EL JUEZ QUE ME SALVÓ LA VIDA·
Emilio Calatayud, juez de Menores de Granada, famoso por sus métodos de reinserción de adolescentes, nos explica su labor; hablamos con tres chicos, ahora adultos
El juez de Menores ríe durante la charla con Federico (de espaldas), Enrique (con gafas) y Jesús Antonio. Lo peor, saben, ya pasó. El presente es un auténtico regalo. /DIEGO ALQUERACHE
Sus sentencias educativas han bajado la delincuencia en Granada y han aumentado el número de menores que no reinciden en el delito
. En casi 20 años, el «padrazo» ha juzgado a más de 10.000 jóvenes a los que, siempre que puede, da esa segunda oportunidad que todos alguna vez hemos necesitado.
XLsemanal Del 5 al 11 de agosto de 2007 Diego Bagnera
«Mi mayor satisfacción es que ahora estén aquí, sentados a mi lado, rehabilitados, contentos con sus nuevas vidas. ¿Cuándo un juez se encuentra así, amigablemente, como yo hoy, con tres de sus antiguos condenados?» Emilio Calatayud lo dice con auténtico orgullo. Junto a él, Jesús Antonio, Enrique y Federico sonríen a quien todos en Granada conocen también como el «padrazo», el juez de Menores más conocido de España, aquél de las condenas ejemplares que en cada chaval jamás ve a un mero «delincuente», sino a «un joven que cometió un delito» y, aun más, a una víctima de un sistema social que demuestra fracasar cada mañana en la que él vuelve a condenar a un crío. Ante esa instancia, su desafío es claro: rehabilitar sin encerrar a quienes han delinquido, trabajar con ellos en el mismo entorno en el que cometieron sus faltas. Lleva 17 años intentándolo, e incluso lográndolo: el 82 por ciento de los menores que cumplen condenas en el régimen de medio abierto –libertad vigilada y prestación de servicios al beneficio de la comunidad– no reincide en el delito. «Hoy ya evitamos incluso que un 70 por ciento de los menores vaya en un futuro a prisión –explica–, un gran logro de los profesionales que trabajan conmigo y de los que yo soy sólo la cabeza más visible.»
La psicóloga María José Espigares Escudero, miembro de ese equipo de más de 30 psicólogos, trabajadores sociales y pedagogos nucleados en la Asociación Ímeris –una entidad sin ánimo de lucro concertada con la Junta de Andalucía para la ejecución de las medidas judiciales de medio abierto ejecutadas por Calatayud–, no duda en destacar, no obstante, la especial sensibilidad del juez hacia los menores: «No sólo se ocupa de celebrar los juicios: sigue los casos y visita incluso los centros de menores. Puede ser muy riguroso y dictar lo que menos le gusta –un internamiento– pero, aun cuando lo hace, cree que es lo mejor para determinados casos y les dice a los chicos: `No te preocupes, que iré a verte´. Y va».
«Gracias a este hombre, me he convertido en una persona totalmente normal. Muchos no saben lo difícil que es conseguir a veces algo tan sencillo como eso», afirma Federico, de 23 años, a quien este juez nacido en Ciudad Real hace 51 años debió internar dos veces en un centro de menores. El primer ingreso se lo dictó cuando Federico tenía 15 años; el segundo, con 17. ¿Causas?: múltiples. Robo de motos con intimidación, peleas, reiteradas desobediencias judiciales... «Si me hubiera tocado otro juez, no me habría ido tan bien –comenta este hoy rehabilitado joven proyectista eléctrico y futuro ingeniero–. Lo he visto en los centros: gente de otros sitios, que no había pasado por Emilio, y era muy distinta; la encerraban durante cuatro, cinco años, sin más, y no contaban con la posibilidad que yo sí tuve de estudiar. Veías la dureza y la impiedad con las que les habían caído, y esos niños, de tanto estar encerrados y puteados, salen peor. Son chavales perdidos. Y mira que Emilio tiene mano dura, ¿eh?: si debe aplicarte una reclusión, lo hace, pero creyendo que es lo que necesitas y siguiendo tu evolución para ver cuándo estarás preparado para aprovechar una nueva oportunidad de que él pueda sacarte con argumentos. Si tú quieres salir e intentarlo, él te echa un cable. Jamás se desentiende.»
Jesús Antonio, de 23 años también, asiente y sonríe al recordar la primera vez que escuchó hablar del juez: «Un amigo mío de Jaén, que estaba recluido en el centro de menores de Oria, en Almería, llevaba cuatro años allí internado, y, al saber que me juzgarían, me preguntó: `¿Te ha tocado el juez don Emilio?´. Le dije que no lo sabía. `Pues, si te ha tocado, has triunfado...´ [ríen] Y efectivamente, tío... Al principio, no quería saber nada de él ni de María José, la psicóloga, a la que hoy adoro. Yo era un desmadre: el cuerpo del delito. Había dejado los estudios, vivía peleándome, robando, fumando porros. Y, fíjate, mi causa más gorda, por la que me encerraron, fue por desobediencia: Emilio me mandó a limpiar una zona de botellón, y yo no fui. Me lo tomé a cachondeo: `Que vaya a limpiar él´, me dije. Y me equivoqué, y me ingresó, aunque luego, por buena conducta, me rebajó mucho la pena y me devolvió la libertad. Yo le agradezco todo. Me quité de los porros, no he vuelto a robar ni a insultar a mi madre ni a gritar ni nada... He terminado mis estudios y, al ver lo que hoy tengo –mi mujer, mi niño, a mi madre contenta–, dices: `Dios, vaya suerte he tenido´. Y te sientes muy agradecido de que cuando tú no te dabas cuenta de nada, esta gente estuviera generándote unas posibilidades. Y hoy llevo una vida que no veas de buena...».
Con 14.000 juicios celebrados sobre sus espaldas, Calatayud lo tiene claro:
JESÚS ANTONIO EDAD: 23 AÑOS PROFESIÓN: EX SOLDADO DEL EJÉRCITO
«Me encanta esta nueva vida que he logrado forjarme.»
Jesús Antonio asiente: «Totalmente cierto. En el centro de menores, las horas pasan muy, muy lentamente. Es insoportable. Y en ese contexto, tres minutos de conversación telefónica con tu madre es un subidón que no veas». «Fíjate, si no, incluso en Enrique –agrega el juez, señalándolo–: no es un delincuente. Es un chico totalmente normal. Sólo iba en un ciclomotor sin seguro, una infracción que hace unos años era falta penal. Yo debía enviarlo a un centro de día durante cuatro fines de semana y, sabiendo que le gustaba el dibujo, lo saqué de allí y lo mandé a su casa a hacerme un cómic sobre lo que le había pasado. Por eso quise incluirlo en este encuentro: para que la gente vea cómo si tú te limitas a aplicar la ley, fríamente, puedes estropear bastante la vida de un chaval sano, porque si yo hubiera metido a Enrique en un centro de día, entre chorizos como los que eran éstos –señala a Federico y a Jesús Antonio–, le puedes llenar de resentimiento para el resto de su vida. Son críos y viven todo con una intensidad que los adultos olvidamos. Enrique pudo ser cualquiera de nuestros hijos. Lo que le ha pasado a él le pudo pasar al 80 por ciento de los menores de España.»
ENRIQUE EDAD: 21 AÑOS PROFESIÓN: DIBUJANTE E ILUSTRADOR
«Yo era totalmente inocente y no tenía sentimiento de culpabilidad.»
«Por eso estoy tan agradecido a Emilio –explica Enrique, de 21 años–; otro juez, en su lugar, me habría enviado al centro día a cumplir hasta el último minuto y no sé cómo me habría afectado todo eso. Emilio ve a la persona y el hecho por el que debe juzgarte juntos. Evalúa todo y busca la medida que menos te perjudique y la que más te ayude. Encima, fíjate, han pasado unos años y me ha ofrecido que ilustre su libro, Reflexiones de un juez de menores (Dauro), que acaba de publicar. Mira incluso cómo algo que pudo ser tan malo ha acabado dándome frutos.»
En ese libro, Calatayud incluye con aleccionadora ironía un Decálogo para formar un delincuente, una feroz denuncia de cómo los adultos estamos siempre, en última instancia, por acción u omisión, detrás de las faltas de los menores:
FEDERICO EDAD: 23 AÑOS PROFESIÓN: PROYECTISTA ELÉCTRICO
«Recibí una segunda oportunidad, y hasta una tercera y una cuarta…»
MARÍA JOSÉ ESPIGARES ESCUDERO, PSICÓLOGA
La mano derecha del juez
by xlsemanal.com Número: 1032, Del 5 al 11 de agosto de 2007 <>
Emilio Calatayud, juez de Menores de Granada, famoso por sus métodos de reinserción de adolescentes, nos explica su labor; hablamos con tres chicos, ahora adultos
El juez de Menores ríe durante la charla con Federico (de espaldas), Enrique (con gafas) y Jesús Antonio. Lo peor, saben, ya pasó. El presente es un auténtico regalo. /DIEGO ALQUERACHE
Sus sentencias educativas han bajado la delincuencia en Granada y han aumentado el número de menores que no reinciden en el delito
. En casi 20 años, el «padrazo» ha juzgado a más de 10.000 jóvenes a los que, siempre que puede, da esa segunda oportunidad que todos alguna vez hemos necesitado.
XLsemanal Del 5 al 11 de agosto de 2007 Diego Bagnera
«Mi mayor satisfacción es que ahora estén aquí, sentados a mi lado, rehabilitados, contentos con sus nuevas vidas. ¿Cuándo un juez se encuentra así, amigablemente, como yo hoy, con tres de sus antiguos condenados?» Emilio Calatayud lo dice con auténtico orgullo. Junto a él, Jesús Antonio, Enrique y Federico sonríen a quien todos en Granada conocen también como el «padrazo», el juez de Menores más conocido de España, aquél de las condenas ejemplares que en cada chaval jamás ve a un mero «delincuente», sino a «un joven que cometió un delito» y, aun más, a una víctima de un sistema social que demuestra fracasar cada mañana en la que él vuelve a condenar a un crío. Ante esa instancia, su desafío es claro: rehabilitar sin encerrar a quienes han delinquido, trabajar con ellos en el mismo entorno en el que cometieron sus faltas. Lleva 17 años intentándolo, e incluso lográndolo: el 82 por ciento de los menores que cumplen condenas en el régimen de medio abierto –libertad vigilada y prestación de servicios al beneficio de la comunidad– no reincide en el delito. «Hoy ya evitamos incluso que un 70 por ciento de los menores vaya en un futuro a prisión –explica–, un gran logro de los profesionales que trabajan conmigo y de los que yo soy sólo la cabeza más visible.»
La psicóloga María José Espigares Escudero, miembro de ese equipo de más de 30 psicólogos, trabajadores sociales y pedagogos nucleados en la Asociación Ímeris –una entidad sin ánimo de lucro concertada con la Junta de Andalucía para la ejecución de las medidas judiciales de medio abierto ejecutadas por Calatayud–, no duda en destacar, no obstante, la especial sensibilidad del juez hacia los menores: «No sólo se ocupa de celebrar los juicios: sigue los casos y visita incluso los centros de menores. Puede ser muy riguroso y dictar lo que menos le gusta –un internamiento– pero, aun cuando lo hace, cree que es lo mejor para determinados casos y les dice a los chicos: `No te preocupes, que iré a verte´. Y va».
«Gracias a este hombre, me he convertido en una persona totalmente normal. Muchos no saben lo difícil que es conseguir a veces algo tan sencillo como eso», afirma Federico, de 23 años, a quien este juez nacido en Ciudad Real hace 51 años debió internar dos veces en un centro de menores. El primer ingreso se lo dictó cuando Federico tenía 15 años; el segundo, con 17. ¿Causas?: múltiples. Robo de motos con intimidación, peleas, reiteradas desobediencias judiciales... «Si me hubiera tocado otro juez, no me habría ido tan bien –comenta este hoy rehabilitado joven proyectista eléctrico y futuro ingeniero–. Lo he visto en los centros: gente de otros sitios, que no había pasado por Emilio, y era muy distinta; la encerraban durante cuatro, cinco años, sin más, y no contaban con la posibilidad que yo sí tuve de estudiar. Veías la dureza y la impiedad con las que les habían caído, y esos niños, de tanto estar encerrados y puteados, salen peor. Son chavales perdidos. Y mira que Emilio tiene mano dura, ¿eh?: si debe aplicarte una reclusión, lo hace, pero creyendo que es lo que necesitas y siguiendo tu evolución para ver cuándo estarás preparado para aprovechar una nueva oportunidad de que él pueda sacarte con argumentos. Si tú quieres salir e intentarlo, él te echa un cable. Jamás se desentiende.»
Jesús Antonio, de 23 años también, asiente y sonríe al recordar la primera vez que escuchó hablar del juez: «Un amigo mío de Jaén, que estaba recluido en el centro de menores de Oria, en Almería, llevaba cuatro años allí internado, y, al saber que me juzgarían, me preguntó: `¿Te ha tocado el juez don Emilio?´. Le dije que no lo sabía. `Pues, si te ha tocado, has triunfado...´ [ríen] Y efectivamente, tío... Al principio, no quería saber nada de él ni de María José, la psicóloga, a la que hoy adoro. Yo era un desmadre: el cuerpo del delito. Había dejado los estudios, vivía peleándome, robando, fumando porros. Y, fíjate, mi causa más gorda, por la que me encerraron, fue por desobediencia: Emilio me mandó a limpiar una zona de botellón, y yo no fui. Me lo tomé a cachondeo: `Que vaya a limpiar él´, me dije. Y me equivoqué, y me ingresó, aunque luego, por buena conducta, me rebajó mucho la pena y me devolvió la libertad. Yo le agradezco todo. Me quité de los porros, no he vuelto a robar ni a insultar a mi madre ni a gritar ni nada... He terminado mis estudios y, al ver lo que hoy tengo –mi mujer, mi niño, a mi madre contenta–, dices: `Dios, vaya suerte he tenido´. Y te sientes muy agradecido de que cuando tú no te dabas cuenta de nada, esta gente estuviera generándote unas posibilidades. Y hoy llevo una vida que no veas de buena...».
Con 14.000 juicios celebrados sobre sus espaldas, Calatayud lo tiene claro:
- «Uno puede delinquir cuando es joven y no ser por eso un delincuente. Quién no ha tenido una mala época. Por eso defiendo tanto el medio abierto, en el que hoy tengo a 680 menores; privados de libertad, sólo a 70. Y es algo muy duro. Por ello, siempre recomiendo a otros jueces que pasen en prisión 48 horas, y entenderán lo grave que es eso para un chaval. Prefiero por eso equivocarme por flexible, y si no acierto al dejar a alguien libre, cuando lo encierro ya no dudo y puedo decirle: `Me has dado los argumentos que no tenía para encerrarte: has agotado el beneficio de la duda que aún tenía sobre ti´. Por este motivo, me opongo a la nueva reforma de la Ley del Menor que algunos proponen. Sólo busca, una vez más, endurecer las penas. Y antes de modificar nada, hay que valorar el éxito o el fracaso de esa ley, y nadie lo ha hecho: no se puede reformar algo cuyos efectos desconoces sólo porque un caso espeluznante como el del Rafita, el asesino de Sandra Palo, causa un gran impacto mediático. En Granada estamos sacando adelante un 80 por ciento de los casos que llevamos, porque tenemos gente buena, que comete delitos, pero no delincuentes. Si endureces, así, las penas por un caso bestial aislado, corres el riesgo de condenar desmedidamente a otros miles de chicos a los que acabarás perjudicando. Y un menor que delinque es muchas veces, antes que nada, una víctima de unos adultos a los que nadie responsabiliza. Y otra cosa: el cómputo del tiempo en los menores es muy distinto del nuestro. Para un chico como el Rafita, es una eternidad estar encerrado cuatro años, de los 14 a los 18: conforme envejecemos, el tiempo se acelera, pero ésa es nuestra percepción; la de un chico es violentamente distinta. Y se lo debe condenar con los parámetros de su cómputo del tiempo».
JESÚS ANTONIO EDAD: 23 AÑOS PROFESIÓN: EX SOLDADO DEL EJÉRCITO
«Me encanta esta nueva vida que he logrado forjarme.»
Jesús Antonio asiente: «Totalmente cierto. En el centro de menores, las horas pasan muy, muy lentamente. Es insoportable. Y en ese contexto, tres minutos de conversación telefónica con tu madre es un subidón que no veas». «Fíjate, si no, incluso en Enrique –agrega el juez, señalándolo–: no es un delincuente. Es un chico totalmente normal. Sólo iba en un ciclomotor sin seguro, una infracción que hace unos años era falta penal. Yo debía enviarlo a un centro de día durante cuatro fines de semana y, sabiendo que le gustaba el dibujo, lo saqué de allí y lo mandé a su casa a hacerme un cómic sobre lo que le había pasado. Por eso quise incluirlo en este encuentro: para que la gente vea cómo si tú te limitas a aplicar la ley, fríamente, puedes estropear bastante la vida de un chaval sano, porque si yo hubiera metido a Enrique en un centro de día, entre chorizos como los que eran éstos –señala a Federico y a Jesús Antonio–, le puedes llenar de resentimiento para el resto de su vida. Son críos y viven todo con una intensidad que los adultos olvidamos. Enrique pudo ser cualquiera de nuestros hijos. Lo que le ha pasado a él le pudo pasar al 80 por ciento de los menores de España.»
ENRIQUE EDAD: 21 AÑOS PROFESIÓN: DIBUJANTE E ILUSTRADOR
«Yo era totalmente inocente y no tenía sentimiento de culpabilidad.»
«Por eso estoy tan agradecido a Emilio –explica Enrique, de 21 años–; otro juez, en su lugar, me habría enviado al centro día a cumplir hasta el último minuto y no sé cómo me habría afectado todo eso. Emilio ve a la persona y el hecho por el que debe juzgarte juntos. Evalúa todo y busca la medida que menos te perjudique y la que más te ayude. Encima, fíjate, han pasado unos años y me ha ofrecido que ilustre su libro, Reflexiones de un juez de menores (Dauro), que acaba de publicar. Mira incluso cómo algo que pudo ser tan malo ha acabado dándome frutos.»
En ese libro, Calatayud incluye con aleccionadora ironía un Decálogo para formar un delincuente, una feroz denuncia de cómo los adultos estamos siempre, en última instancia, por acción u omisión, detrás de las faltas de los menores:
- «1: Comience desde la infancia dando a su hijo todo lo que pida. Así crecerá convencido de que el mundo entero le pertenece.
2: No se preocupe por su educación ética o espiritual. Espere a que alcance la mayoría de edad para que pueda decidir libremente.
3: Cuando diga palabrotas, ríaselas. Esto lo animará a hacer cosas más graciosas.
4: No le regañe ni le diga que está mal algo de lo que hace. Podría crearle complejos de culpabilidad.
5: Recoja todo lo que él deja tirado: libros, zapatos, ropa, juguetes. Así se acostumbrará a cargar la responsabilidad sobre los demas.
6: Déjele leer todo lo que caiga en sus manos. Cuide de que sus platos, cubiertos y vasos estén esterilizados, pero no de que su mente se llene de basura.
7: Riña a menudo con su cónyuge en presencia del niño, así a él no le dolerá demasiado el día en que la familia, quizá por su propia conducta, quede destrozada para siempre.
8: Dele todo el dinero que quiera gastar. No vaya a sospechar que para disponer del mismo es necesario trabajar.
9: Satisfaga todos sus deseos, apetitos, comodidades y placeres. El sacrificio y la austeridad podrían producirle frustraciones.
10: Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con sus profesores y vecinos. Piense que todos ellos tienen prejuicios contra su hijo y que de verdad quieren fastidiarlo.»
FEDERICO EDAD: 23 AÑOS PROFESIÓN: PROYECTISTA ELÉCTRICO
«Recibí una segunda oportunidad, y hasta una tercera y una cuarta…»
MARÍA JOSÉ ESPIGARES ESCUDERO, PSICÓLOGA
La mano derecha del juez
by xlsemanal.com Número: 1032, Del 5 al 11 de agosto de 2007 <>






