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lunes, 23 de julio de 2007
Expertos de la provincia creen que los psicólogos escolares deben asesorar a los padres para tratarlos a tiempo· Los cuadros depresivos se vuelven crónicos o aparecen varias veces a lo largo de la vida cuando no se curan
· «Tengo un peso encima y no me lo puedo quitar». La depresión afecta a personas cada vez más jóvenes, según denuncian los especialistas.
ROCÍO HEREDIA/CÁDIZ
Juan es un chico de ocho años que comienza a preocupar a sus padres porque de un tiempo a esta parte ha cambiado. Se irrita fácilmente, no logra concentrarse y parece que siempre está aburrido y cansado. Aunque hasta ahora había tenido un buen rendimiento escolar, ha dejado de hacer los deberes de casa y en clase no presta atención. Además, le cuesta conciliar el sueño y tiene peor apetito. Reconoce que se siente mal y cree que es el culpable de su extraño comportamiento.

Este caso, descrito por la doctora Patrizia Marruffi, miembro de la Asociación Española de Psiquiatría Infanto-Juvenil, es un ejemplo típico de trastorno depresivo en la edad escolar, una patología cada día más frecuente. De hecho, según sus datos, el 2% de los escolares y el 5% de los adolescentes sufre un cuadro de este tipo. Pero la prevalencia aumenta progresivamente con la edad y entre los 15 y los 18 años el 14% de la población ha padecido alguna vez un trastorno depresivo mayor.

Sin diagnóstico ni terapia

El problema es que la mayoría de los cuadros leves pasan inadvertidos para los padres y los profesores y eso hace que no sean diagnosticados, no reciban tratamiento y, por tanto, no lleguen a curarse. Cuando esto sucede, lo habitual es que el trastorno reaparezca varias veces durante la vida o incluso se vuelva crónico. De hecho, las recaídas son muy frecuentes y, según explicó la doctora Marruffi, se producen en el 40% o el 60% de los casos.

Para evitar que esto ocurra es necesario que exista «un mayor asesoramiento» por parte de los psicólogos escolares, para que alerten a los padres de cualquier cambio de actitud en el niño y puedan detectar a tiempo el trastorno. La familia se siente a menudo desorientada y no sabe a quién acudir cuando observa un comportamiento extraño en los menores. «Los padres tienen bastante difícil el recurrir a alguien, pero deberían hablar en principio con su pediatra o con el psicólogo escolar, para que les orienten», señaló la especialista. Pese a las dudas que puedan surgir, los padres están «cada vez más concienciados» con este problema y se dirigen al especialista cuando sospechan que sus hijos pueden sufrir un trastorno depresivo. Sin embargo, existen pocos médicos formados en psiquiatría infanto-juvenil y «mucha demanda de orientación», según la experta.

    TRASTORNO FRECUENTE
    Síntomas: Varían según la etapa del desarrollo, pero los niños suelen tener ansiedad, irritabilidad, frustración, trastornos de conducta, alucinaciones auditivas y aislamiento social. Los adolescentes padecen más trastornos del sueño y del apetito, sentimientos de inutilidad y culpabilidad e ideas de suicidio.

    Origen: Las causas más comunes son la pérdida de uno de los padres (por muerte o separación) o de otro familiar, el cambio de colegio, el fracaso escolar o una enfermedad grave. Pero también existe una predisposición genética.

    Prevalencia: Se habla de que un 0,5% de los niños en edad preescolar padece depresión, así como el 2% de los escolares y el 5% de los adolescentes. Entre los 15 y los 18 años el 14% ha sufrido en algún momento un trastorno depresivo.

    Tratamiento: En niños y adolescentes se utiliza terapia psicológica, que resulta eficaz aunque entre el 40% y el 60% de los casos sufren recaídas y son necesarios los tratamientos continuados. A veces se hace necesaria la terapia familiar, para que los padres aprendan a utilizar con sus hijos métodos positivos de disciplina. De esta forma, aumentarán su autoestima.

Trastornos distintos

La depresión infantil incluye un conjunto de trastornos distintos, que van desde la sintomatología depresiva más leve (humor bajo, que puede llegar a convertirse en un rasgo de la personalidad) hasta el trastorno depresivo mayor, que resulta más fácil de identificar. La mitad de los niños afectados presenta además otros trastornos asociados, como ansiedad, fobia o hiperactividad. Y en la mayoría de los casos reciben tratamiento para estos problemas pero no para la depresión.

El desencadenante puede ser la pérdida de un progenitor u otro familiar por muerte o separación, el cambio de escuela o el fracaso escolar. Pero, según la doctora Marruffi, «todos los niños y adolescentes, tarde o temprano, se ven sometidos a estos acontecimientos y sólo un 5% o un 10% desarrolla una depresión». Al parecer, existe una predisposición biológica a sufrir este tipo de trastornos y eso explicaría el que en algunas familias se manifieste generación tras generación.

Cambio de actitud

En general, los padres deben preocuparse cuando observen un cambio importante de humor en el niño que se prolongue más de diez días, y lo vean triste o irritable, cuando pierda interés por actividades que antes le gustaban, se muestre fatigado, sin energía y falto de concentración. Los niños suelen sufrir ansiedad, que se refleja en dolor de cabeza o abdominal, cambios en la conducta y frustración. Los adolescentes deprimidos tienen problemas para conciliar el sueño, pierden el apetito, se sienten inútiles y culpables y tienen ideas de suicidio recurrentes.

Sin embargo, estos cuadros tienen curación si siguen el tratamiento adecuado, que consiste generalmente en una terapia psicológica, con el objetivo de que el joven aprenda a controlar la tristeza, la irritabilidad y la ansiedad, y adquiera habilidades sociales para afrontar las dificultades cotidianas.

A veces resulta necesario trabajar con la familia, para que los padres aprendan a utilizar métodos positivos de disciplina, a controlar sus emociones de hostilidad, a escuchar a los hijos y aumentar su autoestima. Pero para llegar a la curación y evitar que el trastorno reaparezca es fundamental que los casos tengan un seguimiento prolongado, algo en lo que fallan la mayoría de las familias, según reconoció la doctora Marruffi. LVD

Una etapa 'feliz'

PATRIZIA MARRUFFI BONFANTE. Un poco inexplicablemente, digo esto porque todos hemos sido niños y adolescentes y recordamos haber experimentado la tristeza en esa época, la niñez se ha identificado culturalmente con un periodo sustancialmente feliz, como si los niños no tuvieran razones para deprimirse, como si la depresión tuviera que estar ligada a problemas de adultos, como el paro o el divorcio... Actualmente, por el hecho de que los pequeños, aparentemente, lo tienen todo, juguetes, libros, ordenadores, ropa de marca... la creencia popular tiende a considerar que tendrían aún menos razones para deprimirse.

La depresión infantil ha sido uno de los trastornos en que las diferentes posturas de los especialistas se han enfrentado y cuestionado con disparidad de opiniones. Me refiero, por ejemplo, a los psicoanalistas, que con el mito del niño feliz negaban, en realidad, la existencia del trastorno; para otros se trataba de un problema no específico y enmascarado con otras patologías, como las fobias infantiles, la ansiedad generalizada o la hiperactividad, con o sin déficit de atención. Pero dejando a un lado los enfrentamientos, los últimos datos sobre depresión infantil hablan de un 0,5% de casos en edad preescolar, un 2% en edad escolar y un 5% de jóvenes. Las cifras ascienden paulatinamente con la edad, y en adolescentes entre 15 y 18 años, un 14% ha sufrido un trastorno depresivo mayor en algún momento de su vida.

Estos datos nos hacen reflexionar sobre el hecho que son trastornos comunes y frecuentes y, además, hay que considerar que tienden a repetirse a lo largo de la vida. Los episodios graves no son difíciles de diagnosticar para los médicos o psicólogos, pero muchas veces la patología es leve o se instaura lentamente o está asociada a otros trastornos, por lo que casi una mayoría de los niños con el problema no están diagnosticados y no reciben tratamiento. LVD

  • «Tengo un peso encima y no me lo puedo quitar»
    Una especialista en psicología infantil y una orientadora educativa analizan las principales características del fenómeno de las depresiones entre los más pequeños


    Imagen
    AYUDA. La doctora Concha de la Rosa es experta en psicología infantil. / FOTO: NURIA REINA

    RAÚL ESTÉVEZ / CÁDIZ
    No hay nada más triste que un niño triste. Los especialistas que trabajan diariamente con pequeños a los que ha golpeado el pesado mazo de la depresión lo saben de sobra. Lo peor es que cada vez hay más chiquillos cuya expresión natural de alegría y entusiasmo es devorada por la pesadumbre. Las causas de este fenómeno son variadas y complejas, incluso puede ser que ahora se perciba como una enfermedad infantil lo que hace unos años se consideraba tan sólo una anomalía del comportamiento. «Antes no se creía que un niño pudiera sufrir una enfermedad de estas características, pero ahora sabemos que la pueden padecer en la misma proporción que los adultos. Por tanto, podemos detectar los síntomas de una depresión en un niño de forma más rápida y precisa y, por eso, puede parecer que haya más casos que antes», explica la directora de la Unidad de Salud Mental Infantil de Cádiz (USMI), Concha de la Rosa.

    Los propios especialistas en psicología infantil reconocen que aunque se haya avanzado mucho en los últimos años en este campo, aún queda por recorrer un largo camino hasta poder atender a los pequeños de la forma más eficaz. De hecho, no existe una titulación oficial orientada a la psicología infantil y los expertos como De la Rosa realizan su labor gracias a un continuo aprendizaje, que permite devolver la alegría a muchos niños depresivos. «Sabemos, por ejemplo, que entre los más pequeños, o sea, hasta los cinco o seis años, la depresión puede reflejarse en dolores físicos como continuas cefaleas o molestias estomacales. Por eso, aconsejamos a cualquier padre o madre que baraje la posibilidad de un problema de depresión si su hijo no responde a los tratamientos habituales para este tipo de dolencias durante un periodo prolongado de tiempo», explica De la Rosa.

    La depresión es más fácil de detectar entre los pequeños que ya han cumplido los seis años, ya que los síntomas de la enfermedad se asemejan a los de los adultos. «Suele haber un cambio más o menos drástico en sus ganas de comer, trastornos del sueño o cambios de humor. También se refleja con un cansancio general, poco entusiasmo e, incluso, algunos afirman claramente que están tristes. Una frase habitual de los niños enfermos es: Tengo un peso encima y no me lo puedo quitar», asegura De la Rosa.

    Como sucede en otras muchas enfermedades, la detección temprana es clave para evitar males mayores. Por eso, una de las misiones fundamentales de los orientadores educativos que trabajan en los centros escolares de la provincia es percibir si algún alumno atraviesa por una fase depresiva. «Es cierto que se está notando en las aulas un aumento en los casos de niños con problemas de pérdida de vitalidad o comportamientos poco naturales para un pequeño. Si notamos algún síntoma indicativo de una depresión, como el aislamiento o el rechazo de otros niños, llamamos a los padres, intentamos atenderlo nosotros en la propia escuela y si es un caso más grave lo trasladamos a un equipo de salud mental», explica la coordinadora del equipo técnico provincial de Orientación Educativa, María Antonia Zorrilla.

    Ambas especialistas coinciden en recomendar tranquilidad a los padres si perciben algún síntoma de depresión en su hijo, no crear alarma y acudir a su pediatra lo antes posible. Un pequeño esfuerzo por recuperar la sonrisa de un niño triste. LVD

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