Mientras que al menos 60 mil niños son víctimas de explotación sexual en todo el país, en pleno centro de la capital de la República alrededor de mil jovencitas son obligadas diariamente a vender sus cuerpos
. De este gran negocio –casi tan redituable como el tráfico de drogas y migrantes– se benefician padrotes, hoteles, cantinas, comerciantes y policías del Distrito Federal que les brindan protección, destaca la edición 1610 de Proceso
Proceso.com.mx 10 de septiembre, 2007 MÉXICO
Las prostitutas del callejón de Manzanares, situado en plena zona de La Merced, desfilan en círculo. También lo hacen algunas adolescentes de vientre plano y caderas apenas formándose, púberes pintarrajeadas sobre zapatillas de largos tacones. Piel fresca en el fango. Sus historias son las de siempre: La miseria y la violencia allá en el jacal familiar –perdido en la sierra o en el desierto– las empujaron a la miseria y la violencia de las callejas de La Merced.
Viven uncidas al cansino circuito del callejón de Manzanares, desde las 11 de la mañana hasta las 9 de la noche. Recuerdan la imagen de aquellas mulas que giraban para hacer mover el mecanismo de una noria. Sólo que ellas son esclavas del más sofisticado engranaje de la prostitución infantil.
Confundido entre los clientes, las vigila un musculoso padrote con tatuajes en sus bíceps descubiertos. Pero también las vigilan los meseros de las cantinas, a las que ellas no pueden entrar, las vendedoras de fritangas que ahí cerca colocaron sus anafres mantecosos, los policías que cuidan el acceso al callejón. Todos se benefician del negocio con sus cuerpos.
Un informe que el año pasado realizó el DIF, La prostitución y comercio sexual de menores en la zona de La Merced revela que actualmente trabajan unas 2 mil sexoservidoras en la zona, de las que “poco menos de la mitad son menores de edad”. Fondas, loncherías, baños públicos, cervecerías y hasta inmuebles disfrazados de “consultorios médicos” son otros centros de prostitución infantil, donde las niñas y niños trabajan “alrededor de 12 horas y en ocasiones tienen hasta 10 relaciones sexuales al día”, destaca el reportaje que aparece en el número 1610 de Proceso.
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. De este gran negocio –casi tan redituable como el tráfico de drogas y migrantes– se benefician padrotes, hoteles, cantinas, comerciantes y policías del Distrito Federal que les brindan protección, destaca la edición 1610 de Proceso
Proceso.com.mx 10 de septiembre, 2007 MÉXICO
Las prostitutas del callejón de Manzanares, situado en plena zona de La Merced, desfilan en círculo. También lo hacen algunas adolescentes de vientre plano y caderas apenas formándose, púberes pintarrajeadas sobre zapatillas de largos tacones. Piel fresca en el fango. Sus historias son las de siempre: La miseria y la violencia allá en el jacal familiar –perdido en la sierra o en el desierto– las empujaron a la miseria y la violencia de las callejas de La Merced.
Viven uncidas al cansino circuito del callejón de Manzanares, desde las 11 de la mañana hasta las 9 de la noche. Recuerdan la imagen de aquellas mulas que giraban para hacer mover el mecanismo de una noria. Sólo que ellas son esclavas del más sofisticado engranaje de la prostitución infantil.
Confundido entre los clientes, las vigila un musculoso padrote con tatuajes en sus bíceps descubiertos. Pero también las vigilan los meseros de las cantinas, a las que ellas no pueden entrar, las vendedoras de fritangas que ahí cerca colocaron sus anafres mantecosos, los policías que cuidan el acceso al callejón. Todos se benefician del negocio con sus cuerpos.
Un informe que el año pasado realizó el DIF, La prostitución y comercio sexual de menores en la zona de La Merced revela que actualmente trabajan unas 2 mil sexoservidoras en la zona, de las que “poco menos de la mitad son menores de edad”. Fondas, loncherías, baños públicos, cervecerías y hasta inmuebles disfrazados de “consultorios médicos” son otros centros de prostitución infantil, donde las niñas y niños trabajan “alrededor de 12 horas y en ocasiones tienen hasta 10 relaciones sexuales al día”, destaca el reportaje que aparece en el número 1610 de Proceso.
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