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domingo, 16 de diciembre de 2007
RELACIONES HUMANAS · MIEDOS INFANTILES
El imaginario colectivo tiende a idealizar los años de la niñez, olvidando los miedos, los llantos, las penurias y los maltratos que son también propios de esa edad
Infancia infeliz - Unhappy Child16.12.07 - JOSÉ MARÍA ROMERA
Infancia y felicidad componen un binomio inseparable en el imaginario de esta época. Nuestra mente se resiste a admitir la idea de un niño desdichado, de una criatura que sufre, de un pequeño ser humano herido por el infortunio o la desventura. Como damos por sentado que las primeras etapas de la vida no pueden menos de ser por naturaleza lo más parecido al paraíso, hasta el corazón más insensible experimenta una especie de repugnancia ante la sola imagen del dolor cuando se ceba en los niños. No sólo en los otros. Llegada la edad adulta, la mayoría tiende a idealizar su infancia vistiéndola de edad dorada. La memoria selectiva borra los malos tragos y magnifica los episodios gratos. Evocamos con nostalgia el calor del hogar, el cariño de los padres y de los hermanos, los juegos, las entrañables y acogedoras tradiciones que decoraron aquellos años... Pero pocos son los que recuerdan los miedos, los llantos, las penurias o los maltratos.

Esta sobrevaloración de la infancia como periodo vital idílico y privilegiado es una creación relativamente moderna. Hasta hace poco más de un siglo, la infancia representaba una etapa de la vida de la que había que escapar cuanto antes porque estaba erizada de peligros. Era el tiempo de las lágrimas más que el de los juegos. El niño vivía en una situación de inferioridad respecto del adulto, verdadero protagonista de la existencia; su misión era crecer y prepararse para el futuro, muchas veces sin ayuda de nadie, sobreviviendo a duras penas en un mundo diseñado por los mayores y para los mayores. Hoy, por el contrario, los niños representan tal vez el bien más protegido. Y al protegerlos da la impresión de que borramos de golpe todo lo que de triste y negativo pudiera haber en su vida.

«Lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa es, en ella, maravilloso», escribió un Chesterton inspirado por esta clase de buenos sentimientos. Ojalá fuera así. En el recién publicado informe de la Unicef acerca de la situación de la infancia en el mundo (diciembre de 2007) se registra el número de 9,7 millones de niños muertos al año en el mundo antes de llegar a los cinco años (datos referentes al 2006). Bien es verdad que por primera vez en la historia este número se ha reducido (en el 2001 fueron 10 millones), pero con eso y con todo no es para tirar cohetes. Añádanse a ello los casos de hambre, explotación, abuso, falta de atención, desescolarización, enfermedad... y no será difícil concluir que la infancia está lejos de residir en el País de Nunca Jamás donde encontraba refugio Peter Pan.

Trastornos mentales

Pero, sin tener que recurrir indicadores tremebundos como éstos, hay otros aspectos de la infancia más visibles y cercanos que ponen en tela de juicio el mito del niño feliz. Según los especialistas, el 10% de los niños y el 20% de los adolescentes muestran antes de iniciar la vida adulta algún tipo de trastorno psiquiátrico. Principalmente estos trastornos guardan relación con situaciones de ansiedad, angustia o estrés a los que están sometidos los menores. El hecho de que vengan provocadas por unos miedos evolutivos «normales», frecuentes en las distintas fases del desarrollo infantil, no resta importancia a su efecto doloroso. Los niños sufren, esa es la realidad, y en lugar de envidiarlos deberíamos conocer la condición exacta de sus sufrimientos para poder ayudarles con algo más que carantoñas, golosinas y actitudes sobreprotectoras.

Para establecer una pauta razonable de conducta, conviene conocer en qué edades pueden considerarse normales unos u otros temores. Hasta los seis meses, el niño se sobresalta con los ruidos fuertes o con la sensación de pérdida súbita de apoyo (como se observa, por ejemplo, al colocarlos en la báscula). Antes de cumplir el primer año de vida, surgen el miedo a los extraños, a los objetos que provocan susto por aparecer repentinamente y, sobre todo, a sentirse alejado de la madre. Este último, que crece en intensidad durante los dos primeros años, es el que le provoca mayor ansiedad. Son temores que perduran aproximadamente hasta los cuatro o cinco años, etapa en que se van adquiriendo otros nuevos: el miedo a la oscuridad, a las heridas o a los animales, principalmente.

Matonismo escolar

Es en torno a los seis años cuando, con el desarrollo de la fantasía, aparece el miedo a los seres imaginarios, al tiempo que comienza a manifestarse el miedo al ridículo que deriva de la naciente conciencia de «ser social». Entre los nueve y los doce años aparecen el miedo a la muerte, a las catástrofes y otros más específicos como puede ser el miedo al fracaso -ante los exámenes, por ejemplo- o los derivados del entorno familiar -miedo a las discusiones y a las peleas-.

Uno de los últimos libros publicados sobre el tema (Unhappy Child -El niño infeliz-, del psiquiatra Kenneth Condrell, 2006), señala a su vez las diez principales causas de malestar infantil. Son las siguientes: el divorcio conflictivo de sus padres, la sensación de fracaso (especialmente en la escuela), la relación con padres deprimidos, el matonismo escolar o bullying, la inadaptación a nuevas familias -especialmente en el caso de padres separados que rehacen su vida-, las discusiones violentas entre los padres, la sensación de ser menos querido que otros hermanos, la falta de reglas y límites, el abuso o el maltrato recibido de un hermano, y los reproches y ataques de ira paternos.

Como puede verse, la mayor parte de ellas operan en el ámbito familiar; es decir, justamente allí donde nuestro imaginario ha depositado toda la idea de felicidad y de bienestar infantil. Añoramos la infancia que tuvimos e idolatramos la infancia de que gozan quienes nos suceden. Pero tal vez sería preferible ensayar una mirada menos dulcificada que nos permitiera descubrir las zonas oscuras de esa edad. Aunque sólo fuera para no cometer el más imperdonable de los errores: dañar a un niño. LV

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