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lunes, 08 de octubre de 2007
La rebelión de los niños olvidados· Un grupo de alumnos de una remota escuela en la jungla personifica los problemas que han asfixiado a Birmania hasta encender la mecha de la revuelta popular
ZIGOR ALDAMA 07 OCT 2007
El sendero es estrecho y su pendiente muy pronunciada. La intensa lluvia convierte el camino en un barrizal, y las piedras que lo jalonan están resbaladizas. Es difícil avanzar. El agua lo empapa todo, y se cuela en el interior de las pequeñas construcciones de madera y bambú que pueblan la jungla del pequeño pueblo de Banlan. Los niños, sin embargo, parecen disfrutar del chaparrón. Juegan y chapotean en uno de los pocos momentos en los que el agua detiene el tiempo y arrastra los problemas que asolan esta región. Es el Triángulo del Oro, la confluencia de Tailandia, Laos y Myanmar -antigua Birmania-, con el río Mekong como vía principal. Un territorio dominado por mafias despiadadas, grupos guerrilleros y uniformes corruptos.

En suelo tailandés, a sólo ocho kilómetros de la frontera con Myanmar, se encuentran los dos edificios de hormigón desnudo que albergan la escuela de Banlan. A las ocho de la mañana el inconfundible griterío de los niños se apodera del patio de tierra batida, y va silenciándose en las aulas. Hay espacio, y presupuesto del Gobierno, para 200 alumnos, pero aquí reciben formación 611 gracias al apoyo de Unicef. Sólo 16 son tailandeses, el resto procede de la antigua Birmania. Entre ellos se pueden encontrar ejemplos de los graves problemas que afectan a cientos de millones de personas en todo el continente, y muy especialmente a los cincuenta millones de Myanmar. Sus sonrisas son fugaces. Cuando abandonan el recinto escolar cae sobre ellos una cruel realidad. La soledad de los huérfanos, el hacinamiento de los refugiados, los efectos del sida, y los recuerdos de las víctimas del tráfico de personas para la prostitución, y para la explotación laboral.

Diferentes fuentes estiman que por el paso de las Tres Pagodas, la principal puerta entre el norte de Tailandia y la convulsa Myanmar, en el Triángulo del Oro, circula entre el 45% y el 60% de la droga que se consume en el sudeste asiático. Por este mismo puesto fronterizo cruzan, cada año, entre 15.000 y 50.000 mujeres y niños birmanos destinados a la prostitución. La mayoría de estas víctimas han sido forzadas o engañadas, y terminan sirviendo a una media de quince clientes diarios en burdeles del sudeste asiático. Las condiciones allí son inhumanas. Lo cuenta Jin, una niña de 14 años rescatada de un burdel de Pattaya, que ahora acude a clase en la escuela de Banlan. «No podíamos salir del edificio, y si el hombre se quejaba la 'mamasan' nos daba una paliza, nos castigaba sin comida, o nos encerraba en cuartos oscuros». Por las Tres Pagodas también cruzan ilegalmente miles de birmanos a los que se explota en la agricultura y la industria.

Lógicamente, todo esto no sería posible sin la connivencia de cientos de militares y policías corruptos que se benefician de un negocio tan lucrativo. En Tailandia, las campañas contra la corrupción han tenido un efecto notable, pero en Myanmar, donde el Ejército es todopoderoso, sólo el éxito de una rebelión popular como la 'revolución azafrán' de este mes podría provocar un cambio.

Los niños son las principales víctimas de los problemas endémicos de la antigua Birmania. Inocentes, indefensos, manejables. Los militares se valen de algunos de ellos en sus filas, y muchas jóvenes son utilizadas como esclavas sexuales. Los más pequeños son también moneda de cambio, mercancía. Algunos tienen suerte y acaban en uno de los muchos campos de refugiados de Tailandia, donde han encontrado un nuevo hogar 150.000 birmanos. En la escuela de Banlan reciben la educación que su país les negó. La vida de nueve alumnos representa la base del descontento social en Myanmar. Ellos personifican las razones que subyacen en la 'revolución azafrán'.

Las principales víctimas

EL CORREO Los niños son las principales víctimas de los problemas endémicos de la antigua Birmania. Inocentes, indefensos, manejables. Los militares se valen de algunos de ellos en sus filas, y muchas jóvenes son utilizadas como esclavas sexuales. Los más pequeños son también moneda de cambio, mercancía. Algunos tienen suerte y acaban en uno de los muchos campos de refugiados de Tailandia, donde han encontrado un nuevo hogar 150.000 birmanos. En la escuela de Banlan reciben la educación que su país les negó. La vida de nueve alumnos representa la base del descontento social en Myanmar. Ellos personifican las razones que subyacen en la 'revolución azafrán'.

NA-00, Nueve años
Explotación laboral

Cinco euros al día no son suficientes para sacar adelante a una familia de ocho miembros. Por eso, todas las manos son necesarias. Incluidas las de Na-oo, de nueve años. Cada día, cuando acaba las clases en Banlan, deja la mochila y se une a sus padres en el 'jardín de las naranjas', una explotación frutícola que da trabajo a muchos inmigrantes ilegales como ellos. Los adultos cobran 1,5 euros al día. Los niños, la mitad. «Si no trabajamos nosotros, no podemos comer», explica el niño. Hace dos años que Na-oo cruzó la frontera a bordo de un camión cargado de electrodomésticos chinos. Junto a él viajaban su madre y sus dos hermanos mayores. Son inmigrantes ilegales, el escalón más bajo del ámbito laboral. Los empresarios se aprovechan de la necesidad, y pagan una cuarta parte de lo que ganaría un tailandés.

JIN, 14 años
Esclavitud sexual

Todavía tiene miedo de caminar sola. «La raptaron cuando iba a casa de su tía, y luego la vendieron a la mafia», explica una de sus profesoras. Sólo tiene 14 años, pero Jin ya ha sufrido mucho más que la mayoría de adultos. Es una de las miles de víctimas del tráfico de personas para la prostitución. Myanmar es uno de los países 'emisores' más importantes de la región. «Las birmanas acaban en burdeles baratos donde son esclavizadas. Algunas son asesinadas, y la mayoría contrae enfermedades como el sida». Afortunadamente, Jin fue rescatada de un burdel de Pattaya, y está «limpia». «La trajeron aquí porque no tiene documentos birmanos y, sin ellos, Myanmar la rechaza».

«No echo de menos mi país», cuenta la niña. «Allí ya no tengo nada, porque mi familia no querrá saber nada de mí después de lo que me ha pasado». Las jóvenes violadas y forzadas a vivir del sexo están estigmatizadas de por vida. «Aquí me tratan bien, y puedo ir a la escuela. Allí muchas chicas como yo acaban muertas a manos del Ejército o de los guerrilleros».

NUCHWARA, 15 años
Minorías étnicas

Nuchwara es el espejo de Jin. Pertenece a la minoría étnica Lahu, y vivía en el estado Karen de Myanmar, al este del país. El Ejército acusó a su familia de colaborar con el Ejército Karen de Liberación Nacional (EKLN), y varios soldados la violaron junto a su madre. Amenazadas de muerte, y huyendo del fantasma de la prostitución que acecha a las víctimas de violaciones, la familia decidió cruzar la frontera a la desesperada sobornando a los militares con los escasos ahorros que tenían. Fueron admitidos en uno de los campos de refugiados cercano a Banlan, a donde se trasladaron un año después. «En la escuela soy una más, porque hay muchos niños de todas las minorías étnicas de Myanmar», cuenta Nuchwara.

KRIT, 11 años
Narcotráfico

No se cambia nunca de ropa. El pantalón de chándal azul y la camiseta con el logotipo de la escuela de Banlan son las únicas prendas que posee. Cuando regresa de la escuela y tiene que recoger la casa y preparar la comida, Krit se quita la ropa y trabaja en calzoncillos. «No quiero ensuciar el uniforme», explica. Sólo tiene 11 años, pero ya es el cabeza de familia. Su progenitor cumple cadena perpetua en una cárcel tailandesa por tráfico de drogas. Su madre trabaja en el 'jardín de las naranjas', y no tiene tiempo para cuidar de su hermano menor, de apenas tres años. «Mi padre es malo», cuenta. «No está con nosotros porque hizo cosas malas, y ahora vivimos mal». Su chabola es la peor acondicionada del pueblo. Ni siquiera los plásticos donados por los vecinos impiden que se inunde la única estancia.

Los tres familiares duermen sobre una colchoneta, y botellas vacías de whisky tailandés demuestran los problemas que su madre tiene con el alcohol. «Empezó a beber cuando llevaron a mi padre a la cárcel. Muchos días la tengo que despertar para que vaya al trabajo y me pega por molestarla, pero luego la verdad es que se echa a llorar». Es un ejemplo de las miles de familias que han quedado rotas por el narcotráfico en el Triángulo del Oro. Los ajustes de cuentas, las detenciones y las muertes por sobredosis se ceban en la población limítrofe.

SRIPET, Nueve años
Sida

El EKLN asesinó a su padre, funcionario de Myanmar, y las amenazó de muerte a ella y a su madre. Con su abuela huyeron a Tailandia, donde su progenitora trabajó en diferentes industrias que utilizan a birmanos ilegales como mano de obra barata. Murió un año después, víctima del sida. Ahora, es la propia Sripet, de nueve años, la que sufre la enfermedad. Ya se manifiesta en forma de heridas que cubren todo su cuerpo. Sin el estatus de refugiada por culpa de simples problemas burocráticos, no tiene acceso a ningún tratamiento médico. La niña vive en un palafito de bambú junto a su abuela, que con 83 años es incapaz de cuidar de ella. Afortunadamente, en la escuela de Banlan no sufre discriminación. «Hay más niños como yo. Nadie se ríe de nosotros y jugamos todos juntos». La generosidad de los vecinos les permite vivir.

REUNKHAM, 10 años
Conflicto armado

Reunkham es hija de un guerrillero arrepentido. «Creo que Myanmar necesita una revolución, pero lamento haber puesto en peligro la vida de mi familia», reconoce el padre. Por eso decidió abandonar el país y buscar refugio en el norte de Tailandia. Reunkham echa de menos su entorno nativo: «Me ha costado hacer amigos aquí, y mis padres trabajan tanto que tengo que cuidar de mi hermana. No hay muchos niños de la etnia Shan en Banlan y siento que algunos no quieren estar conmigo porque mi padre fue guerrillero». Pero la niña se resigna. «Mi padre siempre dice que en casa nos habrían violado o asesinado, y que aquí estamos a salvo. Pero no podemos ir a ninguna parte y casi no tenemos qué comer», se lamenta. Su padre escucha con tristeza mientras acaricia el cabello de Reunkham. «Algún día Myanmar será libre y podremos regresar a casa», le dice. EL CORREO - LR


  • El genocidio silencioso de Birmania
    ...
    El campo de refugiados de Mae La es el mayor de los siete desplegados a lo largo de la línea divisoria con Tailandia, al dar cobijo a más de 40.000 personas, fundamentalmente de la etnia karen. En Tailandia viven ya 150.000 desplazados de esta tribu, integrada por siete millones de personas.

    En Mae La, cada historia es un drama como el de Marry Say, de 15 años. Su padre era un guerrillero karen que, en 2002, fue abatido a tiros por el Ejército mientras trabajaba en el campo, ya que «un vecino lo había denunciado a cambio de unos sacos de arroz».

    Cuando las familias llegan a Mae La, la ONU les entrega los materiales para que levanten sus cabañas de madera, sin agua ni electricidad. Mensualmente, cada refugiado recibe 16 kilos de arroz, un kilo de judías, pastel de pescado, sal y aceite. El resto hay que comprarlo en las tiendas que han proliferado por una especie de zoco, ya que los comercios son regentados por musulmanes birmanos como Hu Sein, que aprovechan la escasa competencia e imponen unos precios astronómicos para unos paupérrimos vecinos sin ingresos.

    Sólo un puñado de escogidos puede salir para trabajar en los campos cercanos. El resto permanece todo el día sin nada que hacer y esperando un visado con el que emigrar a Estados Unidos, donde este año han recalado 6.000 personas.

    A pesar de la precariedad, la mayoría prefiere quedarse en Mae La que regresar a Birmania, donde sólo les aguarda la represión militar. «Volveré a casa, el Estado Karen, cuando sea independiente», promete Thu Lay Paw, quien huyó de su pueblo, Mae Hsai, cuando los soldados birmanos lo tomaron el pasado mes de abril en una de sus habituales operaciones de limpieza étnica cerca de la frontera.

    «Entraron disparando, por lo que todo el mundo huyó mientras quemaban el granero y las casas de teca», relata la chica antes de explicar, emocionada, que «a mi abuelo le cortaron el cuello porque andaba muy despacio y luego colgaron su cabeza de un árbol».

    Ajenos a su drama, un grupo de jóvenes practica a sus espaldas una especie de voleibol que juegan con los pies. Un poco más allá, tres mujeres se bañan en el río y otras tantas acuden al pozo en busca de agua, ya que no hay suministro en las austeras cabañas de bambú, de dos plantas y coronadas por un tejado tapizado de hojas para impedir que se cuele la lluvia.

    La vida transcurre con su ritmo parsimonioso en el campo, donde nació hace 21 años Chri Chri Hser, una joven que jamás ha traspasado la valla que rodea al recinto. «El campamento es una cárcel, me gustaría ver otros lugares», se queja la muchacha, cuya madre atravesó la jungla, embarazada de nueve meses, antes de dar a luz justo al llegar a Mae La.

    Quien también ha sido madre en el campamento es Naw Pawdy, una niña de sólo quince años que fue violada por un hombre mucho mayor que ella y, hace cinco meses, tuvo un bebé al que le espera una vida tras la alambrada. abc

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