ACÁ y ALLÁ· La intervención de un tercero ayuda a los contrincantes a poner las cosas en claro, señala una experta en mediación escolar·
Una regla de oro para el mediador: no creerse juez. La imparcialidad es un elemento fundamental
LaGaceta 3 MAY. TUCUMÁN AR.
“Cada relación es distinta. No hay recetas”, advierte la pedagoga Graciela Garrido, especialista en habilidades sociales comunicativas y con experiencia en mediación escolar. No obstante, se pueden dar algunas claves para mejorar el diálogo familiar entre los hermanos. “Ponerse en el lugar del otro, intentar respetar las diferencias y saber escuchar” son las tres claves para el entendimiento, ese valor tan escaso en las familias de hoy, bombardeadas por la televisión, los desencuentros y la falta de tiempo para el diálogo.
En primer lugar, hay que buscar un horario para el encuentro, sin que altere la dinámica diaria de la familia. Puede ser a la hora del almuerzo o de la cena, por la tarde, a la siesta, a la noche, al volver todos juntos de la escuela y del trabajo, en ese corto trayecto entre la escuela y la casa. Cualquier momento se puede convertir en un “espacio” constante y propio de la familia para dialogar.
A la hora de actuar
“No siempre debo tener la última palabra en las discusiones”. “Poder escuchar y modificar mi opinión sin cambiar mis principios”. “Aceptar que la otra persona puede tener la razón”. Estas son algunas de las enseñanzas que se deben tratar de transmitir en el diálogo diario de la casa. ¿Cómo? Con el ejemplo. Es el camino más efectivo. Dialogar sin perder de vista estos preceptos ayuda a los chicos a internarlizarlos.
- Cuando los chicos se pelean la solución del conflicto puede ser más fácil cuando un adulto intenta mediar. En la escuela, el programa de “Mediación escolar” pone en práctica esta estrategia con los alumnos mayores, actuando como mediadores.
- Lo primero para ser mediador es estar convencido de querer hacerlo. El mediador - explica la licenciada Garrido - debe intentar que las partes se escuchen. Para ello, debe lograr primero que hagan silencio. Que dejen de gritarse.
- El mediador debe escuchar detenidamente cada una de las posturas de las partes y transmitirlas en forma exacta. Este proceso se llama parafraseo. Se abre así un camino para que uno lo escuche al otro. “En un tono tranquilo de voz, trato de reproducir exactamente, con las mismas palabras, lo que el otro está diciendo. El que está mediando mantiene la tranquilidad y logra que los chicos se expresen en forma respetuosa”, explica.
- Hay pautas que marcan un encuadre. 1- Vamos a tener turnos para tomar la palabra. 2. Se debe hablar de manera respetuosa, sin ofensas.
- Repetir lo que dice uno al otro, con tranquilidad, suavemente. “Muchas veces, cuando los chicos están enojados, no se escuchan, pero cuando es otro quien le transmite lo que el chico quiso decir, comienza a funcionar el proceso de la comunicación”, explica Garrido. Esto ocurre en el parafraseo, repetir tal cual lo pronuncia la otra parte. Quizás la primera vez no advierte el mensaje, pero sí la segunda, señala.
- El fin es un acuerdo entre las partes. No hay que ser juez. La tarea del mediador es únicamente lograr que los chicos se escuchen el uno al otro. “Es increíble ver los resultados, porque hasta la postura del cuerpo cambia; primero comienzan dándose la espalda y, cuando se escuchan y se entienden, llegan a un acuerdo, y después siguen conversando.
- El mediador es un puente, nada más. El mediador debe tratar de que las partes lleguen a un acuerdo sin escaladas de violencia. Es ayudar a que se escuchen, a ponerse en el lugar del otro, sin perder sus intereses.
A veces, sin querer, los padres premian al que cumple mejor con sus ideales
La debilidad de los padres por uno de sus hijos porque cumple con los ideales o los sueños no realizados de los adultos, son factores decisivos en el surgimiento de actitudes de competitividad y rivalidad entre los hermanos, explica la licenciada Silvina Cohen Imach, especialista en violencia familiar. “Sin querer, al premiar a quien lo hace mejor (cumplir con el deseo de los padres) y penalizar al que no cumple su ideal, los adultos introducen a sus hijos en la lógica de la comparación, ubicándose en una carrera por su atención, su amor y su reconocimiento”, afirma la especialista, presidenta de la fundación Antígona. Los padres deben reconocer en cada hijo su propio deseo y establecer una ley sensata e igualitaria entre ellos, reconoce la psicóloga.
Cuando nace un nuevo hermanito, siempre hay alguien que sufre
“Este fenómeno entre descendientes ha existido siempre y es tan antiguo como lo son las familias. La historia de Caín y Abel es un ejemplo de lo ancestral de la problemática, al relatar el primer fratricidio de la historia de la humanidad. Así parece casi inevitablemente, en la infancia de nuestros niños, cada vez que un nuevo miembro se incorpora a la familia, cuando sienten que prefieren a otro hermano, cuando se sienten dejados de lado. Entonces, sobreviene la pelea, con el objeto de restablecer lo perdido, que en definitiva, no es sino la manifestación de la competencia por el amor de los padres”, señala Cohen Imach. “Pero estas manifestaciones de los vínculos fraternos pueden presentarse tanto dentro de lo normal, así como también en forma patológica. Se debe analizar cada caso”, advirtió.
Los hermanos sean unidos
Los cotidianos ciclos entre pelas y reconciliaciones de los niños. Los padres deben actuar con equidad y justicia.
“Son perro y gato, en la casa; pero carne y uña en la calle”, cuenta Ricardo en relación con sus dos hijos varones. Los hermanos se pelean y al rato vuelven a amigarse. Eso es más que frecuente; “es natural dentro de la estructuración psíquica del niño”, explica Silvina Cohen Imach, especialista en violencia familiar. Pero puede convertirse en una relación “enferma” si los padres no actúan con justicia y equidad.
En casi todas las familias hay un Abel y un Caín
“Hay dos televisores en la casa, pero ellos se empeñan en ver en el mismo aparato programas distintos. Por la mañana, a los dos se les ocurre ir al baño a la misma hora, justo antes de ir a la escuela; y si uno ya está adentro, el otro patea la puerta como si quisiera tirarla abajo ...”. Las quejas de Sonia -la mamá de estas dos monadas de varones, de 10 y 11 años- son escuchadas una y otra vez por amigas, parientes y vecinos. Y la respuesta es siempre la misma: “no te aflijás, es normal. Todos los hermanos se pelean”.
Si bien “mal de muchos, consuelo de tontos”, la verdad es que los psicólogos coinciden en que los conflictos entre hermanos son comunes. Cuando hay chicos más o menos de la misma edad, son frecuentes las disputas, las rivalidades, las competencias. A veces, diferencias milimétricas entre la cantidad de gaseosa que se sirve en el vaso de uno y otro puede desatar feroces rabietas.
“Las peleas entre hermanos constituyen un momento normal dentro de la estructuración psíquica de un niño. Es un fenómeno complejo, dado tanto por la multiplicidad de factores que intervienen, como por los efectos que genera (momentos de angustia, de vulnerabilidad y de rebeldía), al tratar de atraer la atención de los padres”, explica la psicóloga Silvina Cohen Imach, especialista en violencia familiar.
“La rivalidad y la competencia se dirige entre hermanos porque son semejantes. El enfrentamiento con este otro, visto como el ‘intruso’, ‘el doble’, comporta compromisos narcisistas considerables y reactiva, al mismo tiempo, conflictos edípicos (deseo de ocupar un lugar de privilegio en el deseo de los padres)”, afirma la experta.
Dicho de otra manera, por el psicoanalista Manuel Andújar: “los hermanos se pelean porque están luchando por el amor de los padres”. “Y es todavía más complicada la lucha que tiene que hacer el hijo único, porque al no tener hermanos tiene que enfrentarse con una imagen excesivamente poderosa y cara a sus sentimientos, que es el padre. Mientras que con el hermano, la situación se balancea entre el dar y el recibir, que después se proyectará en el lazo social (en su vida de relación); de modo que esta dinámica le sirve casi como un ensayo para la vida”.
Ahora ¿cómo deben actuar los padres para evitar una lucha sin cuartel? Andújar señala que es necesario advertir cuándo estas peleas son “un síntoma de un malestar familiar” y actuar en consecuencia. Propone crear un espacio de diálogo, dando lugar a lo participativo, pero cuidando de no ponerse en un lugar de “padres culposos”, advierte el psicoanalista.
Hay que tener en cuenta que muchas veces estas peleas se hacen más críticas en etapas difíciles como el nacimiento de un hermano y la adolescencia. Con el tiempo, los hermanos se “reconcilian”. En término psicoanalíticos: “esa rivalidad, centrada en los celos y envidia, deviene en un incipiente espíritu comunitario en virtud de conservar el amor de los padres. Según Freud, aquel sentimiento comunitario deriva de un cambio de signo de un sentimiento inicialmente hostil en un sentimiento tierno”, señala Cohen Imach.
Sin embargo, esto no siempre ocurre. Las peleas pueden persistir en la vida futura cuando no hay un adulto capaz de generar entre los chicos “una legalidad y el sentido de justicia”, advierte Cohen Imach. “Cuando en la familia se forman dos equipos contrincantes”, añade Andújar.
Historias cotidianas
“EN CASA se pelean como perro y gato, pero salen a la calle y son carne y uña. Si este se entera de que alguien le quiere pegar a su hermano, se viene al humo y lo enfrenta al otro. ‘No te vayas a querer acercar a mi hermano porque te hago papilla’, le dice”, cuenta Ricardo, padre de dos hijos, Ricardo -el mayor, de 10 años- y Gonzalo, de 9.
“MI HERMANO es la persona que más quiero en mi vida. Me lleva cuatro años. Me cuida y me aconseja, y además me lleva a bailar y me pasa a buscar. Pero es re- re celoso. No sé qué voy a hacer el día que me ponga de novia. Le tengo más miedo a él que a mi papá”. (Roxana, 14 años).
“NOS LLEVAMOS pesimo. No lo soporto, quizás porque es varón y tiene 8 años. Grita, lleva a casa a sus amigos, revuelven el cajón de los juguetes y dejan todo hecho un verdadero desastre. Mi mamá no le dice nada, y yo me muero de odio. No puedo escuchar música en paz. Cuando estoy en mi cuarto con mis amigas, entra sin pedir permiso. Y si le tranco la puerta, grita como un chancho, hasta que mi mamá me reta a mí por culpa de él” (Romina, 13 años).
“NO LA SOPORTO. Cuando era chico la odiaba, no la podía ni ver porque era gritona y demandona. Ahora está más calmada, pero quedó esa enemistad, que nunca supimos superar. (Alvaro, 28 años).
No hay que crear diferencias
Punto de vista por Yolanda Teresa Campi, psicóloga
Los lazos de sangre no garantizan que las relaciones entre hermanos sean buenas. En algunas ocasiones, los padres u otros familiares contribuyen al desencuentro de las relaciones. Cada hijo interioriza el papel que su familia le asigna: “el responsable”, “el tímido”, “el vago”, “el simpático”… Estas asignaciones provocan diferencias de trato y hacen que los hermanos se conviertan en rivales.
En la adolescencia, el deseo de emancipación puede enfriar aún más las relaciones. Se recomienda no rehuir ningún suceso del pasado. Todo puede hablarse. Las relaciones no son difíciles, las hacemos complicadas, pues tenemos una forma particular y única de afrontar lo que nos ocurre. Lo que complica es que queremos imponernos frente a los demás y peleamos por tener “la razón”, pretendiendo que los otros estén de acuerdo y nos entiendan y comprendan.
Al hablar de los hijos no se puede dejar de lado las posturas e ideas o fantasías de los padres. Cada ser humano es diferente y el proceso de autonomía es el resultado de una tensión entre aspectos inmaduros, por un lado, y fuerzas positivas, por otro. Cada hijo recibe y se apropia de aspectos de sus progenitores, y desecha aquellos que no están en armonía consigo mismo, la síntesis la realiza cada uno, y crea su identidad. Existe una tendencia en ciertas familias de hoy a negar sus conflictos, a través de la distracción, de la minimización, la búsqueda de autocuraciones mágicas, decir que con el tiempo pasará. La familia conforma una estructura, de modo tal que la acción de uno de sus miembros compromete e implica a los demás.
Comprender el conflicto significa descubrir su significado. En ocasiones se puede conseguir esto con diálogo y para ello es necesario buscar el espacio y el momento emocional adecuado, y que el otro esté dispuesto a escuchar, evitando las recriminaciones y la victimización que pueden generar culpa y rechazo.
by www.lagaceta.com.ar
[muy buen artículo de Orientación]
Una regla de oro para el mediador: no creerse juez. La imparcialidad es un elemento fundamental
LaGaceta 3 MAY. TUCUMÁN AR.
“Cada relación es distinta. No hay recetas”, advierte la pedagoga Graciela Garrido, especialista en habilidades sociales comunicativas y con experiencia en mediación escolar. No obstante, se pueden dar algunas claves para mejorar el diálogo familiar entre los hermanos. “Ponerse en el lugar del otro, intentar respetar las diferencias y saber escuchar” son las tres claves para el entendimiento, ese valor tan escaso en las familias de hoy, bombardeadas por la televisión, los desencuentros y la falta de tiempo para el diálogo.
En primer lugar, hay que buscar un horario para el encuentro, sin que altere la dinámica diaria de la familia. Puede ser a la hora del almuerzo o de la cena, por la tarde, a la siesta, a la noche, al volver todos juntos de la escuela y del trabajo, en ese corto trayecto entre la escuela y la casa. Cualquier momento se puede convertir en un “espacio” constante y propio de la familia para dialogar.
A la hora de actuar
“No siempre debo tener la última palabra en las discusiones”. “Poder escuchar y modificar mi opinión sin cambiar mis principios”. “Aceptar que la otra persona puede tener la razón”. Estas son algunas de las enseñanzas que se deben tratar de transmitir en el diálogo diario de la casa. ¿Cómo? Con el ejemplo. Es el camino más efectivo. Dialogar sin perder de vista estos preceptos ayuda a los chicos a internarlizarlos.
- Cuando los chicos se pelean la solución del conflicto puede ser más fácil cuando un adulto intenta mediar. En la escuela, el programa de “Mediación escolar” pone en práctica esta estrategia con los alumnos mayores, actuando como mediadores.
- Lo primero para ser mediador es estar convencido de querer hacerlo. El mediador - explica la licenciada Garrido - debe intentar que las partes se escuchen. Para ello, debe lograr primero que hagan silencio. Que dejen de gritarse.
- El mediador debe escuchar detenidamente cada una de las posturas de las partes y transmitirlas en forma exacta. Este proceso se llama parafraseo. Se abre así un camino para que uno lo escuche al otro. “En un tono tranquilo de voz, trato de reproducir exactamente, con las mismas palabras, lo que el otro está diciendo. El que está mediando mantiene la tranquilidad y logra que los chicos se expresen en forma respetuosa”, explica.
- Hay pautas que marcan un encuadre. 1- Vamos a tener turnos para tomar la palabra. 2. Se debe hablar de manera respetuosa, sin ofensas.
- Repetir lo que dice uno al otro, con tranquilidad, suavemente. “Muchas veces, cuando los chicos están enojados, no se escuchan, pero cuando es otro quien le transmite lo que el chico quiso decir, comienza a funcionar el proceso de la comunicación”, explica Garrido. Esto ocurre en el parafraseo, repetir tal cual lo pronuncia la otra parte. Quizás la primera vez no advierte el mensaje, pero sí la segunda, señala.
- El fin es un acuerdo entre las partes. No hay que ser juez. La tarea del mediador es únicamente lograr que los chicos se escuchen el uno al otro. “Es increíble ver los resultados, porque hasta la postura del cuerpo cambia; primero comienzan dándose la espalda y, cuando se escuchan y se entienden, llegan a un acuerdo, y después siguen conversando.
- El mediador es un puente, nada más. El mediador debe tratar de que las partes lleguen a un acuerdo sin escaladas de violencia. Es ayudar a que se escuchen, a ponerse en el lugar del otro, sin perder sus intereses.
A veces, sin querer, los padres premian al que cumple mejor con sus ideales
La debilidad de los padres por uno de sus hijos porque cumple con los ideales o los sueños no realizados de los adultos, son factores decisivos en el surgimiento de actitudes de competitividad y rivalidad entre los hermanos, explica la licenciada Silvina Cohen Imach, especialista en violencia familiar. “Sin querer, al premiar a quien lo hace mejor (cumplir con el deseo de los padres) y penalizar al que no cumple su ideal, los adultos introducen a sus hijos en la lógica de la comparación, ubicándose en una carrera por su atención, su amor y su reconocimiento”, afirma la especialista, presidenta de la fundación Antígona. Los padres deben reconocer en cada hijo su propio deseo y establecer una ley sensata e igualitaria entre ellos, reconoce la psicóloga.
Cuando nace un nuevo hermanito, siempre hay alguien que sufre
“Este fenómeno entre descendientes ha existido siempre y es tan antiguo como lo son las familias. La historia de Caín y Abel es un ejemplo de lo ancestral de la problemática, al relatar el primer fratricidio de la historia de la humanidad. Así parece casi inevitablemente, en la infancia de nuestros niños, cada vez que un nuevo miembro se incorpora a la familia, cuando sienten que prefieren a otro hermano, cuando se sienten dejados de lado. Entonces, sobreviene la pelea, con el objeto de restablecer lo perdido, que en definitiva, no es sino la manifestación de la competencia por el amor de los padres”, señala Cohen Imach. “Pero estas manifestaciones de los vínculos fraternos pueden presentarse tanto dentro de lo normal, así como también en forma patológica. Se debe analizar cada caso”, advirtió.
Los hermanos sean unidos
Los cotidianos ciclos entre pelas y reconciliaciones de los niños. Los padres deben actuar con equidad y justicia.
“Son perro y gato, en la casa; pero carne y uña en la calle”, cuenta Ricardo en relación con sus dos hijos varones. Los hermanos se pelean y al rato vuelven a amigarse. Eso es más que frecuente; “es natural dentro de la estructuración psíquica del niño”, explica Silvina Cohen Imach, especialista en violencia familiar. Pero puede convertirse en una relación “enferma” si los padres no actúan con justicia y equidad.
En casi todas las familias hay un Abel y un Caín
“Hay dos televisores en la casa, pero ellos se empeñan en ver en el mismo aparato programas distintos. Por la mañana, a los dos se les ocurre ir al baño a la misma hora, justo antes de ir a la escuela; y si uno ya está adentro, el otro patea la puerta como si quisiera tirarla abajo ...”. Las quejas de Sonia -la mamá de estas dos monadas de varones, de 10 y 11 años- son escuchadas una y otra vez por amigas, parientes y vecinos. Y la respuesta es siempre la misma: “no te aflijás, es normal. Todos los hermanos se pelean”.
Si bien “mal de muchos, consuelo de tontos”, la verdad es que los psicólogos coinciden en que los conflictos entre hermanos son comunes. Cuando hay chicos más o menos de la misma edad, son frecuentes las disputas, las rivalidades, las competencias. A veces, diferencias milimétricas entre la cantidad de gaseosa que se sirve en el vaso de uno y otro puede desatar feroces rabietas.
“Las peleas entre hermanos constituyen un momento normal dentro de la estructuración psíquica de un niño. Es un fenómeno complejo, dado tanto por la multiplicidad de factores que intervienen, como por los efectos que genera (momentos de angustia, de vulnerabilidad y de rebeldía), al tratar de atraer la atención de los padres”, explica la psicóloga Silvina Cohen Imach, especialista en violencia familiar.
“La rivalidad y la competencia se dirige entre hermanos porque son semejantes. El enfrentamiento con este otro, visto como el ‘intruso’, ‘el doble’, comporta compromisos narcisistas considerables y reactiva, al mismo tiempo, conflictos edípicos (deseo de ocupar un lugar de privilegio en el deseo de los padres)”, afirma la experta.
Dicho de otra manera, por el psicoanalista Manuel Andújar: “los hermanos se pelean porque están luchando por el amor de los padres”. “Y es todavía más complicada la lucha que tiene que hacer el hijo único, porque al no tener hermanos tiene que enfrentarse con una imagen excesivamente poderosa y cara a sus sentimientos, que es el padre. Mientras que con el hermano, la situación se balancea entre el dar y el recibir, que después se proyectará en el lazo social (en su vida de relación); de modo que esta dinámica le sirve casi como un ensayo para la vida”.
Ahora ¿cómo deben actuar los padres para evitar una lucha sin cuartel? Andújar señala que es necesario advertir cuándo estas peleas son “un síntoma de un malestar familiar” y actuar en consecuencia. Propone crear un espacio de diálogo, dando lugar a lo participativo, pero cuidando de no ponerse en un lugar de “padres culposos”, advierte el psicoanalista.
Hay que tener en cuenta que muchas veces estas peleas se hacen más críticas en etapas difíciles como el nacimiento de un hermano y la adolescencia. Con el tiempo, los hermanos se “reconcilian”. En término psicoanalíticos: “esa rivalidad, centrada en los celos y envidia, deviene en un incipiente espíritu comunitario en virtud de conservar el amor de los padres. Según Freud, aquel sentimiento comunitario deriva de un cambio de signo de un sentimiento inicialmente hostil en un sentimiento tierno”, señala Cohen Imach.
Sin embargo, esto no siempre ocurre. Las peleas pueden persistir en la vida futura cuando no hay un adulto capaz de generar entre los chicos “una legalidad y el sentido de justicia”, advierte Cohen Imach. “Cuando en la familia se forman dos equipos contrincantes”, añade Andújar.
Historias cotidianas
“EN CASA se pelean como perro y gato, pero salen a la calle y son carne y uña. Si este se entera de que alguien le quiere pegar a su hermano, se viene al humo y lo enfrenta al otro. ‘No te vayas a querer acercar a mi hermano porque te hago papilla’, le dice”, cuenta Ricardo, padre de dos hijos, Ricardo -el mayor, de 10 años- y Gonzalo, de 9.
“MI HERMANO es la persona que más quiero en mi vida. Me lleva cuatro años. Me cuida y me aconseja, y además me lleva a bailar y me pasa a buscar. Pero es re- re celoso. No sé qué voy a hacer el día que me ponga de novia. Le tengo más miedo a él que a mi papá”. (Roxana, 14 años).
“NOS LLEVAMOS pesimo. No lo soporto, quizás porque es varón y tiene 8 años. Grita, lleva a casa a sus amigos, revuelven el cajón de los juguetes y dejan todo hecho un verdadero desastre. Mi mamá no le dice nada, y yo me muero de odio. No puedo escuchar música en paz. Cuando estoy en mi cuarto con mis amigas, entra sin pedir permiso. Y si le tranco la puerta, grita como un chancho, hasta que mi mamá me reta a mí por culpa de él” (Romina, 13 años).
“NO LA SOPORTO. Cuando era chico la odiaba, no la podía ni ver porque era gritona y demandona. Ahora está más calmada, pero quedó esa enemistad, que nunca supimos superar. (Alvaro, 28 años).
No hay que crear diferencias
Punto de vista por Yolanda Teresa Campi, psicóloga
Los lazos de sangre no garantizan que las relaciones entre hermanos sean buenas. En algunas ocasiones, los padres u otros familiares contribuyen al desencuentro de las relaciones. Cada hijo interioriza el papel que su familia le asigna: “el responsable”, “el tímido”, “el vago”, “el simpático”… Estas asignaciones provocan diferencias de trato y hacen que los hermanos se conviertan en rivales.
En la adolescencia, el deseo de emancipación puede enfriar aún más las relaciones. Se recomienda no rehuir ningún suceso del pasado. Todo puede hablarse. Las relaciones no son difíciles, las hacemos complicadas, pues tenemos una forma particular y única de afrontar lo que nos ocurre. Lo que complica es que queremos imponernos frente a los demás y peleamos por tener “la razón”, pretendiendo que los otros estén de acuerdo y nos entiendan y comprendan.
Al hablar de los hijos no se puede dejar de lado las posturas e ideas o fantasías de los padres. Cada ser humano es diferente y el proceso de autonomía es el resultado de una tensión entre aspectos inmaduros, por un lado, y fuerzas positivas, por otro. Cada hijo recibe y se apropia de aspectos de sus progenitores, y desecha aquellos que no están en armonía consigo mismo, la síntesis la realiza cada uno, y crea su identidad. Existe una tendencia en ciertas familias de hoy a negar sus conflictos, a través de la distracción, de la minimización, la búsqueda de autocuraciones mágicas, decir que con el tiempo pasará. La familia conforma una estructura, de modo tal que la acción de uno de sus miembros compromete e implica a los demás.
Comprender el conflicto significa descubrir su significado. En ocasiones se puede conseguir esto con diálogo y para ello es necesario buscar el espacio y el momento emocional adecuado, y que el otro esté dispuesto a escuchar, evitando las recriminaciones y la victimización que pueden generar culpa y rechazo.
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[muy buen artículo de Orientación]







