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miércoles, 12 de septiembre de 2007
Cuatro de cada diez estudiantes son víctimas de maltrato por parte de sus compañeros en La Paz· Un 67 por ciento de los estudiantes hombres y 33 por ciento de mujeres ha sido víctima en Bolivia de diversas formas de acoso escolar
Richard Sánchez/ La Época - 17 Ago 2007 La Paz, Bolivia
En abril pasado un adolescente de La Paz, de 16 años, se suicidó porque, según su carta póstuma, no podía aguantar “un día más” los abusos de sus compañeros de aula. Ese mismo mes, otro estudiante se había cansado de la violencia escolar que sufría a diario en la Universidad Virginia Tech, en Estados Unidos. Enloquecido por burlas por su origen, Cho SeungHui blandió un arma y masacró, literalmente, a 32 alumnos y luego se quitó la vida en un episodio que conmovió al mundo. Tiempo después los compañeros de SeungHui reconocieron que se burlaban de él constantemente por su problema de lenguaje y su defectuosa pronunciación del inglés.

En varios países este hecho es denominado "bullying", es decir violencia escolar que puede comenzar en una simple broma. La víctima de elección es, por lo general, el “gordito”, el consabido “nerd”, el vilipendiado “corcho” de la clase.

Un corte de cabello extravagante, una vestimenta apartada de las convenciones y la moda o una forma de hablar distinta a la vulgar dan lugar a este maltrato.

En La Paz, cuatro de cada diez estudiantes son víctimas de maltrato por parte de sus compañeros, según el estudio de la repartición estatal (o la privada) Acción Civil. Y son precisamente los estudiantes de 16 y 18 años quienes sufren con mayor rigor el acoso escolar.

Un 67 por ciento de los estudiantes hombres y 33 por ciento de mujeres ha sido víctima en Bolivia de diversas formas de acoso escolar, de acuerdo con el estudio.

Esta estadística se encuadra en un informe de Unicef, según el que más de dos millones de niñ@s y adolescentes bolivianos han sido maltratados física y psicológicamente, alguna vez, ya sea en el entorno familiar, la escuela, incluso en instituciones de protección (hogares de acogida) o de internamiento por conflicto con la ley penal y en la calle.

Esto revela que la mitad de la población infantil en Bolivia, 4,1 millones, es víctima de violencia.

Un problema muy cercano

La tragedia que provocó el poseso SeungHui en esa universidad estadounidense ha puesto en evidencia esta enfermedad social y soltado las alarmas, pues el fenómeno, que avanza silente como metástasis se ha cobrado ya miles de víctimas.

De hecho, en los países del vecindario regional casos de violencia escolar han hecho saltar la estadística. Tal el caso de cuatro estudiantes que se suicidaron en 2006 en Chile.

Algo similar ocurrió en La Paz cuando el adolescente José, de 16 años, se suicidó porque, según los documentos que guarda celosamente la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (FELCC), era constante el abuso del que era víctima todos los días en el colegio.

Según una carta dirigida a sus padres encontrada por la Policía, “había llegado un momento” en el cual era tan insoportable la situación y que “era mejor morir”.

“Mariquita, maricón…”

“Me encierran en el baño y con sus pinturas (maquillaje) me pintan la cara durante todo el recreo, me pintan la boca con su rouge (lápiz labial), me pintan los ojos, me ponen sombras en mi frente, en mi cara, se ríen, entre ellas, a veces me quitan mi calzón y me ponen en mi cabeza. Cuando toca el timbre, corren al curso y yo me quedo en el baño a lavarme la cara y cuando entro al curso todas se ríen, hasta la profe…”, deplora “Shirley”, una estudiante de 17 años indagada por Acción Civil que buceó en el problema en ocho establecimientos de El Alto y La Paz, tanto particulares (tres) como fiscales (cinco), entre septiembre y noviembre últimos.

Es que el acoso escolar puede manifestarse de diferentes formas como las verbales, tales como insultos y apodos (motes). Las presiones psicológicas tienen que ver con las amenazas proferidas para lograr algo de la víctima, para ejercer poder sobre ella. El aislamiento social, la marginación, ignorando la presencia del o la estudiante en las actividades sociales y curriculares, en la calle, entre amigos o compañeros de clase también se inscriben en esta categoría.

Y, finalmente, las agresiones físicas que se expresan en los infaltables conatos.

Esto último le ocurrió a “Miguel”, de 17 años. “Todos los días me pedía dos pesos (bolivianos), a veces yo le daba de lo que mi papá me daba, pero mi papá a veces no tenía… así que tenía que robarle a mi mamá. Nunca me he quejado, peor decirle a mi mamá, porque me decían que si avisa a alguien le iban a hacer algo a mi hermana”, denunció a la policía.
También a “Román”, de 18 años: “Cuando sale el ‘profe’ de la clase, me rodean los cinco de siempre y comienzan a patear mi banco, mi bulto y las chicas me lanzan papeles arrugados, chicles. Cuando vuelve el profesor no dice nada, pero se da cuenta”.

Otra forma común de acoso escolar es la discriminación por el color de piel o por la forma de vestir. “Son un grupo de cuatro, me dicen ‘cholo de mierda’. Un día se han hecho pis en mi mochila, todas las semanas me hacen algo, me ponen cochinadas en mi mochila, me hacen sentar en la suciedad, me ponen papeles en la espalda que dice ‘burro’, ‘t’ara’ y se ríen”, narra trémulo Mario, de 17 años.

“Cuando he ido a decirle al director que las chicas me llaman puta, todos los días se ríen de mí, me jalan el sostén, me bajan la falda, me dejan papelitos en mis cuadernos con insultos. Me ha dicho: ‘no seas maricona, no te quejes, ya les va a pasar’”, señala por su parte Ana, 16 años, otra de las víctimas silentes de este mal social.

Acosadores y maltratados

Según los datos de Acción Civil, a cuatro de cada diez estudiantes les han puesto apodos (motes, sobrenombres) indignos, mientras que los seis restantes nunca han escuchado algo agradable de parte de sus compañeros.

El estudio revela que el 40 por ciento de estudiantes de secundaria y de últimos cursos de primaria alguna vez sufrieron advertencias de recibir una paliza.

El 70 por ciento de la muestra denunció intimaciones recurrentes para entregar de manera incondicional dinero.
A cuatro de cada diez les formularon preguntas vulgares, mientras que a seis intentaron comprometerlo en algún problema.

La mitad de los estudiantes estudiados afirma que alguna vez recibió críticas ácidas por su apariencia personal, al tiempo de referir expresiones explícitas de daño físico. Seis de cada diez fueron obligados a hacer algo contra su voluntad, siempre según Acción Social.

Estas situaciones de intimidación se producen sobre todo en el curso, durante el cambio de materias, cuando no está presente el profesor, lo que demuestra que a los acosadores les gusta demostrar su fuerza impune, sobre los otros delante toda la clase.

Cuando suceden estos casos, la mitad de los niños y adolescentes afectados prefiere contarlo a un amigo y no a sus padres o profesores.

Un 70 por ciento de los estudiantes preguntados afirma haber maltratado a sus compañeros, un 30 por ciento lo hace con cierta frecuencia e igual cifra afirma que nunca lo ha hecho.
“Los estudiantes que respondieron a este estudio tenían un rango de edad desde los 15 hasta los 19 años, o sea, el ciclo secundario. Se ha trabajado con 246 jóvenes, de los cuales 126 son varones y 120 mujeres, y un total de 27 maestros, 19 mujeres y ocho varones”, reza el informe.

¿Asesinos en potencia?

De acuerdo con la definición de Acción Civil, el maltrato entre compañeros de clase alude a una relación estable, permanente o duradera que un niño o grupo de niños –o niñas– establece con otros basados en la dependencia o el miedo.
“No se trata de fenómenos de indisciplina aislada, sino de un maltrato, hostigamiento, intimidación psíquica y/o física permanente”, dice Karen Flores, directora de Acción Civil.

“De los casos que se conocen a nivel mundial, que se han hecho públicos, se sabe que seis adolescentes de 11 a 13 años se han suicidado en países europeos (tales) como España, Holanda y Londres. A nivel nacional no existen cifras. Se sabe que existe un promedio de seis suicidios de adolescentes en La Paz cada año, pero las causas, por supuesto, son desconocidas”, hace notar Flores.

Sobre el acoso escolar, se alzan voces complacientes según las que “ha sucedido desde siempre” y no puede cambiarse la situación. “Estas creencias inciden en ‘que no se intervenga’ en la búsqueda de una solución. Estas cosas de ‘chicos’ logran forjar las relaciones interpersonales de manera importante”, apunta Flores.

Normalmente los padres no se enteran, pues casi son los últimos en saber qué pasa con sus hijos, y si lo hacen es de forma accidental pues alguien próximo al niño –un compañero de clase o un hermano– es el que da la voz de alarma. El principal motivo por el que un niño no explica en su casa lo que está haciendo en el colegio es porque nadie ha dicho que es bueno decirlo, concluye en estudio.

Pero ¿es posible que en nuestro país se den casos tan sonados como el de SeungHui?

“Esperemos que no, pero creemos que nuestra condición no es todavía tan violenta, no se conocen de casos tan dramáticos que impulsen acciones de hecho tan impactantes. Nuestra juventud no está tan expuesta a ‘cyber juegos’ y a la excesiva violencia en los medios de comunicación, más allá de películas o noticias amarillistas, no es parte de la cotidianeidad nuestra la violencia extrema. No se conoce de casos, salvo excepciones, de personas que resuelven los problemas a través de asesinatos, mujeres que asesinan a sus hijos, asesinos en serie, problemas que están mas ligados a sociedades más ‘avanzadas’”, explica la psicóloga Jesmi Rivero.

Por otro lado, continúa Rivero, a pesar de la existencia indiscriminada de armas blancas en las calles, de fácil acceso para los jóvenes, “creemos que éstas son compradas por verdaderos delincuentes, pandilleros, que motivados por la desesperanza, el abandono o la pobreza recurren a estos medios, como formas de subsistencia, es decir, responde a otro tipo de motivaciones”. la-epoca.com

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