diferente, de que no tan son malas sino en función de cómo se consuman. Se ha caído en ese error que al final nos lleva a ser más permisivos con el consumo, porque se le da una función lúdica».
Carlos Jiménez es psicopedagogo y director técnico de Norbera, un programa de la fundación Izan de apoyo a adolescentes guipuzcoanos de entre 14 y 18 años que se encuentran en situación de riesgo o desprotección. Defiende que no hay que banalizar las cosas, pero tampoco «dramatizarlas» y en este sentido asegura que «la edad de inicio en los consumos no está bajando, permanece estable desde hace cinco años. Por ahí no hay que alarmarse».
Comparte con Ortigosa y Apilánez que «lo más peligroso» es que se ha reducido la percepción del riesgo. «Aquí nos encontramos cada vez más con chicos y chicas de 14, 15 y 16 años que consumen hachís y marihuana en muchos casos a diario y piensan que es algo normal». Esos porros tienen una «relación directa» con brotes psicóticos en algunos adolescentes que tienen predisposición genética, -«hasta que fuman no saben si la tienen o no», -aunque «ni son casos alarmantes ni numerosísimos. Hay casos, es verdad, pero también los tuvimos hace diez años. Otra cosa es que como cada vez hay más jóvenes que fuman, haya más chicos diagnosticados con estas patologías».
Fracaso escolar 100%
El director técnico de Norbera señala que si alguna relación causa-efecto se puede establecer de modo incontrovertible es con el fracaso escolar. «Ahí no hay dudas. Un chaval de ESO que consuma hachís a diario, como vienen muchos, sabe que si quiere aprobar tendrá que dejarlo o reducir drásticamente su consumo». Los canutos inducen síndrome amotivacional -no tener ganas de hacer nada- y disminuyen la capacidad de concentración y la memoria a corto plazo, -«olvidas lo estudiado la víspera»-.
Jiménez no se echa las manos a la cabeza por el número de porreros afectados «sino por la baja percepción del riesgo y por lo normalizado que está en la sociedad actual que se fumen porros. Las razones que explican esta mirada social benevolente hacia esta droga son varias, a su juicio: «En su día se creó la imagen de que la droga mala de verdad era la heroína; muchos padres de adolescentes porreros lo fueron en su día o lo son ahora, y por ejemplo, toleran que sus hijos cultiven plantas; hay una visión equívoca asociada a cierta ideología más progresista, queda bien; hace poco salió una actriz fumándose un porro en TV, y vivimos en una sociedad en la que los adultos consumimos otras drogas, porque se ha inoculado que la felicidad es consumir».
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