ACÁ y ALLÁ· El niño agresor cree que la intimidación es el camino correcto para obtener respeto y poder·
Formas de detección y orientaciones para actuar
Rosa Escribano / Primera Hora 23 de julio de 2007 Guaynabo, Puerto Rico
Cuando las autoridades escolares califican a un niño de “angelito”, esto a los padres les suena a música celestial. Sin embargo, cuando, en vez de halagos, lo que llega es una notificación de que ese pequeño con cara de inocencia se dedica a intimidar, con un comportamiento agresor, a otros en la escuela, la desilusión puede tornarse abrumadora.
En la actualidad, es común hacer referencia sobre los niños que manifiestan su incomodidad de ir a la escuela porque son molestados por otros. Pero, cuando se habla de la otra cara de la moneda, a muchos padres les cuesta trabajo admitir que su hijo sea capaz de asumir una conducta de intimidación. O, lo que es igual, que ha llegado a convertirse en un abusador o agresor, lo que en inglés se conoce como un bully. Pero, ¿cómo se debe proceder en este caso? ¿Por qué algunos niños manifiestan este comportamiento?
Ataque al más débil
Al describir a un bully, el psicólogo Carlos Sosa explica que se refiere “al que se aprovecha de otros niños de una edad similar porque los ve más vulnerables, los percibe más débiles”. Por eso, “eligen víctimas que, a su parecer, no van a tomar represalias”. Este grupo puede estar compuesto por niños con diversas características, tales como “aquellos con problemas de sobrepeso, que usen espejuelos, que presenten diferencias físicas, que reflejen deficiencias en el aprendizaje o, en caso contrario, que se destaquen en el salón de clases por ser muy aplicados”, describe el doctor. Para valerse de la conducta de intimidación, el pequeño agresor puede hacer uso de burlas o violencia física y amenazas, entre otros recursos.
Aunque es muy común que este comportamiento se manifieste a cualquier edad, lo cierto es que “se refleja, en gran medida, durante los primeros años escolares, tanto en el sistema de educación pública como privada”. Además, es usual que ocurra en ambos géneros. “Donde se observa cierta diferencia es en la manera de demostrarlo”, señala Sosa. “Por lo general, las niñas tienden a herir más a nivel emocional, mientras que los varones usan más la agresión física y la amenaza”.
Por otro lado, Sosa menciona con énfasis la importancia de que los padres aprendan a reconocer lo que se puede denominar como una situación de conflicto pasajero, a la de un patrón de intimidación y burla constante. “Hay padres que piensan que este tipo de agresión es normal durante la infancia y pueden caer en el error de pasarlo por alto”, menciona el psicólogo. “Pero, se debe prestar atención a la situación y analizar si esa broma que molestó a otro niño o la manifestación de algún episodio de enojo no trasciende los límites de la tolerancia”. De lo contrario, “hay que tomar acción porque este comportamiento afecta tanto al agredido como al agresor”.
Diversas las causas
Existen diversas razones que propician esta conducta negativa. “Es probable que se trate de niños o jóvenes que presencien situaciones difíciles en sus casas, como violencia doméstica, maltrato, divorcio”, enumera el psicólogo. “Los hijos tienden a imitar lo que aprenden en el hogar, incluyendo actitudes violentas”, aclara. De ahí que “muchas veces actúen de esa manera porque piensan que es normal”.
Por otro lado, este comportamiento también puede tener su origen en “problemas de autoestima”. Por lo general, “se trata de niños frustrados. En ocasiones, no son exitosos en el ámbito académico, así que canalizan éstas y otras debilidades a través de una actitud intimidante”, señala el doctor. Además, esta conducta les hace “sentir superiores porque les hace pensar que tienen poder”.
A su vez, el psicólogo observa que “la sociedad nuestra es muy violenta y fomenta la idea de que el más agresivo es el más poderoso”. Por lo tanto, “el pequeño agresor puede interpretar que ése es el camino para lograr esta meta”.
Indiferencia que hace daño
El doctor señala que, al ser notificados sobre la manifestación de este comportamiento en su hijo, una de las reacciones más comunes en los padres suele ser la de la negación. Pero, esta actitud puede resultar nociva en el desarrollo del niño. “Cegarse es una manera de negar que el hijo tiene problemas”, menciona Sosa. “A largo plazo, estos niños pueden tener diversos conflictos que los van a afectar en su adultez”, alerta el psicólogo. Entre éstos, menciona problemas de adaptación social y de conducta criminal, “en vista de que no fueron controlados a tiempo. Ése puede ser el costo de no hacer nada”. De hecho, en ocasiones, “los padres pasan por alto que muchas de estas conductas de agresión en sus hijos se clasificarían como delitos si se tratara de un adulto”.
Además, el doctor añade que “estos niños se convierten en víctimas de sí mismos porque, eventualmente, los amigos se alejan y presentan dificultades para sobresalir en el mundo profesional y social”.
Apoyo escolar
Resulta aconsejable que el padre cuente con el apoyo del maestro o consejero escolar para ayudar en el cambio de este comportamiento. “El maestro debe observar la dinámica del niño más allá del espacio del salón de clases. El buen maestro es consciente de ello y lo hace”, indica el psicólogo. “También, es de gran relevancia que la administración escolar pertinente diseñe estrategias eficaces para que este tipo de problema se mantenga al margen”, añade. “La administración debe ser proactiva en identificar problemas de este tipo, en vez de actuar con indiferencia ante el niño objeto de agresión, porque esta actitud es una forma de patrocinar esta conducta inadecuada”, concluye el doctor.
El psicólogo Carlos Sosa menciona que existen diversas formas en que un niño puede manifestar una conducta de agresión. Dichas señales se pueden dar de modo separado así como en conjunto.
Una vez los padres tienen constancia de que su hijo está presentando problemas de agresión, como el que envuelve la intimidación, es importante tomar acción al respecto para corregir tal comportamiento. El psicólogo Carlos Sosa menciona los siguientes consejos:
Es común que el niño bully (agresor) crea que la intimidación es el camino correcto para obtener respeto y poder. /Primera Hora, Gerald López-Cepero
Formas de detección y orientaciones para actuar
Rosa Escribano / Primera Hora 23 de julio de 2007 Guaynabo, Puerto Rico
Cuando las autoridades escolares califican a un niño de “angelito”, esto a los padres les suena a música celestial. Sin embargo, cuando, en vez de halagos, lo que llega es una notificación de que ese pequeño con cara de inocencia se dedica a intimidar, con un comportamiento agresor, a otros en la escuela, la desilusión puede tornarse abrumadora.
En la actualidad, es común hacer referencia sobre los niños que manifiestan su incomodidad de ir a la escuela porque son molestados por otros. Pero, cuando se habla de la otra cara de la moneda, a muchos padres les cuesta trabajo admitir que su hijo sea capaz de asumir una conducta de intimidación. O, lo que es igual, que ha llegado a convertirse en un abusador o agresor, lo que en inglés se conoce como un bully. Pero, ¿cómo se debe proceder en este caso? ¿Por qué algunos niños manifiestan este comportamiento?
Ataque al más débil
Al describir a un bully, el psicólogo Carlos Sosa explica que se refiere “al que se aprovecha de otros niños de una edad similar porque los ve más vulnerables, los percibe más débiles”. Por eso, “eligen víctimas que, a su parecer, no van a tomar represalias”. Este grupo puede estar compuesto por niños con diversas características, tales como “aquellos con problemas de sobrepeso, que usen espejuelos, que presenten diferencias físicas, que reflejen deficiencias en el aprendizaje o, en caso contrario, que se destaquen en el salón de clases por ser muy aplicados”, describe el doctor. Para valerse de la conducta de intimidación, el pequeño agresor puede hacer uso de burlas o violencia física y amenazas, entre otros recursos.
Aunque es muy común que este comportamiento se manifieste a cualquier edad, lo cierto es que “se refleja, en gran medida, durante los primeros años escolares, tanto en el sistema de educación pública como privada”. Además, es usual que ocurra en ambos géneros. “Donde se observa cierta diferencia es en la manera de demostrarlo”, señala Sosa. “Por lo general, las niñas tienden a herir más a nivel emocional, mientras que los varones usan más la agresión física y la amenaza”.
Por otro lado, Sosa menciona con énfasis la importancia de que los padres aprendan a reconocer lo que se puede denominar como una situación de conflicto pasajero, a la de un patrón de intimidación y burla constante. “Hay padres que piensan que este tipo de agresión es normal durante la infancia y pueden caer en el error de pasarlo por alto”, menciona el psicólogo. “Pero, se debe prestar atención a la situación y analizar si esa broma que molestó a otro niño o la manifestación de algún episodio de enojo no trasciende los límites de la tolerancia”. De lo contrario, “hay que tomar acción porque este comportamiento afecta tanto al agredido como al agresor”.
Diversas las causas
Existen diversas razones que propician esta conducta negativa. “Es probable que se trate de niños o jóvenes que presencien situaciones difíciles en sus casas, como violencia doméstica, maltrato, divorcio”, enumera el psicólogo. “Los hijos tienden a imitar lo que aprenden en el hogar, incluyendo actitudes violentas”, aclara. De ahí que “muchas veces actúen de esa manera porque piensan que es normal”.
Por otro lado, este comportamiento también puede tener su origen en “problemas de autoestima”. Por lo general, “se trata de niños frustrados. En ocasiones, no son exitosos en el ámbito académico, así que canalizan éstas y otras debilidades a través de una actitud intimidante”, señala el doctor. Además, esta conducta les hace “sentir superiores porque les hace pensar que tienen poder”.
A su vez, el psicólogo observa que “la sociedad nuestra es muy violenta y fomenta la idea de que el más agresivo es el más poderoso”. Por lo tanto, “el pequeño agresor puede interpretar que ése es el camino para lograr esta meta”.
Indiferencia que hace daño
El doctor señala que, al ser notificados sobre la manifestación de este comportamiento en su hijo, una de las reacciones más comunes en los padres suele ser la de la negación. Pero, esta actitud puede resultar nociva en el desarrollo del niño. “Cegarse es una manera de negar que el hijo tiene problemas”, menciona Sosa. “A largo plazo, estos niños pueden tener diversos conflictos que los van a afectar en su adultez”, alerta el psicólogo. Entre éstos, menciona problemas de adaptación social y de conducta criminal, “en vista de que no fueron controlados a tiempo. Ése puede ser el costo de no hacer nada”. De hecho, en ocasiones, “los padres pasan por alto que muchas de estas conductas de agresión en sus hijos se clasificarían como delitos si se tratara de un adulto”.
Además, el doctor añade que “estos niños se convierten en víctimas de sí mismos porque, eventualmente, los amigos se alejan y presentan dificultades para sobresalir en el mundo profesional y social”.
Apoyo escolar
Resulta aconsejable que el padre cuente con el apoyo del maestro o consejero escolar para ayudar en el cambio de este comportamiento. “El maestro debe observar la dinámica del niño más allá del espacio del salón de clases. El buen maestro es consciente de ello y lo hace”, indica el psicólogo. “También, es de gran relevancia que la administración escolar pertinente diseñe estrategias eficaces para que este tipo de problema se mantenga al margen”, añade. “La administración debe ser proactiva en identificar problemas de este tipo, en vez de actuar con indiferencia ante el niño objeto de agresión, porque esta actitud es una forma de patrocinar esta conducta inadecuada”, concluye el doctor.
- El doctor Carlos Sosa es psicólogo y ejerce práctica privada en el Condominio El Centro II, oficina 233, en Hato Rey. Para citas puedes llamar al 787-755-2402 o al 787-640-2823.
Modelos: Gabriel Rivera Egozcue, Enrique J. Ramos Aponte, Yarianis Sánchez y Yariangelis Sánchez.
El psicólogo Carlos Sosa menciona que existen diversas formas en que un niño puede manifestar una conducta de agresión. Dichas señales se pueden dar de modo separado así como en conjunto.
- Comportamiento agresivo emocional. Es usual que se manifieste de modo sutil. Por ejemplo, puede basarse en excluir a la víctima de un círculo de amistades, evitando que se incorpore al mismo.
- Comportamiento agresivo físico. Se hace uso de la violencia física para intimidar. Este patrón incluye golpear, dar patadas, morder, halar el cabello y pellizcar, entre otros.
- Comportamiento agresivo verbal. Se utilizan las palabras para ofender y agredir, ya sea a través de malas palabras, sobrenombres o burlas concernientes a la raza o la nacionalidad, al peso o a otra característica física, entre otras.
- Comportamiento agresivo sexual. Se refiere al uso de comentarios de índole sexual, así como al contacto físico con la víctima (ya sea a través de roces o tocando sus partes íntimas, por ejemplo) sin que ésta lo haya consentido.
Una vez los padres tienen constancia de que su hijo está presentando problemas de agresión, como el que envuelve la intimidación, es importante tomar acción al respecto para corregir tal comportamiento. El psicólogo Carlos Sosa menciona los siguientes consejos:
- El padre o tutor debe empezar por aceptar que el problema existe. Para ello, puede procurar dinámicas que le permitan corroborar la veracidad de tal acusación.
- Es importante fomentar lazos de comunicación que le brinden la confianza al hijo para confesar el porqué de su comportamiento. “El padre debe entender que tiene que ser merecedor de esa confianza”, señala el psicólogo.
- Al confrontarlo, se deben evitar conductas de enfado o violencia, ya que esto daría un mensaje contradictorio en la intención por resolver el comportamiento de agresión. “Se le debe hablar con firmeza, pero con un lenguaje sencillo”, señala el doctor.
- Como parte del diálogo, se le puede preguntar sobre “cómo le están yendo las cosas en la escuela y la casa. Que el niño lo describa desde su propia perspectiva”, sugiere Sosa. La respuesta del niño puede dar una idea del porqué de su conducta inapropiada.
- Debe invitarse al niño a participar de la solución del problema.
- Hay que recordar que los niños tienden a imitar lo que ven en el hogar. El adulto debe observar si manifiesta algún comportamiento que esté incentivando la actitud de agresión del niño.
- Como parte de su crianza, debe procurarse fomentar en los hijos la sensibilidad hacia otras personas, incluyendo sus pares.
- Hay que ayudarlo a conocer formas no violentas de relacionarse con los demás. Incluso, si se observa este comportamiento hacia sus hermanos, debe frenarse a tiempo. A su vez, hay que recordarle que para ser respetado, existen mecanismos que no implican la violencia.
- El problema de la intimidación suele tener origen en la frustración o en problemas de autoestima. Hay que procurar entender qué concepto tiene el niño de sí mismo.
- Se debe observar si en su grupo de amistades hay otros niños con una conducta agresora.
- No hay que olvidar lo importante del refuerzo positivo. El niño debe observar que, así como se le reprende por su mal comportamiento, también se le brinda reconocimiento por una conducta apropiada.
Es común que el niño bully (agresor) crea que la intimidación es el camino correcto para obtener respeto y poder. /Primera Hora, Gerald López-Cepero







