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jueves, 19 de julio de 2007
TRiBUNA· ÁLVARO BERMEJO, ESCRITOR · Pasarse de la raya
«El verdadero enemigo no es tanto el río de cocaína que blanquea nuestras noches, ni las nuevas sustancias de diseño, sino el horizonte de vacío total que las hace posibles y hasta deseables».

SAN SEBASTIÁN 19/JUL/07 DV.
Con los primeros veranos del nuevo siglo se pusieron de moda aquellas maratonianas fiestas de música electrónica, las raves, donde el estruendo ambiente se unía a las taquicardias inducidas por nuevas sustancias de síntesis. Drogas «relajantes» como el GHB o la ketamina venían a completar la farmacopea psicotrópica habitual de las noches españolas donde el cannabis y la cocaína circulan con una permisividad total. Las fiestas rave ofrecían titulares fáciles para estigmatizar un modelo de ocio tan alienante como estupefaciente. Nunca faltaban tres o cuatro jóvenes ingresados en los servicios de urgencias del hospital más cercano a causa de una brutal parada cardiorrespiratoria.

¿Sucedía lo mismo en los eventos folk & country como los Sanfermines? ¿Se ingerían las mismas sustancias de diseño, aquí «comprendidas» como un exceso puntual de los buenos mozos de la tierra? Y aun así, ¿se veía traficar en plena calle pero se callaba a causa de esa bula de indulgencia en forma de «pañuelico colorao» que preserva de toda censura cualquier descalabro siempre que venga «bendecido» por el culto a las esencias?

Posiblemente las noches rave y las de los Sanfermines se intoxicaban con los mismos venenos. Pero estas últimas se disimulaban más, o no se veían tanto. En esta última edición de la fiesta navarra, sin embargo, las cámaras de algunos medios europeos han incluido una significativa novedad: además de los cogidos por los toros en los encierros, servían imágenes de los «cogidos» por la coca.

Daba qué pensar ver a chicos y chicas bien jóvenes, apenas adolescentes, derrumbados por cócteles que dejan pálido el coma etílico -aunque eso sí, vestidos como el label de lo autóctono-. No obstante, lo estremecedor pasaba por la desenvoltura con que camellos de todo pelaje ofrecían a los cámaras un arsenal de «sustancias divertidas» incluida esa variante del MDMA, el cristal, que pasa por ser la nueva reina de la fiesta.

Desde esta mirada se entiende mejor el último informe de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga, publicado el pasado mes de junio, según el cual el consumo de cocaína España ha superado ya al de EE UU, situándose cuatro veces por encima de la media europea. Se entiende asimismo que según datos del Observatorio Nacional este «pasarse de la raya» también se haya cuadruplicado entre los escolares españoles. Y hasta acaba por no sorprender que en un estudio auspiciado por el Gobierno Vasco -Drogas y Escuela 2006-, se detecten las mismas alarmas y se llegue a las mismas conclusiones: llamadas a la responsabilidad y a la prevención, insistencia en el papel de la educación y más anteproyectos prometiendo planes milagro que reducirán el avance de esta lacra entre los jóvenes.

Dicho esto y pagado el óbolo del fariseo, ¿podemos preguntarnos por qué ninguno de estos planes milagro funciona, pues el consumo de drogas crece exponencialmente en nuestro país, y, en consecuencia, podemos comenzar a exigir responsabilidades?

Algo debe temerse el Gobierno cuando anuncia para el próximo otoño un nuevo estudio, en respuesta al publicado por la Oficina de la ONU, donde se detecta que el consumo de cocaína entre los adolescentes ha comenzado a bajar, «entre tres y seis puntos». Sin duda, el estudio sería más creíble si viniera refrendado por una instancia neutral, como Proyecto Hombre. Hasta podría resultar plenamente convincente si todos fuéramos ciegos y no viéramos lo que vimos en las noches de Sanfermín o lo que sin duda alguna veremos en las próximas Aste Nagusiak de aquí y de allá.

Contra toda alarma social -pero también contra toda evidencia-, los diagnósticos oficiales nos explican que estas cifras disparadas en un país que es la puerta de entrada de tantas drogas resultan poco menos que inevitables. Y, a la hora de evitarlas se nos invita a relativizar cualquier protocolo represor, recordándonos que la adolescencia es así. Un tiempo donde hay que experimentarlo todo, incluidas ciertas transgresiones. Tras el análisis comprensivo la propedéutica también resulta recurrente: es preciso dotar a estos chicos de pautas educativas eficaces, fomentar en ellos el sentido de la responsabilidad, y ayudar a padres y educadores para que recuperen el principio de autoridad.

Todo suena de lo más rusoniano hasta que esa lección choca con la realidad. Por más que padres y educadores promuevan los mejores valores, sobre el envés de sus palabras prospera un apabullante modelo de sociedad y un fomento del ocio sin límites regado por todos los excesos, donde hay que ser poco menos que un héroe para no ingresar en la oscura cofradía de cualquier adicción.

¿En qué se han convertido muchas de nuestras fiestas populares? ¿Quién vela porque exista un mínimo control, no ya de ruido y de higiene, sino de venta y consumo de alcohol entre menores? ¿Qué ha sido del principio de autoridad que tanto se invoca, en ese territorio comanche bendecido por la complacencia institucional de todos los veranos?

Un sociólogo tan poco represor como Lipovetsky no se cansa de insistir en que cuanto más liberal y consumista es una sociedad más drogadicción siembra. Pues es precisamente el consumo de drogas de todo tipo el que ayuda a mantener los valores, simultáneamente competitivos y alienantes, sobre los que se funda nuestro modelo de ocio y de negocio. Por cada anuncio de prevención contra las drogas, hay doscientos impactos publicitarios desafiándonos a vivir al límite. De nada sirve desnudar ese modelo de vida a tope, denigrándola como fruto de una pulsión consumista y compulsiva, si no se acompaña con alternativas convincentes. Y es que, por encima de toda admonición y aun de cualquier prohibición, la palabra clave para combatir el consumo de sustancias adictivas se conjuga, precisamente, con el verbo seducir.

A los que confundieron la fiesta de su vida con su propio funeral. A los que cayeron desde el amor compartido a las drogas autistas. A los sedientos de emociones fuertes y a los hambrientos de triunfos que nunca llegan. A los hijos normales de padres normales que nunca llegaron a comunicarse con ellos. A los que descendieron los peldaños del alcohol y las drogas blandas hasta caer en el infierno más negro y más duro. A todos ellos hay que invitarles a abrir los ojos y enfrentarse a sí mismos cara a cara. Este es el paso previo para que descubran que un modelo de ocio que se funda en un lodazal de borrachos, que aplaude el ponerse ciego de todo y que incluye la autodestrucción, no tiene nada que ver con las seducciones verdaderas.

El verdadero enemigo no es tanto el río de cocaína que blanquea nuestras noches, ni las nuevas sustancias de diseño, sino el horizonte de vacío total que las hace posibles y hasta deseables.

¿Tienes algo de verdad con que llenar tu vida? Esa podría ser la primera pregunta. Pero es nuestro modelo de sociedad en su conjunto quien necesita, perentoriamente, una respuesta. DV

ImagenAlvaro Bermejo Marcos (San Sebastián, 1959) es licenciado en Historia y colaborador en diversas publicaciones. De entre la gran cantidad de premios literarios que ha obtenido, destacan el premio Nacional de Literatura del Gobierno Vasco "Pío Baroja 1987" por la novela "La Madonna de la Tempestad"(Arnao, 1988) y el Premio de relatos "Max Aub 1989".
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